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jueves, 30 de enero de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (8)

LIVORNO, CIVITAVECCHIA Y UN ANILLO DE JADE

   Livorno era una ciudad de la Toscana cerrada por domingo en el corazón de agosto.
   Hacia mediodía había tomado el autobús-lanzadera desde el puerto. Con la intención de aventar el recuerdo humeante de la pasada noche, quizás, o de afrontarlo con esa analítica abisal en que acostumbro a sumergirme sin remedio.
   La otra opción, madrugar para la excursión a Florencia y Pisa. Pero creía grotesco dedicar seis o siete horas a dos ciudades tan cargadas de arte y cultura, un pack mezquino y ridículo. Y lo peor, habría vuelto a coincidir con Cristina. Ella sí que destilaba perfil de crucerista depredador de excursiones -y algún rasgo más del tópico-. Así que me levanté tarde para evitar tentaciones.
   En el autobús, sin embargo, mis propósitos de retiro marraban. Una pareja en el otro extremo reclamaba mi atención con manos limpiacristales. Había compartido con ellos mesa y mantel en la pasada cena de semigala. Les correspondí con sonrisa de reconocimiento pero sin acortar la distancia. Curioso matrimonio este, llevaba ella cuatro días con retraso de regla, y ya brujuleaban por una inminente paternidad. Claro que luego puntualizaban: el desasosiego con la medición menstrual era prácticamente mensual, desde hace tres años -los hijos, siempre dando problemas, incluso antes de concebirlos-. Cóctel tipo piña colada: candor, ilusión y el calendario. Más los cerca de cuarenta tacos por donde rondarían los dos. No, no tenía ánimo para reanudar conjeturas melosas. Mi disposición sólo transigía con el inevitable intercambio de cortesías y frasecillas al bajar del autobús.
   Sin embargo, apenas cruzamos un primer comentario sobre el calor, la embarazada en ciernes va y me pregunta con parpadeo de pestañitas melindrosas:
   - ¿Y la novia dónde la has dejado?
   Me quedé… Enmudecí de asombro (no, no soy de reactivo fácil). Hasta que ya luego tartamudeé:
   - Es… que… novia… no…
   Y él interpretó enseguida, para excusar el error:
   - Ah, perdona. Claro, estaréis casados. Como os veíamos tan, no sé, juguetones, nos pareció que a lo mejor… uno se piensa… y luego resulta que en realidad… Pasa, eh,… un defecto, lo reconozco… te haces una idea y luego…
   Intentaba justificar su jardín melifluo y fraseológico ante mi rigidez facial, que él suponía de reproche. En realidad me paralizaba el vértigo de un pensamiento: si estos, tan recíprocos en sus remilgos durante la cena, han notado y anotado otros vapores ajenos, Cristina, lo nuestro es para nota.
   En principio, permanecí en la ambigüedad, más que nada por comprobar el límite de sus observaciones. Pero en aquel intervalo de silencio confuso me sobrevino un absceso de franqueza:
   - No, ella está casada con el que tenía a su derecha. Los conocí en la visita a Mónaco. Pura coincidencia. Ya sabéis, un grupo de gente, por circunstancias te unes a ellos, y lo típico, haces amistad. Muy simpáticos, los dos, eh. Sí que Cristina parece más… más comunicativa, diríamos, o más abierta quizás. Pero bueno…
   La cuestión quedó más o menos zanjada. Ellos impostaron un híbrido entre sorpresa, comprensión, indulgencia y carnaza. Y mi instinto, aunque urgía tierra de por medio, arriesgó un comodín:
   - En fin, nos vemos a la vuelta. Voy a pasear mi soledad por aquí, a ver qué descubro.
   Nos despedimos. Se alejaron con la sonrisa y el gustillo de quienes participan de una confidencia.
   Después tomé aire a pulmón relajado y posesión del entorno. No me había movido de Piazza del Municipio, una explanada cuadrangular con edificios de los años cincuenta o por ahí, fachada de Ayuntamiento incluida, nada reseñable. Algún lugareño en plan transeúnte aburrido o reposando ideas en un banco de la sombra, y un salpiqueo de turistas sueltos con pinta de desubicados.
   Por honrar los folletos turísticos, pregunté por Piazza Grande. Estaba al lado. Parsimonia de miradas y andares cavilosos. Mi ánimo, resacoso esta mañana, no terminaba de configurar todas sus aplicaciones. Y eso que poco antes el par de tortolitos me habían fogueado bien. Para cuánto cotilleo les dará su primera cena de semigala en su primer crucero de su primer enésimo embarazo.
   Había acudido al comedor a mi hora acostumbrada. Como cada noche pedí compartir mesa con cruceristas de habla española, por la simple comodidad de compartir también el idioma. Y casualidades del destino, tras varios titubeos del camarero acomodador, termino sentado al lado de Cristina, en una mesa redonda donde aún quedaban dos asientos libres, justo a continuación del mío. Minutos después, los ocupaban el matrimonio inefable, que enseguida comenzaron a acumular conjeturas. Un momento antes Cristina me había comentado:
   - Qué elegante vienes.
   - Bueno, lo propio de un traje -respondí.
   - Pero de buena tela, ¿eh? –aseguró mientras se cercioraba tocándola por el brazo, o acariciándolo, y adornándose con esa sonrisa suya tan indefiniblemente definida.
   Aquí llegaron ellos. La primera imagen que captaron fue la mano de Cristina deslizándose por mi brazo.
   La segunda prueba, al poco. Cuando pido al camarero una copa de tinto y le señalo una marca española en la carta de vinos.
   - Okey -responde profesional.
   Pero vuelve sólo con otra carta de vinos. Se excusa, la anterior no estaba actualizada, o qué sé yo. La miro por lo alto y no encuentro marcas españolas. Todo lo profesional que quieras, pero me estaba fastidiando las meninges. Así que respondo:
   - Okey, -y añado con la flema que me caracteriza- water, quiero water, ya está.
