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lunes, 13 de abril de 2015

BITÁCORA DE ESTÍO (Y 16)

DOS DÍAS A LA DERIVA

   El barco arribaría a puerto tras dos días de navegación ininterrumpida, y con velocidad de crucero, claro. Así pues, al despertar la primera mañana y rebullir pensamientos con las sábanas y con los rayos de sol bajo que ya cantarineaban por los ventanales del camarote, me propuse someterme al ritmo de la agenda. Mal menor, cuestión de supervivencia o vaya usted a saber si miedo. En definitiva, pretendía aventar tendencias claustrofóbicas y mantener el equilibrio recomendable.
   Con tan halagüeñas intenciones acudí a desayunar al salón-buffet. Pero el sopetón, el bochorno ambiente, una multitud helicoidal y trashumante. Por los expositores, por las mesas, por las travesías. La panorámica, nubosa y apilada, me refrenó en la entrada, en el centro, junto al dispensador de gel para manos que acababa de usar. Higiene para las manos, pero aquella atmósfera… Dudé, titubeé, sopesé alternativas, enseguida recordé que en el comedor de las cenas también servían desayunos, y servidos en mesa por camareros como por la noche. ¿Estaría igual de agobiante? Calculé. Parecía que el grueso del crucerismo trasegaba por el salón-bufet, a lo mejor el comedor respiraba otros humores. Aun escéptico, tenté la suerte. Cubiertas abajo, por las escaleras. Recibí el primer aviso cuando enfilé los últimos peldaños, por allí pasaba la fila de espera para el comedor. Y llegado a su altura, el final de la cola se me perdía. Aun así, todavía rastreé hasta donde alcanzaba. El desánimo y su mella, cómo no, la fila culebreaba prieta de babor a estribor.
   Cabizbajo y rendido, regresé al salón-bufet y me sometí a la vorágine. Qué gran verdad, el hambre obliga a superar inclemencias por duras que sean. A ciencia cierta, no sé qué comí. Esquivando aglomeraciones como pude, me apresuré de un expositor a otro, sin orden ni preferencias. Donde encontraba un hueco, allí que recalaba raudo, tomaba lo que encontraba a mano y seguía sin demora, uno, otro, otro. Sin embargo, en encontrar asiento tardé al menos un eterno cuarto de hora. Con manos crispadas atenazando la bandeja recorría con premura desnortada el salón-bufet a la caza de silla-mesa libre, en rectilíneo, en ángulos, en zigzag, en círculos, en circunflejo, erguido, corcovado, de perfil, comprimido, atropellado, desatinado, pero avizor, avizorísimo. Al cabo, lo conseguí, aunque tras carrera alocada y un par de codazos disuasorios que propiné en la recta final. Si bien, con tan laureada consecución no me llegó la calma, ni mucho menos. No comí, engullí, ávidamente, groseramente, fuera de mí, fuera de… Fuera de allí cuanto antes. Ni cumplí con depositar la bandeja y sus residuos en sus recipientes. Quedó abandonada en la mesa, como tantísimas otras, sin desentonar del atrezo resultante. El atávico café negro con agua y al rincón del fumador, la ansiedad acosando el sistema linfático. Me sentía a la deriva.
   No me fue mejor. La nube de fumadores, tupidos y vocingleros, espesaba el aire hasta los límites mismos de la piscina. Excesivo el peaje para mi flaqueza nicotínica. Transido y resignado, devolví al paquete el cigarrillo que ya llevaba desenfundado en el último tramo de acceso. Sin tardanza volví sobre mis pasos y me apresuré hacia la otra zona de fumadores que había descubierto días antes. De babor a estribor, o al revés, qué más da, y encima varias cubiertas abajo. Pero la abstinencia temporal valió la pena. Un oasis. Había gente, sí; pero sin turbamulta. Parsimonia, frescor marino, conversaciones en susurro y, dato destacable, sin atuendos de piscineo. Tal mi indumentaria y disposición. Ahora sí, aquí sí, un cigarrillo es un mundo de posibilidades.
   Por supuesto, de posibilidades, y tanto. Acababa de encender mi cigarrillo y acercarme a la baranda, para disfrutar de la calma del mar y de la mía misma. Tras las primeras inhalaciones, que me devolvieron la personalidad, me giré ligeramente hacía atrás en un ejercicio de comprobación relajada. Cerca, en torno a uno de los ceniceros de pie, murmureaba un grupo de italianos. En principio, me extrañó el tono confidencial que intercambiaban, pero apenas entré en analíticas de idiosincrasias (uno no va por la vida con pre-juicios). Aunque, mediado el cigarrillo, algún barrunto me giraba hacia ellos. Advertí que me miraban, casi por turnos, unos, otros, según fluían entre sí los comentarios. Intriga. Pues di con la clave. La mayoría, con los que se enroló Cristina para aquel episodio del barco medieval de Dubrovnik. Acabáramos. Maldita la sonrisa que les concedí. Enseguida se acercaron a interesarse por “la mia donna” (aquí ya recuperaron su tono de voz habitual). A pregunta tan sinuosa puse cara y palabras de “conmigo no va”. Pero, claro, ellos porfiaban. Un intercambio de equívocos que zanjó (mira por dónde) la llegada, inesperada y más que inoportuna, de Cristina. Cruce de gestos y zozobras, y de besos como de pareja normal, a petición del público. Luego, sonrisas, risas y risitas van y vienen mudas y curiosonas. Me urgía, pues, desatascar yo antes de que Cristina tomara la iniciativa. Le garrapateé al oído una despedida en plan cómplice y me escabullí del cerco italiano con aleve enarqueo de cejas. Una cierta certeza, cáustica y medrosa, o morbosa también, zureaba por mis cautelas: la tónica de estos dos días de navegación, Cristina y su repentina y portentosa ubicuidad.
   No recuerdo por dónde anduve. Sí que, harto de deambular por instalaciones saturadas de gente veleidosa, el reloj me autorizaba ya una cerveza en la terraza para fumadores. Allí me instalé, a la sombra de una sombrilla.
   Degustaba la placidez de contemplar largas hileras de hamacas con cruceristas a la parrilla, cuando se me acercó aquel francés-argelino de la noche de gala y guerras napoleónicas, vermú en mano y silla en la otra dispuesto a ¿departir? conmigo. Muy amable, eh, muy polités, me aclaró cuándo y cómo nos habíamos conocido. Lo reconocí enseguida, principalmente por su totémica nariz aguileña. Le ofrecí lo que él mismo ya se proponía aceptar, compartir mi velador. Lo ejecutó con expresión de “no esperaba menos”, puso su copa en la mesa y se sentó junto a mí en la silla que traía, mientras persistía por si acaso en aportar datos de la cena que compartimos con aquel matrimonio inglés (de la otra pareja de españoles que nos acompañaban, ni mísera referencia). Y por ahí hiló la conversación, por una anglofobia de tanteo y manual. Pero como yo no estaba para pronunciamientos, le correspondía con ambiguos asensos también de manual, la mirada compartida entre el horizonte espumado de olas inanes y el infinito de cruceristas esparcidos al sol por toda la cubierta. Así mucho tiempo, no sabría precisarlo. Hasta que seguramente percibió que sus inveteradas controversias con la Gran Bretaña apenas me arrancaban monosílabos. Entonces cambió a España, más concretamente a las disputas en torno a Gibraltar, y punzaba y punzaba. Pero yo, es que tampoco estaba para reivindicaciones solariegas, de verdad que no. A lo mejor en otro momento, en otras circunstancias, ¿pero en un crucero? Me mantuve en la misma posición nihilista, no por cálculo, qué va, sino por el imperturbable sosiego de mi tensión arterial. En estas, y con este ánimo, me levanté a la barra, pedí otra cerveza y otro vermú para él.
   Cuando volví ya me tenía preparado otro territorio de conversación, bien distinto. Le mordería la curiosidad desde el principio y esperaba el momento propicio: una mujer, dos mujeres, una en el barco, otra en Venecia. Ni con los ingleses ni con Gibraltar, con este asunto sí que acentuó su olfato aguileño. Empezó por Rosalía, nos había visto en la catedral de Venecia, se interesó por la relación, los cómos, los cuándos y tal. Intenté disuadirlo con respuestas vagas. No se conformaba, quería detalles, detalles, porque, aseguraba, le sonaba su cara. Y yo me enroqué firme y distendido con el argumento de privacidad. No insistió por ahí. Sorbo de vermú pensativo y a continuación, sin mediar palabra, con rostro criptográfico sacó el móvil y me mostró una foto. Sobre un nocturno de espuma marina, primer plano en la baranda de proa del lazo promiscuo, tanga y corbata. “De modo que este abejaruco era una de las sombras de aquella noche”, pensé. Saturado pero distante, afronté su mirada de felino en garfios, que dejé disecada. Sin intención de respuesta, devolví mi atención al horizonte de hamacas. Unos minutos, el tiempo de un cigarrillo y de terminar la cerveza. Luego, miré el reloj, las cuatro de la tarde, entraba dentro de mis previsiones, a esa hora el salón-bufet sería un bálsamo para almorzar. Me levanté, le concedí un saludo imitando su polités y allá que fui, pleno, sorprendido de mí mismo, aunque también ligeramente fastidiado (a qué negarlo).
   Sin embargo, lo de comer sin agobios no resultaría tan fácil. No era el barullo insoportable del desayuno, pero se le parecía. De cuya experiencia, sumada a las anteriores, deduje: el crucerista es un ser desarticulado, que come sin método ni intervalos, sólo por reclamos de inercias grupales, de instintos insaturados o de consumismo amortizado (“total, si ya está pagado, habrá que aprovechar”). No obstante, mal que bien, conseguí hacer honor a mis necesidades alimenticias reales. Y al camarote, la siesta, patrimonio inmaterial de la humanidad donde las haya.
