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viernes, 11 de enero de 2013

CRISTIANOADAPTABLE

 (Otro cuento por Navidad)


   24 de diciembre.

    7,30 de la tarde:

   Inmaculada está en la cocina, pelando patatas y abstraída en sus pensamientos. Evocaciones con un hilo conductor subterráneo, un motivo o, quién sabe, la simple justificación de su alma bíblica. Parecen como escogidas de una especie de especiero, o seleccionadas del entramado espiritual que ha ido tejiendo desde los lejanos vértigos de su primera madurez.
   Se sabe pecadora debido al aciago episodio del paraíso terrenal y sus funestas consecuencias para la humanidad, incluida ella misma. Pero, salvado tal escollo por la gracia divina, aspira a merecer una localidad de tribuna en la vida eterna. No en vano dispone de un currículum repleto de fe, piedad y, sobre todo, caridad cristiana. Hasta el obispo, con el que va a compartir esta noche de paz, así lo viene reconociendo públicamente. La última vez ante la asamblea provincial de cáritas: “Inmaculada, eres uno de los puntales de la religión en nuestra diócesis, modelo de caridad cristiana para cualquier creyente”. Ocurrió días antes de casarse Fátima, la menor de sus tres hijas. Lástima que su eminencia excusara su presencia en la boda con otros quehaceres de pastoreo. Pero lo compensó enviando para los nuevos contrayentes la bendición apostólica de Su Santidad. Inmaculada la declamó urbi et orbi durante la ceremonia con arrobo seráfico, similar al experimentado por la novia al escucharla y bastante homologado con el de los invitados, según apreció la beatífica lectora del documento pontificio

   Cándida está en la salita, mirando la tele y sumida en sus recuentos. Rutinas convencionales, transmitidas y asumidas, acríticas, sin respeto con ella misma. Repaso de un inmenso anecdotario vivo pero sin pulso, también inofensivo, que ha ido acumulando hasta su presente senil.
   Aún mantiene la sonrisa fláccida tras la llamada telefónica de Fátima para felicitarle la Nochebuena. Todavía no ha visto a la sobrina-nieta desde la boda; así que ha aprovechado para repetirle lo guapa que estaba, y el novio también, y lo bien que resultó la ceremonia.
   Cuando la conversación se entretuvo en el convite y los invitados, Cándida aludió a los ausentes. Y Fátima respondió con reflejos de vago candor. Pero Cándida metió el bisturí: “Sí, sí, los hermanos de tu madre y sus hijos, tus tíos y primos, ¿por qué no han ido a la boda?, ¿no los habéis invitado? Porque cuando pregunto a tu madre, siempre me sale con que hay gente que no se merece nada y cosas así, pero no me aclara nada” La tía albergaba sospechas, o certezas, o algún inquieto roe-roe. La recién casada desmayó una confirmación brumosa y alegó prisas de ir a cenar con sus suegros, y un beso, pi-pi-pi-pi…

   7,45 de la tarde:

   Inmaculada ha pelado y picado las patatas, y prepara sartén y aceite sin abandonar las perlas de su vocación redentora. Le pasa cada vez con más frecuencia, compagina la rutina terrenal con la meditación trascendente, sobre todo cuando algún nódulo íntimo, seguramente inconfesable, entorpece quién sabe qué flujos de su imagen sacra. Entonces, sistemáticamente, se atrinchera en recios presupuestos religiosos, que no siempre fueron o han sido comprendidos, particularmente por el entorno familiar. Como cuando pretendió catequizar a sus padres, que eran de profundas convicciones católicas, para que comprendieran el alcance teologal del matrimonio con su Gregorito.
   El diminutivo es una constante en su labor evangelizadora, no se sabe muy bien si con carácter afectivo o según sus tarifas de justiprecio social o religioso. Ni siquiera en el caso de su marido cabría arriesgar un parámetro concreto. Porque Inmaculada lo utiliza a destajo –hablamos ahora del diminutivo-, en conversaciones directas con los afectados o en otras en las que éstos, ausentes, son carne de comentario. Incluso alguna vez se le ha escuchado un Manolito refiriéndose al vicario general de la diócesis.

