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martes, 7 de abril de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (11)

 

Distopías

 

La policía, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, es un recurso literario, como la metáfora o la epanadiplosis. Su atractivo para la ficción reside en su endiablada capacidad para el antagonismo. No así para el protagonismo, que suele ser edulcorado y llorón, o excesivamente épico, con lo que deriva en no­velas de caballerías demasiado caballerosas. Adolece de veracidad.

En el an­tagonismo novelado la policía se crece y brilla. Sus relatos reflejan los bajos fondos de la condición humana, y esto siempre mueve a la piedad. A la piedad en general, no a la pie­dad con sus uniformes. Responde, así, a una mentalidad esquemática, de ma­nual de bolsillo, según la cual todos no podemos ser buenos.

La existencia de la bondad es congénita con la maldad, paralela, gemela. No enten­demos qué sea la bondad si no es en comparación con…, con la maldad. E igualmente, existe el camino de retorno, maldad versus bondad. Y así vamos, siendo alternativamente buenos y malos. No conozco a ningún moralista que haya tratado este asunto desde esta perspectiva. En realidad, no conozco a ningún moralista. Me refiero a moralistas que entiendan la policía como recurso literario de la maldad. Sigamos.

Para ser buenos, ¿quiénes?, nosotros, claro, necesitamos a los malos, o sea, a ellos, es decir, a todos los que no somos nosotros. Si no disponemos de ellos, nuestra bondad no existe. Si nos faltan, tenemos que fabricarlos, crearlos a nuestra imagen y semejanza, pero en malos. Y los creamos, nos inventamos a la policía, encarnación viva de la contrabondad.

¿Que hay otros malos? Sí, los ladrones, los prevaricadores, los banqueros, los bea­tos, los políticos, toda una fauna que no cabría en el coto de Doñana, ni en una hipotética Alcalá-Meco de doscientos mil metros cuadrados (parece poco, ¿no?). Pero éstos, su inmensa mayoría, son tan verídicos, tan vulgarmente ve­races, que son pura realidad, nada para la literatura. Ni para un simple calam­bur tendríamos.

La policía sí, la policía tiene esencia literaria, ímpetu retórico, vigor esti­lís­tico. Ya lo dijo Sócrates cuando palpó el bíceps del soldado que le ofrecía la cicuta: “Esto es literatura, la literatura de mi vida, cómo habría de importarme morir ahora por ella, a manos de ella y a causa de ella”.

La presencia literaria de la policía engrandece al héroe, lo magnifica. Un hostiazo bien dado, un vergajazo a tiempo, un par de oportunas groserías, o todo a la vez, dejan al héroe repleto de bondad. Como le ocurrió a…, iba como nuevo camino de comisaría.

Por esta misma razón, la literatura compara a los policías con seres de aspectos y dimensiones temibles. Recuérdese: paquidermo, orangután, cí­clope, bulldozer. Bueno, bulldozer ahora después. El símbolo de la maldad, la fuerza bruta y sobredimensionada. No hay en la historia de la literatura un solo policía enclenque o feo. Y, si lo hay, seguro que practica artes marciales.

Aunque, algo me inquieta: la policía habitualmente, habitualmente —pun­tualicemos—, no actúa de manera arbitraria. Previamente ha sido seleccio­nada y adiestrada en unos determinados parámetros psicofísicos. Luego impele su peculiar comportamiento una fuerza superior a ella, la ley.

—Claro, el brazo armado de la ley.

—Pues eso es lo que me inquieta: un bíceps armado.

—He dicho brazo.

—Y yo, bíceps.

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