   No llevaría media hora durmiendo cuando me despabilaron unos golpecitos en la puerta, acolchados, confidenciales. Hasta la respiración contuve para no responder. Se reprodujeron por lo menos durante dos minutos largos, larguísimos. Cuando cesaron definitivamente, me di la vuelta en la cama y, cosa rara en mí, me volví a dormir.
   No sé qué fue peor. En un sueño dislocado una multitud de sombras chinescas retozaban sobre hamacas en la plaza de San Marcos. De pronto, de entre ellas se levantaron tres siluetas desnudas y se aproximaban a mí a ritmo de danza latina. Las reconocí enseguida y un escalofrío de pavor me recorrió la espina dorsal. Huí, corría sin descanso. Pero cuando miraba para atrás seguían cerca de mí, cada vez más, siempre con la misma cadencia sensual que embriagaba sus cuerpos. Me precipité por la puerta de la catedral, atravesé la nave central, busqué la salida, di con la Puerta de Pile, tropecé al traspasarla, caí sobre un suelo entarimado, alcé la mirada, topó con unos barrotes de mar y la luna, me revolví y ya tenía las tres sombras rodeándome con su danza turbadora. Me anegaba el aliento de dos mujeres, y por encima de sus cabezas el pico de un cuervo que graznaba en inglés. Who?, who?, who?, así me desperté. Sudaba como si acabara de ducharme.
   Cuando recobré los biorritmos, “allá Freud”, me dije. Me duché, ahora de verdad, y salí a tomarme un café. Me apetecía un café decente, no el habitual con agua, “seguramente la causa de estos sueños tan estrafalarios”, me argumenté. Así que acudí a una cafetería de pago. Seapass, cargo en cuenta, y a otra cosa, o sea, a fumarme el correspondiente cigarrillo. Recurrí a la cubierta de más soledad (o menos bulliciosa, según se mire), la bautizada como de babor-estribor. Como no había nadie, comprobé primero si me había equivocado. No, allí estaba el cenicero de pie, a rebosar de colillas. Me senté en uno de los butacones de mimbre que lo escoltan, dispuesto a disfrutar del sol rampante sobre el mar y el sordo oleaje que arrulla los sentidos y las sinergias mentales.
   Al poco, llegó una pareja de jóvenes, andarían por los veintitantos. Encendieron sendos cigarrillos y se sentaron juntos en un mismo butacón. No tardaron en lo propio, besos iniciáticos, in crescendo, sabor, intensidad. Mi presencia, como sus cigarrillos, les importaba algo menos que nada. Se besaban medio abrazados, es decir, con un solo brazo, los otros dos colgaban por sus costados con el cigarrillo en la mano consumiéndose inútilmente. No cortaban ni para fumar. Luego, terminado el beso interminable, tiraron las colillas al cenicero, me concedieron una mirada de conmiseración, no sé por qué, y se fueron enlazados caderas abajo.
   La parejita me había contrariado la autoestima algún que otro grado. “Qué sabrán ellos”, me respondí. Imaginaba si hubiera aparecido Cristina minutos antes. Pero no, me sacudí la galbana y la imaginación, mejor irse.
   Sin destino, bajé cubierta a cubierta por las escaleras. Con el ánimo a medio gas, reparé en las alfombras deslustradas que las acolchaban y me vino la reflexión facilona: cuántos cruceristas las habrán ido hollando con el paso del tiempo y de los mares, se contarían por miles y miles, o millones. O con poco más de los dedos de las manos, me corregí, porque el crucerista es un ser proclive al ascensor. Parva controversia que me duró hasta la cubierta cuatro. Mi atención tomó la dirección de un manojillo de aplausos cercanos. En una gran sala con mesa de ping-pong competían oficiales de la tripulación contra “huéspedes”. Me uní a los espectadores. Aguanté tres partidas, me aburría aquel jaraneo edulcorado.
   Por probar, subí de la cuatro a la cinco. Me decidí por un pasillo donde pululaban cruceristas mirando escaparates y entrando y saliendo de dependencias repartidas a uno y otro lado. Joyería. Me fijé en un luminoso: “Diamantes & Tanzanita”. La curiosidad y algún filamento crítico me animaban a entrar. A la puerta un chicho de uniforme repetía con sonrisa y voz marquetizadas la misma recepción confidencial en varios idiomas: “Pase, por favor, y disfrute de nuestra colección exclusiva de Tanzanita, la segunda gema más rara en el mundo de excepcional belleza”. Me dio por preguntarle si las gemas se llamaban así por ser originarias de Tanzania. Titubeó, miró en derredor buscando la ayuda de algún compañero cercano, que no encontró, y entonces se tiró a la piscina:
   -Es que…, señor, yo, en realidad…sólo me han encargado transmitir esta información…, pero creo que sólo es…, cómo decir,… nombre comercial…
   -O sea, como darle un nombre cariñoso a la joya para despertar ternura en el cliente y comprarla, ¿no?, pero nada que ver con las explotaciones de minas en ese país de África, ¿verdad? -le ayudé.
   -Exactamente, señor, ha acertado -sopló aliviado.
   Me di la vuelta y me fui sin más, y sin menos.
   Consulté el reloj: las nueve. Entré en reflexiones transcendentales: para cenar en el comedor tendría que acudir ya; pero no tenía hambre, temía encuentros y, además, cuánta pereza mantener una conversación de circunstancias con quien te toque en suerte. Decididamente, a la cafetería con terraza para fumadores. Pedí un tinto, sin más precisión (imposible Rioja, a estos difícilmente los sacas del tinto de California). Me senté en un velador frente a la brisa tenue del atardecer espumoso y naranja. De nuevo me rondaba el alma lánguida. Yo la dejaba fluir abierto a irradiaciones o plusvalías. Pero no superaba rangos precisos. Se ve que no basta con la ambigüedad de la disposición, algún mecanismo habrá que accionar para diseccionar el magma. Y el caso es que yo… Pedí otro tinto por si acaso. Sin embargo, a pesar de alentarlo con otros dos cigarrillos más, el bucle no rompía. Al borde del masoquismo, una revuelta de jugos gástricos acudió en mi auxilio.
   A esas horas el salón-bufet era un bálsamo para abismados, escépticos y pragmáticos. “Rediós -pensé-, el aforo del comedor ha debido de llegar hasta la lámpara de mil bombillas y cuatro mil lágrimas que lo señorea”. Me regalé con todo tipo de platos y parsimonia hasta la saciedad. Mientras tanto, sí que afloró por mis pensamientos algo concreto, se me había pasado la hora del espectáculo en el teatro, circo europeo según el folleto informativo del día. “Bueno -me dije-, para espectáculo, el de los estafilococos que me asedian”.
   Luego volví a la zona para fumadores de babor-estribor. Pretendía consultar con el cigarrillo si recluirme ya en el camarote. Pero imposible, había allí un abigarrado jolgorio de gente cigarrillo en mano y copa de champán en la otra. Brindaban y posaban sin cesar ante los fotógrafos del barco. Secuencia de hombres y mujeres en edad de algazara. Toda la gama del regocijo, desde la carcajada en decibelios hasta la sonrisita de ocasión. Todas las fórmulas de abrazos, desde el estentóreo de amigotes de barril hasta el embozado en la sutil cadera. Besos y despedidas intercambiadas, entrecruzadas, reseteadas, reiniciadas tras un brindis y otro y otro. No llegué a traspasar la puerta cristalera, me detuve allí fascinado buscándome una explicación. No tardó: el final del crucero, sus preámbulos, estábamos en la noche de la despedida, claro, porque la de mañana había que preparar equipajes y tal. Horror, la despedida, mi despedida, escapé por si acaso.
   Pero la ansiedad comenzaba a roerme el paladar y me impelía hacia el rincón del fumador, junto a la piscina. ¡Rezás!, diferente escenario para la misma secuencia: jarana, champán, cigarrillos, más la música-tecno a toda pasión. Atrapado entre las urgencias psiconicotínicas y aquel arrebato multiétnico, acoplé un gesto de contexto y encendí el cigarrillo angustioso dentro de la zona acotada, aunque lo más desplazado posible del epicentro. Un minuto después, segundo arriba, segundo abajo, mi turbio pronóstico: Cristina ante mí, brazos semiabiertos, champán y cigarrillo, cadereando al ritmo de los bafles, sonrisa promiscua. Me acercó los labios al oído trémulo:
   -Dentro de poco, a las doce, en “el juego de los recién casados” mi marido y yo, cubierta cuatro, no te lo pierdas, seguro que te diviertes.
   Escueta y concluyente. Se alejó regalándome un escorzo sensual y se perdió por entre la turbamulta con el mismo curveo con que había aparecido.
   Preso de no sé qué desconcierto, apagué el cigarrillo, pero enseguida encendí otro, que no tardé en apagar para desaparecer. Al camarote, ni esperé ascensores. Cuando llegué, cerré a cal y canto, la integridad pendiendo de un cerrojo de hotel. Cogí el vasito del cepillo de dientes y fui con él a la terraza. Lo deposité en la mesa y encendí un cigarrillo, al fin podía disfrutarlo. Doblemente, por la transgresión consumada. El vasito como cenicero. Y ya que estamos, otro cigarrillo más, más reposado, delectante y reflexivo. Me sentía a la deriva.