    Cándida sigue con la mirada perdida en la tele y picoteando secuencias de un oleaje a medida.
   Se ha dotado de un surtido muestrario de recuerdos, del que se sirve para solventar conversaciones del cotilleo ambiente y elucubraciones propias. Ahora, por ejemplo, desgrana con cronología de archivero imágenes de bodas. Un barrido de cámara novelera con zoom veleidoso y taciturno en las de sus sobrinos, menos uno. A la de éste no asistió, no figura en su álbum de fotos. Por entonces ya Inmaculada ejercía de cancerbera de las esencias tridentinas, además de usufructuaria de la vida y enseres de la tía Cándida. La sobrina sentenció que el matrimonio civil de su hermano consumaría un estado de concubinato o algo así, declarando su celebración como ignominiosa, pagana, diabólica. Y la tía sintió amenazada la balsa de sus tres avemarías diarias y trasquilado el manso discurrir de su existencia.

   8 de la tarde:

   Inmaculada está friendo las patatas mientras bate dos huevos y continúa repasando fascículos de sus cruzadas. Fórmula recurrente en ella, purifica equívocos del presente con glosas de gestas pasadas.
   Reconoce a Gregorito como su tercer pretendiente en línea cronológica, pero único en alcanzar la redención por la gracia de Dios y porque rindió su alma pecadora a los encantos espirituales y profesionales que irradiaba la funcionaria en cuestión.
   Las reticencias iniciales de sus padres ante la evidente penuria religiosa del pretendiente las solventó o doblegó pronto –cree ella-. Inmaculada reseteó el alma de Gregorito mediante el sistema de inmersión en los cursillos de cristiandad. El camino del altar quedaba expedito.
   El matrimonio normalizado no tardaría, porque Inmaculada tampoco contaba con mucho margen de edad para mayores iluminaciones. Y tras la boda, alguien escuchó las plegarias del desposado y le concedió el empleo de conserje en una empresa conservera, con el proyecto –comentaba ella con seguridad manifiesta- de que enseguida accediera a un puesto de administrativo, en cuanto aprendiera a escribir a máquina.
   Pero ya desde el principio los dedos terrosos de Gregorito, viciados por su anterior trabajo, machacaban las teclas de dos en dos, y no había manera. Renunció pronto, por lo dicho y porque esas deficiencias, como suele ocurrir, le avivaban otras. Seguramente, sólo el sistema de indulgencias plenarias podría explicar cómo el esposo redimido, contando con su sueldo y el de su consorte, que, aunque lo pareciera, tampoco era de aleluyas, consiguió introducirse en el negocio inmobiliario al por menor, exactamente, al por menor dinero declarado. Con él ha alcanzado pingües beneficios, jaculatoria a jaculatoria, siempre a cubierto de esos impíos de Hacienda y bajo el halo benefactor de su mentora. Utilidades de la comunión diaria.

   Cándida permanece en la butaca de la salita y en su balance de cromos. Análisis acolchado, colores primarios, emociones de corralito, latitud plana.
   Sigue callejeando por su histórico de bodas y se detiene, como por obligado cumplimiento, en la de Inmaculada con Gregorito (como otras anfibologías, también reproduce de la sobrina la adjudicación de diminutivos). La tía, testigo neutro de los avatares familiares, calibra ahora, al cabo de los años, cómo su realidad de los últimos lustros resultaría ligada a aquella boda. Cómo imaginar que aquel Gregorito, que entró en la familia de puntillas, que sigue por la vida de puntillas –y haciendo encaje de bolillos-, integraría su galería mental de personajes de ocasión.
   Gregorito celebró que la tía de su esposa veneranda conviviera con el matrimonio y con las hijas que ya iban naciendo, quién mejor que ella para las funciones de señora multiservicios. Desde entonces y hasta bien poco la trataba con decoro, a lo mejor impostado, pero, bueno, pasable.
   Sin embargo, últimamente Cándida ha advertido ciertos cambios en Gregorito, como transformado en un continuo semipresencial: rara vez aparece por la salita donde la tienen relegada, o le concede un “qué hay” cuando se cruzan por el pasillo hacia el baño, y menudeos así. Aunque en ocasiones, a rachas, teledirigidas por la sacrosanta sobrina, Gregorito se planta ante la pobre tía pobre y arremete contra sus ochenta años de neuras, el abandono en que la tienen sus miserables sobrinos, y los gastos de medicinas, luz, brasero y tele que ella genera y que él paga religiosamente (religiosamente, cómo no). Y ella calla y asiente sin más, también sin balbuceo de protesta ni lagrimilla fugaz.

