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miércoles, 13 de mayo de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (13)

 

¿Enseñanza-aprendizaje?

 

No hay profesión más universal que la docencia. Cada persona, un docente, desde el palurdo al rutilante. Todos somos docentes. Importa cambiar la máxima de la condición humana: eres persona, luego eres docente (lo de mor­tal queda en puramente accidental, va incluido en el precio).

Impulso primario al que sucumbe desde el más filántropo hasta el peor misántropo, reflejo del interés por influir en actos o comportamientos de los demás, sea uno, muchos o todos.

Sus manifestaciones abarcan una dimensión inmensurable: desde los cinco lobitos hasta la inmortalidad de la cuncunfornia del pirolito.

Marcha docente de la humanidad hacia la incógnita o la revelación.

Acostumbra diseños de ropajes según tendencias, o sea, según las sucesivas reconversiones impuestas por ideologías de temporada; aunque los efectos suelen resultar asimétricos. Las modas se solapan unas con otras. Sus tramos van de lo retro a la última vanguar­dia, en cualquier situación, en toda época.

Así pues, los modelos docentes de la sociedad cambian y se suce­den al dictado de las mareas, flujo, reflujo, pleamar, etc. Por lo cual, eso sí, guardan, cuando menos, una relativa uniformidad. Aunque, no se olvide, siempre se encrespan olas alocadas, soliviantadas por algún escollo.

Pero hay un menor riesgo de naufragio: cuando los patrones de docencia en el aula y los sociales discurren por las mismas corrientes marinas. En caso contrario, el desvarío está servido. Primer problema de calado.

El segundo problema se circunscribe al aula, desajustes en el gálibo del profesor. Este ha ido ponderando modelos, instintivamente, intuitivamente, intelectualmente, a lo largo de su aprendizaje, escuela, instituto, universidad; de tal manera que suele ser portador de uno más o menos defi­nido cuando pasa a la otra orilla. Aquí la diversidad desborda y quintu­plica la gama más variopinta. La elección no es arbitraria, por descontado. Tiene mucho que ver con un pro­yecto de satisfacción personal. En unos casos (no cuantifiquemos) domina la generosidad, la lealtad, la responsabilidad, la permeabilidad, la adecuación; pero en otros (tampoco cuantifiquemos), la apariencia, la oportunidad, la sumisión, el servilismo, la exalta­ción del ego, la simple nómina o la pura torpeza.

Cuando la política pedestre abreva en los lodazales apuntados, los dos problemas anteriores son nimiedad, minucia, farfolla. Y se produce la foto fija del momento perplejo.

jueves, 23 de abril de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (12)

 

Léxico para bebés

 

Todo nacimiento es un rescatador léxico. Sustantivos y adjetivos relegados al trastero de la masa encefálica son desempolvados, abrillantados y reutilizados por el entorno del recién nacido: la madre parturienta, el padre consorte, la señora que casualmente pasaba por Maternidad, el núcleo cercano a los progenitores y la romería de familiares y allegados movilizados al efecto.

Tal cual traje que pasa por la tintorería de evento en evento, un abigarrado rosario de sustantivos y adjetivos, valorativos todos ellos, recobran savia expresiva a cuenta del acontecimiento. Unos, caseros y rutinarios; otros, eufemísticos; algunos, descaradamente ofensivos. Pero la mayoría, acicalados con sufijos de muy variados estilos, los hay hasta inéditos, inauditos, incomprensibles, imposibles e impresentables. Una lista interminable de  chato, chatito, chatín, chatino, chatinino, guapo, guapísimo, guapito, guapín, peludo, pelusín, blanquito, blanquitísimo, lloroncete, mamoncín, ricura… Fuera de este uso más común, los hay pretenciosos: piel de melocotón, cabello asilvestrado, manos de garfio, ojos de luna, sueño de obispo, llanto desconsolado... Habría que reseñar también el recurso a lo popular, lo del pan bajo el brazo y demás.

Después, en los meses siguientes, cuando el léxico se atempera, la infancia recala en la etapa poliédrica —ahora las ciencias, tras las letras, siempre ha sido así—. Tanto propios como extraños exclaman, descubren, aseguran, comentan "los brazos que tiene", "las piernas que se le están poniendo", “esa cara de pan”, y en este plan, poliédrica. Pero el niño no asiste a su desarrollo, a la prolongación de su nacimiento, simplemente está, en su vitrina, que es la cunita, el corralito, la sillita, la mecedorita, etceterita. Hasta que comienza a zafarse de su primera infancia.


martes, 7 de abril de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (11)

 

Distopías

 

La policía, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, es un recurso literario, como la metáfora o la epanadiplosis. Su atractivo para la ficción reside en su endiablada capacidad para el antagonismo. No así para el protagonismo, que suele ser edulcorado y llorón, o excesivamente épico, con lo que deriva en no­velas de caballerías demasiado caballerosas. Adolece de veracidad.