   La noche, la luna, las olas y el autoanálisis. Verdaderamente, no me seducía la opción de acostarme lectura en mano hasta el sueño. Me acomplejaba, me sarpullía una sensación de adolescente timorato y cohibido, que, a su vez, avivaba reproches levantiscos. Ante estas disyuntivas, normalmente me envalentono (instinto de superación o de fatalismo, cualquiera sabe). Así que, no había concluido una argumentación razonada, cuando ya estaba fuera del camarote. A la polifacética cubierta cuatro, no sin antes pasar por la zona de fumadores y depositar allí el vasito profanado con ceniza y colillas. Pregunté y me señalaron: “el juego de recién casados en habla hispana, por esa puerta”.
   La entrada daba a la parte alta de un pequeño anfiteatro, cuatro niveles de amplio graderío, luz mortecina, medio aforo ocupado. Me senté en la grada más alta, donde había más asientos vacíos. Abajo, un entarimado con potente luz cenital, eje de todo el interés. El espectáculo (llámese así, connotaciones peyorativas incluidas) acababa de empezar. En el centro, Cristina; a su derecha, una de su panda; y a la izquierda, una desconocida (para mí, claro). Curiosamente las tres vestían atuendos semipiscineros, y ninguna tenía aspecto de recién casada según lo anunciado. Tres mujeres que respondían desde sus cómodos sillones a las preguntas, más tópicas que maliciosas, de un sujeto trajeado y socarrón (su personaje).
   La entrevista se desarrollaba con cuestiones de calado obsceno, del tipo “su marido se queja de…”, “que ronco”, “que soy muy gastosa”, “que me río de su madre”, y por ahí. Hasta que el preguntador, con la sagacidad mejor ensayada, deslizó el tema de las relaciones sexuales. “Algunas de ustedes se atreven a decir el sitio más extraño…, o novedoso, donde han hecho el amor últimamente”. Se miraron las tres, con chispeo contenido, cada cual cediendo a las otras el turno de respuesta. Aunque, ya de principio se podía apreciar que la `desconocida´ no disponía de respuesta adecuada. Y la de la panda de Cristina tampoco, pero orientaba sus pupilas maliciosas hacia el rictus equívoco de su amiga. Cristina levantó el rostro hacia el graderío como una soprano, con barrido de reconocimiento, o de identificación precisa, antes de soltar su aria è mobile:
   -En la terraza de un camarote.
   -Pero… un camarote… de este barco…, supongo que… el suyo…
   -Usted ha preguntado últimamente, ¿no? Esa es la respuesta.
   -Bueno, bueno. Esperemos al turno de los maridos.
   El público asistía divertido y morboso. Pero yo, creo que sólo morboso. Si acaso, con un ligero matiz de expectante, porque respecto al marido de Cristina tenía mis dudas sobre si…
   Se disiparon pronto. Cuando le hicieron la pregunta cabalística, respondió, evidente y risueño él, que en el camarote. Pero, claro, el público murmulleaba petición sanguinolenta, y el avispado preguntador sacó el estilete:
   -¿En su camarote, quiere usted decir?
   -Sí, claro.
   -¿Pero en la cama?, ¿exactamente en la cama?
   -Por supuesto -respondió rotundo y cándido.
   La carcajada fue unánime, la mía más (excuso las razones). Al marido se le quedó una risilla congelada entre signos de interrogación.
   Suficiente como fin de fiestas. Pero como faltaban las explicaciones y aclaraciones, la puesta en común de unas y otros, me solidaricé con la truculencia mórbida del auditorio. Cubrió las expectativas (al menos, las mías): mientras Cristina se afanaba en recordar al marido lo inmemorable, él impostaba ojillos rijosos de “ah, sí, claro” de más que dudosa consistencia.
   Me levante y me fui a dormir. Con una conciencia atávica que, sin embargo (o quizás por ello), no acababa de… Pero me dormí, enseguida y en profundo.
   Al día siguiente, el último del crucero, desperté tarde, me levanté tarde, había pedido que me trajeran el desayuno al camarote tarde, por tanto, desayuné tarde. En realidad, seguramente mi subconsciente había planteado una estrategia de supervivencia de retardo para efemérides tan sublime y prescindible. Nos suele ocurrir, creo: en la vida hay días que sobran porque los afanes ya apuntan a bastantes horas más allá.
   De todas formas, durante el desayuno me propuse superar el paréntesis y neutralizar el ligero hormigueo claustrofóbico que zapaba mis equilibrios. Así que, cuando terminé, mente y estómago henchidos, cumplí con el rito del rincón del fumador.
   Conseguí un butacón y lo orienté hacia el azul áureo racheado de espuma (así de barroquista me salió la perspectiva que contemplaba). Plácidos los sentidos, la reflexión servida. Por allí pasó en flashback de todo, desde la mismísima ensalada de arándanos pendiente que marginé para enrolarme en el crucero. Sin eludir mi otro propósito vacilante de cabecera, el tabaco. Había pensado que el crucero me liberaría de su yugo, si acaso provisionalmente. Pero no, las constantes nicotínicas se habían mantenido, e incluso disparado en algunos momentos. Aunque también hay que reconocerle efectos beneficiosos, la galería de personajes propiciada por el rincón del fumador, yo mismo incluido.
Luego, la evocación se orientó hacia los lugares visitados. Mi mente, metódica ella, hizo un recorrido cronológico y sucinto (dimensiones de titular o microrrelato a lo sumo).
   Villefranche, una parada de autobús a Mónaco. Mónaco, palacios de relumbrosas fantasías disney y crematísticas. Livorno, sólo plazas y calles de domingo semidesierto. Civitavecchia, resolver el caos para llegar a Roma y a la aventura sexual con Cristina. Pompeya, desvalido amasijo de ruinas, vulnerable a las interpretaciones del mejor postor sobrevenido. Nápoles, esplendor arquitectónico y las machaconas referencias al reino de Aragón (de España, ni el santo ni la limosna). Kotor, el marketing de la lírica medieval, y la mujer ante la portada de la catedral (que me persigue como una metáfora). Venecia, dos mitos deconstruidos y humanizados, la ciudad y Rosalía. Dubrovnik, apuesto decorado del Medievo e instinto de superación, de la ciudad y sus habitantes, como marca.
   En realidad, este revisionismo minimalista me estaba sumiendo en un sosiego que no presagiaba nada bueno, me conozco. Pero de momento importaba disfrutarlo cuanto durara. Pasos y pensamientos, acompasados en ausencias de destinos, vagaban por escaleras y cubiertas, ajenos al cruce con cruceristas desganados o voluntariosos, circunspectos o arrisotados. Mientras por la cabeza planeaban los eventos de los folletos informativos, diarios y repetitivos como un macho pilón. Ventas de toda gama, desde ofertas de mercadillo hasta rutilancias con marchamo. El Inefable vidrio soplado. El casino crucerniego, mala copia de los auténticos. Aguaspás, aromaterapias y derivados aburguesadetes. El teatro de variedades (en el sentido más estricto del término).
   Hasta que los jugos gástricos me advirtieron, hora de almorzar. Con la misma actitud de distancia del bien y del mal, fui al ascensor para subir al salón-bufet. Un par de escenas me devolvieron a la realidad. Primera, un sujeto fornido y casposo alanceaba con índice codicioso y desesperado el botón de llamada del ascensor, que soportaba impasible y rojo sus embates, hasta que al fin cedió y descorrió sus puertas. El hombre entró inmediato con la faz transfigurada de botín, y yo detrás, claro. El ascensor subió, una planta, solo una, y el individuo en cuestión salió como un rayo. Mi análisis calculó “tremendo gasto de adrenalina para subir de planta a planta, unos veinte escalones”. Segunda, entre los ocupantes del ascensor, una mujer fibrosa y fibrilar con un plato de plásticos con huesos. Mi análisis se planteó “ha comido ¿en el camarote? y traslada los restos a los contenedores de residuos de… ¿?” El caso es que la señora bajó antes de que el ascensor recalara en la planta del salón-bufet. Añado una tercera: como me temía, el salón-bufet presentaba una aglomeración infinita, de paseo central en domingo primaveral a la caída de la tarde.
   Pues todavía mi karma y mi calma superaron el escollo. E incluso me permitieron después una siesta más que lozana.
   Luego, café verdadero en cafetería de pago (después de haberlo probado ayer, insoportable el aguado del salón-bufet); y el resto de la tarde, un calco de la mañana. Peregrinar por cubiertas, escaleras y zonas de fumadores, desbrozando analíticas, parasíntesis, efectos mariposas y otros sudokus.
   Calco de la mañana, sí, pero hasta que, apoyado en la baranda de una cubierta solitaria, confiando mis últimos devenires al infinito azul-azafranado, el recuerdo sucumbió a la memorable noche de proa y popa con Cristina (bueno, lo de popa fue después), corbata y tanga en único destino. “Dos prendas y un destino”, intituló el largo brazo de mis lacras.
   Justo entonces, seguramente medió el duende de la telepatía fauno-erótica. Unos brazos serpearon desde atrás por mi cintura a la par que un cuerpo femenino se pegaba al mío (que era femenino lo detectaron enseguida mis omoplatos). La sensualidad del abrazo, furtivo y encelado, ¿cómo había de sorprenderme?, si ya tenía activadas las memorias. Hubo un reajuste de cuerpos y labios y alguna que otra caricia irreproducible de propuestas y promesas. Unos minutos, pocos.
   -¿No crees que esta noche debemos despedirnos como Dios manda? -arrulló con ese descaro que ese mismo Dios, supongo, le ha dado.
   -¿Qué Dios?
   Pero Cristina no estaba para disquisiciones metafísicas, tenía prisa:
   -Déjate de coñas. Llevo todo el día con desmarques y buscándote. Mañana, cada cual a su vida. Pero no me quiero perder… Esta noche, bailes de zumba en la piscina. Espérame donde la otra vez.