   Se retira con gesto de contrariedad, seguramente profesional también. Y ahora sí, agua, me trae agua, y tan contentos.
   Cristina, que había seguido la secuencia con expectación creciente, en cuanto el camarero se dio la vuelta, confió sobre mi hombro la cabeza y una carcajada.
   Recomposición rápida porque su marido, atraído por las risas, esbozaba un rostro de poema vulcanero, que pivotaba de la cara de Cristina a la mía, verso a verso.
   No esperé a la última rima. Giré en mirada automática hacia el matrimonio recién llegado, y a todo instinto improvisé una salvedad:
   - Este camarero, o está alelado o se lo hace.
   Pues acerté, porque aprovecharon para enlazar, no sé cómo, con su emocionada presunción de encontrarse en el cuarto día de embarazo. Espejismo o ñoñez, sirvió al menos para zafarme de Cristina unos diez minutos, el tiempo que ella empleó en convencer a su marido de su ingenua diversión conmigo.
   Recuerdos con los que llegué a Piazza Grande. Efectivamente, lo era, grande, además de convencional e insulsa, de aspecto semejante a la del Municipio, pero rectangular esta. Salvo sus soportales, sin más seña de identidad para reclamo turístico -mi apreciación, conste-. Un par de vueltas y enfilo una avenida: Via Grande, indica el rótulo -denominación original, sin duda-. Larga, ancha, de arquitectura monótona, avejentada y alma hipotensa. Pespunteada de soportales que a trechos cobijan del sol. Apenas deambulan por ella esporádicos grupos familiares de domingo, excursionistas de paso para Florencia/Pisa y algún que otro mendigo de guardia. Muchas tiendas de ropa, perfumería, zapatos, la mayoría de afamada calidad, Foot Locker, Max Mara, Benetton, Zara. Zara, me detengo un momento ante su escaparate, sólo porque inevitablemente me evoca a Cristina y su minifalda-cinturón de anoche, modulada, curvilástica, ruborosa, flamígera, epicúrea, hojaldrada, hipnótica, vertiginosa, temeraria, pansensual… -¿daré con el adjetivo certero?
   - Es de Zara -me había susurrado en los preámbulos del fragor.
   Se me solivianta alguna zona de la hipófisis o por ahí, como anoche, y renuncio. Aquí en este letargo livorniano, no, la evocación es un trauma.
   Reanudo el paso y recupero mi análisis socio-urbanístico. A lo mejor esta ciudad esconde alma de modernidad. El lujerío de esta avenida apunta a burguesía de posibles, o cuando menos, de fachada. No lo creo destinado a un turismo que es de paso.
   Entro en un bar, una cerveza para saciar la sed y apagar algún rescoldo. Pero “Wifi free”, anuncia un cartelito, y dudo, y claudico. Pido la cerveza y la clave del wifi. Contacto con ella, Intercambiamos posiciones con lenguaje inocuo. Hasta que me anuncia o propone o impone, no sé:
   - Mañana los dos solos en Civitavecchia.
   Me hago el lógico y pregunto:
   - ¿Tu marido y tú?
   - No, tú y yo, bobo.
   Se me puso cara de eso, y corté en un arrebato de pudor, pagué la cerveza y salí.
   “¿Qué estará tramando?”, me preguntaba por callejas aledañas para obstaculizar enseguida la cobertura del wifi.
   Luego desemboqué en una zona peatonal, con aspecto de nobleza añeja, Via Ricasoli. Intenté distraerme por sus escaparates de perfumerías, boutiques, joyería… Pero en uno de estos reclamó mi atención: un anillo de jade verde. Rediós, otra vez Cristina y el anoche: su más preciado blasón, o pendón, de la lujuria.
   Fue una tercera ocasión durante la cena para que el matrimonio inefable elevara un nuevo indicio a la categoría de prueba. Llevaba Cristina en su mano izquierda un anillo de jade verde, ancho y rutilante. Jugueteaba con él con los dedos de la misma mano porque le estaba holgado.
   - Es mi escudo –me lo mostraba con orgullo seductor-. Sin él me siento desnuda.
   - Pues ten cuidado, porque con esa holgura puedes quedar desnuda al menor descuido.
   - No creas, para que salga del todo tengo que ayudarle. ¿Ves? -y lo arrastró con el pulgar hasta fuera.
   Y el anillo, tras cabriolar sobre el mantel, fue a caer en mi… regazo (pongamos un sustantivo digno).
   En mi vida me había encontrado en semejante trance. Cristina miró a su marido, que seguía enfrascado en su tertulia particular, miró al matrimonio inefable, que no perdía hilo, y me miró a mí, y de qué modo: ojos directos y labios entreabiertos recamando sonrisa tan cómplice. Y acto seguido, alargó su mano hacia abajo a la busca del anillo perdido, mientras me musitaba al oído:
   - Habrás comprobado que controlo cuándo y con quién.
   En décimas de segundos, a medida que su mano culebreaba por… ¡por ahí!, pasé del rubor al rubor, y del rubor al rubor. Hasta que su mano emergió victoriosa enarbolando el trofeo. Los tres exhalamos un soplo de alivio; quiero decir, el matrimonio inefable y yo. Aunque a mí me duró muy poco, porque Cristina aspiraba a mantener el clímax. Enseguida volvió a mi oído para asegurarme:
   - La tela de tu… tus pantalones, de tan buena calidad como la de la chaqueta, eh.
   Y ya no pude reprimir una cierta iniciativa:
   - Pues ya verás cuando compruebes la de mi… fantasía.
   Me devolvió la misma sonrisa de antes, pero con un grado más de tensión, o dos, quizás tres.
   Aún seguí un rato ante aquel escaparate, como encallado. Después la inercia me activó un paso lateral, suave, el cuerpo cedió. Y me retiré lentamente, absorto. En una esquina pregunté. “Piazza del Municipio”, por allí. Tomé el autobús de regreso.
