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lunes, 15 de mayo de 2017

LIBROS, DINERO (3)



Aquella noche apenas dormí. “Tenía que hacerlo, tenía que hacerlo”, me conjuraba entre cabezada y cabezada. Tal grado de convencimiento alcancé, que cuando me planté por la mañana en la puerta del supermercado, ni reliquia de sueño. Me sentía más que despejado. Bajo la mirada un tanto recelosa todavía del guardia de seguridad, en un santiamén, retiré los libros adormecidos de la taquilla, los metí en el lánguido carrito y me instalé tal cual a la puerta en mi acerado suelo. Con un ligero apéndice en el escenario, puse el carrito junto al letrero de “Libros”. Y a esperar alerta, un ojo en la España invertebrada, de la que aún me faltaban sesenta o setenta páginas, y el otro en mi señuelo. Había más que interiorizado la decisión del pesimismo regenerador.

Llevaría una hora o así cuando vi caer el primer libro. Casi lo cogí al vuelo, me levanté cual víctima de alfilerazo, llamé a su donante con voz queda pero firme, y hasta que no se volvió con cara de media sorpresa no miré el título del libro, La vieja sirena.

-Perdone, ¿lo ha leído? -pregunté con gesto bastante indefinible porque nunca lo había practicado, algo así entre agradecido, reverencial, disponible, expectante, confidente, qué sé yo.

El hombre, un señor de edad curtida (en realidad, no me fijé cómo vestía), respondió con postura escueta y ojos huidizos:

-Sí, pero hasta la mitad.

-¿Por qué? -atajé rápido antes de que se escabullera.

Su mirada, tras un recorrido liviano y frágil por mi estampa, se retiró en pausa hacia la nada transeúnte, pensaba, pensaba la respuesta, algo de la situación le fallaba y no se decidía. Pretendí ayudarle:

-Una humilde opinión, por favor.

Pero, error, rectifiqué inmediatamente:

-Lo de humilde, quiero decir, se refiere a mí, no a su opinión.

Resultó acertadísimo. Menuda sonrisa de comprensión, relajó el cuerpo y la confianza:

-¿Y usted la ha leído?

-Sí.

-Pues mire, he aguantado hasta la mitad, y ya es hacerle un favor. Porque este Sampedro se enreda… No sé si porque le gusta o por estrategia. Pero tú no puedes tener al lector dispuesto a seguirte como te parezca. Te sacas una sirena de la chistera y, hala, ya tienes para meter en la novela todo lo que te parezca, dioses, historias, filosofías, inventos, y eso sí, venga a describir y venga a describir… Al principio parecía otra cosa, y por eso seguía leyendo, pero… ¡qué cansancio, por Dios!

-Si me permite, le voy a dar mi opinión. Quizás lleve usted razón, pero creo que en parte nada más. De lo que ha leído, su opinión sería más completa si hubiera seguido hasta el final, ¿no le parece? Aunque después se mantuviera en sus trece. Pero tendría mucho más fundamento, ¿no? Le propondría que se la quedara y la terminara. Ya le anuncio que la mitad que le falta es más dinámica, la acción narrativa no se hace tan pesada, y el argumento tiene sus sorpresas. A lo mejor le compensa. Y otra cosa, ¿se ha dado cuenta de que es una novela tremendamente sensual?

El hombre no cabía en sí de estupefacción, supuse que para él no dejaban de ser criterios de mendigo. Pero no di tregua, le alargué el libro, gesto cálido y oferente, y él, los párpados en decúbito prono, lo recogió con manos a un tris de párkinson, pero lo recogió. Todavía le di una salida:

-Siempre me tendrá aquí para volver a regalármelo cuando termine, igual que si no consigue terminarlo, pero…

-No, no, lo terminaré -hablaba con determinación y con ganas de irse-, me ha convencido. Y le estoy muy agradecido.

Se puso el libro bajo el sobaco, metió la mano en un bolsillo, sacó la cartera y de ella un billete de cinco euros.

-Tome, para sus necesidades.

Recompuso la figura, intercambiamos sonrisa de gratitud mutua y se alejó, con prisas pero disimulándolas.

Todavía de pie, “bieeen -me felicité- mi primer triunfo”, y retomé eufórico el asiento y la lectura, a la espera de la siguiente merced.

El billete de cinco euros no lo dejé sobre el paño de “dinero” por cuestión de ética: a los transeúntes que lo vieran allí, más que limosna podría parecer presunción o sugerencia de mínimos mendicante.

Al cabo de una hora aproximada y tres calderillas, dos libros del tirón. Rehíce las premuras del anterior, pero inútil. El bienhechor, nuca rapada y espaldas adolescentes con cazadora motera, se alejaba rápido, como liberado de un trauma. Ante la imposibilidad, atendí a los libros: Lázaro de Tormes y El conde Lucanor, leí. Ediciones de bolsillo, tan intactas que bien habrían merecido figurar en cualquier Feria del Libro Antiguo y de Ocasión.

Los acogí bajo mi custodia y propiedad con el pesar de un fracasillo, me empañaba un poco la victoria anterior, y me dio por especular. “Ea, otro más del Lazarillo -recordé-. No sé, no sé, lo de la enseñanza -me decía-,… estos libros tienen tanto dentro…, si no se leen a esas edades… Es que lo mío ha sido muy distinto, pero estos chavales… Claro que, si de primeras, en vez de ir al fondo de la cuestión, les pegas un papirotazo con el castellano antiguo, pues con qué se quedan, pues eso, con que lo antiguo les resbala. Y sin embargo, mira por dónde, luego viene un habilidoso, les traduce en las redes sociales una frase tan antigua, ¡antigua!, de cualquiera de los dos libros ¡y les parece magnífica! Me da que el sistema de enseñanza lleva un tiempo desnortado”.

Me estaba traspapelando. El silogismo me seducía pero no me incumbía, así me lo planteé para abandonar. Vino en mi socorro un comentario rasposo y cínico:

-Toma, tío, para el revuelto de huevos con libros, eh -a la vez que al paso caía a mi izquierda una moneda de veinte céntimos.

“Qué ingenioso -concedí para mis adentros con la vista errátil hacia el adoquín”.