   Me sorbió un beso linguopalatal y se fue.
   Lo dio por sentado. Y el caso es que yo no objeté nada, ni a ella ni para mí. Me sentía a la deriva.
   Se acercaba la hora de la cena. Volví al camarote. De acuerdo con las instrucciones de la organización del crucero (“la noche de antes del desembarco, quédense solo con lo imprescindible para llevar en equipaje de mano”), preparé el equipaje, lo dejé en la puerta y acudí al comedor.
   El comedor era una mezcolanza de reprimida urbanidad y algarabía de despedidas. Me sentaron con un grupo de españoles, con los que apenas intercambié comentarios genéricos sobre el crucero, no participaba de sus euforias finalistas. Sí recuerdo que uno de ellos, ancho, grueso y de carcajada regalada de sí mismo le confió sobrado al camarero que nos atendía: “Ovidio, te lo voy a decir, más que nada para que duermas bien, en el cuestionario ese que nos han dado he puesto que eres uno de los mejores camareros del barco”. “Porrrfavor -pensé-, se sabía hasta el nombre del camarero, lo que habrá soportado el tal Ovidio en este crucero”.
   A los postres, el momento álgido de desmadre comedido, cuando los camareros al son de una música decibélica se pusieron a interpretar una coreografía archisabida y ligeramente frugal y pusilánime, volanteaban sus servilletas por entre las mesas de los comensales con gestos y sonrisas musicadas, arrancaban así aplausos de correspondencia y algún que otro abrazo de rancia tradición etílica. “¿Esta era la apoteosis oficial?”, me pregunté.
   Pues no, había una oportunidad más. Justo a la salida del comedor habían instalado una especie de fotocol donde el capitán, amabilidad de ocasión, se dejaba fotografiar con cuanto crucerista lo pidiera, instantánea para la posteridad. Eso sí, ante las cámaras de los fotógrafos de la empresa y correspondiente pago de tan inmortal impresión gráfica.
   Evidentemente, pasé de largo. Una vez más, me sentía a la deriva. Y derivé sin remedio. Hacia la realidad donde las feromonas pastan. La piscina, los bailes de zumba. Y más arriba, zumba zumbando, la tentación, su pecado, infalible Cristina. Y otra vez la noche, la última luna, las últimas olas de espuma de plata, esta vez en el solitario césped artificial de la cancha de voleibol en la cubierta quince, a estribor, a babor, a proa, a popa, qué se yo.
   Después, fuésemos y no hubo nada…más.
   Al día siguiente, el colofón, lo más inquietante: al subir al tren de Barcelona que me devolvía a Córdoba, una mujer, que tomaba por delante de mí la misma puerta de acceso, me otorgaba el escorzo de una mirada tan adorable que… imposible describir la punción. Catedral de Kotor, su imagen ante la portada, mi alma.

(¿Epílogo? Ciérrese el relato con pantalla de créditos)

miércoles, 7 de enero de 2015

BITÁCORA DE ESTÍO (14)

 …EN MITO

   Con las prisas apenas reparé en el entorno monumental, el Palacio Ducal y la Catedral. Bastante tenía con esquivar las aglomeraciones poliestructuradas que retardaban mi encuentro con Rosalía . Pero ante el Campanile, referencia de mi destino, relajé premuras. Imposible sustraerse al atractivo y peculiaridad de esta torre. Con el campanario de la catedral pero desgajado de ella, ¡como para constreñir su altura insultante! Desde su base cuadrada se eleva en ladrillo de marrón decapado hasta allá arriba, hasta una cornisa grisácea donde descansan las arquerías del campanario (las campanas apenas se vislumbran desde abajo). Todavía por encima otra estructura cuadrada, amarronada también, con esculturas grises, adosadas e irreconocibles -salvo con zoom telescópico-, y sobre ella una pirámide esmeralda en cuya cúspide se erige una figura dorada -la vista se pierde definitivamente-, es de suponer que mitológica.
   Por fin abandono la visión y giro hacia la inmensidad de la plaza. Recuerdo, Rosalía había dicho la primera terraza a la izquierda. Oriento la mirada y una mujer sentada por allí levanta la mano y la agita en señal de saludo. La plaza es una floresta, me acerco con cierta prevención. Un poco más, y la mujer se levanta con gestos de parabienes. Sí, es ella. Un abrazo sincero, cálido. Y su reproche melindroso al sentarnos:
   -El Campanile no podía esperar, pero yo sí, ¿eh? Como el café y la cerveza de tu encargo farolero. Claro que el café debe de estar ya tan frío como la cerveza. No, no te justifiques. Te llevo observándo desde que paraste a mirarlo.
   Lo soltó del tirón, con esa comisura sonrisona que tan bien recordaba de ella. Le seguí el tono de la anécdota:
   -Bueno, pedí las dos cosas porque, como comprenderás, no sabía para cuál de las dos iba a llegar.
   Emprendimos enseguida una conversación atropellada, con repaso superficial de nuestra actualidad. ¿Cómo estás?, ¿cómo te va? y esas cosas de dos amigos de antaño que tantean el presente inédito mientras se observan desde sus evocaciones íntimas. Después, con más consistencia y fluidez, repasamos en flash-back las pasadas amistades y su rumbo. Mientras la mayoría había tomado el camino de la profesión y ahí permanecía, otros porfiaban en sus barricadas de juventud y memorias históricas, y algunos hoyaban las moquetas de la política. En cuanto a amores y desamores varios, pasamos casi de puntillas. Acaso algún recelo nos reprimía traspasar la capa freática, con el riesgo de mutar de testigos a protagonistas.
   Al poco, en un momento de relax o de silencio inseguro o de respiro profundo, elevé la mirada hacia el esplendor de la plaza, la arquitectura que la circunda y fascina. Hileras de arquerías superpuestas en triple composición, en cuya última cornisa se alinean figuras semejantes a peones de ajedrez, que te imantan la mirada y la prolongan hasta el extremo opuesto del espacio. Pero al fondo el encanto de la perspectiva fracasa. El marketing no perdona –ni la Administración, con su insaciable corto vuelo de hacer caja-. Figura allí, sobre la arquería noble, un enorme y mezquino cartelón publicitario: señorita vestida de casual semiincorporada, descalza, mostrando rodilla y cuarto de muslo, una mano apoyada en el vacío y la otra reclinada y orgullosa sobre un bolso de marca, de la marca que publicita despiadadamente.
   Comento la desfachatez a Rosalía. Me sonríe con pupilas cálidas y alude de pasada al recuerdo de un acerado bisturí. Pero pregunta enseguida por mi tiempo disponible. El barco zarpa hacia las cuatro la tarde del día siguiente. Se ofrece de guía, propone dejar los grandes monumentos para la mañana y dedicar el resto de la tarde y noche a otras magias venecianas -me queda la duda de dónde pasaré la noche-. Conforme y expectante.
   Me llevó por callejas hasta detenernos ante una fachada. “Mira y disfruta”. Y obedezco en las dos cosas, mirar y disfrutar, pero vacilo al orientar mi placer, a veces mis capacidades analíticas se atoran. Suele ocurrir cuando me plantan sin más ante alguna belleza concreta, sea arquitectónica -como en este caso-, pictórica, paisajística, urbanística, psíquica, física o química. “Teatro Italia”, letras de molde grabadas a fuego en su frontal. Como mi emoción balbuceaba, mi heroína acudió al rescate -lo haría en realidad con frecuencia a lo largo de las horas compartidas-: “Arte bizantino, típico de Venecia”. Mi primer descuadre, porque mis rudimentos sobre esta ciudad sólo alcanzaban al renacentista, y resultaba que esto era bizantino, y además eso, típico veneciano. Suponía ella comprensiva que mi error radicaba en la abundancia renacentista que orillea el Gran Canal. Y sin embargo, aseguraba experta, cuánto arte bizantino me quedaba por descubrir en Venecia. Todavía me mostró dos o tres fachadas, y ya todo me sonaba a bizantino. E intentaba justificarme conmigo mismo: ¿Verdaderamente es imprescindible entender de todo esto para ser culto? En alguna falla fallo.
   Más adelante, desembocamos en una plaza con epicentro en una peana -esta no me pareció bizantina, no, seguro que no- sobre la que posaba la escultura verdinegra en bronce de un padre de la patria, creo, traje y sombrero dieciochescos. Pero mi atención se distrajo con un individuo uniformado de gondolero, camiseta a rayas azules y blancas y sombrerito plano a juego, como para llevárselo de souvenir, tan típico como el arte bizantino recién conocido. Anunciaba un embarcadero cercano para paseos en góndola, pero con convicción desganada, voz mecánicamente canturrona. O lo hacía como si la mercancía estuviera vendida de antemano o su compromiso mercantil dejaba mucho que desear. No había más que observarlo un poco: dos-tres pasos desganados adelante, atrás, diagonal o semicírculo hacia turistas de tránsito, brazo sin nervio orientado hacia por allí y espalda cansina.
   Justamente hacia allí íbamos. Un canal coqueto, entre fachadas de ladrillo visto con macetas de enredaderas o algo así. Sobre el puente, semicircunferencia de piedra gris, algunos turistas disparan sus cámaras a una góndola con padres risueños y bebé asustado. Poco más allá otro canal, o el mismo por otro ángulo, misma decoración, con varias góndolas aparcadas a la espera de clientes. La mirada friki se me va hacia una de ellas: embetunada de negro charol y asientos versallescos de terciopelo en bermejo reventón -reprimo el comentario, cualquier pareja apasionada podría sucumbir a la tentación-. Y otro canal más, puente de madera carmesí con jardineras colgantes en su baranda, ¿concesión a la cultura china?
