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martes, 3 de octubre de 2017

LIBROS, DINERO (5)



La conversación con el señor de edad curtida había atemperado mis obsesiones interactivas, me sentía un poco regalado de mí mismo. Así que durante las semanas siguientes me limité a mi personaje, mendibundo por la mañana, burgués por la tarde. Mientras, iba llenando de libros una habitación y otra del chalet. Tarea nada engorrosa; al contrario, me daba cierto regusto llegar a casa con la carga diaria y disponer su acomodo. Casi me divertía: organización, clasificación, por géneros y subgéneros, por épocas, por autores, los de poesía en la antesala, los de narrativa en el salón, los de ensayo en el dormitorio para invitados, la farfolla en el trastero (también aquí por géneros, subgéneros, épocas y autores), más o menos.

Entretenimiento hipnótico que, a falta de otro de mayor enjundia, me animó a ejercer de pobre también alguna tarde. Acezaba un insólito estímulo de acopio y el aliciente de la posterior distribución bibliotecaria en casa, a la vez que sondear la generosidad o la ilustración o la candidez o la trivialidad vespertinas.

 Sin embargo, no descubrí grandes diferencias, al menos en el supermercado donde ejercía. Estadísticamente, entre los días de mayor afluencia y los de menos, descontadas las prisas de unos y las parsimonias de otros, los miramientos con el mendigo de la puerta venían a ser los mismos, con el agravante de que nadie titubeaba al soltar el libro, lo que coartaba mis audacias y frustraba mi proyecto vital subsidiario. Y de céntimos desprendidos al estilo petanca por el otro costado, exactamente igual que por la mañana.

Hasta que al cabo del mes, semana arriba o abajo, mi juego de espejos comenzó a tambalearse. A primeras horas de la mañana, acabaría de instalarme a los pies del supermercado y de retomar mi siempre inconclusa España invertebrada. Unas piernas de mujer, piel y seda, se detienen ante mis gafas de presbicia, y la voz desde arriba, timbre y terciopelo:

-Buenos días, señor pordiosero sabio.

Demasiado sugestivo para acelerarme. Levanté los ojos despacio por encima de las gafas: aquellas piernas, no hacía tanto como para olvidarlas, me habían suscitado buen número de hipótesis, quizás por eso las recordaba. Simulé, ¿era conmigo? Me quité las gafas con lentitud medida y deslicé la mirada hacia lo alto. Me aguardaban, me reclamaban unas pupilas esmeralda y maduras. De nuevo la señora de  edad elegante:

-Aquí tiene -me alargaba con mano lánguida y cómplice un libro-. Si le dijera que le estoy muy agradecida es poco, muy poco. Usted, su libro me ha confirmado… otra forma de entender la vida, mi vida.

Me cuesta describir la secuencia: expectación en el cruce de miradas, cojo el libro para ver el título mientras ella aguarda. El amante de Lady Chatterley. También me cuesta describir el bullir de mi analítica en sangre; mucho más, el de la suya. Demasiadas casualidades, en pocos segundos los reflejos me alertan: por segunda vez esta señora de edad elegante me devolvía la novela que le había dado al señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario. Y él ya me había devuelto la novela de Corín Tellado que antes le había dado a ella. Entre elegantes anda el juego, me dije. Intrigado, la perplejidad como estrategia:

-Pero yo le había entregado una novela de Corín Tellado… -balbuceé a conciencia.

Sonrió como quien muestra un triunfo de los naipes que juega:

-¿No se la ha devuelto ya mi marido?, ¿no se la cambió  por ésta para mí?

Disloqué los párpados de la sorpresa cuanto pude en auxilio de negar la evidencia:

-¿Su marido? Comprenda, señora, que desconocía… Entonces la de Corín Tellado…

Desenvuelta, respondió con otro naipe más:

           -La leyó él, pero claro, no se lo diría. Sería largo de explicar.

            Ahí acusé el envite, no parecía muy dispuesta a rendir la partida. Me enroqué en la prudencia y en el genérico:

            -Ya se sabe, cada matrimonio es un mundo.

            -Y cada persona -añadió ella incontestable-. Usted mismo, a saber cuál es su verdadero mundo.

            Evidente, ahora pretendía que le mostrara alguna de mis cartas. Pero, en mi línea, no. Ensayé un gesto hacia mis pertenencias, sereno, tibio, y corroboré:

            -Pues ya ve usted.