   8,15 de la tarde:

   Inmaculada ha mezclado las patatas con los huevos en una fuente y volcado sobre la sartén ya sin aceite, cocción a fuego medio, bien distinta al hervor que inflama su porfía espiritosa. Ante el fantasma de la maledicencia, divulgar el sacrosanto destino de sus obras, es su lema, también su pantalla.
   Cuenta en su haber con algún destello postconciliar, el que se permitió al afirmar que Gregorito le había dado tres preciosas hijas, no al revés. Una especie de feminismo en clave cristianoadaptable –adjetivación, por otra parte, nada ajena a su personalidad- del que presume en sus reuniones de sacristía, a pesar de ciertos recelos del consiliario de turno, que ella menosprecia. Para algo se considera imprescindible en la logística doctrinal.
   Tres criaturas que la madre se encargó de recibir y educar de acuerdo con los cánones de la teología al uso, así como de difundir tan abnegada labor en cuantos foros y convivencias participaba. Lo de criarlas se le suponía, pero en realidad delegó en la tía Candida. Criarlas en el sentido más explícito del término: intendencia, alimentación, custodia, entretenimiento, etc. Un servicio integral de guardería hasta bien avanzada la edad autónoma de cada cual. Ítem más: la misma tía también tenía a su cargo el servicio doméstico a jornada completa: cocina, limpieza y portería.

   Cándida ha abandonado por un momento sus memorias de balancín y distrae inercias en los reclamos de la tele, publicidad blanda, juguetes y ternura. Enseguida un anuncio rosa la devuelve a sus diagonales, un efecto mariposa previsible, desvaído.
   Ha permanecido en el tópico por pura comodidad, por muchas advertencias que recibiera en sucesivos períodos del pasado. ¿Cuestión de gustos?, ¿de apatía emocional?, ¿o de alguna castración o trauma intelectual de vaya usted a saber? El caso es que las prestaciones dispensadas a las niñas de Inmaculada hicieron honor a su natural dúctil. Su papel de tía soltera con sobrinos ya lo había practicado con los hijos de su hermana, Inmaculada inclusive, pero fue algo entre mostaza y tomillo. Pero con estas tres sobrinas-nietas ha resultado más de cocido y salsa rosa. Y una sonrisa meliflua brota al recordar sus juegos con ellas, con sus regalos de reyes, vestiditos, muñequitas, cocinitas, etc. De la grasa del cocido, de sus abusos y reproches, amnesia.

   8,30 de la noche:

   Inmaculada mira el reloj y acelera el fin de la tortilla de patatas, y prepara rápidamente dos filetes de pechuga de pollo a la plancha.
   Bien que pesaba a Inmaculada el trajín (así lo denominaba ella) que había colocado sobre las espaldas de su entrañable tía Cándida. No perdía ocasión de lamentarlo en cuantas conversaciones viniera a cuento –aunque sonara a cuento-, más que nada por aventar pensamientos malignos o comentarios perversos. E insistía en achacarlo a su abarrotada agenda de obras pías fuera de casa, una pechera abarrotada de pins. Además, justamente la tía había sido una de las primeras beneficiarias de la caridad notoria de la sobrina.
   Todo un clásico en las conversaciones de Inmaculada: se dilata y diluye en explicar y explicar cómo Candidita (los diminutivos de Inmaculada), de natural soltera, cayó en soledad al morir sus padres, quedando con una mísera pensión asistencial que, si a duras penas le daba para comer, menos que nada para mantener la vivienda familiar, por lo que Gregorito no tuvo más remedio que comprársela –al citado por menor, claro-, y ella, la encomiable sobrina, se apresuró a acogerla en su casa y bajo su aura y manutención.

   Cándida siente que los párpados comienzan a ceder, más que al sueño a la presión de la emoción subyacente. Si al fin y al cabo tuviera cerca alguien con quien compartirla…
   Bien que pesa a Cándida la melaza que fondea por los senderos de sus edades. A quién recurrir, a qué sentimientos apelar, rebotarían contra ella misma.

