Distopías
La policía, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, es un recurso literario, como la metáfora o la epanadiplosis. Su atractivo para la ficción reside en su endiablada capacidad para el antagonismo. No así para el protagonismo, que suele ser edulcorado y llorón, o excesivamente épico, con lo que deriva en novelas de caballerías demasiado caballerosas. Adolece de veracidad.
En el antagonismo novelado la policía se crece y brilla. Sus relatos reflejan los bajos fondos de la condición humana, y esto siempre mueve a la piedad. A la piedad en general, no a la piedad con sus uniformes. Responde, así, a una mentalidad esquemática, de manual de bolsillo, según la cual todos no podemos ser buenos.
La existencia de la bondad es congénita con la maldad, paralela, gemela. No entendemos qué sea la bondad si no es en comparación con…, con la maldad. E igualmente, existe el camino de retorno, maldad versus bondad. Y así vamos, siendo alternativamente buenos y malos. No conozco a ningún moralista que haya tratado este asunto desde esta perspectiva. En realidad, no conozco a ningún moralista. Me refiero a moralistas que entiendan la policía como recurso literario de la maldad. Sigamos.
Para ser buenos, ¿quiénes?, nosotros, claro, necesitamos a los malos, o sea, a ellos, es decir, a todos los que no somos nosotros. Si no disponemos de ellos, nuestra bondad no existe. Si nos faltan, tenemos que fabricarlos, crearlos a nuestra imagen y semejanza, pero en malos. Y los creamos, nos inventamos a la policía, encarnación viva de la contrabondad.
¿Que hay otros malos? Sí, los ladrones, los prevaricadores, los banqueros, los beatos, los políticos, toda una fauna que no cabría en el coto de Doñana, ni en una hipotética Alcalá-Meco de doscientos mil metros cuadrados (parece poco, ¿no?). Pero éstos, su inmensa mayoría, son tan verídicos, tan vulgarmente veraces, que son pura realidad, nada para la literatura. Ni para un simple calambur tendríamos.
La policía sí, la policía tiene esencia literaria, ímpetu retórico, vigor estilístico. Ya lo dijo Sócrates cuando palpó el bíceps del soldado que le ofrecía la cicuta: “Esto es literatura, la literatura de mi vida, cómo habría de importarme morir ahora por ella, a manos de ella y a causa de ella”.
La presencia literaria de la policía engrandece al héroe, lo magnifica. Un hostiazo bien dado, un vergajazo a tiempo, un par de oportunas groserías, o todo a la vez, dejan al héroe repleto de bondad. Como le ocurrió a…, iba como nuevo camino de comisaría.
Por esta misma razón, la literatura compara a los policías con seres de aspectos y dimensiones temibles. Recuérdese: paquidermo, orangután, cíclope, bulldozer. Bueno, bulldozer ahora después. El símbolo de la maldad, la fuerza bruta y sobredimensionada. No hay en la historia de la literatura un solo policía enclenque o feo. Y, si lo hay, seguro que practica artes marciales.
Aunque, algo me inquieta: la policía habitualmente, habitualmente —puntualicemos—, no actúa de manera arbitraria. Previamente ha sido seleccionada y adiestrada en unos determinados parámetros psicofísicos. Luego impele su peculiar comportamiento una fuerza superior a ella, la ley.
—Claro, el brazo armado de la ley.
—Pues eso es lo que me inquieta: un bíceps armado.
—He dicho brazo.
—Y yo, bíceps.