En el an­tagonismo novelado la policía se crece y brilla. Sus relatos reflejan los bajos fondos de la condición humana, y esto siempre mueve a la piedad. A la piedad en general, no a la pie­dad con sus uniformes. Responde, así, a una mentalidad esquemática, de ma­nual de bolsillo, según la cual todos no podemos ser buenos.

La existencia de la bondad es congénita con la maldad, paralela, gemela. No enten­demos qué sea la bondad si no es en comparación con…, con la maldad. E igualmente, existe el camino de retorno, maldad versus bondad. Y así vamos, siendo alternativamente buenos y malos. No conozco a ningún moralista que haya tratado este asunto desde esta perspectiva. En realidad, no conozco a ningún moralista. Me refiero a moralistas que entiendan la policía como recurso literario de la maldad. Sigamos.

Para ser buenos, ¿quiénes?, nosotros, claro, necesitamos a los malos, o sea, a ellos, es decir, a todos los que no somos nosotros. Si no disponemos de ellos, nuestra bondad no existe. Si nos faltan, tenemos que fabricarlos, crearlos a nuestra imagen y semejanza, pero en malos. Y los creamos, nos inventamos a la policía, encarnación viva de la contrabondad.

¿Que hay otros malos? Sí, los ladrones, los prevaricadores, los banqueros, los bea­tos, los políticos, toda una fauna que no cabría en el coto de Doñana, ni en una hipotética Alcalá-Meco de doscientos mil metros cuadrados (parece poco, ¿no?). Pero éstos, su inmensa mayoría, son tan verídicos, tan vulgarmente ve­races, que son pura realidad, nada para la literatura. Ni para un simple calam­bur tendríamos.

La policía sí, la policía tiene esencia literaria, ímpetu retórico, vigor esti­lís­tico. Ya lo dijo Sócrates cuando palpó el bíceps del soldado que le ofrecía la cicuta: “Esto es literatura, la literatura de mi vida, cómo habría de importarme morir ahora por ella, a manos de ella y a causa de ella”.

La presencia literaria de la policía engrandece al héroe, lo magnifica. Un hostiazo bien dado, un vergajazo a tiempo, un par de oportunas groserías, o todo a la vez, dejan al héroe repleto de bondad. Como le ocurrió a…, iba como nuevo camino de comisaría.

Por esta misma razón, la literatura compara a los policías con seres de aspectos y dimensiones temibles. Recuérdese: paquidermo, orangután, cí­clope, bulldozer. Bueno, bulldozer ahora después. El símbolo de la maldad, la fuerza bruta y sobredimensionada. No hay en la historia de la literatura un solo policía enclenque o feo. Y, si lo hay, seguro que practica artes marciales.

Aunque, algo me inquieta: la policía habitualmente, habitualmente —pun­tualicemos—, no actúa de manera arbitraria. Previamente ha sido seleccio­nada y adiestrada en unos determinados parámetros psicofísicos. Luego impele su peculiar comportamiento una fuerza superior a ella, la ley.

—Claro, el brazo armado de la ley.

—Pues eso es lo que me inquieta: un bíceps armado.

—He dicho brazo.

—Y yo, bíceps.

lunes, 2 de marzo de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (10)

 

Avatares

 

Vete tú a dar una razón de amor. ¿Por qué nos enamoramos? Una ra­zón, un argumento, un motivo convincente y exento de obviedades.

El amor no es caprichoso, como justifica la generalidad, la mediocridad. Tiene un mecanismo, un sensor que se activa desde algún lugar del sistema neuronal, o del sistema nervioso, o del neurovegetativo, o averigua. Pero se activa, y no por capricho, sino por estímulos externos, una fuerza sobrecoge­dora que presiona y acciona el resorte. Los científicos tienen reservada una parte del cerebro para las emociones, pero me resisto a que el amor sea una de ellas, una de tantas. El amor las sobrepasa y sobredimensiona, las sobre­vuela y aglutina, es la conjunción noble de todas ellas.

Ahora, hala, dale un lugar en el cerebro a la conjunción.

El amor es química, dicen los de letras. Es sentimiento, dicen los de ciencias. De donde se induce que es enigma para unos y otros.

Pongamos la conjunción y en él nos encontraremos todos, duplicados, dignificados, deificados.

Educados para emparejarnos, el ámbito social nos va mostrando, propo­niendo, modelando modelos. Cada cual diseña el suyo a base de intuiciones, sorpresas y alguna que otra renuncia. Así que el amor es educacional e intui­tivo. Y llega y deslumbra, o emboba, cuando veo mi modelo reflejado en una persona. No es que el modelo se haga carne tal cual, es reflejo del original, una aproxima­ción, porque se renuncia a la identidad plena.