            Acompañó mi breve repaso con pose de cumplido. Luego mudó a una suerte de recelo: 

            -Sí, por supuesto, lo que veo. Pero tengo mis dudas… Un vulgar mendigo, la literatura, no cuadra.

            -Señora, le rogaría…

            -Perdone, perdone, quería decir vulgar en el sentido de corriente, sin ofender, no, por favor.

            No me dio tiempo a perdonarla. Abrió el bolso, escarbó un poco, sacó una cartera y de ella un billete de cincuenta euros. Iba a ponérmelo en la mano, cuando le repliqué:

            -¿Y dice que no quería ofenderme?

            Entendió al instante, guardó el billete de cincuenta y sacó dos de veinte. Dudó y me alargó uno:

            -Acéptemelo, se lo suplico.

            Lo recibí con rostro de indulgencia, que ella interpretó a su manera. Hizo un gurruño con el otro y me lo emplastó en la mano:

            -Y este también, por favor. No le importa, ¿verdad? Ya nos veremos -añadió con un tono sutil y previsor.

            E inmediatamente, media vuelta de cisne y ese alejarse templado y tentador tan singular. 

            Tras su última imagen en la lejanía alguna virgulilla adversa comenzó a culebrear por mis inquietudes, que dio paso a la sospecha, que dio paso a la intriga, que dio paso a la prevención, que dio paso a un temor incógnito, que me reinstaló en mis cuitas parasintéticas.

            Ya aquella tarde esbocé un borrador de conclusiones: debía alejarme de aquel matrimonio, y más concretamente de la mujer, abandonar la farsa de vagabundo excéntrico y su ciudad de acogida, volver a casa y recuperar la persona y la personalidad real.

            Todavía los días siguientes mantuve mis disciplinas (pobre por las mañanas, rico por las tardes, el coche como puente). Pero sin abandonar deliberaciones, razonamientos, consultas ensimismadas. Y siempre en la misma dirección, renunciar, huir, pirarse, sí, eso, pirarse antes de ser descubierto, y antes de que aquella señora de edad elegante cumpliera su enigmática promesa. 

            Aunque no era tan fácil, me decía, qué hacer con la biblioteca que había acumulado, que seguía acumulando, variada, pintoresca, sustanciosa, un mosaico de innegable valor literario. Cómo desembarazarme de ella sin dejarla al albur del dueño del chalet y sus figuraciones, que bien podrían ponerme en busca y captura, esto nunca.

            Así al pronto, calculé: como el conjunto de obras arrojaba un total enarmónico, quizás  convendría una vivisección. Por ejemplo, la argamasa del trastero (Corín Tellado y demás autoayudas), destruirlas. Compro una trituradora y en dos o tres tardes, listas para el contenedor. El grupo de manuales para bricolaje, etc., voy y se lo vendo por una ganga a algún autónomo de mercadillo; o si se pone muy pesado, se lo negocio por alguna crónica o memoria que tenga por ahí del Inca Garcilaso (setenta y tantos volúmenes por uno, seguro que acepta).

El pack de libros de ensayo me preocupaba más, a quién confiarlos. Su temática era principalmente humanística (historia, filosofía, sociología, psicología…). Ante todo, pensé, estos libros merecen un embalaje digno, ¿pero dónde los dejo? Sí, dejarlos, porque no me la iba a jugar dando la cara. Tenía que ser una entrega anónima. Un par de portes en medio de la madrugada, los arrincono a las puertas de… ¿de quién? Pues en todas las capitales hay una Real Academia de Letras, Artes y demás. Aquí también habrá. Cuestión de encontrarla. Por la mañana llegan, encuentran los paquetes y se los quedan sin mirar el remitente (como esta gente cree que se lo merecen todo…). Pero luego, cuando los abran y vean que son libros usados, igual se ponen a hacerles asquitos. No. Mejor ponerlos al alcance de universitarios, ya veré cómo.