   Un recorrido pintoresco y ameno que no tardó en cambiar de signo. A la vuelta de una calleja Rosalía me condujo por soportales oscuros de piedra vieja. Hasta la orilla misma de un canal estrecho y pardo, donde el agua onduleaba hasta los bordes y rompía en inocentes salvas de gotas a nuestros pies antes de escapar bajo el suelo que pisábamos. Callizo de fachadas empobrecidas, resignadas a la humedad, con algunas sábanas tendidas al sol por la tercera planta. Y el murmullo lejano del gondoleo turístico.
   -Vivo cerca de aquí. Algunas tardes, cuando llevo días con la conciencia alborotada, me vengo a este remanso y…
   -Y… te remansas, ¿no?
   Se quedó suspendida un momento. No tardó en reaccionar:
   -Veo que de cinismo sigues en tu línea, ¿eh?
   -Bueno, me defiendo. Pero no era mi intención…
   -Ya,... -miró en derredor y preguntó- pero te gusta, ¿verdad?
   -No me atrevo a decir que tanto como a ti. Me cogió de la mano e inició la vuelta.
   -Vamos, queda mucho por ver y… sentir.
   Dos, tres callejas en zigzag más allá, estrechas y umbrías. Nos detuvimos en un clarear melancólico, en medio de un puente de mampostería vieja, sobre otro canal angosto, solitario, resignado a los últimos rayos de sol. Allí al frente se va instalando la oscuridad, por la curva donde la vista se demora en las fachadas lamidas de moho por las orillas y palidecen en rosa paredes arriba. Aguas sosegadas, pleamar del espíritu, reposa o cavila.
   Rosalía parecía absorta en algún canal de sus pensamientos. Aquel exceso de quietud me sobrepasaba, una atmósfera demasiado propicia para la confidencia. Me urgía desactivar el sortilegio. Resolví en dos fases: posé mi brazo en su cintura como una caricia solícita, un tiempo prudencial, como compartiendo. Después alguna frase que difuminara el canal incógnito:
   -Demasiado remanso para tanto como me tienes que enseñar, querida guía, ¿no crees?
   Respondió con sonrisa turbia y comenzó a girarse para marcharnos, suave, de forma que mi brazo no abandonara su cintura. Y no la abandonó.
   Así deambulamos un tiempo por vericuetos, placitas y calles que nos reintegraban poco a poco al gentío ambiente. Acompasados en un intercambio de silencios equívocos, y curioseando al paso escaparates de máscaras venecianas para cualquier nivel de farsa. Ella marcaba el ritmo y la dirección. Hasta la terraza de un bar, que sin duda ya tenía prevista. “¿Una cervecita aquí?” -propuso sugerente-. No lo advertí hasta que no estuvimos sentados: en diagonal, una hermosa perspectiva del Puente de Rialto.
   El atardecer dócil que derrotaba por los canales anteriores parecía haberse detenido aquí reacio y jaspeado. Rosalía, satisfecha de su elección y mi sorpresa, me concedió unos minutos de deleite, pocos, no tardó en desmenuzar y ensalzar las vicisitudes arquitectónicas de tan mítico puente. Claro que yo, aun receptivo a sus comentarios, ricos y cultos sin duda, aventuré otras apreciaciones:
   -Un puente de un solo ojo… Con esa zona central elevada que desciende hacia sus lados en rampas suaves... ¿No da la impresión de un gran ojo achinado? Todo lo enorme que quieras, pero achinado.
   Me aprontó una cara de estupefacción. Pero no me arredré:
   -Es más, cabría interpretar: la cornisa que recorre el arco, párpados muy depilados; y la hilera de muchedumbre que hormiguea por sus barandas, cejas muy pobladas. Pero el ojo, achinado por supuesto. ¿No te parece hermoso?
   Percibí un gesto entre el estupor y la comprensión, aunque no exento de cierto matiz de admiración, que precisó al instante:
   -Por si antes no me hubiera dado cuenta, ya no hay duda. No has cambiado nada,… o muy poco..., pero a peor. Lo tuyo, desde luego, no es la poesía, y menos la lírica. Es la prosa, la más… acerada, diría yo.
   -No sé -respondí-. Puede que la más vulgar también. Pero es que…
   -Tampoco yo lo sé -interrumpió-. Pero ni en aquellos tiempos ni ahora he conseguido avanzar contigo más allá de la sospecha.
   Otro instante de silencio, que redimí:
   -Si te sirve de consuelo, tampoco yo.
   -¿Cómo?
   -Que esto de conocerse a sí mismo, en profundidad, con todas las contradicciones que acarrea, es bastante complicado. ¿Te vale?
   Concedió mientras conformaba la mirada hacia el puente -lo que puede dar de sí tan bella arquitectura.
   Al cabo, se desembarazó de alguna reflexión y propuso ir a cenar. Tenía elegido el sitio: terraza de restaurante en placita recoleta ma non troppo, retirada del circuito turístico pero de paso –uno de tantos-. “Alla Ferrovia. Piazzale Roma”. Pequeña, cuadrangular y adoquinada de antigua. El recinto, un resumen de trazos venecianos. En el centro, farola de hierro decadente y luz incierta. Enfrente, fachada añeja con portalón oscuro de madera cuarteada, cerrojo grueso y mohoso, como las rejas de las ventanas laterales, y por arriba un balcón escueto con puertas y baranda de la misma madera derruida. A un lado, la portada de una capilla de estilo creo que gótico, por el arco apuntado que la corona y el menudeo de esculturas por sus arquivoltas y tímpano. Al otro lado, una pared descascarillada a moratones, espalda desprotegida de una vivienda indefinida. Y el restaurante, toda la pinta de palacio pequeñoburgués reconvertido en restaurante. Tres plantas: la última, abuhardillada, salpicada con celosías; la noble, con ventanales acristalados bajo arcos bizantinos, entre columnas con capitel gótico, y balconada de piedra, corrida, sobria, renacentista, soportada por gruesas vigas de piedra incrustadas en el muro; y la baja, reproducción de la noble, salvo las anchas dimensiones de la puerta de entrada. Añádase el silencio amortiguado por el arrullo de algún canal cercano.
   Como mi relación con la gastronomía aún está por definir (por definírmelo), creo honestamente que no debo utilizar la poética para adentrarme por la pasta italiana y el vino de La Toscana que degusté aquella noche, desprendería un tufo insoportable a falso.
   Y sin embargo fue una noche de sabores (ya digo, gastronomía aparte; aunque también). Decidido el menú, dos antiguos amigos, nuevos, vividos y cambiados, frente a frente. Ya no cabía distracción con estampas venecianas. Tejer y destejer, una conversación sutil, confiada, tornasolada, centrífuga, con guión sin perfiles, caracoleando de bucle en bucle, laberíntica, por las emociones, por la ideología y la política, por los futuros rotos del pasado y los otros, a destellos, intramuros, encriptada.
   A los postres, probé a desenredar el ánima que nos perturbaba las horas siguientes:
   -Creo que no tenemos escapatoria. El arrepentimiento está servido, tanto si caemos en la tentación como si no. En pocos días, con la distancia, no nos faltarán motivos, diferentes o iguales, para arrepentirnos.
   Allá penitencias.
   Por la mañana abandonamos temprano los duendecillos paganos entre las sábanas para evitar las colas de la Venecia monumental.
   Primero, Basílica de San Marcos. A media distancia, te subyuga un boscaje exuberante -todo en Venecia es desmesurado-, inmenso ditirambo de cúpulas, pináculos, cupulitas, chapiteles, esculturas y otros accesorios arquitectónicos que nunca un profano debe enfrascarse en catalogar (perdería en belleza sensorial). A medida que llegas a sus pies, la fachada despliega cinco portadas con una mixtura sin fin de arte bizantino y gótico -gótico florido, me precisó Rosalía- de columnas, pilastras, mármoles, esculturas, bajorrelieves y mosaicos donde fulge el oro y todo el catecismo medieval.
   Rosalía no cesaba de orientar mi retina. “Mira allí, mira aquí”. Yo avivaba un rostro encandilado en cada dirección. Y en una de estas, “mira allí, mira aquí, mírame”:
   -¿Te gusta? -inquirió, con duda halagüeña.
   Me pilló desprevenido.
   -Incomparable marco San Marcos -improvisé.
   -Tú y tus jueguecitos de palabras. ¿Es todo lo que se te ocurre decir?
   -Ayer me pareciste tierna y frágil. Hoy, una guía turística desatada. Así que,… mejor la conjunción de la madrugada.
   -Sincrético, eh.
   -Y empírico, añadiría yo.
   Punto y aparte, ya nos tocaba entrar. Puertas de bronce con incrustaciones de plata, columnas bizantinas y losas de mármol rojo. Confirman la genuina pobreza evangélica ya apuntada en la austera suntuosidad de sus fachadas.
   En la entrada un individuo, uniforme de acólito de puerta, recogía el ticket. Otro, medio metro después, afinaba su mirada clínica hacia los visitantes y sentenciaba si para acceder a tan santo recinto vestían con decoro (concepto limitado para este sagaz inquisidor a llevar desnudas ciertas partes del cuerpo) -nosotros recibimos el okey inmediato, acudíamos avisados-. En caso de veredicto negativo, la persona condenada debía volver sobre sus pasos sin posible apelación, o superar el veto cubriendo el desnudo censurado con alguna otra prenda propia o ajena, o adquirida allí mismo, en aquel momento, una especie de chal de tela áspera y amarillenta que vendía un tercer acólito al precio de un euro. Opción más frecuente esta tercera, que me resultó, ¿paradójicamente?, la más indecente. No sólo por el precio del esmirriado retal, atracador sobrecoste de la entrada, sino también por alguna que otra estampa esperpenticoerótica que observé: un tío cachas obligado al tal pañito por los hombros porque vestía camiseta de tirantes; una chica esbelta, pantaloncito corto, trasero sugestivo, tenía que tapar sus muslos en curvas al sol, y se ciñó el ínclito trapo de cintura a rodillas de tal forma que cucurveaban hasta los supuestos ojillos pacatos y asexuados del curato cancerbero.