   Almuerzo y siesta, amplia y espesa. Después acudí a algunos de los típicos entretenimientos que ofrece el crucero: Trivial Musical y Tragamonedas con los Oficiales. Pero cualquier situación es susceptible de recuerdos. De estos Oficiales de ahora al Capitán, del Capitán a su brindis de recepción anoche en el teatro -una recepción que llega cuatro días después de comenzar el crucero-, y de brindis a brindis, el de Cristina elevando hacia mí su copa de champán en la mano izquierda, con guiño subliminal incluido hacia su fulgente anillo de jade.
   La célebre recepción duró el tiempo que el Capitán empleó en desear very happy crucero a todos, y encabezar el paseíllo del grueso de la tripulación a través del patio de butacas hacia la salida. Fin de la representación, please, dejen en la salida la copa vacía que le hemos dado llena en la entrada.
   - Vente con nosotros -propuso Cristina, a la vez que pedía con la mirada el consentimiento de su marido y el resto del grupo-. Si no tienes otro plan, claro. La fiesta de la piscina promete.
   Asentí, templado por fuera, ferviente por dentro.
   Dejé la cosa esa del Tragamonedas por eludir el itinerario del anillo de jade, que había terminado desnudo y rijoso en la mesilla de noche de mi camarote. Prefería continuar en el modo reposo. Cené en el salón-buffet para evitar encuentros, y después al camarote, una buena lectura, blanca, tierna y crítica -Las dos ancianas- para ir adormeciendo hasta relajar el libro al otro de la almohada.
   Acababa de caer cuando llamaron a la puerta, unos golpes primero cautelosos, luego inquietos y persistentes. Me despabilaron, me soliviantaron, me enajenaron, pero no respondí. Al fin callaron, e inmediatamente un papelito reptaba bajo la puerta.
   Me levanté, cómo no, y leí: “Eres un… -ahí había un tachón corrector, reprimido, imposible de sobreleer-. Te espero mañana a las nueve para desayunar en el buffet. Él se va a Roma con los demás. Tenemos todo el día para nosotros. ¿Te acuerdas de mis besos de anoche? Pues un beso (cualquiera de ellos, elige), Cristi”.
   Acudí a la cita. Sin preguntas engorrosas. Dos horas después bajábamos del autobús-lanzadera en Chivitavecchia. Aun encelados como ya veníamos, pudimos presenciar la imagen misma del caos. La supuesta terminal para estos autobuses de todos los cruceros que arriban aquí (calle de ancho normal, carril de doble dirección, aparcamiento junto al acerado de escasos cien metros de largo) soportaba una aglomeración de tráfico imposible, en organización de llegadas y salidas, en información a los viajeros y en contaminación por tantos tubos de escape. Chivitavecchía, reflejo y puerta de servicio de la ciudad de Roma. Si todos los caminos conducen a Roma, los del mar pasan por Civitavecchia.
   A imagen y semejanza de esta ciudad incierta compusimos una partitura más de nuestro particular caos erótico-clandestino.

lunes, 2 de diciembre de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (7)

EL RINCÓN DEL FUMADOR


   Regresé de Mónaco cerca de las tres de la tarde, con hambre de lobo marino; pero antes pasé por el camarote para dejar la mochila. Y encuentro el teléfono parpadeando, un mensaje. Pulso y me habla una voz en español de cadencias latinas: algo así como que mi banco está rechazando los cargos de mi tarjeta de crédito, por lo que me ruega acuda a Recepción para solucionar este contratiempo. ¿Cómo?, ¿cómo? ¡Cómo! Me revisto de orgullo y solvencia y acudo con una reflexión encanallándome la sangre: las fragancias que laten en Mónaco, puro celuloide; la cruda realidad anida en la tarjeta de crédito.
   Me atiende una chica en español californiano. Despliego argumentos del tipo “pero ustedes qué se han creído conmigo”, esgrimiendo mi tarjeta de crédito, nombre, fecha de caducidad, etc., con tono elegante, eso sí. La chica encaja con seriedad profesional, “me permite la tarjeta, por favor”. Se la pongo en el mostrador como quien suelta el as de bastos. Pero ella la coge silente y calma, la posa al lado del ordenador y no le abandona la mirada mientras teclea sus datos. Cuando se detiene, concentra la atención en la pantalla. En todo ese tiempo -casi diez minutos, calculo-, no me concedió ni una explicación provisional. Así que estuve dudando entre relajarme o espolear mi autoestima. La disyuntiva quedó en suspenso por su intervención. Entonó una excusa referida a problemas en las conexiones vía satélite, “recientito solucionadas afortunadamente”, y así, también los cargos en mi tarjeta. Me dejaba algo frustrado, por mis neuronas cabalgaba ya el séptimo de caballería. Lo reprimí a medias, porque a modo de despedida me permití el desahogo de una conclusión, una advertencia y una bordería: “Así que el problema era de ustedes. Espero que no vuelvan a molestarme, yo no soy experto en telecomunicaciones”. Por supuesto, con el tono elegante que -ya digo- me caracteriza.
   Aunque, en estos casos la agresividad residual me impele a fumar como último y único recurso, desaforadamente. El ansia me llevó en volandas al rincón del fumador.
   El barco, cual local de ocio que se precie de caché, prohíbe fumar, salvo en dos o tres sitios muy acotados. Mi preferido se encuentra junto a la piscina, al que bauticé cariñosamente el primer día como rincón del fumador. Se me antojó eso, un lugar escueto y entrañable, no delimitado por groseras puertas ni mamparas, sino sólo por una línea imaginaria marcada por dos grupos de gruesos y confortables butacones de mimbre, cada uno de ellos en torno a una mesita baja, también de mimbre, en cuyo centro reina majestuoso y acogedor un cenicero de plástico duro, que alberga las colillas sin fin de las almas atormentadas e imperfectas.