Poco después, tres libros más acudían de las manos de una mujer en segunda juventud. Sólo ajusté un agradecimiento semilelo a media incorporación, que ella respondió con el ensayo de una sonrisa mientras se alejaba. No es que me faltara tiempo para retenerla, mi primera intención, no. Me frenó la lectura inmediata de los tres títulos: Fundamentos de Filosofía de Bertrand Russell, Me he enamorado de un hombre separado de autores (hombre y mujer) con nombre de factura inglesa e Introducción a la acuarela de alguien. Una ensalada tan indigerible que se me cortó la intención de preguntar. Y eso que parecía asomar por los hoyuelos de su sonrisa un destello mezcla de promisor y promiscuo. Me recordó a la nuera de don Fermín. Me miraba igual cuando visitaba a mi provecto preceptor. Mi natural tímido, junto a la bisoñez en la erótica práctica que me caracterizaba por entonces, no acertaba a discernir etiologías. Me dio por fantasear, y por alguna inexplicable asociación de ideas, comencé a sentirme como Fonchito en su atmósfera de El elogio de la madrastra. Al final tomé una iniciativa, o quizás fue que la animé a que ella la tomara, no recuerdo bien. El caso es que la ocasión única terminó en única ocasión: unas caricias apresuradas y audaces entre pasillos con orgasmos de amanuenses. La postración uniformemente acelerada de don Fermín no permitió más oportunidades.

Aun me quedaría otra sorpresa aquella mañana. Un chico recién cumplidos los 18 años (así me lo dijo), estatura en proceso de espigarse, mofletes grana y mirada resuelta, depositaba una Enciclopedia Ilustrada de tres volúmenes respetables. Se detuvo un momento dirigiéndome un rostro curioso y receptivo. Le agradecí, me preguntó por mi sorprendente limosneo de libros, le expliqué un interés intelectual y de trabajo de campo, tanteé los motivos de su dádiva, y me aclaró sin complejos ni reparos:

-Me la regaló mi abuelo cuando empecé el bachillerato, pero ya no me sirve. En internet hay mucha más información.

No repliqué, qué iba a decir, le deseé la mejor suerte en sus estudios y me permití un ofrecimiento de circunstancias:

-Si me necesitas ya sabes dónde encontrarme.

Nos dimos la mano en despedida medio protocolaria medio cordial.

Faltaba todavía más de una hora para el final de la jornada pedigüeña. Pero hice recuento de emociones y libros (obvié el dinero, claro) y me sentía más que servido, y además, advertí que mi carrito de transporte, entre los libros del día anterior y del presente, probablemente estaría al borde de su capacidad, lo estaba. Así que eché el cierre antes de lo previsto.

Me encaminé hacia la pensión con el carrito a rastras, pesaba lo suyo, pero con la satisfacción espoleando mis músculos. El proyecto de pesimismo activo e interactivo comenzaba a dar frutos, modesto, sí, pero al menos había conseguido devolver un libro. Cuestión aparte, que el señor de la edad curtida siguiera mis consejos.

Otra realidad más prosaica me inquietó cuando descargué lastre bajo la cama de la pensión: “Con este ritmo en la cosecha de libros, dentro de una semana violentan los límites de la colcha”. Ya en la entrada el pensionero ejecutivo había alargado unos ojos preventivos hacia mi cargamento. Convenía, pues, anticiparse a las consecuencias.

Coyunturas de todo rango y condición me iban y venían durante el almuerzo. Hasta las natillas del postre no entreví un remedio, el alquiler de un local donde apilar los libros. Seguiría con mi quehacer mendicante, solo que pagando un sitio para ellos. Un fin encomiable sin duda, la literatura a salvo del contenedor de papeles (en el mejor de los casos, o en el de basura, en el peor).

Pues no sería la elección definitiva. Enseguida me asaltaron dudas y requisitos. El local, debería pillarme cerca del supermercado donde ejerzo mi labor o, en todo caso, de la pensión. Lógico, sólo contaba con mis piernas como medio de desplazamiento. Lo que en principio cabía justificar como provechoso para el ejercicio físico. Pero, veamos, si a los tres kilómetros que median entre el supermercado y la pensión añadimos la distancia al local alquilado, con la posibilidad, por qué no, de dislocación geográfica, el proyecto adolecía de fibra de mendigo.

De modo que, primera premisa: el local, o cerca de aquí o de allí, pero no equidistante. Segunda, encontrarlo en muy pocos días, la pila de libros apremiaba. Y tercera, fraguar tal historia que el arrendador se fiara del arrendatario, o sea, de mí, o sea, de mis motivos por el alquiler y de mi solvencia económica.

       Tales restricciones no acobardaron la búsqueda aquella misma tarde por el entorno de la pensión. Tras sucesivos perímetros de ampliación, descubrí uno que me pareció idóneo por el cerramiento de su entrada, corredera de chapa metálica similar a la de un garaje. Cartel de “Se Alquila” con número de teléfono. Sopesé, llamé, me respondió una voz callosa y tornadiza, pregunté el precio, me pareció desorbitado, contraoferté, me arguyeron acuerdos de hermanos sobre una herencia, con escasas posibilidades de avenencia para rebajar por enconos y tal, y con resolución a dos-tres meses vistas en el mejor de los casos. Renuncié.

    A la mañana siguiente, mis ceremonias a la puerta del supermercado. Y en poco tiempo, diez o doce libros más, entre los que volvía a colarse Lázaro de Tormes (sesudos sociólogos tendrán algo que decir al respecto, ¿no?). También, conseguí la interacción con una jovencita que, gafas retraídas y vacilantes todavía, me entregaba dos volúmenes de Las mil y una noches. Faltaba el tercero, no lo había leído todavía. La convencí para que se los quedara hasta completar la lectura, por si después reconsideraba desprenderse de obra tan valiosa. Impagable la sonrisa de empatía con que acogió mi propuesta. Y la que a mí me quedó.

Pintaba bien el día, pero me urgía dónde dar con mis libros, y otra vez que cancelé la jornada mendical con antelación.

