¿Enseñanza-aprendizaje?
No hay profesión más universal que la docencia. Cada persona, un docente, desde el palurdo al rutilante. Todos somos docentes. Importa cambiar la máxima de la condición humana: eres persona, luego eres docente (lo de mortal queda en puramente accidental, va incluido en el precio).
Impulso primario al que sucumbe desde el más filántropo hasta el peor misántropo, reflejo del interés por influir en actos o comportamientos de los demás, sea uno, muchos o todos.
Sus manifestaciones abarcan una dimensión inmensurable: desde los cinco lobitos hasta la inmortalidad de la cuncunfornia del pirolito.
Marcha docente de la humanidad hacia la incógnita o la revelación.
Acostumbra diseños de ropajes según tendencias, o sea, según las sucesivas reconversiones impuestas por ideologías de temporada; aunque los efectos suelen resultar asimétricos. Las modas se solapan unas con otras. Sus tramos van de lo retro a la última vanguardia, en cualquier situación, en toda época.
Así pues, los modelos docentes de la sociedad cambian y se suceden al dictado de las mareas, flujo, reflujo, pleamar, etc. Por lo cual, eso sí, guardan, cuando menos, una relativa uniformidad. Aunque, no se olvide, siempre se encrespan olas alocadas, soliviantadas por algún escollo.
Pero hay un menor riesgo de naufragio: cuando los patrones de docencia en el aula y los sociales discurren por las mismas corrientes marinas. En caso contrario, el desvarío está servido. Primer problema de calado.
El segundo problema se circunscribe al aula, desajustes en el gálibo del profesor. Este ha ido ponderando modelos, instintivamente, intuitivamente, intelectualmente, a lo largo de su aprendizaje, escuela, instituto, universidad; de tal manera que suele ser portador de uno más o menos definido cuando pasa a la otra orilla. Aquí la diversidad desborda y quintuplica la gama más variopinta. La elección no es arbitraria, por descontado. Tiene mucho que ver con un proyecto de satisfacción personal. En unos casos (no cuantifiquemos) domina la generosidad, la lealtad, la responsabilidad, la permeabilidad, la adecuación; pero en otros (tampoco cuantifiquemos), la apariencia, la oportunidad, la sumisión, el servilismo, la exaltación del ego, la simple nómina o la pura torpeza.
Cuando la política pedestre abreva en los lodazales apuntados, los dos problemas anteriores son nimiedad, minucia, farfolla. Y se produce la foto fija del momento perplejo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario