Léxico para bebés
Todo nacimiento es un rescatador léxico. Sustantivos y adjetivos relegados al trastero de la masa encefálica son desempolvados, abrillantados y reutilizados por el entorno del recién nacido: la madre parturienta, el padre consorte, la señora que casualmente pasaba por Maternidad, el núcleo cercano a los progenitores y la romería de familiares y allegados movilizados al efecto.
Tal cual traje que pasa por la tintorería de evento en evento, un abigarrado rosario de sustantivos y adjetivos, valorativos todos ellos, recobran savia expresiva a cuenta del acontecimiento. Unos, caseros y rutinarios; otros, eufemísticos; algunos, descaradamente ofensivos. Pero la mayoría, acicalados con sufijos de muy variados estilos, los hay hasta inéditos, inauditos, incomprensibles, imposibles e impresentables. Una lista interminable de chato, chatito, chatín, chatino, chatinino, guapo, guapísimo, guapito, guapín, peludo, pelusín, blanquito, blanquitísimo, lloroncete, mamoncín, ricura… Fuera de este uso más común, los hay pretenciosos: piel de melocotón, cabello asilvestrado, manos de garfio, ojos de luna, sueño de obispo, llanto desconsolado... Habría que reseñar también el recurso a lo popular, lo del pan bajo el brazo y demás.
Después, en los meses siguientes, cuando el léxico se atempera, la infancia recala en la etapa poliédrica —ahora las ciencias, tras las letras, siempre ha sido así—. Tanto propios como extraños exclaman, descubren, aseguran, comentan "los brazos que tiene", "las piernas que se le están poniendo", “esa cara de pan”, y en este plan, poliédrica. Pero el niño no asiste a su desarrollo, a la prolongación de su nacimiento, simplemente está, en su vitrina, que es la cunita, el corralito, la sillita, la mecedorita, etceterita. Hasta que comienza a zafarse de su primera infancia.