   Allí llegué con mi bagaje de flujo contaminado y me puse a fumar, un cigarrillo, dos, tres, mirando al entorno sin ver, sólo concentrado en suturar el aguijón del dichoso mensajito y acariciando, la mano en el bolsillo, las mejillas de mi sufrida tarjeta de crédito.
   Al cabo, cuando remitía el escozor, noté que volvía el hambre postergada. Guardé el siguiente cigarrillo, a punto ya en las manos para encenderlo, y enfilé hacia el salón-buffet. ¿Servicio de restaurante a las cuatro y pico de la tarde? Sí, allí siempre hay un plato para cada hora y una hora para cada plato.
   Saciado el apetito y restablecido el equilibrio del circuito psicosomático -aunque últimamente se me desmanda con más frecuencia-, recuperé el temple habitual. En tal estado volví al rincón del fumador, para cumplir con el rito, el cigarrillo post-almuerzo.
   Encontré el primer corro de butacones ocupado por un grupo de españoles (vale, cedo: y de españolas). No, nada de voceríos, risotadas ni demás sanbenitos. Escuchaban con discreción y ternura las pulsiones de una señora en silla de ruedas. Debía de ser inglesa o, pongamos, británica, rondaba la edad provecta, el porte aristocrático y la incontinencia verbal. Y gozaba, sin duda, de un espíritu crítico y vivaz y de al menos un par de paquetes de tabaco diarios. Lamentaba entre su inglés fluido y el español chapurreado los malos tiempos para los fumadores, relegados a espacios cada vez más marginales y reducidos. “Small, small, small”, abundaba a cada comentario, arrancando sonrisas de adhesión de los interlocutores.
   Me acomodé en un butacón del otro corro, más solitario. Al pronto no reparé en la pareja -heterosexual- que había enfrente. Pero, claro, como uno se aburre fumando solo, se pone a pensar o a observar. Y como lo de pensar ya lo había practicado con creces en mi anterior visita a este rincón, pues eso. Escudado tras las gafas de sol orientadas hacia el infinito, y con la inestimable coartada del cigarrillo librepensador, me entretuve en una fotografía bastante grotesca. Andarían estos dos por los cincuenta o sesenta años, ambos anchos, altos y gruesos, y con origen indefinible, pero de los Pirineos para arriba, o del cabo Finisterre para la izquierda. Él, camisa de pelo canoso en pecho, bañador hawaiano, repantigado en el butacón, sobrado de sí mismo, fuma puro y come uvas. Ella, camisa y pantalón largo blancos y anchorros con transparencias de biquini verde y amarillo, sentada a lo macho, ligeramente inclinada hacia delante regalando escote, fuma un cigarrillo y come albaricoques a doble moflete. Al poco rato, él apaga el puro en una tarrina de yogur recién empezada que había al lado del cenicero, ella apaga el cigarrillo en el plato repleto de huesos de albaricoque, que queda también junto al cenicero. Después se incorporan en plan artrósico y se van arrastrando chanclas despatarradas -juro por mis textos que lo descrito es reproducción fiel del original.
   De semejante secuencia no me permití comentario ni análisis de circuito cerrado, porque pretendía dormitar una siestecita por allí. Así que también yo apagué mi cigarrillo, en el cenicero, y fui en busca de una hamaca discreta, donde llegara amortiguado el griterío de los niños con padres reposando cócteles.
   Del sopor a un sueño de inquietud media. Barullo esotérico en el que mi tarjeta de crédito, Mónaco y Cristina, mi compañera de cervicales, disputaban protagonismos entre sí, pero luego se aliaban y confundían en siluetas superpuestas que irradiaban haces de luna llena sobre la terraza de mi camarote, donde yo fumaba sentado en la butaca como un demiurgo.
   Hasta que irrumpen un crepitar de timbales y los decibelios de un DJ, que me sientan en la hamaca. Unos segundos de desorientación, pero consigo zafarme hacia el amparo de un café solo.
   Volví reconfortado. El fragor musicoléctrico continuaba, pero compatible con las facultades básicas y la liturgia del cigarrillo tras el café. Instalado en el rincón del fumador, desplegué la mirada hacia el entorno. Barridos indolentes como quien pasa las páginas de un álbum ajeno. Comenzaban en el estrado donde se debatía el DJ con sus juguetes electrónicos, se entretenían en las hamacas que exponían cuerpos de diferentes materiales y calidades, ojeaban imágenes de la piscina, llegaban hasta las siluetas acodadas en la barra del bar y regresaban por las tertulias del jacuzzi.
   En uno de estos me detuve. Allí, desde el jacuzzi una mujer me dirigía señales de saludo. La identifiqué enseguida, era Cristina. Estaba con el grupito de Mónaco, marido incluido. Le correspondí, aleteo de la mano y sonrisa convencional. Parecía como que me llamaba, pero me hice el desentendido. Primero porque no me atraía especialmente aquel grupo, segundo porque sí me atraía peligrosamente Cristina, y tercero porque no soportaba el olor a lejía que desprendía el jacuzzi.
   Encendí otro cigarrillo y activé el modo espera. Es decir, fumaba simulando un estado entre distraído, absorto y ensimismado. Bien distinto a los duendecillos que soliviantaban mi temperamento B.
   Pasados unos diez minutos, Cristina salió, o mejor, emergió de las aguas del jacuzzi, cual venus botticelliana pero desvestida por un biquini fucsia. Comentó algo a los suyos y se perdió por entre las hamacas. La decepción me duró poco, enseguida la vi acercarse velada por una camiseta playera sobre el bikini y con un paquete de tabaco en la mano.
   Su atractivo no reside en su rubio ensortijado, ni en sus ojos marinos, ni en su tez nívea, ni en las curvas proteicas de su cuerpo, sino en la sonrisa brumosa con que acompaña sus palabras y sus silencios.
   Cuando llegó al rincón, todos los butacones estaban ocupados. Sin dudarlo, me pidió con toda naturalidad:
   - ¿Me haces sitio en el tuyo?
  Liberé una expresión de sorpresa y me eché rápidamente a un lado.
