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miércoles, 11 de febrero de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (9)

 

Pantallazos

 

Apolítico es término tapadera. Quienes lo esgrimen tienen un criterio po­lí­tico, sin duda, pero lo niegan en según qué momentos y con quién. Los hay de derechas, de izquierdas, requeteyugoflechistas, hozmartillistas y un sinfín fifty-fifty.

El homo apoliticon presenta algunos subgéneros. Los más frecuentes son: no entender de, no saber de, o no meterse en. Sin embargo, cuando acu­mula sangre en la ideología, suele utilizar un lenguaje nostálgico y metralletero: “Esto lo resolvía yo como el general Witiza, ta-ta-ta-tá”.

El apolítico acostumbra a congratularse de carecer de ideología. Asegura que tenerla es propio de desaprensivos, pusilánimes, gente sin cultura y degenerados en general.

Los apolíticos proliferan en épocas de especial conflictividad política. Su recurso es la neutralidad —de la boca para fuera— y el recelo —de la boca para adentro—. Pero nunca tienen miedo: “Esto lo digo yo aquí —es decir, reunión de amigotes etílicos— y en París —es decir, de donde vienen los niños, el su­frido tálamo nupcial.

Insisto en la neutralidad. Es un cubo de alquitrán degradado donde vivaquean almas desalmadas. El mejor pretexto para que la justicia pierda la venda de los ojos. En muchos casos, bajo la pátina de neutralidad anida la complicidad —actitu­des muy sinónimas.

Su consecuencia, el desamparo. Cuando un país desangra a otro, y el que puede evitarlo se mantiene neutral, dice. Cuando una persona acusa a otra con falsedades, y quien puede testimoniar en contra se mantiene neutral, dice. Cuando alguien presencia una agresión, y pudiendo intervenir para impedirla, atajarla o denunciarla, se mantiene neutral, dice.

Neutralidad ver­gonzante que alimenta la injusticia, ni  para asfalto.

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