   8,45 de la noche:

   Inmaculada, terminados los filetes, corre a arreglarse. Mientras, Gregorito, revestido ya con sus galas de supernumerario consorte, la apremia desde el salón y aprovecha para renovar imprecaciones, de baja intensidad, eso sí, pero zafias y mezquinas, eso también, contra las limitaciones que la presencia, o simplemente existencia, de la dichosa tía Cándida impone a la actividad cristianoparla del prístino y cabal matrimonio.
   La esposa iluminada se emperimoña, colorete de percalina, labios a juego y vestido de teresiana vip. A la vez que sus pensamientos hacen causa común con el rumiar de Gregorito. Meses antes de la boda de Fátima, casadas las dos hijas mayores, con Cándida frisando ya los ochenta años, y por tanto, incapacitada para buena parte de las tareas domésticas, la santidicha ha pretendido recurrir a sus hermanitos (los diminutivos de Inmaculada) para compartir la carga financiera, ésta sobre todo, y existencial de la tía provecta. Dos lanzadas de calvario que rezuman y resumen toda la hiel de esta pareja de frustrados querubines.
   Pero la respuesta fue tibia, en la doble acepción denotativa y connotativa del adjetivo, la de unos displicente, la de otros bronca, aunque con denominador común negativo: “Te has aprovechado de ella hasta la extenuación, la has exprimido al máximo, le has rebanado sus sentimientos hacia nosotros; y ahora que se ha convertido en un fardo para vosotros… ¿Y tú hablas de moral?, ¿de qué moral?”
   Inmaculada, revestida de sacramental, viene profesando recusación pública de estos miserables, hipócritas, repugnantes, pecadores y por ahí, para los que vaticina, por supuesto, las tinieblas del averno.

   Cándida dormita.

   9 de la noche:

   Inmaculada aprueba al espejo y se apresura a la cocina, pone en una bandeja de fibroplastic el plato de la tortilla, el de los filetes de pollo, una naranja y cubiertos, vuela a la salita, aterriza en la mesa con la impedimenta y dice a su tía:
   - Aquí tienes la cena, Candidita. Pero, mujer, no te duermas, que esta noche es Nochebuena. Ya sabes, que nos vamos a cenar con el señor obispo y el grupo de caridad diocesana en una residencia de ancianos. Si tus sobrinos se hubieran portado contigo de otra forma, ahora estarías… Pero, bueno, que vamos tarde. No te quedes levantada hasta las tantas. Que apago el brasero, no sea que se te olvide y nos metas fuego a la casa.

   Cándida espabila el rostro macilento, asiente con el automatismo acostumbrado y se pone a comer, sin recursos… 

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿O ERA YA VERANO?