   Se sentó, los cuerpos rozándose, el mío en do sostenido, el suyo en fa mayor. Le ofrecí el encendedor. Encendió el cigarrillo, y yo otro.
   Al principio, sin mediar palabra, ambos mirábamos hacia el jacuzzi. Después, a medida que los cigarrillos se consumían, nuestras miradas iban y venían del jacuzzi a nosotros, entre nosotros, compartiendo sigilos, promesas, qué sé yo. Hasta que ella, con esa sonrisa inexacta, me dijo:
   - Relájate, hombre. Se ha mosqueado un poco pero me da igual. Él también tiene sus aficiones.
  No respondí enseguida, no sabía qué. Pero el instinto me apremiaba, algo, venga, di algo, caramba:
   - ¿De modo que yo soy tu afición? -me salió, o se me escapó.
  Me sorprendí a mí mismo, lo de presuntuoso no es mi perfil bueno. Claro, ella no se dejó esperar:
   - Me refería a fumar –respondió taxativa, y luego suavizó-. Lo tuyo aún está por definir.
   Frené en seco. Aunque alcancé a percibir que la cercanía de su cuerpo sí que sugería una cierta definición.
   - Me tengo que ir –añadió después, mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero-. Esta noche, cena de semigala, en el teatro la recepción del capitán y luego discotequeo aquí en la piscina. ¿Nos veremos?
   Era una pregunta demasiado afirmativa.
   - Por supuesto –confirmé.
   Para levantarse apoyó la mano en mi pierna. Endiablada mujer, en Mónaco fue el brazo, ahora la pierna. “Pues sí -pensé-, el futuro está por definir”.

martes, 29 de octubre de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (6)

  MÓNACO Y MIS CIRCUNSTANCIAS

    Puerto en Villefranche. Mónaco, el destino.
   En tierra firme, desplegaba el mapa de Villefranche para buscar una parada de autobús a Mónaco, cuando noto cerca un cuchicheo y alguien me pregunta cordial:
   -¿Cómo están sus cervicales esta mañana?
   No cabía duda, mi auxilio en el teatro. La acompañaban cuatro o cinco personas. Despejé enseguida la sorpresa y respondí:
   -Pues… no tan bien como las suyas.
   Sonrisa generalizada en el grupo e intercambio de comentarios amables y chispeantes sobre la nochecita toledana del barco. Luego parecía que se agotaba el encuentro, pero ofrecieron unirme a ellos en la visita a Mónaco. No accedí enseguida, eran tres parejas con pinta de cofradía; me sentiría intruso o comparsa. Pero insistieron y acepté. Por dos motivos: primero porque aquella mujer me había desnivelado, y segundo porque odio los mapas, sus cuadrículas, sus dichosos simbolitos y sus frases para ojo de aguja.
   Cuando bajamos del autobús en Mónaco, una de las parejas se había arrogado el papel de guía. Nos dirigía a golpe de parada de tres minutos para consultar el mapa, otros tres para decidir la ruta y unos diez para constatar que se habían equivocado. Subir, bajar, por aquí, no, por allí, no… bueno, ¿a ver el mapa?, parece que nos hemos equivocado, voy a preguntar, monsieur, s´il vous plaît…
   -Se orientan como el culo. Eso también lo sé hacer yo -murmulleó alguien entre impaciente y furioso.
   Así que caminábamos hacia algún sitio más por intuición que por certeza. Pero mi atención ya había decidido el foco, la panorámica. Mónaco era un enclave sitiado por bloques y bloques de pisos y viviendas de ínfulas diversas que bajaban desde las faldas de las montañas que abrigaban la bahía, y por innúmeros veleros o lanchas o yates atracados en el puerto o por los arrecifes o remolineando por las estelas del oleaje. Visión que se ensanchaba y expandía mar adentro a medida que ascendíamos en zigzag por un carrusel de rampas almendradas para turistas devotos o cruceristas de ocasión, que se detenían a trechos para renovar admiraciones con el clic-clic de las cámaras de fotos o para tomar aliento, o más por esto con el pretexto de aquello.
   Recelábamos ya de la pericia de la pareja-guía, cuando alcanzamos, no sé si por acierto o casualidad, una explanada espaciosa, vistosa en dimensiones, amplia en su normalidad. He aquí el Palacio del Príncipe, o de los Grimaldi, o el Palacio Real -la adjetivación quizás no sea aleatoria, supongo que responde particularmente a un estado emocional específico, más republicano lo de Grimaldi, más monárquico lo de Real, más correoso o aséptico lo de Príncipe.
   En cualquier caso -quiero decir, en cualquiera de los tres supuestos mencionados-, se me antojó un exceso rosa la denominación misma de Palacio. ¿Qué palacio?, me preguntaba, donde sólo adivinaba una reproducción a gran escala de esos fortines de chocolate blanco, tan vistosos y monos, que nos emboban desde los escaparates de las pastelerías, con sus almenitas, sus garitas para los soldaditos y todo eso. O, como mucho, una copia edulcorada del exin-castillos con sus cañones de juguete en plan escolta de fachada feudal.
   Mitología cuché que se reproduciría -siguiendo la ruta marcada en el mapa, a dos calles del palacio- ante el frontispicio de la catedral. Catedral cerrada, por supuesto, a turistas o cruceristas de aluvión, muy proclives a profanar con sus cámaras y chismorreos los santos lugares donde la aristocracia pequeño-burguesa, ah del castillo, blanquea su alma ante los flashes del periodismo sicario. Edificio que seguramente ha recibido la idoneidad de catedral merced a alguna bula papal neolítica o a cardenal con posibles o vaya usted a saber qué prevaricación mediante. Pero catedral catedral, lo que en España entendemos por catedral, no me lo parece; ni siquiera la portada, que es lo más cercano a nuestras referencias en arquitectura sacra. Aunque, para reportaje de boda principesca en las televisiones de la cosa, qué duda cabe, da el tono. Claro que, para eso, igual lo daría la ermita del Rocío.