El escollo se me complicó todavía más con el grueso del patrimonio, la literatura, la pura literatura. Importaban sus posibles destinatarios. Esos mismos de la Academia, no estaría mal, pero no termino de fiarme de ellos; o la universidad, pero habría que acertar con la forma. ¿Y si los clasifico, y unos para la universidad, otros para institutos y otros para colegios? O para las bibliotecas públicas, estás sí que tienen libros usados, la gente va, los saca, los lee, o sea, los usan, y los devuelven para que siga la rueda. Quizás sería lo más provechoso, y lo más eficaz: de pronto una biblioteca que incrementa sus fondos de manera considerable. En este caso, podría adjudicarlos sin necesidad de clasificación, por lotes; incluso no estaría de más incluir los de ensayo y los manuales de actividades y aficiones varias, y me quitaba así de mayores complicaciones. Pero, claro, chocaba otra vez con el modo de entrega, y la justificación, algo que resultara comprensible para el receptor. ¡Madre mía, un montonazo de libros en manos de un mendigo! O si cambio de indumentaria, en manos de un tío vestido de normal que de buenas a primeras se te presenta un día y te dice que como filántropo social practicante regala a la biblioteca esta pila de libros. ¿Quién se cree eso?, ¿el funcionario de turno, carnet de partido, puesto de libre designación, mente cuadriculada y dependiente que te recibe remiso en su despacho de última remodelación? 

También cabía otro enfoque, biblioteca tan fértil como la mía sería recibida como agua de mayo en la de cualquier centro educativo. Confortaría sus estantes, precarios según airea la prensa de vez en cuando: que si los disparatados precios de los libros de literatura para que los compren los alumnos, que si encima a los padres les importa poco que sus hijos lean, que si los centros no disponen de medios para cubrir esta carencia.

Por esa vía, acopié tesis para una salida honrosa a mi pesimismo activo-interactivo. A todas luces, mis pertenencias literarias cubrían un amplio abanico de estudiantes de cierto nivel. Tantearía en los institutos.

El paso siguiente, planificar el proceso y prever riesgos y contingencias. De principio, no todos los libros para un único instituto. No es que me importara, pero cómo presentarme con un camión de libros sin levantar reticencias o especulaciones en los responsables del centro. Mejor repartir, por lo menos en cuatro o cinco sitios, según la aceptación que vaya recibiendo.

Después, o lo primero, cómo teatralizar la oferta. Llego, vestido con cierta formalidad informal, vale, pido entrevista con el director, de acuerdo, y cuando esté delante de ese señor, qué le digo -me preguntaba-. Y ahí empezaba el desbarre, o sea, prácticamente al principio. “Hola, buenas, encantado, me llamo fulano de tal, vengo a regalar al instituto docientos libros”. ¿Así sin más? Y el director, como lo más natural del mundo: “Ah, muy bien, muy agradecido, tráigalos cuando quiera, los deja en conserjería, que ya se encargarán…” No, no, sería estúpido, lo mío y lo del director también. A mí por lo menos se me notaría enseguida. Si no interiorizo un argumentario, por falso o medio verídico que me parezca, estoy perdido. Al menos tendría que esgrimir alguna razón de solvencia o inquietud cultural.

lunes, 20 de marzo de 2017

LIBROS, DINERO (2)



Hasta que una mañana de estas en que te levantas sobrado fui al encuentro de la ficción, sentí que me cortejaba, que seducía mi realidad, que la acariciaba para trasplantarla a sus mundos literarios y hacer de mi uno de sus personajes, o varios. Transformarme en protagonista de distintos contextos y situaciones. Encubrir mi yo real bajo los guarismos de otra personalidad, a la carta, según me apeteciera, conforme reclamaran mis linfas y musas de la transgresión.

Tan necesitado me encontraba de aferrarme a un velamen con visos de mar abierta. Y vinculado como fuera a la literatura, tanto mejor. Unas semanas de introspección, pocas: tanteo, contraste, aventura, límites. No tardé en convencerme.

Me zureaba la idea de salir de mi identidad e interpretar en la vida real un rol novelesco. En principio, y por contrariar mi natural optimista, me incliné por embozarme bajo la piel de algún tipo de desahuciado. Se me ocurrieron imposturas con pinceladas de originalidad, pero bastante elementales para mi gusto, no acababan de satisfacerme. Así, he actuado de comercial misántropo, inversionista obtuso, engreído con cascos-orejeras, hipocondríaco recalcitrante, solicitante de afiliación a partidos políticos, cornudo penitente, gregario cum laude de la cola del paro, echador de currículos, figurante de televisión… Y sí, los pronósticos no defraudaban, conseguía recibir el trato propio de un apestado. Pero, digamos que trazaba cada simulación desde un pesimismo pasivo, de ahí mi insatisfacción, cercana ya a la renuncia.

Bueno, en lo de cornudo penitente, ni eso; apenas coló. Parece que se me notaba enseguida mi nivel cero en relaciones de pareja. A las preguntas que me hacían, por supuesto morbosas todas ellas, mis respuestas se acogían principalmente a Bocaccio y a Alberto Moravia, y no, no convencían.

