Razonamiento
deductivo
La confidencia es estado de
máxima confianza y mínima seguridad. Un dúo hipersensible en cabal equilibrio.
En cuanto el fiel de esa balanza se despista, aunque sea mínimamente, la
confidencia pierde gas y la justificación misma de su existencia. Es un fiel
muy suspicaz, cualquier mal viento, simple soplo o desvariado chisme puede
ponerla en entredicho, y no es el entredicho lugar de confidencias que se
precien de tales. Pero mientras ese fiel se mantenga fiel a su punto de
equilibrio absoluto, el flujo confidencial permanecerá inmune.
Sin embargo, el problema (si
es que se le puede llamar así, aunque creo que sí) no está en la posibilidad de
que se produzca el desequilibrio, sino en la aparición de la confidencia misma,
en los procesos paramentales que la generan, en las urgencias
psicoinconfesables que llevan a una persona a desnudar ante otra sus neuronas
más íntimas. Y no es fácil, ¿eh? Digo yo que no debe de ser fácil. Porque ni
siquiera es como confesar los pecados al cura, qué va, aunque esa sea su
obsesión: que le desnudes el alma, dice el tío. Y encima, ya se sabe, empiezas
por el alma y terminas en..., y con la sotana del cura abandonada sobre el
Libro de los Jueces.
No, la confidencia tiene
otro estatus, tal nivel que se me antoja superior al amor. Mira que es digno y
ennoblece el amor al ser humano; pues, aun así, la confidencia lo supera y
sobredimensiona, hasta situarse en el máximo grado de intimidad. Llevado al
extremo, el súmmum de la relación humana sería la suma de amor y confidencia,
resultaría un estado supernatural, pretercultural, la rehoschepudre (es decir,
la rehostia, la releche, de puta madre).
En realidad, ahora que lo
pienso, la confidencia tiene mucho que ver con la acracia. Podríamos decir que
la confidencia es a la relación entre dos (porque, claro, entre tres ya ni
hablamos) lo que la acracia a la relación sociopolítica. Esta última considera
innecesarias las leyes, y la confidencia surge desde la ausencia de
condicionamientos psicoculturales (quizás esté arriesgando mucho en mis
presupuestos, pero es que estoy en plan confidencias). Aunque hay una
diferencia fundamental entre ambas: la acracia es una aspiración, la confidencia
una imperfección.
Una imperfección más, tampoco
hay que alarmarse. Su semillero, su germen, se encuentra en las inseguridades
que acucian al ser humano, que en un momento dado lo llevan a la necesidad, la
gran necesidad, de depositarlas fuera de sí, que otro las analice y administre
y resuelva, o que las comparta sin más. Si en ese estado de necesidad cuenta
con la persona adecuada para confiar, se produce la confidencia, la confluencia
astral. Ya sé, los físico-químicos lo explicarían de otra manera, también los bucaneros
de la prensa rosa.
Una tracción físico-química,
o rosa, que puede sobrevenir, o llegar a secas, en cualquier momento, situación
o equinoccio de nuestra vida. Pero hay, eso, equinoccios en que somos más
propensos, tanto a la necesidad de confiar como a disponer del confidente
idóneo. Cada cual tiene su propia experiencia al respecto. Imposible y, por
tanto, inútil fijar edades y circunstancias.
Aunque, en general, salvo
réplica en contrario de psicólogos y derivados, me da que este fenómeno
estacional suele asomar sigiloso —a saber por qué pura casualidad— cuando la
imaginación, o la reflexión, nos despabila sensaciones o mundos entrevistos por
las cerraduras, y porfiamos, feroces y feraces, para trasmudarlos a realidad.
Hasta que irrumpe el choque, el parón, la miseria de tus castillos.
Desconcierto, incertidumbre, pero si un guiño del entorno te devuelve la fe, la
confidencia está servida.