   En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí, el interior de la catedral. Oscuridad liviana y tutelar, atmósfera esotérica. Mármoles, esculturas, bronces, dorados, mosaicos, columnas, capiteles por doquier, vidrios y oros en bóvedas mayores y menores que se reparten la Biblia desde el mismísimo Génesis para acá. Big bang del arte bizantino. Destaco el gran iconostasio -la palabreja me la sopló Rosalía-: valla de alto basamento de mármol, donde se levantan una hilera de columnas de mármol, que sostienen un friso de mármol, sobre el cual se alinean personajes del evangelio en estatuas de mármol –qué obsesión-, y solo para marcar los límites del presbiterio. Destaco también, si uno se abstrae del lugar sacro que pisa, el imponente “retablo de oro”, orfebrería bizantina y veneciana de miniaturista, paneles de oro esmaltados saturados de zafiros, rubíes y esmeraldas. Claro que la fe…, como no vaya por otros derroteros….
   Salimos. Enseguida Rosalía me cuadró ante la famosa Torre del Reloj y me soltó una explicación somera, rápida, apiadada de mí. La mirada gravita sobre el reloj, la explicación también. En varias esferas concéntricas con azules y dorados, el círculo de las horas en números romanos, los signos del zodiaco y las fases de la luna y el sol. Ah, y la manecilla que marca las horas gira con un solecito en su extremo (dorado, cómo no). Qué más se podría añadir, no sé. Sugeriría una última esfera de venturosa guirnalda con distintas máscaras representativas del carnaval veneciano, ¿no? Más arriba, el omnipresente león alado de San Marcos en fotocol marino y estrellado. Y encima de todo, dos soldaditos de bronce renegrido golpean mecánicamente cada hora un campanón, acontecimiento que, al parecer, hace las delicias de los turistas y sus cámaras de vídeo.
   Sin tregua, al Palacio Ducal, a través de la marabunta que a esa hora de media mañana nos tamizaba o agobiaba o simplemente empujaba. Rosalía se había revestido definitivamente de partenaire acuciosa y eficiente. De camino, nos alejamos, o mejor, me alejó un poco del fragor para rendir admiración a la fachada, gótico veneciano, por supuesto, y destiló información y sensibilidad artística: pórticos, galerías, columnas y capiteles, paramento con ventanas y mármol, mucho mármol, rosado o ceniciento. Y mira las columnas de allí arriba con óculos cuadrilobulados (rediós, ¿cómo había dicho?), preciosas. Yo la atendía, creo que con emoción suficiente, pero temeroso del trance siguiente, el acceso al Palacio. Los ojos se me iban a las colas. La de comprar los tiques era enorme, y la de entrar insufrible, prohibitiva. Iba a proponerle desistir, cuando, abracadabra, saca del bolso dos tiques y se explica con cara de repóker y algo de rubor: las había conseguido días antes y, lo mejor, eran de pase preferente o algo así. “Gajes del trabajo -que no precisó-. Vamos”. Llegamos a la mismísima entrada. Rosalía entrego los pases al portero a la vez que le mostraba un carnet de algo. El señor comprobó un instante, e inmediatamente teatralizó una media verónica y nos franqueó el acceso, ante la mirada estupefacta, envidiosa y avinagrada del primer tramo de la cola.
   En cuanto recalamos en el patio del Palacio, Rosalía retomó sus glosas. Aquí la fachada cambia a renacentista, pero bien provista, eh, de esculturas, arquerías, pilastras, frisos, óculos (de estos, no me concretó si también eran trilobulados), y estatuas sobre pináculos, sin apariencia de equilibrismos, cual si en ellos hubieran brotado como setas. En el centro del patio, dos pozos del siglo XVI con brocal de bronce (se les habría terminado el mármol en aquellas fechas, que si no…). Y ya dentro, un museo. Ahí Rosalía aceleró todavía más: Rizzo, Bassano, Bellini, Sansovino, Liberi, Tiepolo, Veronese, Tiziano y algunos más, pero sobre todo Tintoretto, Tintoretto en resplendorosa miscelánea de sus mitologías, de las que ella se recreó casi hasta el éxtasis en su Crucifixión (no la de Tintoretto, claro; sino en su pintura de la de Jesús). Mis sentidos, por el vértigo. Imposible digerir plato tan excesivo, por opíparo que fuera. Que seguro que lo era. Pero mis capacidades no daban para tantos Evas, Adanes, Papas, Neptunos, Martes, Mercurios, Vulcanos, Cristos, y Venecia en variadas poses, además de la archiensalzada Crucifixión. Mareo, el estómago enviando señales de chiribitas al cerebro.
   En un lapso de Rosalía para beber agua, aproveché. Pregunté, reloj en puño, si nos faltaba visitar algún fulgor veneciano más, porque me quedaban unas tres horas para volver al barco. “Síiii, claro que falta, cariño, muchísimo, pero por lo menos el Puente de los Suspiros. Vámonos ya”. Me cogió de la mano e inició una marcha de prisa radical, se me vino la imagen de la madre que tira del niño que se resiste a ir al colegio.
   Salimos a la explanada. Nunca había degustado o padecido tanta aglomeración en tránsito, a lo más en los vértices de la feria de Córdoba; pero esto, ni de lejos (mucho menos, de cerca). Apenas acerté a hinchar los pulmones, quizás diez segundos. Ahora se colocó delante de mí, me arremolinó las manos y las puso en su cintura, “sígueme”. Esquivaba como una experta en fintas y codazos suaves pero inapelables. Calculo que no tardaríamos cinco minutos en ocupar un hueco de honor en la baranda del repecho frente al renombrado Puente de los Suspiros. Según los folletos informativos y Rosalía, por él pasaban desde el Palacio Ducal a prisión los condenados por la Inquisición siglos ha (las inquisiciones de ahora, dependiendo del país, tienen otros métodos, más sofisticados o más expeditivos; pero de suspiros…, me malicio que ni entonces, ni ahora -romanticismos los justos-). Pues, al margen de la descalificación ético-política-histórica que me merece, he de reconocerlo, me conmovió, o algo parecido. No tanto por las explicaciones de Rosalía, que no cesaban, cuanto por el mestizaje estético que percibí. Un pasadizo cubierto de factura barroca exquisita sobre un estrecho canal. Por sus aguas verdinegras cernidas de sol intenso paseaban góndolas ataviadas de decor veneciano y aturistadas, con pasajeros de distinto fervor inmunes o propensos a las fotos prodigadas desde la baranda. Y el contraste de las fachadas laterales, la ostentosa del Palacio, sus columnatas, ventanales y esculturas adosadas, frente a la insípida, plana y torva de la prisión, sus bloques de piedra superpuestos y sus ventanucos enrejados. La vida misma, pensé, el arte y sus sevicias.
   Detuve la reflexión cuando advertí que Rosalía aún permanecía a mi lado con sus comentarios incombustibles. No sé qué instinto, o revoltijo de ellos, alentó la decisión: me giré, tomé su rostro entre mis manos y le solté un beso entre los labios y más allá. Y ella…, como que armonizaba. Hasta que nos despabilaron unos aplausos y olés inconfundibles, la marca España. Nos retiramos con una risita traviesa hacia el corrillo, y los premié con una posdata: 
   -She is my love. Just married.
   Los aplausos se recrudecieron y acompasaron una flamencada expandida a todo el grupo que nos despedía: “Amooor, amooor, amorooor…”
   Rosalía sonrió a la gracieta. Luego, cuando nos alejábamos, preguntó:
   -¿Por qué lo has hecho?
   -Bueno, está claro, he utilizado el inglés para despistarlos un poco.
   -No, si me refiero al beso.
   Con gesto amable le tomé las manos y respondí:
   -Dentro de pocas horas zarpa el barco. Si tanto tardé en llegar ayer, ¿cuánto crees que me costará volver? Ya no me interesa ver ni visitar nada más, sólo tomar algo contigo tranquilamente y despedirnos.
   -Sí, es lo mejor -confirmó dubitativa, mientras sus pupilas azules repasaban la estela de algún pensamiento.
   -Y si me llevas a la sombra de alguna terraza de San Marcos… Aunque te parezca un simple, quizás lo que más me ha impresionado de Venecia. Aparte de ti, por supuesto -cuestión de reflejos.
   -Gracias -se le escapó un atisbo de melancolía-. Hay que ir despidiéndose. San Marcos… puede valer.
   No pareció muy conforme con la elección; pero para mí, escollo superado. El adiós me resultaba menos espinoso en un ambiente vacunado contra intimidades y compromisos. Además de mi indudable fascinación por esta Plaza. Y de paso me despedía a la vez de los dos mitos reseteados.
   Sentados en el lateral opuesto al de la tarde anterior, consumimos una cerveza y una última conversación amortiguada o entreverada con las notas de un piano de cola incrustado en aquella terraza, y cuya melodía serpenteaba por entre los pensamientos y las palabras de los clientes.
   Hasta que en la Torre del Reloj los soldaditos de bronce atezado atacaron en el campanón las dos de la tarde. La despedida. Promesas. Nos llamaremos, nos veremos en Córdoba, ingrávida la fecha. Caricia de manos para el manto de la distancia. Me levanté, último intercambio de miradas, y me fui. Ella se quedaba allí, contemplando las horas de aquel reloj de turismo perpetuo, y aguardando a quien minutos antes había llamado por el móvil.
   Nada reseñable de la vuelta al barco. Si acaso, que mi sentido de la orientación y de la pregunta pertinaz -pack indivisible en mi caso-, espoleado quizás por cierto instinto de supervivencia, me llevó al mismísimo control de acceso al barco en poco más de una hora. Y sin demora al salón-bufet. Comida y bebida, mucho de ambas, tenía hambre, sed y alto nivel de ansiedad. Saciadas ambas tres al unísono, al camarote, sin cigarrillo en rincón del fumador ni nada, suelto de reconcomios y arpegios. Siesta, dormir hasta las simas donde ni los sueños se atrevan a incordiar.
   Desperté al cabo de horas custodias y abisales. Salí al balcón del camarote, me senté plácido en la butaca. Pigmentos de sol y luna disputaban, como cada atardecer, como cualquier atardecer. La película de veinticuatro horas, Venecia, Rosalía y un sentimiento relativo. Con título: de mitos, sus devotos y sus profanadores.

martes, 21 de octubre de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (13)

VENECIA, DE MITO….

    Mediodía por la cubierta de piscinas, hora y espacio de máxima concentración de cruceristas a bordo. Un rumor se corre y propaga, primero vacilante, conjeturas, atisbos, susurros inquietos; pero minutos después, a medida que el barco va enfilando hacia tierra y evidencia un paisaje de costa, los tonos adquieren consistencia, seguridad y volumen y desescaman expectantes, arrebolados, ilusionados, entusiasmados en mensaje unitario: “¡Venecia a la vista!” Aunque ya se sabía -lo había anunciado la organización del crucero-, el barco arribaría al puerto de Venecia algo después de mediodía.
   Abandoné la lectura y me levanté de la tumbona a mirar, como todos. Efectivamente, allá a lo lejos se divisaba la costa, una costa, el mar recortado por unas lomas bajas, sin más señas de identidad. ¿Qué importaba?, fragor de cámaras y móviles, clic, clic, clic, por babor, por estribor, por doquier, por inercia, por sinergia.
   Me tentó la reflexión: el personal está ávido de emociones, y tratándose de mitos, ya te digo. Pero no quedó en simple parpadeo del pensamiento, rara vez me limito a una nota a pie de página. El peligro de mis querencias. No sé si por absceso intelectual, entretenimiento o vicio, me dilato, diluyo o escarbo en el apunte sobrevenido. Se me ocurrió sondear entre prudente y humilde mi nivel mitómano. ¿Para qué me haría semejante pregunta? Y menos, a las puertas de la mismísima Venecia. Con resultante de desasosiego. Más o menos controlado, pero desasosiego al fin y al cabo. Unos minutos, bastantes, aunque quizás insuficientes. Déjate llevar, hombre, me sugería la voz facilona del polo simplón, los mitos son consustanciales a la naturaleza humana, por paradójico que parezca. No tanto, me aseguraba la voz del otro polo, los mitos atontan, merman, pervierten, prostituyen la realidad en fantasía, vulgares proxenetas.
   Antes he dicho minutos, pero, bien contado, creo que mi debate intrapolar se prolongó al menos durante media hora. Aproximadamente hasta que el barco superó el primer espigón del puerto, cuando reparé en que tanta cuita me enajenaba y, ¡rebuah!, obstruía el primer ritual de la mirada. Así que lo solventé con una componenda: de momento, digamos que soy relativamente mitómano; luego, pues según. Y pasé al paisaje.
   Aguas pausadas con el verdor puro del sol de mediodía, alguna que otra lancha motora luciendo palmito con cabriolas y estelas de espuma en torno al crucero, que, paso de elefante, va surcando mayestático una zona de balizas que le marcan el acceso al puerto, junto a dársenas sembradas de altas grúas portuarias y repletas de embarcaciones de recreo. Por aquí flirtean ya las primeras láminas de la ciudad mito: tejados ocres a dos aguas, cúpulas grisáceas de media esfera rematadas con pináculo y torres afiladas.
   Lo comprobaría a lo largo de las horas, el mismo juego de tonos por toda la ciudad, grises y ocres, más alguna que otra paleta de rosa y verde, pero siempre con cierta pátina de palidez. Efecto de la atmósfera marina, de la psicología arquitectónica, del marketing turístico o de la falta de presupuesto para restauradores y pintores de brocha gorda. O de algún otro motivo que escapa a este profano en trance de profanador.
   Por cierto, la primera sorpresa me llegaría poco antes de culminar esta marcha cadenciosa hacia el puerto: a pie de mar, una iglesia o basílica con aspecto de templo griego, con su tímpano triangular y todo. Aunque la sorpresa no residía en su portada, vistosa, elegante, sino en una estatua colosal erigida a su lado. Vista desde arriba, desde el barco, su cabeza alcanzaba justo hasta el entablamento que sostiene al tímpano. Pero reclamaba la atención, no sólo por sus dimensiones, sino por la imagen misma que representaba: un ser humano deforme, una mujer sentada sobre una peana cuadrangular, desnuda, color gris veneciano, cabeza rapada salvo una especie de flequillo recortado sobre la frente, mira hacia su derecha –el lado contrario a la iglesia-, con rostro inexpresivo, o quizás taciturno; sin brazos, aunque con restos de muñón en el derecho; los pechos son dos protuberancias paleolíticas y asexuadas que descansan sobre una barriga de embarazo; en esa posición sedente, piernas cortas, muy cortas, semiabiertas, con muslos excesivamente gordos hasta las rodillas, desde donde se moldean hacia los pies con abertura de pies planos. Desconcierto. Qué anunciaba aquello, qué pretendía provocar, ¿conmiseración?, ¿miseria?, ¿aviso para navegantes que se acercaban a contemplar los oropeles de esta ciudad legendaria? He estado después buscando imágenes de esta iglesia o basílica por internet, y las he encontrado, si, pero ni rastro de tan monumental y turbadora metáfora al lado. Acaso fuera el reclamo de alguna exposición temporal de escultura o pintura que hubiera por allí, en cuyo caso, no quiero ni pensar lo que se podría encontrar en ella.
   El barco quedó definitivamente instalado en la zona de cruceros del puerto hacia las dos de la tarde. El dispositivo de desembarque estaría listo para media hora después, anunciaron. Trajín de masas de cruceristas para tomar posiciones de salida, mientras una minoría relativista y hambrienta acudíamos al salón-bufet. Venecia podía esperar, pero los jugos gástricos no.
   Mientras despachaba un menú de ensaladas, planchas, salsas, melón y sandía, me planteé el futuro inmediato. Saqué el móvil, lo puse sobre la mesa, comprobé su estado. Operativo. Bien, tenía que decidir si me decía a llamar a Rosalía. No era fácil, a pesar de los mejores augurios. No en vano soy mucho de tamiz, de mucho tamiz. Y, claro, mi capacidad resolutiva no fluye y acelera hasta que no ha superado varias cribas.
   El problema no venía de origen. De hecho, en cuanto conocí la ruta del crucero, asocié Venecia a Rosalía y me apresuré a conseguir su número de teléfono. Me ilusionaba el reencuentro al cabo de los años. No, nada me inquietó entonces. La duda era reciente, venía barbullando desde un rato antes, cuando me sobrevino el dichoso debate sobre mis tendencias mitómanas, y por ahí se coló ese ligamento cruzado Venecia-Rosalía. Es decir, si Venecia se me presentaba como un mito a punto de deconstruir y, en consecuencia, de descatalogar, me maliciaba que con Rosalía ocurriría tres cuartos de lo mismo. Vale que me encanta desmitificar, pero Rosalía… Seguramente hay mitos de los que es mejor no despertar.
   Dilema fortuito y antipático atorado otra vez: ¿para qué me haría semejante pregunta? De nuevo los acosos bipolares tejían y destejían argumentos. Aunque, mientras tanto, mi mano inconsciente había cogido el móvil y buscaba entre el listado de contactos, como por entretenerse, como a la espera de conclusiones, y un dedo desmayado y traicionero, no sé cuál, pulsó el número de Rosalia, en plan de prueba, como si intentara zanjar el debate por la vía de la comprobación: a qué tanto discutir si al final resulta que no contesta o, lo que es peor, el número es falso o simplemente no existe.
   Señal de llamada -existe por lo menos-, décimas de segundos, todavía confiaba en que no descolgaran, un tono, dos, tres, dudaba ya de que lo hicieran, cuatro, cinco...
   - Sí, quién es, por favor.
   Esta voz… -pienso, otras cuantas décimas de segundo- medio raspada pero melosa… ¡Coño, pero en español!
   - Ejem -me apresuro, función fática, mantener el contacto-… ¿Rosalía Solano? No sé si… Verá…, acabo de llegar a Venecia en un crucero y…
   Me quedé pinchado más que nada porque me estaba reprochando mil veces, en décimas de segundos también, explicación tan pueril. Pero ella:
   - Pues claro que has acertado, chaval -su voz también se volvió cariñosa y casi eufórica-. Llevo dos días esperando tu llamada. Seguramente me dijeron mal la fecha.
   Ese tono, ese calor, esa disposición, me fortalecieron, sólo en décimas de segundo, más que suficiente para afrontar el mito con confianza y aplomo. La conversación se volvió enseguida fluida y corta, porque convenimos en el interés inicial, vernos aquella misma tarde. Me citó en una de las terrazas de la Plaza de San Marcos. Explicó un poco en cuál, pero la precisión no funcionaba, así que lo dejamos para unas dos horas después, tiempo calculado, por ella, de mi llegada a sitio tan emblemático, ¿y tan mítico?, para encontrarme con mujer tan singular ¿y tan mítica?