      Celebré mi cuarenta y tres cumpleaños por todo lo alto y por todo lo bajo. La efeméride no suponía mayor significación, pero algún turbio presentimiento o euforia de origen incierto desbordó la atmósfera habitual.
      Y efectivamente, con la resaca del día siguiente llegó la reflexión y su consecuencia, rápida y taxativa: la firme determinación u osadía de enloquecer.
      Cualquiera que no me conozca pensará que estoy loco; es decir, que ya lo estaba para adoptar semejante aventura. Incluso a mí mismo se me vino por un momento esa posibilidad. Pero no, enseguida lo descifré: hay situaciones o circunstancias en la vida de cada cual en que confluyen sus coordenadas astrales y desencadenan… Pues eso.
      Dos rasgos fundamentales ¿adornan? mi personalidad, seguramente contradictorios, lo admito, pero inevitables: introspección suficiente y respuesta inmediata. En cuanto esbozo el análisis de una idea, opinión o sentimiento, me lanzo. ¿Cuestión de olfato? El caso es que rara vez he fracasado en el pronóstico. He aquí, pues, la esencia, permanente por definición.
      Por otro lado, los flujos vitales o existenciales, que condicionan, retrancan o aceleran, propician meditaciones con exigencias a más largo plazo, más diluidas, menos conscientes, como un runrún que no entorpece demasiado. Tal me parece la senda de la condición humana. Con variables de edad, según los estereotipos metaforizados con las estaciones del año.
      De modo que la disposición a enloquecer nada tenía de fortuita. Apareció tras un balance reposado, exhaustivo y crítico de mis horas y quehaceres. Me costaba reconocer, aunque concedía, que vagaba por un bucle anodino, que ni siquiera una quimera mellaba el discurrir de mis menudencias, como si vivaqueara en un estado de convalecencia perpetua. Parcela afectiva, parcela económica, parcelita de ocio, todas tres con condimentos de diseño.
      Funesta inercia que terminó por desperezarse e indagar por los caminos de la tentación. Y ésta comenzó a tomar perfiles: emborronar al menos alguna página de mi existencia, para que el recuento final no quedara en mediocridad y tedio.
      Barruntaba la idea, ya digo, desde meses atrás, o quizás un año, o más. No recuerdo la fecha exacta, aunque sí el día del clic, del toque a rebato: una madrugada de primavera -¿o era ya verano?
      Cavilaba camino de casa, como de costumbre, cuando tres motos me irrumpieron tres segundos, me atronaron tres segundos, me amedrentaron tres segundos, rooommm uno, rooommm dos, rooommm tres. Al cuarto segundo, la respiración derramada, pensé como todo el mundo: “están locos”.
      Pero mis consideraciones siguientes, las del quinto segundo en adelante, quizás se decantaron por la extravagancia, o tal vez por un sentimiento de empatía: “¿Y si el loco fuera yo?”.
      Tamaño pensamiento, en la soledad de altas horas de una madrugada de primavera -¿o era ya verano?- sólo podía proporcionar un amplio abanico de variadas especulaciones, inéditas e inusitadas. Algún mecanismo de alerta dispersó las telarañas de mi recámara o lugar recóndito e inescrutable de mi masa encefálica donde habitan todos los fantasmas del pasado, del presente y acaso del futuro. Aunque enseguida advertí que, de abanico, nada. Antes al contrario, se me antojó un sendero que, a medida que avanzaba por él, se angostaba irremisiblemente, como en realidad demostraría el lance, revulsivo o colofón, de semejante empeño.
      Obvié dificultades de últimas voluntades y con un convencimiento probablemente insano dispuse preparativos a destajo. Ampliamente ponderados, concienzudamente revisados, quizás hasta fastidiosos de tanto manosearlos, pero agobiantes e imprecisos siempre. Contradicción propia de la premura que me caracteriza, rasgo positivo o negativo, virtud o defecto, quién sabe.
      En verdad, aunque mis cálculos progresaban a trompicones, la semilla había caído en terreno fértil, por primavera -¿o era ya verano?-. Pero tenía que buscar modelos a toda costa, intuir sugerencias del entorno, descifrar propuestas. Violenté mis impulsos, mal que bien, mirando, observando, asistiendo, presenciando el ajetreo de la gente de un lado para otro afanándose en cosas, digo, bien, cosas. Casi disfrutaba ante panorama tan intenso y desalentador durante aquella prelocura mía. A poco se me desconfigura la espita de las urgencias.
      O sea, que continué de cuerdo hasta bastante después de aquellas tres motos tres segundos. Justo hasta el día siguiente de aquel flamante cumpleaños, cuando asumí sin más dilación llegado el tiempo de la audacia.
      Así pues, necesitaba pergeñar una estrategia de garantías, que me llevara a la feliz consumación de la locura prevista. Y enseguida el recurso instantáneo, basar el proceso iniciático en una documentación del máximo rigor intelectual. Para algo disponía de una extrema lucidez, que me precavía contra cualquier señuelo de frivolidad. Uno no se transforma en loco porque sí, conviene actuar con responsabilidad y coherencia.
      Fiel a estos principios, aventuré mis pasos hacia la Biblioteca Municipal.
      La entrada en aquel palacete dieciochesco, donado al Ayuntamiento según placa adjunta a la puerta –nunca conseguí desembarazarme del todo de los clichés del lenguaje administrativo, cosas del trabajo absorbente-, me produjo la misma sensación que cuando crucé la frontera por primera vez: desconcierto, soledad, una cierta sequedad en el paladar, latidos acelerados y palabras en pirámide.
      Sin encomendarme a prudencia alguna, abordé al conserje-recepcionista-lector de periódicos y le pregunté por libros sobre locura. Se tomó su tiempo para mirarme siquiera, posiblemente hasta que procesó mi petición. Luego rebajó sus gafas de presbicia a media asta y me examinó con ojos pertinentes, es decir, con recelo. Ya iba a contestar algo, cuando le espeté:
      - Sección siquiatría, por favor.
    Cerró la boca y amagó con descabalgar las gafas sin quitarme la vista de encima. Le solté tres nombrajos de corrido, uno en inglés, otro en alemán y otro en ruso (al menos así me lo parecieron). Dejó por fin las gafas sobre el periódico y carraspeó hacia abajo. Intenté atajarlo otra vez:
      - O novelas de locos famosos.
      Elevó una cara de renuncia y me orientó lacónico hacia mis espaldas:
