Pincha arriba en "Gramática de autor" para acceder a la segunda página del blog.

miércoles, 11 de febrero de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (9)

 

Pantallazos

 

Apolítico es término tapadera. Quienes lo esgrimen tienen un criterio po­lí­tico, sin duda, pero lo niegan en según qué momentos y con quién. Los hay de derechas, de izquierdas, requeteyugoflechistas, hozmartillistas y un sinfín fifty-fifty.

El homo apoliticon presenta algunos subgéneros. Los más frecuentes son: no entender de, no saber de, o no meterse en. Sin embargo, cuando acu­mula sangre en la ideología, suele utilizar un lenguaje nostálgico y metralletero: “Esto lo resolvía yo como el general Witiza, ta-ta-ta-tá”.

El apolítico acostumbra a congratularse de carecer de ideología. Asegura que tenerla es propio de desaprensivos, pusilánimes, gente sin cultura y degenerados en general.

Los apolíticos proliferan en épocas de especial conflictividad política. Su recurso es la neutralidad —de la boca para fuera— y el recelo —de la boca para adentro—. Pero nunca tienen miedo: “Esto lo digo yo aquí —es decir, reunión de amigotes etílicos— y en París —es decir, de donde vienen los niños, el su­frido tálamo nupcial.

Insisto en la neutralidad. Es un cubo de alquitrán degradado donde vivaquean almas desalmadas. El mejor pretexto para que la justicia pierda la venda de los ojos. En muchos casos, bajo la pátina de neutralidad anida la complicidad —actitu­des muy sinónimas.

Su consecuencia, el desamparo. Cuando un país desangra a otro, y el que puede evitarlo se mantiene neutral, dice. Cuando una persona acusa a otra con falsedades, y quien puede testimoniar en contra se mantiene neutral, dice. Cuando alguien presencia una agresión, y pudiendo intervenir para impedirla, atajarla o denunciarla, se mantiene neutral, dice.

Neutralidad ver­gonzante que alimenta la injusticia, ni  para asfalto.

viernes, 23 de enero de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (8)

 

Médula y cortezas

 

Entre rutina, casualidad y sorpresa, la más endógena es la primera. Las otras dos también, pero depende. Luego, unos grados por encima, están el sobresalto y el asombro, presumiblemente en campos distintos, pero a veces con acuosos límites de interacción. Parecen más bien exógenos, sí, aunque conviene prevenirse contra las apariencias.

De entre todas estas manifestaciones del ánimo, la rutina, denostada socialmente, se encuentra en situación de inferioridad. Así, la persona sorprendida en flagrante rutina recibe el menosprecio acusador. Enseguida se le achaca indolencia, holgazanería, flojera y demás sinonimias. De ahí lo de endógena, porque nadie contempla que fenómenos ajenos al sujeto en cuestión influyan en esa forma de existencia, ni el afectado la mayoría de las veces, sobre todo si la denuncia ha sido tan reiterada que hasta él mismo termina por asumirla, mal que bien pero la asume. Aunque también pervive otra perspectiva, la de quien entiende gratificante e incluso rentable la rutina. Se marca unas pautas y no se sale de ellas, por más que presione toda la corte de agentes externos, emocionales, económicos, sociológicos, meteorológicos o paranormales. Nada trastoca su rutina, ésta sí que es genuinamente endógena.

Hay otras formas de rutina, sin duda, más o menos consolidadas, las más susceptibles de incordio por parte de la casualidad. ¿Exógena, por tanto, la casualidad? Pues sí, pero con reparos. Uno va por la vida con su rutina y un mal día encuentra cerrada la habitual estación de metro, exógena; o un buen día coincide con su jefe a la hora de entrar al trabajo —ya se sabe que los horarios de los jefes no…—, exógena. Y sin embargo, hay quien, porque odia la rutina, se convierte en buscador de casualidades. Por eso, aunque haya escuchado en las noticias que su estación de metro está cerrada, va por si está abierta por casualidad, endógena, o se juega acudir tarde al trabajo por si el jefe todavía no ha llegado por casualidad, endógena.

En la misma línea endógena-exógena de casualidad se encuentra la sorpresa, aunque esta última con unas décimas más de inestabilidad. Como cuando en la estación de metro que encuentras cerrada se te proporciona, oh sorpresa, servicio de autobuses alternativo gratuito por las molestias ocasionadas, exógena. O cuando el jefe, con el que has coincidido a la hora de entrar al trabajo, te sorprende con reproches por los cinco minutos que llegas tarde, y buena gana que le expliques lo del cierre de la estación de metro y los imponderables del tráfico para el servicio de autobuses alternativo, exógena. Y por el lado endógeno, aun conociendo el cierre del metro y el servicio de autobuses alternativo gratuito, te quedas en la cama y dos horas después llamas al jefe por si ha llegado, y ha llegado, y le lamentas el problema de desplazamiento que te impide… y te sorprende su…, netamente endógena.

Escala arriba, el sobresalto y el asombro. Cabe la tentación de interpretarlos por ese orden, como si el segundo fuera consecuencia del primero, como si el pumba de un sobresalto revirtiera en asombro más o menos prolongado. Una posibilidad, sin duda, pero exógena. O el sobresalto de una declaración de amor inesperada, insospechada, inopinada, inviable y a las cuatro de la tarde de una canícula horrorosa —no doy más detalles de protagonistas, edades, sexos, sitio, etc.—, es una casualidad, cuya sorpresa adquiere tal magnitud, el sobresalto propiamente dicho, que, desde luego, no sólo te saca de tus rutinas, sino que puede acarrear secuelas de asombro durante un buen tiempo. De modo que por ahí, sí, encadenamiento exógeno. Aunque, conviene precisar: esa misma declaración de amor quedaría en mero sobresalto, exógena pero sin trabazón, si la persona respondiera con un venga-ya-no-me-vaciles.

