Avatares
Vete tú a dar una razón de amor. ¿Por qué nos enamoramos? Una razón, un argumento, un motivo convincente y exento de obviedades.
El amor no es caprichoso, como justifica la generalidad, la mediocridad. Tiene un mecanismo, un sensor que se activa desde algún lugar del sistema neuronal, o del sistema nervioso, o del neurovegetativo, o averigua. Pero se activa, y no por capricho, sino por estímulos externos, una fuerza sobrecogedora que presiona y acciona el resorte. Los científicos tienen reservada una parte del cerebro para las emociones, pero me resisto a que el amor sea una de ellas, una de tantas. El amor las sobrepasa y sobredimensiona, las sobrevuela y aglutina, es la conjunción noble de todas ellas.
Ahora, hala, dale un lugar en el cerebro a la conjunción.
El amor es química, dicen los de letras. Es sentimiento, dicen los de ciencias. De donde se induce que es enigma para unos y otros.
Pongamos la conjunción y en él nos encontraremos todos, duplicados, dignificados, deificados.
Educados para emparejarnos, el ámbito social nos va mostrando, proponiendo, modelando modelos. Cada cual diseña el suyo a base de intuiciones, sorpresas y alguna que otra renuncia. Así que el amor es educacional e intuitivo. Y llega y deslumbra, o emboba, cuando veo mi modelo reflejado en una persona. No es que el modelo se haga carne tal cual, es reflejo del original, una aproximación, porque se renuncia a la identidad plena.