   Tras las fotos de trámite, bajamos, casi en caída libre, hacia el puerto. Previo paso por el famoso túnel de las carreras de Fórmula 1. En toda Mónaco, “famoso” es adjetivo consolidado, de uso común en cuantos la visitan. Ya nos arrulló antes cuando el palacio de figurín y la iglesia elevada a la condición de catedral. Y ahora surge de nuevo al transitar por el acerado de un túnel de complexión semejante a los miles de túneles del mundo por donde circulan coches. Lo de este es fama efímera, cuando eventualmente corren o berrean por él algunas especies exóticas de cuatro ruedas y nosecuántas cilindradas. Pero, por lo demás, epopeyas a tiempo parcial.
   Después al puerto. Había que bajar al puerto, al mismísimo muelle. En realidad, como se trataba de continuar el descenso, nada que objetar. Cuento con un nivel de curiosidad medio-alto y de catadura diversa, intelectual, artística, emocional, chismosa y hasta malsana.
   El problema, el mío por lo menos, surgió al enfilar el muelle. El calor nos había venido acosando desde el comienzo, pero mal que bien lo habíamos mitigado con ocasionales sombras del camino. Sin embargo, ahora, muelle adelante, no había edificio, árbol, parasol de cafetería o sombrilla de tenderete que ofrecieran un mísero cobijo. Bajo un sol incalificable, procuré acompasar una observación digna de aquellas embarcaciones, cual si pasara revista a una formación de centauros. Aunque presentía que ellas acostumbraban a devolver soberbias y displicentes el examen de quienes las miraban o admiraban.
   El recorrido llegó hasta la esquina misma del muelle. ¿No parecía exceso de celo turístico repaso tan exhaustivo de aquella exposición de la riqueza medida en eslora? Pues había un motivo para semejante travesía de calor y sudor al sol tórrido sol. Un motivo entrañable, perdurable, seráfico, proustiano cien por cien: un helado de fresa y turrón. Empeño personal de una compañera del grupo, la más joven, de andares fatigosos pero decididos. Se proponía rememorar con su pareja el sabor que degustaron en el mismo lugar años atrás a las dos de la madrugada. Tan arrobada expresaba el recuerdo que prescindió de la equidistancia entre aquellas dos de la madrugada y las actuales dos del mediodía. Qué dañina es a veces la evocación.
   Y ahora había que volver, volver y subir hacia las faldas monegascas.
   (Por si alguien pregunta: sí, pasamos por la famosa -famosa- curva de la Fórmula 1. La tienen puesta todo el año, y los coches pasan por ella a la misma velocidad que los ferrari..., es decir, muy despacio. Misterios de la épica.)
   Al parecer habíamos puesto rumbo al famoso -famoso- Casino de Montecarlo.
   Cuando llegamos, la puerta era un enjambre coral: curiosos con la entrada prohibida por vestimenta inapropiada o desdeñosos con someterse al examen del portero o recelosos de las ceremonias inéditas o simples ojeadores de ambiente, y en la cuerda de salida, radiantes o regalados o conmovidos o incoloros más algún que otro patético.
   Para mí era la primera vez que me encontraba a las puertas de un templo de estos. No me lo perdía, decidí entrar. Pregunté al grupo, respondieron con pañuelos enjugando el sudor, menos la interesada por mis cervicales, que enseguida secundó mi iniciativa.
   Entramos sin problemas. A ella el portero le dirigió una mirada de rayos X -más de X que de rayos- que evidenciaba..., pues eso. Y de mi aspecto, gesticuló como medianamente aceptable. Así que me permitió pasar, no sin antes advertirme algo en un francés demasiado atropellado para mis conocimientos, pero asentí como si tal.
   Apenas recuerdo algo de la sala de acceso. Sólo que era de tránsito, estaba desprovista de mobiliario y con las paredes cubiertas de grandes cuadros o mosaicos o murales con motivos ¿mitológicos?, ¿dieciochescos? No sé, me obligaron a dejar en consigna la cámara de fotos. Sí se me había quedado muy grabada, y aún la conservo, la mirada con que el portero obsequió a mi compañera de circunstancias.
   Este portero, ¡cuánto he de agradecerle! Sus pupilas activaron las mías. Y las puse a deliberar mientras apreciábamos la belleza exuberante y pastel de aquella estancia; quiero decir, ella, la de las paredes, y yo, la de ella.
   Lástima, el tiempo de un vapor, enseguida entramos al nervio central del mito.
   Una atmósfera difusa y verde, el acecho etéreo de las Furias. La condición humana girando en torno a una ruleta vitoreada o vituperada por los dioses. Miradas átonas y manos trémulas o hieráticas, titubeantes o decididas, tediosas o cínicas, exultantes, frustradas, anhelosas, cautas, todas rindiendo en el tapete sus fichas a los designios de las Parcas.
   “Rien n’a plus”, o algo así, entona el crupier. Noto que mi compañera de cervicales se agarra a mi brazo (“¡Mom Dieu!, me digo, dado el país) mientras sus ojos persiguen alertados la estela de la bolita que acaba de irrumpir en pista. Silencio tibio y expectante. La bolita rueda rauda y caprichosa, hasta que de pronto dibuja un quiebro gentil y encalla en una celdilla. Una cifra y un color, el fátum. Vaho de tragedia. El crupier estira el brazo hierático, y con mano afilada, experta y avara siega las fichas del tapete cual funesta guadaña.
   Mi compañera de cervicales relaja un suspiro y la presión en mi brazo, me mira, sonríe, encoge unos hombros traviesos y baja la mano hasta enlazarla con la mía. Le devuelvo el gesto entre sorprendido y fascinado. Compartimos el instante. Después comenzamos a retirarnos repasando el entorno, mientras poco a poco vamos volviendo cada cual a su realidad, las manos también.
   A la salida, algún reproche por la tardanza, del grupo en general y del marido en particular, que ella diluye pronto contando lo de dentro, aunque no todo -estuve pendiente.