      - Ahí tiene el fichero.
      Y volvió a su periódico.
     En pocos segundos afronté un casillero que, por deformación profesional, asimilé al frontal de un apartado de Correos, pero con todo el abecedario mezclado, salteado, apabullado de combinaciones sacadas del diario de un extraterrestre. Me acerqué, lo observé, lo estudié, primero con curiosidad, a continuación con énfasis, seguidamente con inteligencia (con cierta inteligencia, la verdad), después con menosprecio, y finalmente soplé un abandono. “Esto es demasiado científico para un loco”, concluí.
      Y la ocasión se hizo carne. Mis turbinas comenzaron a bullir y reclamaban la culminación inmediata del proyecto. Si nadie es dueño de sus circunstancias, menos un loco in pectore. Así que tomé unas fichas abandonadas sobre el mostrador que acompañaba al fichero y me puse a escribir, títulos que inventaba al azar, con fruición, con entusiasmo de loco terminal. A saber: Cuando lloran las margaritas, Cenemos al fin, Historias intituladas, Las maniobras de Evans, El penúltimo informe, La saga de los Pérez-Shaw, Circunloquio monologado, Maleficios benditos, Psicología versus sicología.
      Ahí detuve el repertorio, sólo para un somero repaso y continuar. Pero alivié la mirada en el entorno y se desvaneció la inspiración. Todos estaban silenciosos ante las páginas de sus libros, mansos entre ojos y codos. Y una pulsión insensata y trepidante se abría paso desde mis entrañas. Claudiqué al instante: tosí con fuerza y sin ganas, con deje posmoderno de mala leche, con garganta ruin, con expresión inevitable. Lo conseguí: uno levantó el rostro hacia mí, otro hacia el frente, otro aprovechó para sonarse, otro pasó la página como despertando de pronto, otro cambió de punto de apoyo, otro enderezó la espalda, otro cerró finalmente el libro y se levantó, y el conserje volvió a mirarme por encima de las gafas y a balbucear un reproche por debajo de su bigote cano.
      Acusé recibo con gesto displicente y me dirigí hacia él blandiendo mi selección de novísimos:
      - Por favor, éstos son los títulos que busco.
     Se engatilló las gafas, dedicó un ojo clínico a la lista, por fin levantó sus reúmas con la parsimonia propia de la profesión, e inició la marcha con cejas erizadas y elocuente bamboleo de cabeza.
     Maravillado con mis reflejos de cuerdo para loco, concedí una mirada sardónica al laborioso caminar de sus zapatillas de paño, que ya enfilaba el recodo de un pasillo. Después alojé mis reales sobre su mesa, grosería que interpreté adecuada al rumbo elegido -por qué negarlo-, sin retorno, imparable, enigmático, transgresor, adictivo. Allí, con las piernas bailoteando en el aire, me sentía en una atalaya. Desde ella aguardaba el primer efecto efectivo de mi personalidad recién estrenada. El conserje volvería arrastrando imprecaciones a la par que sus zapatillas, con la ficha de marras absorta en su mano temblona, rostro cárdeno, pupilas como dardos, vituperios como labios, basilisco de la traición, infame y grotesco.
      Iba a rubricar con silbo de satisfacción, cuando los labios se paralizaron en ojal vacío: el conserje, volvía el conserje, con sus andares erráticos y domésticos, ¡y con una torreta de libros entre la barbilla y las manos cruzadas bajo el ombligo! Llegó hasta sus dominios, circunstancialmente violados por mi nuevo estatus. Ni una mueca de censura. Mesurado y lento depositó la carga sobre la mesa a la vez que alzaba los ojos por encima de las gafas y me miraba con cara de póker.
      - A ver si están todos – añadió con voz monocorde y pastosa.
    Mis ojos de incredulidad se dirigieron a su rostro, donde advertí por toda respuesta mi anterior sonrisa sardónica, como ante un espejo. Después planearon hacia los libros, asombrados mis cuarenta y tres años recién cumplidos. A medida que leía los títulos, un rubor emergente se instalaba en mis mejillas: Historia de la literatura griega, Filomeno a mi pesar, Lo sagrado y lo profano, El nombre de la rosa, Las grandes líneas de la filosofía moral, El adolescente y su mundo afectivo, La realidad y el deseo, La revolución sexual, El tambor de hojalata.
     Retorné al conserje irradiando pupilas tan densas como aturdidas. Allí permanecía, impasible, inmutable, con el cuerpo inclinado hacia la mano que apoyaba en la mesa y los ojos inyectados de soberbia. Y ni una palabra sobre el desdoro que estaba padeciendo el enclave de sus dignidades.
      La esperanza de una locura razonable se desinflaba por momentos. Múltiples líneas cruzaban una tras otra mi cerebro, como rayos láser en la oscuridad. Haces de flechas incendiarias, cual arcoíris pixelado, surgían y se apagaban velozmente desde el cerebelo a la hipófisis, más o menos por ahí.
      Anonadado, humillado hasta la extenuación, por un instante pensé rebelarme y sostener la farsa, agradecer su eficacia y pedirle que los anotara para llevármelos a casa. Pero la estúpida sensatez, siempre vigilante, siempre dispuesta a la opresión, había tomado ventaja en la carrera y se imponía fatalmente. Sólo acerté a protestar con vocecita desnaturalizada:
      - Pero yo no he pedido ninguno de estos…
      La respuesta inmediata estaba más que preparada, estratégica, trágica:
      - Oiga, primero no ha dejado de molestar desde que llegó; después me encarga una ristra de libros. Y encima que le traigo todos, dice que no son los que ha pedido. ¿Es que quiere volverme loco?
     Miré a sus ojos, miré a los libros, miré al entorno sin ánimo definido. Improvisé desde mi interior una protesta más, una exigencia, un flujo desesperado y trascendente. Pero no emergió, apenas recordaba dos o tres de los títulos solicitados, ¿qué podría reclamar?
      Indeciso y contrito, bajé de la mesa, donde tan bien encastillado me había sentido. Todavía exhibí mi sonrisa sardónica, que él me devolvió milimétricamente, y comencé a retirarme. Primero con tímidos pasos sin volverle la espalda, después apresurándolos al enfilar la galería de salida, y atropelladamente a lo largo de la calle de la Biblioteca hasta que llegué a la esquina. Allí me detuve, a la vuelta, para apaciguar los espasmos de la respiración y la tormenta de mi cordura.
     Renuncia, frustración y un clásico, el derecho al pataleo: “¡Qué asco, con tíos como éste no hay manera, imposible enloquecer!”