Quizás la dirección contraria resulte más difícil de probar. Pongamos, por ejemplo, a una persona con reflujos de esófago asombrados por la incultura ambiente que la rodea. Puede darle un palpitazo, un subidón (o sea, sobresalto), cuando vea a un jovencito leyendo la editorial de un periódico, ya sea este de información general, sectorial o sectaria, pero leyendo. Convengamos para ambos supuestos la condición exógena, que también se puede atribuir por separado.

Sin embargo, sobresalto y asombro cargan también con una componente endógena, por separado también, nada desdeñable. A nadie escapan personas genéticamente predispuestas al sobresalto, las comúnmente calificadas por vivir con el corazón en un puño, ay que ese niño se va caer de…, las tantas de la mañana y todavía no…, no me digas que el condón se ha roto… y en este plan, endógena.

Y por otro lado, hay quien se ha acogido al asombro permanente como coraza frente al exterior, como un sistema de vida. A qué casualidades ni sorpresas ni sobresaltos, el asombro como rutina.

viernes, 9 de enero de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (7)

 

Sin remedio

 

La vanidad es tan inherente a la condición humana como los glóbulos ro­jos. Lo saben de sobra en los laboratorios de análisis clínicos, pero eluden su presencia en la fórmula leucocitaria, no se atreven. A más de uno se le dispararía el hematocrito a cotas inaceptables, perversas, mortíferas,  para una sociedad que retoza en el césped artificial de la banalidad.

Palabras tan cercanas en fonética, morfología y semántica —vanidad, bana­lidad— no parece casual. Son como amigas, siempre afines, siem­pre dispuestas a compartir y completar carencias la una de la otra. Eso sí que es solidaridad. De la mano van y vienen, como los glóbulos rojos y blancos. Unidas, ensambladas, sangre que surte el corazón humano.

Pero en esta sociedad, conjunción de vanidades y banalidades, amenaza el virus de la modestia. Los virus siempre están ahí, esquinados, al acecho.

La modestia no es valor, sino defecto, propio de personas inseguras, inma­duras. El modesto no lo es por afición, sino por necesidad. No encuentra otra salida a sus traumas y deficien­cias, y los solapa bajo apariencia de virtud. Virtud de mediocres perdedores, que ni siquiera arriesgan una decisión trágica. Virtud impuesta por la moral de clínex, para mantener acogotados a los desprotegidos de la fortuna.

“Desde muy pronto descubrí la trampa”, concluye ufano un Zaratustra de guardia.

Pero digo yo —es una opinión, eh—: si ufano es lo contrario de modesto, el pensamiento del regalado Zaratustra entra en flagrante contradicción: habla de un valor, la modestia, con los rasgos del otro, la vanidad.

martes, 2 de diciembre de 2025

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (6)

 

Mito versátil

 

El mito figura entre los comodines más ilustres de la condición humana. Tanto sirve para constreñir y encorsetar como para canonizar o condenar, fundamentar o rebatir, liberar o atenazar, justificar o delatar, diseñar, otorgar, emular y fijar, también para cubrir los tópicos derivados de la teorética popular, desde la exótica Venus Calipigia, pasando por la entrañable abuela de Caperucita, hasta el laureado y manido apotegma ‘la primera vez’.

Este último, aunque recurrible para usos diversos (la primera vez que fui al cine, la primera vez que tuve miedo, la primera vez que me pusieron una multa de tráfico,…), parece que centra su universal mitológico en el sexo compartido. Y sin embargo, lastra una alta dependencia del singular y coyuntural ecosistema existencial que origina su crisálida.

La ciencia estadística tiene bien comprobada la biodiversidad de tal primera vez en los humanos. Coinciden en lo fundamental, sí. Pero divergen con frecuencia en los biotopos. Por ejemplo, fase en la relación amorosa, si es que la hubiera, grado de clandestinidad, lugar (aquí la gama se multiplica, coche, domicilio propio, ajeno o de terceros, parque boscoso, afueras del pueblo, sala de espera de una estación de ferrocarril abandonada…), animus operandi y algún que otro etcétera más.

Aun así, conviene considerar lo que prueba cualquier muestreo medianamente científico: la susodicha primera vez de sexo a dos existe en tanto en cuanto se cuenta, bien en primera persona, bien como narrador testigo o en plan levantador de chismes. Por esto, se deben contemplar factores de distorsión microclimáticos que, incluso preservando el mito, incidan en un ecosistema dado con mayor o menor alteración de sus biotopos. Como cuando la fantasía tergiversa la realidad o simplemente la sustituye. O cuando la verdadera primera vez se oculta o se relega al olvido por impresentable y es sustituida por una segunda o hasta por una tercera finalmente satisfactoria que limpia al completo la mancha de la primera. Aunque también para estos casos aporta soluciones el mito pedestre, como “dar gato por liebre”, “hacer la vista gorda”, “el cartero siempre llama dos veces” o “a la tercera va la vencida”. Cuestión de adaptación ecosistémica.