Ahora orienté la búsqueda de alquiler en las cercanías del supermercado. Parecía perspectiva más halagüeña. Pero el problema cambiaba de perfiles, de vicisitudes, de lógicas. Justo junto al supermercado alquilaban un local. Por supuesto que a ese no se me ocurrió llamar. Cómo un mendigo puede permitirse alquilar un local junto a su puesto de trabajo. Cualquiera que me viera entrar en él, le removería más de una suspicacia. Socialmente incomprensible y, por tanto, inaceptable. Pensaba en el guardia de seguridad del supermercado y sus favores, y me reconcomía el pudor. No, no, ése por lo menos, no.

       Lo deduje enseguida: ni ése porque está demasiado cerca, ni los de calles adyacentes. Había que buscar hacia afuera, en las adyacentes de las adyacentes. Y allá que me aventuré. Tirando del carrito con los diez o doce libros de más del día, que tampoco ayudaba. Pero no cejaba.

     Dos, descubrí dos. Dos extremos. Uno, propiedad de enrevesado y extenuante trilero: me pagas tanto y descuento por entrega de nosecuantos meses por adelantado pero nada de papeles y si me viene otro te vas aunque puedes superar la oferta, y por ahí. Y el otro, al contrario: papeles, papeles, y venga papeles, y cuando me exigió fotocopia fehaciente (así lo dijo) de la última nómina, lo desbaraté asegurándole que no había problema, que me la certificaría el guardia de seguridad de la puerta del supermercado donde mendigaba. Y se quedó mudo, y yo también, y colgamos el teléfono los dos a la vez.

    Y me fui para la pensión revolviendo dilemas, o como se le quiera llamar a aquello que puruleaba por mis pensamientos, hostigados por la sombra flamígera de mi personaje y un acaso de reconversión, o de adaptación. Según. Los medios y los métodos importaban, en tanto en cuanto, el objetivo era el objetivo.

     Por la tarde, aun con escasa convicción ya, volví de nuevo a peinar los alrededores de la pensión. Nada, ni siquiera alejándome un poquito más. En honor a la verdad, sí, un corralón medio derruido de portalón carcomido, indecente para pósito de literatura.

Pasé toda aquella noche dormitando paralelepípedos. Al alba una cierta idea comenzaba a abrirse paso; pero, persona madura como me considero, no convenía precipitarse, y mucho menos eludir la responsabilidad de mi cotidiano pordioseo. Además, la naturaleza de esas horas menesterosas permitía sopesar el esbozo. El final de la España invertebrada tendría que esperar. Continuaba el descuelgue de libros sobre la parcela asignada, pero ajenos al ensimismamiento del nuevo propietario. Durante buena parte de la mañana.

Hasta que la caída en semicascada de un puñado de libritos de Corín Tellado me despabiló la mirada hacia arriba. A cualquier observador le chocaría la foto fija: mendigo sentado en su resignada pobreza frente a la de un hombre de pie, rondaría los cuarenta, ojillos de recámara, con más que estudiada elegancia de diario y apostura que conjuga humildad-altivez.

No me levanté, andaba demasiado enfrascado en mis lucubraciones; pero me avivó la educación por atender su reclamo, y también un cierto picor inquisitivo:

-¿Usted… -inicié átono y tardoso mientras ultimaba los términos de la pregunta.

       Suficiente. El señor con más que estudiada elegancia de diario sólo esperaba que le facilitara un exordio por mínimo que fuera:

       -No es lo que usted cree, se lo aseguro. Odio estos libros -subió dos octavas el tono, voz tupida-. Son de mi mujer. Y antes de que acaben con mi matrimonio -otra octava más-, acabo yo con ellos.

       Se detuvo un momento, como para tomar aire. Lo tomó, luego me miró, me pareció deseoso de seguir pero indeciso. A saber si porque del gesto de mi rostro dedujo contrariedad o solidaridad o las dos cosas pero sucesivas y a la vez complementarias -contrariedad por lo de su mujer, y solidaridad con él-. El caso es que desamarró:

-La amo con locura, de verdad -aquí bajó a octavas de confidencia-, y ella a mí también. Pero…

      Pausa. Para que lo entendiera su accidental confidente-mendigo, creo que sabía por dónde seguir pero no cómo. Además, se había inclinado un poco hacia mí y daba muestras de incomodidad, por la postura en sí y por lo ridículo que pudiera parecer a las miradas transeúntes.

     Algún zarandeo subcutáneo y la educación me alentaron a ponerme a la altura de las circunstancias. Lo hice, me levanté, improvisé aire freudiano y le dije sentencioso:

         -Sólo que se aman con locuras distintas.

        El señor con más que estudiada elegancia de diario reaccionó a mi lógica con tres espasmos de cejas: sucesivamente, contracción inquisitiva, distensión receptiva y tensión argumentativa.

        -Ahí está la clave -celebró como si hubiera dado por fin con la fórmula de los aminoácidos del DRAE-. No hay otra forma mejor de decirlo. Mi mujer -y ya imparable- ha leído tanto de esta…

         No le salía.

         -Hojarasca -ayudé flemático.

        -Eso, eso -de nuevo, octavas arriba-, hojarasca. Se ha metido en ese mundo de dulzuras y dulzuras y corazoncitos y postales y frasecitas bonitas y magias y luceros de noche y de día y de traiciones enormes, también, enormes, porque, cariño, no podemos defraudar al paraíso del amor, y lánguido, todo muy lánguido, y lagrimilla va y lagrimilla viene, y qué pena que no me comprendas pero no importa porque yo te amaré siempre, ven, dame tus manos y bésame. Y yo voy, le cojo las manos las subo por mis hombros hasta dejarlas detrás de mi cuello, y bajo las mías a su cintura, beso suave, con prudencia, y ella responde igual, pero en cuanto me atrevo un poco más con el beso, y con las manos que se me van a su culo, qué bruto eres, te pierde el animal que llevas dentro… Y ahí -jadeaba como en la final de una maratón, o de una confesión inconfesable- se acabó todo.

          Yo, que le seguía agnóstico el hilo, apostillé doctrinal:

          -Todo y nada.

          Tardó un momento en comprender, pero sólo un momento.

 -Lleva usted razón, nada -el desamparo le salió del alma, supuse.