Pero, con el aguijón de una última tentativa, decidí cambiar de carril, probar con un pesimismo netamente activo, e interactivo según la coyuntura, incluso hiperactivo si el guión lo exigía. Nada mejor se me ocurrió que mimetizarme en mendigo peculiar.

Aunque no fue inmediato. Hube de aguardar un tiempo, hasta conseguir una barba rala y zarrapastrosa (ya había ensayado lo de la barba postiza en incursiones anteriores, y se me había hecho insufrible). También me sirvió el impasse para urdir tácticas, plan A, plan B, y en este plan.

La realización del boceto no sólo cubrió con creces aspiraciones, sino que las superaron y hasta desbordaron.

            Como en ocasiones anteriores, me trasladé a otra ciudad. Esta vez unos trescientos kilómetros más allá. Fui en tren, con el neceser, la visa y las gafas de presbicia por todo equipaje. Busqué un mercadillo, compré ropa adecuada al personaje, los útiles de vagabundo con posibles -mochila, manta a cuadros deshilachada, etc.- y cuatro libros habituales de estos tenderetes, Madame Bovary, Cuidados de jardinería, El amante de Lady Chatterley y España invertebrada. Luego me alojé en una pensión céntrica (nada raro por lo demás, la mayoría de las pensiones suelen estar tan céntricas como los hoteles de cinco estrellas).

Al día siguiente, tras disfrazarme, salí con mis aperos, desayuné en una tasca, compré un rotulador y una botella de agua de litro y medio, sustraje dos cartones de un contenedor y me instalé a las puertas de un supermercado sentado en una alfombrilla de arpillera. En un cartón escribí “dinero”; y en otro, “libros”. Los apoyé en el suelo sobre la pared, enmarcándome, uno a cada lado, cuales ladrón bueno y ladrón malo. Junto al de “dinero” puse un trapito con calderilla; bajo el de “libros”, los cuatro que tenía. Y ensayé la mirada perdida hacia el adoquín de la acera. Al poco, aburrido del pasar de piernas anónimas y sinónimas, me engatillé las gafas de presbicia, cogí la España invertebrada y me dediqué a leer aislándome del tránsito ambiente.

A intervalos dispersos iban cayendo alguna que otra moneda, torpes, desganadas, que apenas distraían mi lectura. Hasta mediodía, que hice recuento, poco más de un euro en monedillas y ningún libro. Di por concluida la jornada, me parecía un exceso de celo profesional repetir por la tarde. Tras dejar en la pensión las herramientas de trabajo, almorcé en un restaurante de “menú del día 6 euros, 3 platos a elegir, pan y postre”. Luego dediqué la tarde a deambular y analizar este primer día de mi nueva celada. Un pequeño fracaso, pensaba, el señuelo de los libros no había funcionado. Pero claro, cabía una razón lógica, nadie va a la compra con un libro en el bolsillo igual que lleva la cartera. Cené un frugal bocadillo al paso y me acosté sin trastear más en las conclusiones provisionales.

La mañana siguiente -mismo sitio, mismo montaje- ya fue tomando otro cariz, más acorde con mis propósitos. Apenas hubo cambios en la prodigalidad limosnero-pecuniaria; en cambio, en la sección de libros, tres. Esto sí que distrajo mi lectura de la España invertebrada. Los dos primeros, casi seguidos a primeras horas. Los abandonaron junto a los míos dos hombres, no puedo precisar mucho porque se alejaron rápido. Por la forma de vestir, uno debía de ser mayor; y el segundo, bastante más joven. Un logro, me felicité. “Estos dos vinieron ayer a comprar y esperaban encontrarme aquí hoy también”, pensé. No se explica de otra manera, uno no sale de su casa con libros de tales proporciones si no es para llevarlos al pobrecito ese de la puerta del supermercado. Lástima que con sus prisas no pudiera siquiera darles las gracias. Me apresuré a valorar sendas limosnas.

La del hombre mayor, Estudios de alfarería -un tochaco con pastas duras y páginas satinadas sembradas de fotografías a todo color-. Supuse que era o había sido aficionado al barro cocido, o quién sabe si empleado en un tejar. Y a lo mejor después, con la jubilación, probara la creatividad alfarera durante un tiempo, hasta la mella del aburrimiento, la decepción o la incapacidad. Y enseguida, el abandono, la renuncia y desprenderse del manual que alguna vez habría comprado resuelto.