   Aún me quedaba sufrir una última emoción, allí mismo, a la puertas de Casino, en la plaza circular, cetrina y narcisista que lo venera.
   Coches, coches, coches, perímetro engalanado de coches, desde los clásicos del cine mudo hasta los de rutilante actualidad. Sobrios, atildados, estilizados, académicos, flamígeros, apaisados, rotundos. Prosapia, charol, piel y cilindrada. Apuntes para una historia reciente de la ostentación. Y un reguero incesante de mortales destilando curiosidad o admiración o pleitesía o desdén o quimeras.
El reclamo más descarado de la fragua de ambiciones que hervía dentro del Casino y se erigía en el mayor monumento a la envidia de esta sociedad terminal.
   Tentaciones mil me asediaban por las grietas de la entereza. Huí el primero.

sábado, 28 de septiembre de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (5)

BUFÉ, EMERGENCIA Y EL BAILE DEL BARCO

El salón del bufé era un sinfín ávido y ferviente, de babor a estribor y tres cuartos de popa –calculo yo.
Tras varias zozobras e intentos fallidos, conseguí instalarme en el único asiento libre de una mesa para seis. No soy muy dado a compartir mantel con desconocidos, la verdad; pero la situación no se prestaba a remilgos. Y los otros cinco tampoco parecían un dechado de cordialidad, ni entre ellos, ni en conjunto. Si acaso, alguna pareja intercambiaba bisbiseos cifrados.
Tenía hambre, pura y llana, pero el apetito no me impidió entretener la mirada. Me encontraba frente al vomitorio de entrada. Una jovencita, atuendo de cocinera, gesto candoroso, sostenía entre sus manos un dispensador de gel acuoso, que ofrecía solícita a las manos de cuantos seguían acudiendo a saciar las primeras y primarias emociones. La chica casi se interponía en el camino, de manera tan sutil y ajustada que en cierto modo regulaba el acceso. Esa fórmula, intencionada o no, de acompasar y canalizar el tráfico, me proporcionó tal análisis que ríase usted de los estudios sobre Pilatos y su pantomima.
Lavarse las manos y, sobre todo, la forma de enjugárselas arriesga acto tan espontáneo que delata el estado emocional.
Me puso sobre aviso la imagen de un señor que rondaría los cincuenta años. En realidad, había reclamado mi atención por su vestimenta hawaiana, pero enseguida puse el foco en cómo se enjugaba el gel de las manos mientras avanzaba. Un revoltijo de dedos acelerados que se enzarzaban entre ellos con arrebato de gresca. Me perdí el final, el boscaje lo absorbió tres pasos más allá.
Con un regusto de insatisfacción y curiosidad seguramente malsana, volví a la aduana del gel. Prescindí ya de sexos y vestiduras. Qué importaba si fuera hombre o mujer, mayor, menor, intermedio o intemporal, vistiera acorde, a la moda o al gusto. Lo relevante radicaba en las manos, en su interacción con el vértice anímico del individuo concreto, gel de dispensador mediante.
No me defraudó el instinto.
Una secuencia tras otra, vi pasar manos que se frotaban vivarachas, o reptaban entre sí supurando sensualidad, o se repasaban inquietas en un pálpito de ilusión, o engarzaban dedos trémulos, o resbalaban entre ellas con prudencia o indolencia, o se acariciaban como protegiéndose, o se relamían en escorzo radiante, o tramitaban una costumbre, o se restregaban como despabilando el sueño de un anhelo, manos disolutas, azarosas, litúrgicas, diligentes, fariseas, ufanas, manidas, presuntuosas, acarameladas, escépticas, bulliciosas, lánguidas, complacientes, avaras. Cada cual, cada par, avanzando hasta mimetizarse con el paisaje.
Al cabo, el dispensador descansó, o se agotó, o desapareció. Y volví en mí, o a mí. Fue cuando advertí que había terminado de comer hacía tiempo. Y busqué mis manos. Las encontré recogidas en el regazo, fascinadas.
Me sentía saciado.
Miré alrededor. No recordaba si mis circunstanciales compañeros de almuerzo eran los de antes u otros, aunque la mesa seguía completa. Narcotizado un poco todavía por mi ebullición mental, me levanté y me despedí con cortesías de baja intensidad.
Al salir, la chica del dispensador permanecía allí, si bien en un lateral, aunque lista para atender a los rezagados. Le dirigí una sonrisa de agradecimiento, que ella correspondió en los mismos términos. Claro que, a saber a qué nos referíamos cada uno.
¿Y ahora? Son las cuatro de la tarde.
Como faltaba una hora para la emergencia programada –simulacro de cómo organizar civilizadamente el sálvese quien pueda- fui a localizar el camarote. Allí estaba el equipaje esperándome en la puerta, solitario y digno. Sobre él un folleto de instrucciones para el simulacro de emergencia.
“Uff –pensé satisfecho- parece que la organización funciona”. Abrí con la tarjetita-salvaconducto y entré el equipaje como quien lleva de la mano a un hijo encandilado. Somera revista del habitáculo y evaluación provisional: equivalente a la habitación de hotel de cuatro estrellas, salvo las estrechuras del cuarto de baño. El balcón, espacioso, con mesa y dos butacas tipo bar de copas, circunstanciales vistas a Montjuich -es que el barco aún no había zarpado-. Y me dispuse a instalarme.
Abrí el maletón y esparcí su contenido en la cama. Es la costumbre, así me resulta más fácil repartir ropa y demás enseres por armario, cajones, etc.
Apenas había iniciado el proceso, cuando comenzó a resoplar la sirena del barco, anginosa y persistente. La emergencia anunciada. Inmediatamente recordé el guión y asumí el papel: abandoné el revuelto de la cama –bien que a mi pesar, manías de uno- cogí la tarjeta de los mil accesos, puse cara de pánico, comprobé un momento ante el espejo si efectivamente respondía al trance y salí de aluvión. Con cuanta premura alcancé a impostar, me dirigí a la cubierta cinco –según folleto-. Por las escaleras, por las escaleras, nada de ascensores, peligro.