Me sentí impelido a enjugar su postración, pero mi experiencia amorosa era limitadísima, por no decir nula. ¿A qué recurrir?, me pregunté. En mi bagaje sólo contaba con la literatura, ¿serviría para algo?, me preguntaba también. ¡La literatura!, abracadabra, la literatura al rescate. Y de pronto Don Quijote, inexplicable y sibilino, cabalgaba por mi horizonte. Y a él me agarré como a asta de pendón:

  -Mire, si Don Quijote perdió la cabeza por sus lecturas; pues, con todos los respetos, a lo mejor su mujer se encuentra bajo el mismo síndrome.

Me sorprendió a mí mismo el convencimiento con que me salió, pero el efecto resultó devastador. El señor con más que estudiada elegancia de diario me respondió con ojos extenuados y un chapurreo tan deforme como diáfano:

-Sin..dro… ¿Sin… qué? Don Quijote…, mi mujer… No sé de qué me habla.

Pero superó la confusión, reahormó pundonor e inició una despedida acorde:

-Muchas gracias por haberme escuchado.

-Espere, espere, por favor -me vino una idea, quizás malsana, no sé-. Quiero proponerle algo.

Se le escapó una mueca de impaciencia. Hice caso omiso, me acerqué al carrito de los libros, rebusqué un poco, y saqué Memorias de mis putas tristes. Miré al libro como pensando, le limpié unas motas de polvo y se lo ofrecí:

-¿Qué le parece si le propone esta lectura a su mujer?

Del trastabilleo de la mano con que lo tomó pasó a ojos de asombro en cuanto vio el título. Un estupor sin matices. Bueno, sí, un poco interrogativo (poco para lo que me temía):

-Pero qué…

-¿Lo conoce?, le estoy ofreciendo un escritor de fama universal, premio Nobel por más señas -no me costaba organizar la respuesta-. Las lecturas de su mujer están en las antípodas de este libro, desde luego, pero cuando se vive entre obsesiones y melancolías, a lo mejor un tratamiento de choque funciona. Igual le cambia el panorama, o mejor, se lo revoluciona, ¿no le parece?

En mi improvisado rol, sin pestañear, ojos de precisión, añadí:
       -Recuerde lo que le he dicho del síndrome de Don Quijote.
       -Sí, sí, claro -respondió dubitativo unos segundos.
       Expresión que trocó a categórica enseguida, a la vez que metía el libro bajo el brazo. Y rehuyó comentario adicional con la consabida fórmula para batirse en retirada:

-¡Muchas gracias! -parecía salirle de algún alma.

Se giró con despedida casi de taconazo militar, una sobreactuación que detecté impropia de él, más consecuencia de su marasmo amoroso-intelectual que de los hábitos sociales que practicaría. Allá se alejaba el hombre con pasos firmes pero bufando desvelos, creo. Todavía mis ojos lo acompañaron enternecidos o algo similar hasta que se mimetizó en las lontananzas del paisanaje.

lunes, 20 de marzo de 2017

LIBROS, DINERO (2)



Hasta que una mañana de estas en que te levantas sobrado fui al encuentro de la ficción, sentí que me cortejaba, que seducía mi realidad, que la acariciaba para trasplantarla a sus mundos literarios y hacer de mi uno de sus personajes, o varios. Transformarme en protagonista de distintos contextos y situaciones. Encubrir mi yo real bajo los guarismos de otra personalidad, a la carta, según me apeteciera, conforme reclamaran mis linfas y musas de la transgresión.

Tan necesitado me encontraba de aferrarme a un velamen con visos de mar abierta. Y vinculado como fuera a la literatura, tanto mejor. Unas semanas de introspección, pocas: tanteo, contraste, aventura, límites. No tardé en convencerme.

Me zureaba la idea de salir de mi identidad e interpretar en la vida real un rol novelesco. En principio, y por contrariar mi natural optimista, me incliné por embozarme bajo la piel de algún tipo de desahuciado. Se me ocurrieron imposturas con pinceladas de originalidad, pero bastante elementales para mi gusto, no acababan de satisfacerme. Así, he actuado de comercial misántropo, inversionista obtuso, engreído con cascos-orejeras, hipocondríaco recalcitrante, solicitante de afiliación a partidos políticos, cornudo penitente, gregario cum laude de la cola del paro, echador de currículos, figurante de televisión… Y sí, los pronósticos no defraudaban, conseguía recibir el trato propio de un apestado. Pero, digamos que trazaba cada simulación desde un pesimismo pasivo, de ahí mi insatisfacción, cercana ya a la renuncia.

Bueno, en lo de cornudo penitente, ni eso; apenas coló. Parece que se me notaba enseguida mi nivel cero en relaciones de pareja. A las preguntas que me hacían, por supuesto morbosas todas ellas, mis respuestas se acogían principalmente a Bocaccio y a Alberto Moravia, y no, no convencían.

Pero, con el aguijón de una última tentativa, decidí cambiar de carril, probar con un pesimismo netamente activo, e interactivo según la coyuntura, incluso hiperactivo si el guión lo exigía. Nada mejor se me ocurrió que mimetizarme en mendigo peculiar.

Aunque no fue inmediato. Hube de aguardar un tiempo, hasta conseguir una barba rala y zarrapastrosa (ya había ensayado lo de la barba postiza en incursiones anteriores, y se me había hecho insufrible). También me sirvió el impasse para urdir tácticas, plan A, plan B, y en este plan.

La realización del boceto no sólo cubrió con creces aspiraciones, sino que las superaron y hasta desbordaron.

            Como en ocasiones anteriores, me trasladé a otra ciudad. Esta vez unos trescientos kilómetros más allá. Fui en tren, con el neceser, la visa y las gafas de presbicia por todo equipaje. Busqué un mercadillo, compré ropa adecuada al personaje, los útiles de vagabundo con posibles -mochila, manta a cuadros deshilachada, etc.- y cuatro libros habituales de estos tenderetes, Madame Bovary, Cuidados de jardinería, El amante de Lady Chatterley y España invertebrada. Luego me alojé en una pensión céntrica (nada raro por lo demás, la mayoría de las pensiones suelen estar tan céntricas como los hoteles de cinco estrellas).

