Cifrado chinesco
Un poema planeaba por el escritorio, guiños aéreos al papel en blanco que suspiraba por acogerlo. Pero bamboleaba sus estrofas entre risitas traviesas, o las deslizaba esquivas ante los intentos de la tinta. Aquietarlas, atraparlas, pero remolineaban quinésicas sobre el barniz noble de la mesa.
El poema se estiraba o adelgazaba, empinaba la punta de rima o reclinaba el ritmo, o encogía el interlineado como un acordeón mudo, o moldeaba versos de gelatina, y los trazos se hundían inútiles entre la melodía acentual.
Era un poema incomprensible, de absurdas combinaciones de letras. Ni siquiera las palabras sueltas, deshilvanadas, acreditaban significado académico ni folclórico. La incoherencia lo enseñoreaba todo. Por eso la atracción era irresistible.
Como un reto audaz e idiota, el poeta recurrió a estrategias de musa: inmovilizó manos y emociones, concentró la mirada y enardeció los sentidos. Pero el poema curveaba sus versos de forma sensual, balanceaba ensueños de endecasílabos volubles, ensortijaba los enigmas de su arbitrariedad. Embeleso que atrapó al poeta durante minutos de angustia infinita, hasta que resolvió:
“Al carajo el poema”.