Pero, no sé. Me temía otra presión. Había tráfico de gente, sí, pero ni barullo, ni aglomeraciones, ni rostros de inquietud siquiera. Más parecía que acudían de paseo al reclamo de un juego de rol desnutrido, con regustillo de intriga quizás, pero sólo por novedoso. “Verdaderamente –pensé, o reflexioné-, uno no participa en un naufragio todos los días, a qué tanta prisa”. Así que relajé mi exceso de simulación.
El crucerista es un ser confiado. Seguramente atesora la aventura en algún rinconcito de su corazón, pero rehúye contingencias de riesgo. Si acaso, en forma de pincelada, condimento o guarnición, como el brócoli caramelizado o algo así. El crucerista desdeña la diligencia, los avisos desmedidos y que le prohíban el uso del ascensor. Se deja guiar, pero sin agobios ni urgencias. Trastea el móvil mientras camina -en esto no se diferencia del resto de los mortales-. El crucerista oye, más que escucha. Aunque de natural acomodaticio, su conducta laxa interpreta las normas como simples sugerencias.
Por el camino había empleados revestidos de chalecos reflectantes –franquicia de autoridad subsidiaria siglo XXI- organizando, los de tal por aquí, los de cual por allí. Pero con los nervios acicalados, como el portero de cine que amablemente te pide el tique para indicarte la sala de proyección de tu película.
Llegué al sitio. Un salón enmoquetado con barra de cafetería en el círculo central. Los más avisados o previsores disfrutaban de nobles butacones. El resto, en sus conversaciones a pie de espera.
Al cabo, reclamó la atención de los cientos de presentes una pantalla de plasma, cuarenta y dos pulgadas, que colgaba en un ángulo del salón. Desde la esquina donde me encontraba sólo percibía el resplandor de los cambios de plano o secuencia. El sonido sí, la voz modulada que comenzó por explicarse en inglés, después en español, alemán, francés y algún idioma asiático –chino o japonés, no los distingo bien-. Profusa y dilatada exposición de qué hacer en caso de pasar del simulacro a la temible realidad. Terminó agradeciendo el interés en todos los idiomas y aclaró que, para quien quisiera repasar la lección, el mismo vídeo estaba disponible en la televisión del camarote, zapeando desde inicio, etcétera. Acabáramos.
La dispersión fue lenta, como reanudando el paseo interrumpido, y tibia, ajena a aquel aluvión de advertencias enlatadas.
Regresé al camarote, para reanudar la tarea que había dejado desparramada y pendiente encima de la cama. Sin apremios, entre intuiciones o sospechas, calibraba el sabor de las horas y los días venideros.
Después acudí a proa, presencié en primera línea cómo zarpaba esta ciudad flotante, sobrepasaba la bocana del puerto y se deslizaba serena, pero resuelta y orgullosa, hacia la línea del horizonte. Absorto en aquella visión, no conseguí arrancarme un verso de infinito.
Evocaciones non natas, suele ocurrir en almas sensibles y despiadadas, señuelo de alerta o algo parecido. La coraza se funde y fragilidad al desnudo. Luego, recomposición de vergüenzas, un retoque, y hasta la próxima.
Antes de la cena había espectáculo en el teatro. Allá que fui. Coreografías de musical americano, entre danza y circo. Justo cuando el trompeta, en un alarde de innovación o dificultad, soplaba clave de sol –supongo- por la pata hueca de una silla de metal, comencé a sentir una especie de mareo, como si, aun estando sentado, mi cuerpo perdiera estabilidad, consistencia vertical, algo. Una vez, dos, en escasas décimas de segundos, tres, cuatro. No había probado una gota de alcohol.
Como la sensación no era agobiante, pero persistente, me atreví a preguntar a la señora de al lado:
-Perdone, no he bebido nada, casi ni agua. ¿Son mis cervicales?, ¿o es que el barco se mueve?
Me concedió una respuesta de conmiseración:
-Pues mire, creo que no debe preocuparse por sus cervicales.
Así que era el barco. Una danza sutil, en cadencias caprichosas, contrapunto a las cabriolas simétricas y trepidantes que fosforescían por el escenario.
¿Qué piensa un neófito como yo en estos casos? Pues claro, será lo normal. Al fin y al cabo, a un barco, por colosal y soberbio que parezca, el mar puede bajarle los humos.
Ya lo creo que se los bajó. A la media hora, mientras el escenario seguía en sus fulgores como si tal, el patio de butacas se divertía -es un decir- con el vaivén creciente de su moqueta. Corrían risillas entre divertidas y nerviosas. La mía, desde luego más nerviosa que divertida, mucho más.
Al fin, terminó la función. Pero no el baile del barco, que incrementaba el compás y descabalaba los pasos de los espectadores al abandonar sus butacas. La salida del teatro se me antojó una sinfonía de andares desafinados, interpretados por el común como si volvieran de una juerga. Pero en mi conciencia burbujeaba algo parecido a la desazón. Casi suspiraba por que todo se hubiera reducido a un problema de mis cervicales.
Sin embargo, no tardé en recuperar cierto sosiego. La megafonía de avisos permanecía callada, ni yo advertía signos de alarma, ni entre los pasajeros, ni entre la tripulación, ni entre el personal de servicios y camareros que cubrían la cena, a pesar de sus improvisados malabares a bandeja repleta.
Por si acaso, me pedí una botella de vino para cenar. Cuando terminé, comprobé que mis piernas respondían al mismo desequilibrio anterior. Descarté la evidencia, nada de cervicales, abandoné recelos e improvisé una variante castiza: que le quiten lo bailao al barco, ese zarandeo, por favor.
Cuando me acosté, la cama bailaba, por supuesto, pero vaya usted a saber por efecto de qué. Y dormí plácidamente.