Al día siguiente, tras disfrazarme, salí con mis aperos, desayuné en una tasca, compré un rotulador y una botella de agua de litro y medio, sustraje dos cartones de un contenedor y me instalé a las puertas de un supermercado sentado en una alfombrilla de arpillera. En un cartón escribí “dinero”; y en otro, “libros”. Los apoyé en el suelo sobre la pared, enmarcándome, uno a cada lado, cuales ladrón bueno y ladrón malo. Junto al de “dinero” puse un trapito con calderilla; bajo el de “libros”, los cuatro que tenía. Y ensayé la mirada perdida hacia el adoquín de la acera. Al poco, aburrido del pasar de piernas anónimas y sinónimas, me engatillé las gafas de presbicia, cogí la España invertebrada y me dediqué a leer aislándome del tránsito ambiente.

A intervalos dispersos iban cayendo alguna que otra moneda, torpes, desganadas, que apenas distraían mi lectura. Hasta mediodía, que hice recuento, poco más de un euro en monedillas y ningún libro. Di por concluida la jornada, me parecía un exceso de celo profesional repetir por la tarde. Tras dejar en la pensión las herramientas de trabajo, almorcé en un restaurante de “menú del día 6 euros, 3 platos a elegir, pan y postre”. Luego dediqué la tarde a deambular y analizar este primer día de mi nueva celada. Un pequeño fracaso, pensaba, el señuelo de los libros no había funcionado. Pero claro, cabía una razón lógica, nadie va a la compra con un libro en el bolsillo igual que lleva la cartera. Cené un frugal bocadillo al paso y me acosté sin trastear más en las conclusiones provisionales.

La mañana siguiente -mismo sitio, mismo montaje- ya fue tomando otro cariz, más acorde con mis propósitos. Apenas hubo cambios en la prodigalidad limosnero-pecuniaria; en cambio, en la sección de libros, tres. Esto sí que distrajo mi lectura de la España invertebrada. Los dos primeros, casi seguidos a primeras horas. Los abandonaron junto a los míos dos hombres, no puedo precisar mucho porque se alejaron rápido. Por la forma de vestir, uno debía de ser mayor; y el segundo, bastante más joven. Un logro, me felicité. “Estos dos vinieron ayer a comprar y esperaban encontrarme aquí hoy también”, pensé. No se explica de otra manera, uno no sale de su casa con libros de tales proporciones si no es para llevarlos al pobrecito ese de la puerta del supermercado. Lástima que con sus prisas no pudiera siquiera darles las gracias. Me apresuré a valorar sendas limosnas.

La del hombre mayor, Estudios de alfarería -un tochaco con pastas duras y páginas satinadas sembradas de fotografías a todo color-. Supuse que era o había sido aficionado al barro cocido, o quién sabe si empleado en un tejar. Y a lo mejor después, con la jubilación, probara la creatividad alfarera durante un tiempo, hasta la mella del aburrimiento, la decepción o la incapacidad. Y enseguida, el abandono, la renuncia y desprenderse del manual que alguna vez habría comprado resuelto.

La del joven, La colmena en edición de bolsillo -cuyo grosor, a pesar de todo, no desmerece-. Nada extraño, sospeché: un clásico de lectura obligada, impuesta, hacia el final del bachillerato, y esa forma de abandonar el libro a mis pies como quien se libera de una carga. Revela que quien debió hacerlo no introdujo mínimamente al chico en esa bruma social que desprende la novela, ni lo encandiló con la asimetría de los personajes y sus afanes, ni le sugirió las estructuras temporales que despliega el autor. Sin todo eso y más, al sufrido alumno se le antojaría una plasta insufrible, lista para relegar al último rincón de su cuarto; sólo que, si me vio ayer, decidiría en un acto de clemencia confiarla a mi suerte.

Bastante después, cuando ya había vuelto a mi lectura invertebrada, noté que caía discreto junto a los otros un nuevo libro. Reaccioné inmediatamente, no al libro recién arriado, sino a quien lo abandonaba a su suerte, una señora de edad elegante que se alejaba sin premura pero con sigilo. Como no era yo pordiosero al uso, apenas mascullé un agradecimiento, se me escapaba la mujer, se me escapó. Frustrado, volví a su libro, Memorias de mis putas tristes.

Me creó más dudas de interpretación. ¿Tendría la novela algo que ver con su vida? Nadie se desprende de libro tan polémico y relevante si no es por motivos muy concretos, algo que le afecte personalmente, y menos con esa actitud anónima y digna a un tiempo.

Mis conjeturas bandoneaban por tramas folletinescas. Por un lado, vinculaba la decisión de esta señora a un despecho amoroso, quizás la lectura de la novela la había llevado por insondables caminos a  sospechar de su marido trabado con una jovencita, o quizás había descubierto la novela entre los libros de su marido y, tras leerla, habría llegado a conclusiones similares, o quizás compró el libro por la categoría literaria del autor pensando regalarlo a alguien pero cayó en la tentación de leerlo antes y luego no se atrevió porque el destinatario, o la destinataria, pudiera sentirse ofendido con el título mismo, y con la historia no digamos, o, lo más morboso de todo, quizás la trama le reverdeciera algún episodio clandestino de su vida anterior o, peor y más inconfesable, de su vida reciente, porque ella con un chico, o con una chica, quién sabe.

Pues puede que haya algo de razón: dime qué lees y te diré quién eres, pensé; pero aproximadamente, corregí.

Suficiente por hoy -decidí como conclusión-, más que suficiente. Faltaba poco más de una hora para el final de mi jornada, pero me urgía abundar en mi quehacer analítico. También reprocharme torpezas, esta aventura de suplantación no se limitaba a hipótesis, aspiraba a un pesimismo netamente activo e interactivo, inoperante hasta el momento.

El tercer día volví a mi puesto de trabajo con mayor grado de resolución, salvar el honor de mis presupuestos iniciales. Siempre y cuando el destino soplara a favor -condicionante o coletilla que punzaba mi natural `por si acaso´.

El monedeo mantuvo sus insustanciales constantes. Pero “libros”, en auge. Junto a los cuatro míos puse los tres del día anterior. No pasó desapercibido. Uno que me obsequiaba con cinco céntimos, comentó, no sé si animoso o irónico, señalando hacia el montoncito culto:

-Parece que tiene éxito también al otro lado, ¿eh?

