Al vapor
Presentación ante el Tribunal y Primera Prueba.
Los opositores son una masa disforme y enervada. Los opositores bufan o balan o exhalan o enmudecen en torno a las instrucciones del presidente. Los opositores son apellidos y nombres en la función conativa del secretario, una hilera desgarbada que culebrea hacia las mesas de examen, mesas verdosas, silentes, escépticas. Sentados todos, los opositores son un cuadro de bustos inquietos alineados de ocho en fondo. Los opositores son un hilo de aliento cuando tintinean los números temáticos del bingo casero. Los opositores son la suerte, un murmullo y adrenalina muda en las palmas de las manos.
—Ya saben ustedes que a partir de este mismo instante disponen de dos horas para la realización del ejercicio —anuncia afectado y puntilloso el presidente del tribunal.
A la media hora, el opositor mira el reloj. Comprueba desolado que ya ha exprimido el tema hasta la extenuación científica. Le sobra hora y media y, según sus cálculos, debe rellenar cuatro folios más. Vuelve al reloj y se asegura, ninguna aguja anda distraída. Intenta retomar fuerzas e ideas mirando al techo, al frente, al tribunicio que pasa por su lado —que lo empequeñece con una mirada de conmiseración—, a sus manos tintas en sudor y, por fin, al reloj de nuevo. Remueve el trasero en el asiento (por donde el sudor también comienza a merodear), estira las piernas (que chocan con la silla de delante), se retrepa ligeramente y relee lo escrito. Se le infla la memoria con un aluvión de eslabones perdidos, ingrávidos. Vuelve al reloj y advierte que ha perdido cinco minutos, cinco minutazos. Se incorpora, tensiona el cuerpo y la mirada sobre el siguiente folio en blanco, llena la boca de aire y sopla con el peralte de los labios. Venga, venga, seguir, hay que seguir, el tiempo apremia.