La del joven, La colmena en edición de bolsillo -cuyo grosor, a pesar de todo, no desmerece-. Nada extraño, sospeché: un clásico de lectura obligada, impuesta, hacia el final del bachillerato, y esa forma de abandonar el libro a mis pies como quien se libera de una carga. Revela que quien debió hacerlo no introdujo mínimamente al chico en esa bruma social que desprende la novela, ni lo encandiló con la asimetría de los personajes y sus afanes, ni le sugirió las estructuras temporales que despliega el autor. Sin todo eso y más, al sufrido alumno se le antojaría una plasta insufrible, lista para relegar al último rincón de su cuarto; sólo que, si me vio ayer, decidiría en un acto de clemencia confiarla a mi suerte.

Bastante después, cuando ya había vuelto a mi lectura invertebrada, noté que caía discreto junto a los otros un nuevo libro. Reaccioné inmediatamente, no al libro recién arriado, sino a quien lo abandonaba a su suerte, una señora de edad elegante que se alejaba sin premura pero con sigilo. Como no era yo pordiosero al uso, apenas mascullé un agradecimiento, se me escapaba la mujer, se me escapó. Frustrado, volví a su libro, Memorias de mis putas tristes.

Me creó más dudas de interpretación. ¿Tendría la novela algo que ver con su vida? Nadie se desprende de libro tan polémico y relevante si no es por motivos muy concretos, algo que le afecte personalmente, y menos con esa actitud anónima y digna a un tiempo.

Mis conjeturas bandoneaban por tramas folletinescas. Por un lado, vinculaba la decisión de esta señora a un despecho amoroso, quizás la lectura de la novela la había llevado por insondables caminos a  sospechar de su marido trabado con una jovencita, o quizás había descubierto la novela entre los libros de su marido y, tras leerla, habría llegado a conclusiones similares, o quizás compró el libro por la categoría literaria del autor pensando regalarlo a alguien pero cayó en la tentación de leerlo antes y luego no se atrevió porque el destinatario, o la destinataria, pudiera sentirse ofendido con el título mismo, y con la historia no digamos, o, lo más morboso de todo, quizás la trama le reverdeciera algún episodio clandestino de su vida anterior o, peor y más inconfesable, de su vida reciente, porque ella con un chico, o con una chica, quién sabe.

Pues puede que haya algo de razón: dime qué lees y te diré quién eres, pensé; pero aproximadamente, corregí.

Suficiente por hoy -decidí como conclusión-, más que suficiente. Faltaba poco más de una hora para el final de mi jornada, pero me urgía abundar en mi quehacer analítico. También reprocharme torpezas, esta aventura de suplantación no se limitaba a hipótesis, aspiraba a un pesimismo netamente activo e interactivo, inoperante hasta el momento.

El tercer día volví a mi puesto de trabajo con mayor grado de resolución, salvar el honor de mis presupuestos iniciales. Siempre y cuando el destino soplara a favor -condicionante o coletilla que punzaba mi natural `por si acaso´.

El monedeo mantuvo sus insustanciales constantes. Pero “libros”, en auge. Junto a los cuatro míos puse los tres del día anterior. No pasó desapercibido. Uno que me obsequiaba con cinco céntimos, comentó, no sé si animoso o irónico, señalando hacia el montoncito culto:

-Parece que tiene éxito también al otro lado, ¿eh?

Casualidad, justo al tiempo que se enrolaban para la causa Lázaro de Tormes y 1984. Obligado a la cortesía de un je-je al limosnero que me hablaba, no tuve tiempo de agradecer los libros. 

El pensamiento me vino a vuelapluma: los del dinero, la mayoría, mimbrean con alguna razón egotista; pero los de los libros, vaya usted a saber. Los primeros, lentos y regalados; los segundos, medio furtivos.

Sin más ánimo deductivo, me recluí en la España invertebrada con mis gafas de presbicia, que era como esquivar inclemencias de nuevo. Pero recurso vano. Los párpados se me emocionaban pendientes del goteo de libros a lo largo de la mañana. Borrasca pasajera, pensaba todavía, novedosa y pintoresca para el común.

A la hora del recuento diez libros más se sumaban a los del día anterior, y aún no había conseguido intercambiar un mínimo comentario con sus ex-dueños, lo que no dejaba de ser frustrante.