Casualidad, justo al tiempo que se enrolaban para la causa Lázaro de Tormes y 1984. Obligado a la cortesía de un je-je al limosnero que me hablaba, no tuve tiempo de agradecer los libros. 

El pensamiento me vino a vuelapluma: los del dinero, la mayoría, mimbrean con alguna razón egotista; pero los de los libros, vaya usted a saber. Los primeros, lentos y regalados; los segundos, medio furtivos.

Sin más ánimo deductivo, me recluí en la España invertebrada con mis gafas de presbicia, que era como esquivar inclemencias de nuevo. Pero recurso vano. Los párpados se me emocionaban pendientes del goteo de libros a lo largo de la mañana. Borrasca pasajera, pensaba todavía, novedosa y pintoresca para el común.

A la hora del recuento diez libros más se sumaban a los del día anterior, y aún no había conseguido intercambiar un mínimo comentario con sus ex-dueños, lo que no dejaba de ser frustrante.

Además me surgió otro imprevisto: cómo cargar con diecisiete libros hasta la pensión, y lo más engorroso, cómo volver con todos ellos al día siguiente, había que dar fe de la creciente prodigalidad del vecindario ante los transeúntes habituales. Entre mis útiles mendicantes no figuraba carretón-artesanal-arrastra-enseres. Y el taxi era prohibitivo para un pordiosero que se precie, se me antojaba una traición al gremio.

Así que se me ocurrió probar fortuna con el guardia de seguridad del supermercado. Le pregunté, con la humildad y mansedumbre propia  de mi condición, si podría encomendar los libros a algún rincón que él conociera del supermercado, donde no estorbaran, y recogerlos a la apertura el día siguiente. Tan agobiado, sumiso y solícito me vería que su negativa primera amainó pronto, no terminaba por dejar zanjado el asunto. Al cabo, la conmiseración le afectaba claramente, y lidiaba con ajustarla a sus deberes profesionales. Hasta que alumbró una solución de compromiso: meter los libros en una de las taquillas de la entrada donde los clientes dejan sus compras de fuera, y recuperarlos a la mañana siguiente. Ahora bien, siempre y cuando la operación corriera de mi cuenta y con la discreción adecuada, porque, claro, él se jugaba una sanción, sobre todo si algún jefe lo sorprendía haciendo favores al mendigo de la puerta.

Buena idea, celebré al instante. Pero enseguida otro inconveniente: entre mi escuálido puñado de monedas no disponía de la exigida para el cierre de la taquilla; sumaba más de un euro, pero necesitaba cambiar la chatarra. Como no quería poner a mi uniformado benefactor en más apuros, pedí el favor de la gestión a una señora piadosa que acababa de darme cinco céntimos: yo le daba calderilla por valor de un euro, y ella la canjeaba por una moneda con una cajera del supermercado. Negocio redondo: lo hizo, pero además me obsequió con otros cinco céntimos, pródiga ella. 

Así pues, cuando el guardia me avisó del momento apropiado, allá que metí los libros. Ya podía irme, no sin antes reduplicar mil gracias al entrañable vigilante y jurarle retirar los libros en cuanto abriera el supermercado a la mañana siguiente.

Aquella tarde anduve planteándome y replanteándome deseos, isobaras y logística. No conseguía poner en marcha mi aspiración de pesimismo netamente activo e interactivo, por bisoñez o indecisión, y eso que no me faltaron oportunidades, porque la caridad había sido generosa en libros. Y de tal inacción, los inconvenientes resultantes, problemas de transporte, etc.

  Se imponía, pues, vigorizar el empeño de recuperar el compromiso inicial. Conseguiría así no sólo satisfacer la realización personal perseguida, sino también evitar el aluvión  de libros que me temía.

Pero lo más inmediato, solventar contingencias, recursos para afrontar el día siguiente si se repetía hacia mi regazo la misma afluencia de libros (por supuesto, con el sector dinerario ni contaba). Debía prever dos riesgos derivados, inevitables y simultáneos: transporte y almacenamiento.

Por ese orden, primero lo del transporte. Daba por hecho que el guardia de seguridad no me iba a renovar el favor, y menos si al final de la jornada necesitaba dos cajetines en vez de uno. Tampoco mi dignidad vagabundera permitiría ponerlo en un brete. Irremediablemente tendría que cargar con el peso impreso de la largueza caritativa. Necesitaba medio mecánico para su traslado del supermercado a la pensión. Tuve suerte. Rebuscando por las tiendas de segunda, mano conseguí un carrito de compra de dimensiones idóneas. Aunque me lo pudiera permitir, no cuadraba a mi farsa un artilugio de última generación.

Lo del almacenamiento resultó más problemático. Me tuve que emplear a fondo con el consejero delegado de la pensión, un chico de treinta años que gestionaba el local por encargo de su abuelo, dueño del negocio, con modos de jefe de servicio de administración autonómica. Al final lo convencí de que los pocos libros (pocos, aseguré) que llevara cabrían perfectamente en mi habitación debajo de la cama, y tapados por la caída de la colcha quedarían a salvo de todas las miradas, incluida las de la señora de la limpieza, porque ésta…, en fin. Accedió pero con una condición; bueno, con dos: ante todo debía pagar una sobretasa diaria en concepto de sobreocupación, y además, si el hacinamiento editorial llegaba a sobrepasar los límites de la colcha, daría por suspendido mi hospedaje y tendría que abandonarlo con libros y bagajes.

viernes, 10 de febrero de 2017

LIBROS, DINERO (1)



            Hace tres años cumplí los cincuenta y murió mi madre. Siempre he vivido con mi madre. Bueno, con mi padre también, hasta que lo fulminó un infarto cuando aún me debatía en los quebraderos de la primera madurez.

      Pero sí, siempre estuve arrullado por continuos desvelos maternos. Aunque no como clásico hijo único, ni como clásico hijo menor. Soy el tercero de cuatro hermanos varones.
 
   Ni qué decir que la explicación existe, razonada y razonable.

    Mi padre tenía un negocio de desguace de automóviles, considerable y próspero. Contaba con unos ocho o diez empleados, que incluso a veces no alcanzaban a cubrir eficazmente todo el trabajo. Pero cuando falleció, el negocio siguió el mismo camino del patrón.