   Dejé el postre a medio terminar, me serví el clásico café aguado de la maquinita y salí disparado al rincón del fumador, nicotina para la ansiedad. Al cabo de los años nosecuántos estaba a dos horas de Rosalía.
   Rememoré así por encima, fumarse un cigarrillo no da para mucho. Los años de facultad, en que sólo la conocía de vista y de alguna que otra referencia. Ya por entonces Rosalía no era mujer que pasara inadvertida. Una belleza jovial, intelectual, llana, crítica, dispuesta, generosa, activa, comprometida y rubia de ojos azules. Coincidimos algunos años después, con la profesión ya a cuestas, por el sistema de un grupo de amigos conecta y tal con otro del mismo tipo, ella en uno, yo en otro. Entonces sí, intercambiamos impresiones, ideas, opiniones, etc. Del gran grupo pasamos al petit comité, y de ahí a la relación personal. Digamos que le caí bien, en los primeros compases por mi afición a la literatura y a escribir prosas. Acababa de divorciarse de un marido que escribía versos y parecía tentarle la posibilidad del cambio de género. Por ahí vendrían confidencias de pasado, presente y futuro y alguna que otra caricia, que justamente desbarató el futuro. Sus inquietudes la llevaron a la militancia política, y enseguida asumió liderazgos y responsabilidades, para los que se encontraba dotada, sin duda. Pero a mí, menos las inquietudes, me desbordaba todo lo demás. El resultado, tantos años de por medio. Hasta esta Venecia, donde ocupa no sé qué cargo en el Instituto Cervantes. Fin del cigarrillo evocador.
   Después, al camarote a por la mochila con el kit de acompañamiento y un figss-figss de colonia al paso. Con que coqueto, ¿eh? -me pregunté ante el espejo antes de salir-. Rehusé la respuesta, me daba pudor, y rubor.
   Tras superar apuros de desplazamientos, mapas y preguntas en modo turista despistado di con el vaporetto. El célebre y preciado vaporetto de todas las guías informativas y foros de internet. Ticket y acceso.
   Consigo hueco en la parte descubierta de popa, asiento de madera corrida encastrada al lateral, o sea, cuerpos adosados noventa por ciento turistas. A mi derecha, una pareja de latinos, moreno y bronce, mucho más adosados entre ellos. A mi izquierda, una, dos y tres asiáticas, de juventud imprecisa, sonrisa candorosa y cámara en ristre -ya sé que la descripción no es muy original, pero tampoco voy a tergiversar ni poetizar la realidad-. Quizás japonesas, pero, claro, tampoco andaba yo para análisis de oberturas en el rasgado de ojos, ni de acento de pómulos, etc.
   Así pues, vaporetto en marcha, me abstraje y concentré los sentidos resultantes en el Gran Canal. Como si fueras por una gran avenida, una magnífica avenida, ancha, espaciosa, diáfana, mágica pero con tráfico, de otras embarcaciones, claro, lo que la humanizaba. Esto me distrajo un poco al principio, los comentarios risueños, cantarinos y niponfascinados -tres delicias- de las presuntas japonesitas también. Pero sólo hasta el primer apeadero, que fue cuando me dije “esto es como el autobús urbano, con su recorrido, paradas, subida y bajada de viajeros y tal, pero por agua”.
   Bueno, cuando el vaporetto reanudó la marcha, todavía pergeñé una observación algo renuente: los laterales del Gran Canal estaban, a trechos, sembrados de empalizadas de embarcaderos abarrotados de barcas, barquillas, lanchas y demás vehículos de transporte o traslado acuático; o sea, el equivalente a los aparcamientos de cualquier avenida. Seguro que tienen zona azul y todo; aunque puede que algunos sean garajes comunitarios o algo así. Pero inmediatamente me pregunté: ¿no crees que te estás perdiendo un panorama de ensueño? Me respondí que sí. Y ya me hice caso del todo y me propuse empaparme del paisaje.
   Dispuesto a dejarme seducir, levanté la mirada por encima de los embarcaderos y embridé mi natural distante y descreído, esfuerzo casi innecesario porque al punto comenzó a tambalearse. Sobre todo tras pasar bajo un primer puente de construcción convencional. A medida que este vaporetto, tractoroso, trompicoso, avejentado y resignado, avanzaba cual mulo de carga, se prodigaban arquitecturas góticas y renacentistas y su orgullo milenario, impávido, mudo y bello.
   Prolongada y magnética secuencia bajo el asaeteo incesante de las encandiladas japonesitas que, parapetadas tras sus cámaras de última generación, no pierden detalle, detalles, pero quizás también perspectiva. Un puente de herrumbre, otro con barandas de cristal (impuesto, sin duda, por necesidades de la modernidad, pero que incordia bastante al entorno milenario), y el famoso puente de Rialto, de imposible majestad y sencillez. Entre sus tramos alternan fachadas en su mayoría de factura clásica rosáceas y grises, colores desvaídos y fuertes de abajo arriba, líneas rectas atravesadas por amplias balconadas, de señoríos o aburguesadas, salpicadas de banderas italianas o venecianas, en solitario o emparejadas o acompañadas de europeas, torres inconcretas en tonos terrosos y cúpulas averdinadas, y una espectacular balaustrada a pie de mar (“Museo di Storia Naturale. Bestiario Contemporaneo”).
   Mientras la marcha del vaporetto me lo permitió, fijé la atención en una fachada de particular reclamo fotográfico. Se me antojaba de renacimiento decadente o florido, no tanto por su balconada corrida como por los prudentes excesos de la arquería de sus ventanales. El acceso por mar está protegido por una carpa de púrpura decolorada, mientras que por encima de esta una especie de tapiz, también en púrpura pero caramelizada en este caso, anuncia “Casino di Venezia”. La fachada es apuesta, glamurosa, etc. de por sí; pero es este circunstancial tapiz o simple colgadura lo que excita el fragoroso cliqueo de toda la popa turística del vaporetto y, hasta donde la vista me alcanza, buena parte del lateral de babor y los más atentos de estribor. Y eso que aquí, a diferencia de lo que había contemplado en Mónaco, a la puerta (embarcadero) del casino no se exhibía una puñetera embarcación sobre la que descargar todas las maldiciones, juramentos y escatologías de la envidia.
   Fue entonces. Aquel monumento hermoso y malsano ya quedaba atrás y mi mente reclinaba la mirada por las orillas. Entonces lo advertí, la conjunción emocional que subyuga y subyugará a todo visitante de esta ciudad, sea en la forma de turista o crucerista (para el caso, apenas hay diferencia), de viajero empedernido o recalcitrante, de novios en viaje de tales o de improvisados tales en furtivo viaje de dimensión específica, de visitador aventurero o de circunstancial congresista de medicina desoxirribonucleica. La seducción no reside sólo en esos frontones y columnas que se suceden a lo largo del recorrido, ni en las gárgolas de rostros esculpidos con la boca abierta bajo los tejados, ni en las pequeñas esculturas, motivos mitológicos, que rematan los ángulos del triángulo de sus frontones, ni en la persistencia de unas fachadas con decoración y vanos de alma en equilibrio. No. Todo ello por sí mismo conformaría un conjunto digno de admiración, qué duda cabe; pero… era el agua, el mar lamiendo con verdina y moho los pies de sus cimientos, el mar, que no importuna sino alabea, que no invade sino acaricia y amorosea y ensalza y vivifica la prestancia de este relicario arquitectónico.
   Tamaño descubrimiento -vale que poco original, lo admito, pero…- anonadó y arrinconó mi capacidad expresiva. Imposible describir la sucesión de impresiones que fueron quedando en mi espíritu. Renuncio. Son los riesgos del arte pluridimensional, las sensaciones desbordan a las palabras, al menos en mi caso, que funciono a base de intuiciones y sensibilidades cuasicorruptas. Supera tú la expresión experta, sensual, sibarita, culta, documentada y apabullante de la persona que te ofrece su información y sensibilidades, con amable exigencia de instrucción básica, eso sí. Buf, me sentía noqueado, no acostumbro a percepciones tan seguidas y tan fuertes.
   Así que cuando bajé del ínclito y vulgar vaporetto, todavía bajo tales efectos narcóticos, lo hice sumándome a la inercia de la mayoría que lo abandonaba, y de las tres japonesitas, que también lo abandonaban.
   Hasta minutos después no me invadió una suerte de liberación, y la conciencia de que efectivamente había coincidido en el destino con todos los demás, San Marcos.
   Miré hacia los quince mil puntos cardinales del lugar y sólo acertaba a perderme en un ingente trajín de gente que hormigueaba en hileras descompuestas o aglomeradas, deshilvanadas o moleculares en múltiples destinos finitos o despistados, imprecisos o guiados, sorteados o arrutados, colectivos o wassappeados, multicolores y veraniegos todos.
   Iba a preguntar algo, no sabía exactamente qué -de verdad-, cuando justamente un wassapp multiplicado me salvó: “Media hora esperándote en la plaza de San Marcos”. “Terraza al lado del Campanile“. “La primera a la izquierda viniendo desde la catedral”. “¿Tardarás mucho?”
   Me apresuré a responder: “Acabo de bajar del vaporetto”. “Parada de Piazza de S.Marco”. “¿Crees que daré contigo en cinco o diez minutos?”
   Respuesta: “Sí”. “¿Te pido un café o una cerveza?”
   “Las dos cosas, guapa” –sentía que todos mis escáneres retomaban su habitual pleno funcionamiento.
   Y allá que fui al encuentro de mi segundo mito veneciano.