Además me surgió otro imprevisto: cómo cargar con diecisiete libros hasta la pensión, y lo más engorroso, cómo volver con todos ellos al día siguiente, había que dar fe de la creciente prodigalidad del vecindario ante los transeúntes habituales. Entre mis útiles mendicantes no figuraba carretón-artesanal-arrastra-enseres. Y el taxi era prohibitivo para un pordiosero que se precie, se me antojaba una traición al gremio.

Así que se me ocurrió probar fortuna con el guardia de seguridad del supermercado. Le pregunté, con la humildad y mansedumbre propia  de mi condición, si podría encomendar los libros a algún rincón que él conociera del supermercado, donde no estorbaran, y recogerlos a la apertura el día siguiente. Tan agobiado, sumiso y solícito me vería que su negativa primera amainó pronto, no terminaba por dejar zanjado el asunto. Al cabo, la conmiseración le afectaba claramente, y lidiaba con ajustarla a sus deberes profesionales. Hasta que alumbró una solución de compromiso: meter los libros en una de las taquillas de la entrada donde los clientes dejan sus compras de fuera, y recuperarlos a la mañana siguiente. Ahora bien, siempre y cuando la operación corriera de mi cuenta y con la discreción adecuada, porque, claro, él se jugaba una sanción, sobre todo si algún jefe lo sorprendía haciendo favores al mendigo de la puerta.

Buena idea, celebré al instante. Pero enseguida otro inconveniente: entre mi escuálido puñado de monedas no disponía de la exigida para el cierre de la taquilla; sumaba más de un euro, pero necesitaba cambiar la chatarra. Como no quería poner a mi uniformado benefactor en más apuros, pedí el favor de la gestión a una señora piadosa que acababa de darme cinco céntimos: yo le daba calderilla por valor de un euro, y ella la canjeaba por una moneda con una cajera del supermercado. Negocio redondo: lo hizo, pero además me obsequió con otros cinco céntimos, pródiga ella. 

Así pues, cuando el guardia me avisó del momento apropiado, allá que metí los libros. Ya podía irme, no sin antes reduplicar mil gracias al entrañable vigilante y jurarle retirar los libros en cuanto abriera el supermercado a la mañana siguiente.

Aquella tarde anduve planteándome y replanteándome deseos, isobaras y logística. No conseguía poner en marcha mi aspiración de pesimismo netamente activo e interactivo, por bisoñez o indecisión, y eso que no me faltaron oportunidades, porque la caridad había sido generosa en libros. Y de tal inacción, los inconvenientes resultantes, problemas de transporte, etc.

  Se imponía, pues, vigorizar el empeño de recuperar el compromiso inicial. Conseguiría así no sólo satisfacer la realización personal perseguida, sino también evitar el aluvión  de libros que me temía.

Pero lo más inmediato, solventar contingencias, recursos para afrontar el día siguiente si se repetía hacia mi regazo la misma afluencia de libros (por supuesto, con el sector dinerario ni contaba). Debía prever dos riesgos derivados, inevitables y simultáneos: transporte y almacenamiento.

Por ese orden, primero lo del transporte. Daba por hecho que el guardia de seguridad no me iba a renovar el favor, y menos si al final de la jornada necesitaba dos cajetines en vez de uno. Tampoco mi dignidad vagabundera permitiría ponerlo en un brete. Irremediablemente tendría que cargar con el peso impreso de la largueza caritativa. Necesitaba medio mecánico para su traslado del supermercado a la pensión. Tuve suerte. Rebuscando por las tiendas de segunda, mano conseguí un carrito de compra de dimensiones idóneas. Aunque me lo pudiera permitir, no cuadraba a mi farsa un artilugio de última generación.

Lo del almacenamiento resultó más problemático. Me tuve que emplear a fondo con el consejero delegado de la pensión, un chico de treinta años que gestionaba el local por encargo de su abuelo, dueño del negocio, con modos de jefe de servicio de administración autonómica. Al final lo convencí de que los pocos libros (pocos, aseguré) que llevara cabrían perfectamente en mi habitación debajo de la cama, y tapados por la caída de la colcha quedarían a salvo de todas las miradas, incluida las de la señora de la limpieza, porque ésta…, en fin. Accedió pero con una condición; bueno, con dos: ante todo debía pagar una sobretasa diaria en concepto de sobreocupación, y además, si el hacinamiento editorial llegaba a sobrepasar los límites de la colcha, daría por suspendido mi hospedaje y tendría que abandonarlo con libros y bagajes.