    Claro, alguien se preguntará -de hecho más de uno se lo preguntó entonces- por qué alguno de los hijos, por lo menos uno de los cuatro, no continuó con el negocio, o la misma la madre, o ella con el apoyo o en comandita familiar. Sobre todo, con réditos tan halagüeños.

   Los motivos son los que son, por más que mentes cabalísticas y crematísticas se empeñen en hurgar.

    Mi madre era la reina de la casa. Pero no por arcano tópico o eufemismo machista. No. Me admiraba el trato que le profesaba mi padre, sus sentimientos, su proceder, el compromiso, la ternura, el respeto, la veneración y hasta lo poco que yo acertaba a intuir de pulsión sexual. Superaban cualquier otra historia de amor que me llegara por la vida o por la literatura. Conste que soy un gran lector, puedo demostrarlo, y lo voy a hacer.

   Así pues, mi madre solo conocía del negocio los suculentos beneficios que reportaba a la hacienda familiar, que ella administraba con equilibrio,  solvencia y sus gotitas de dispendio y creatividad. Pero poco más.

Mis hermanos. El mayor, Francisco José, de mente despierta y proactiva, se deslomó curso a curso, machaque a machaque, para alcanzar el rango de ingeniero industrial, y al poco, ejecutivo de una multinacional de reciclaje de residuos sólidos urbanos. El segundo, Juan Manuel, cartesiano y oportunista, picoteó más por las relaciones sociales que por los estudios; pero, cuando esgrimió currículo empresarial paterno y carnet de partido, se encumbró en la dirección de una empresa pública de infraestructuras. El menor, Antonio Ángel, avispado y subterráneo, dosificó iniciativas, moldeó expectativas, hasta que a finales de adolescencia, dos meses después de la muerte del padre, en la mismísima cola para matricularse en Veterinaria lo deslumbró el amor en forma de braguetazo, un bellezón de su edad heredera de nosecuántos establos de cuadra caballar.

De modo que mis tres hermanos, aun conscientes y profundamente agradecidos -de verdad, profundamente- a la trascendencia en sus vidas de la empresa paterna, cada cual con sus razones, declinaron asumir el negocio tras el luctuoso evento. Principalmente coincidían en que un desguace, por lucrativo que fuera, no se adecuaba a su status, sus status.

En cuanto a mí, siempre fui un negado para la industria en general y la consiguiente administración de empresas, y en este particular, para sopesar el valor de un capó arrugado, una llanta medio enmohecida, un retrovisor arañado, un chasis reutilizable, un carburante de quizás-quizás, una válvula en condiciones aceptables, una caja de cambios para cambiarla entera, cables de circuitos y tantísimas oportunidades como le escuchaba a mi padre cuando le llegaba un comprador de regate o un vendedor lloroso. Todo lo tocante a aquella técnica o tecnología, sus productos, aplicaciones y posibilidades de rehabilitación me repelía. Incluso a veces me causaba algún que otro recelo de orden moral, un indeterminado escozor de espíritu sobre el que nunca me atreví a indagar. El negocio era de mi padre, y mi padre siempre fue mi padre. Pero la panorámica de aquel inmenso cercado de coches desvencijados, o verlos llegar derrotados, humillosos, desalmados, inútiles sobre la grúa patibularia me producía pesadumbre, lástima, grima, no sé, como si reflejaran las miserias de la condición humana.
 
Seguramente esta sensibilidad mía ya me venía integrada en algunos cromosomas de estos que dicen, aunque desde luego fue educada y potenciada desde mi nacimiento. 

      Mi madre, de carácter proclive a la ensoñación, propuso, y mi padre aceptó con devoción, orientar mi dinámica vital hacia las ciencias del espíritu. Pero como aquello quedaba algo etéreo, pronto resolvieron la vía de la literatura como la más adecuada y honorable.

     Así pues, desde el mismísimo ma-me-mi-mo-mu pusieron toda la carne en el asador, quiero decir, libros…, bueno, en el asador no…, me estoy liando… O sea, en cuanto mi capacidad lectora tomó asiento, fueron llegando a mi cuarto Los tres cerditos, Cenicienta, El gato con botas, Caperucita y su lobo, Pulgarcito, Blancanieves con sus enanitos, Alí Babá con cuarenta ladrones, la gallina de los huevos de oro, Juan Sinmiedo, la lechera y tantos cuantos cuentos. Y llegaron para quedarse y, lo más traumático para mí entonces, para sumirme en un mundo mágico pero controvertido. Oscuros resortes de la paradoja que siempre desembocan en magia, perplejidad o frustración.

No sabría precisar en qué vector situarme. Buena parte de aquellos relatos suscitaba una especie de medrosa carcoma en alguna franja de mi entendimiento, resultado del permanente contraste ficción-realidad. Lo que más, me tiré un mes con los cinco sentidos pendientes de los huevos que ponían las gallinas, con la ansiedad de descubrir el de oro, uno, por lo menos uno, reporfavor. Y nada. Con la ilusión hirviendo no me quedó otra que recurrir a mi madre. Ella, avisada, prudente y culta, fue desbrozando coordenadas, paralelismos y alegorías hasta la disección final indolora y sentenciosa. Tan docta intervención me relajó el espíritu y avivó las entendederas. Hasta el punto de que con ocho años descubrir que los Reyes son los padres, bah, era de cajón.

También aquella conversación materno-filial de huevos, sus proteínas y sus símbolos produjo en mí un efecto colateral, me inoculó la predisposición a relativizar. Lo he descifrado al cabo de los años, un día de estos que te levantas meditabundo y te preguntas ¿de dónde me viene? Analizas hacia atrás, más atrás, mucho más atrás, y de pronto, ah, desde entonces, desde aquella gallina psicomaleable.
 
Bien es verdad que semejante huevo de fantasía no mermó mi interés, inquietud, curiosidad o vaya usted a saber qué por la ficción, por las otras realidades que me ofrecía la literatura. Un canto de sirena -¿de gallina?- brujo, con el que he convivido felizmente hasta ahora.

