Médula
y cortezas
Entre rutina, casualidad y
sorpresa, la más endógena es la primera. Las otras dos también, pero depende.
Luego, unos grados por encima, están el sobresalto y el asombro,
presumiblemente en campos distintos, pero a veces con acuosos límites de
interacción. Parecen más bien exógenos, sí, aunque conviene prevenirse contra
las apariencias.
De entre todas estas
manifestaciones del ánimo, la rutina, denostada socialmente, se encuentra en
situación de inferioridad. Así, la persona sorprendida en flagrante rutina
recibe el menosprecio acusador. Enseguida se le achaca indolencia,
holgazanería, flojera y demás sinonimias. De ahí lo de endógena, porque nadie
contempla que fenómenos ajenos al sujeto en cuestión influyan en esa forma de
existencia, ni el afectado la mayoría de las veces, sobre todo si la denuncia
ha sido tan reiterada que hasta él mismo termina por asumirla, mal que bien
pero la asume. Aunque también pervive otra perspectiva, la de quien entiende
gratificante e incluso rentable la rutina. Se marca unas pautas y no se sale de
ellas, por más que presione toda la corte de agentes externos, emocionales,
económicos, sociológicos, meteorológicos o paranormales. Nada trastoca su
rutina, ésta sí que es genuinamente endógena.
Hay otras formas de rutina,
sin duda, más o menos consolidadas, las más susceptibles de incordio por parte
de la casualidad. ¿Exógena, por tanto, la casualidad? Pues sí, pero con
reparos. Uno va por la vida con su rutina y un mal día encuentra cerrada la
habitual estación de metro, exógena; o un buen día coincide con su jefe a la
hora de entrar al trabajo —ya se sabe que los horarios de los jefes no…—,
exógena. Y sin embargo, hay quien, porque odia la rutina, se convierte en
buscador de casualidades. Por eso, aunque haya escuchado en las noticias que su
estación de metro está cerrada, va por si está abierta por casualidad,
endógena, o se juega acudir tarde al trabajo por si el jefe todavía no ha
llegado por casualidad, endógena.
En la misma línea endógena-exógena
de casualidad se encuentra la sorpresa, aunque esta última con unas décimas más
de inestabilidad. Como cuando en la estación de metro que encuentras cerrada se
te proporciona, oh sorpresa, servicio de autobuses alternativo gratuito por las
molestias ocasionadas, exógena. O cuando el jefe, con el que has coincidido a
la hora de entrar al trabajo, te sorprende con reproches por los cinco minutos
que llegas tarde, y buena gana que le expliques lo del cierre de la estación de
metro y los imponderables del tráfico para el servicio de autobuses
alternativo, exógena. Y por el lado endógeno, aun conociendo el cierre del metro
y el servicio de autobuses alternativo gratuito, te quedas en la cama y dos
horas después llamas al jefe por si ha llegado, y ha llegado, y le lamentas el
problema de desplazamiento que te impide… y te sorprende su…, netamente
endógena.
Escala arriba, el sobresalto
y el asombro. Cabe la tentación de interpretarlos por ese orden, como si el segundo
fuera consecuencia del primero, como si el pumba de un sobresalto revirtiera en
asombro más o menos prolongado. Una posibilidad, sin duda, pero exógena. O el
sobresalto de una declaración de amor inesperada, insospechada, inopinada,
inviable y a las cuatro de la tarde de una canícula horrorosa —no doy más
detalles de protagonistas, edades, sexos, sitio, etc.—, es una casualidad, cuya
sorpresa adquiere tal magnitud, el sobresalto propiamente dicho, que, desde
luego, no sólo te saca de tus rutinas, sino que puede acarrear secuelas de
asombro durante un buen tiempo. De modo que por ahí, sí, encadenamiento exógeno.
Aunque, conviene precisar: esa misma declaración de amor quedaría en mero
sobresalto, exógena pero sin trabazón, si la persona respondiera con un venga-ya-no-me-vaciles.
Quizás la dirección contraria
resulte más difícil de probar. Pongamos, por ejemplo, a una persona con
reflujos de esófago asombrados por la incultura ambiente que la rodea. Puede darle
un palpitazo, un subidón (o sea, sobresalto), cuando vea a un jovencito leyendo
la editorial de un periódico, ya sea este de información general, sectorial o
sectaria, pero leyendo. Convengamos para ambos supuestos la condición exógena,
que también se puede atribuir por separado.
Sin embargo, sobresalto y
asombro cargan también con una componente endógena, por separado también, nada
desdeñable. A nadie escapan personas genéticamente predispuestas al sobresalto,
las comúnmente calificadas por vivir con el corazón en un puño, ay que ese niño
se va caer de…, las tantas de la mañana y todavía no…, no me digas que el
condón se ha roto… y en este plan, endógena.
Y por otro lado, hay quien
se ha acogido al asombro permanente como coraza frente al exterior, como un
sistema de vida. A qué casualidades ni sorpresas ni sobresaltos, el asombro
como rutina.