La literatura me ha dado todo, medio, sostén, inteligencia, fantasía, cercanía y distancia, panorámica y esencia, amor y desdén, humor, crítica, ocio, muchísimo ocio, y últimamente algún que otro sobresalto emocional personalísimo; en resumidas cuentas, la práctica totalidad del poliedro humano.

Lo primero que recibí de ella fue independencia económica; como lector, no como escritor.  Desde los primeros momentos hasta el día de hoy. Un efecto sobrevenido, pero determinante para mi peripecia vital. Gracias a aquel empeño de mis padres por iniciarme en el conocimiento y gozo de la literatura.

Parece extraño y hasta increíble, vivir de leer, o de haber leído. Cuando menos, se te dispara la cara de escéptico. Pero en mi caso tiene su lógica.

Como queda dicho, el negocio paterno presentaba tal cuadro macroeconómico que proporcionaba una microeconomía familiar más que saneada. Razón por la cual me exoneraron de plantearme futuro laboral alguno. Algo así como no te preocupes de un trabajo para el día de mañana y céntrate en disfrutar de la literatura, ¿para toda la vida?, que sí, que sí, que no te preocupes, ya lo entenderás.

No me libraron de la escuela y el instituto, imprescindibles colaboradores necesarios de apoyo al camino emprendido. Pero no cabía duda de sus intenciones: ya durante esta etapa de aulas me encomendaron a un preceptor. ¿Un preceptor?, pregunté sorprendido cuando me lo anunciaron. Solo había tropezado con esta figura docente en mis lecturas de clásicos. ¿Cómo de pronto saltaba a la actualidad desde siglos atrás, y de la ficción a la realidad, a mi realidad? Me sonaba a trasnochado, claro. Pero mis padres se empeñaron. Mi madre había leído mucho de eso.

Así que me pusieron al cuidado dialéctico de don Fermín, un profesor de universidad jubilado, amigo de la familia por circunstancias que se me escapan. No se trataba de clases particulares al uso, sino de un auténtico preceptor, en el sentido más decimonónico del término, aunque con exclusiva dedicación al mundo literario. Nuestros encuentros no se sucedían con periodicidad metódica ni reglada. Al principio, cada mes o mes y medio. Después se fueron espaciando, a medida que él ponderaba mis avances y decidía ir soltando hilo. Yo me aficioné enseguida, y aguardaba cada cita con entusiasmo y expectación. No eran  clases, ya digo, sino charlas que se prolongaban a lo largo de toda una tarde, donde yo contrastaba las conclusiones sobre mis lecturas con sus criterios, y él me orientaba, sugería, proponía, con esa bonanza inteligente y maestra que sólo se alcanza con la edad.

Hacia el final del bachillerato, consideró que poco más podía aportar a mi inmersión en la literatura, y dejó de acudir a casa.

-Necesitas volar solo y ligero, y aunque mucho te he ayudado, posiblemente me convierta en rémora para ti desde ahora -me dijo con su voz templada y magnánima.

Pero yo, en cuanto acertaba con el pretexto, dos meses, tres meses, acudía a visitarlo. Conversaciones ágiles, sutiles, livianas o densas, agudas o circunflejas, temáticas o de partida de ajedrez. Don Fermín desplegaba tal lucidez que mi admiración apenas reparaba en incisos, esporádicos lamentos sobre las penurias -así lo llamaba- de su cuerpo. Hasta que esas penurias le apagaron también la mente; y su hijo, con cuya familia vivía y lo cuidaba, me negó cariñosamente la entrada. Durante el funeral, poco después, fue cuando asumí su dictado y verdaderamente comencé a volar solo y ligero.

Para entonces mis padres y don Fermín habían materializado sus ilusiones. Heme aquí lector empedernido de todo tipo de literatura, sin más oficio ni beneficio, ni menos. Ni otra preocupación para el futuro inmediato ni remoto, por lo menos en cuanto a cuestiones económicas. Mis padres, con la justificación de ser el único hijo al que no habían sufragado gastos de estudios, habían abierto dos cuentas a mi nombre de forma un tanto discrecional, es decir, con el desconocimiento de mis hermanos. Una para mis gastos corrientes, y otra de plazo fijo con vistas al largo plazo, de la cual no tuve conocimiento hasta que murió mi padre. Para entonces sólo quedaba yo bajo el techo de la casa familiar, y a mi madre, seguramente temerosa de la soledad, le faltó tiempo para ponerme al tanto. La cantidad era más que sustanciosa, porque, según me confesó, además de los ingresos periódicos que hacía mi padre, ella también me allegaba lo suyo en cuanto arracimaba una buena masita de su administración doméstica.

Por si fuera poco -que era muchísimo- también me correspondió un buen pico de la herencia paterna, procedente principalmente del traspaso y venta del negocio de desguace. Aquí sí, aquí hubo que repartir de acuerdo con la ley, porque mis hermanos habían renunciado a continuar con el negocio paterno, como he dicho, pero, claro, no a los beneficios de su liquidación. Encima, mi madre, una vez cobrada su parte -la mitad, ya se sabe-, también la ingresó completa en mi cuenta. Me aseguraba que ella tenía de sobra con la pensión de viudedad y con un plan de pensiones que tenía suscrito con mi padre.

Y más. Mientras vivió mi madre, como permanecí a su lado,  no consintió que mis gastos corrientes corrieran de mi cuenta.

Mi madre era lo que se suele llamar una mujer de carácter, sólida y desenvuelta, pero también de una sensibilidad intelectual exquisita, permeable y mesurada, a pesar de carecer de estudios titulados. El maniobreo empresarial del marido, de dudosa ética en algún caso, no lo desconocía, porqué él nunca escatimó sinceridades. Pero ella eludía pronunciarse y enjugaba sus zozobras con acendradas incursiones en la ficción literaria. El mismo camino en el que ella me había iniciado y que nutrió nuestra relación más allá de la habitual materno-filial.

 Así pues, cuando me abandonó su último suspiro, me encontré con una afortunada fortuna y una desolada soledad.

Anduve unos meses un tanto noqueado, cerebriagarrotado, entre cábalas y esbozos de futuro. El dinero me daba seguridad, la literatura profundidad, pero había más horas y días, todos los días por delante.