      De aquel descalabro ha pasado un tiempo, digamos que prudencial. Ahora reconozco que adoleció de tintes verdaderamente demenciales. Pero… no sé, igual vuelvo a intentarlo… ¿quizás en otoño?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

EL BÚHO

     Un búho con cara de tabique, ojos incrustados y plumaje gris maléfico. Mira, acosa, no ceja, parece que impone, irradia, irrita, intimida. Y ahora, ¿qué?
    Ya lo advertí cuando me arrancaron promesa tan solemne: romper de la noche a la mañana con mi tradición personal, subvertir el cotidiano devenir de mis inclinaciones, acarreaba consecuencias en el ámbito doméstico, concretamente una, sacrificio por sacrificio. No iba a ceder así como así. Todo porque un individuo revestido de ciencia pontifica la imperiosa necesidad de un cambio radical en mis algoritmos, en mis coordenadas intravenosas, en mis ritos transgresores, y encima nutrido y sobredimensionado por aclamación familiar.
    Repito, lo advertí: a cambio el búho debía salir de casa. Su presencia incomodaba tremendamente la consecución del compromiso adquirido, porque violentaba mi voluntad, la sincera disposición a rendir uno de los pilares mayúsculos de mi personalidad. Además, ya me sobraba, desde ese momento, la frivolidad de mantener al búho como animal de compañía -conste que no somos los únicos- erigido en tótem de miserias o vanaglorias (que, en realidad, vienen a ser más o menos lo mismo).
   De modo que uno escucha el clamor de ascendientes, descendientes y colaterales, se muestra receptivo, termina por aceptar y asumir, ya digo, con promesa solemne, y sólo pide una contrapartida, casi ruega, que le quiten de en medio al búho.
   Pues no. Pero, por favor -van y me dicen-, con lo bien que queda en el salón, tan original, tan llamativo, tan sorprendente, tan quietecito, y con la de años que lleva con nosotros. Pero cariño, pero papá, pero tito, pero abuelo, es que lo tuyo es fijación; pero si pasaras de él… Pero además, así te sirve para poner a prueba tu fortaleza. Y en este plan de peros. Los peros forman parte del acerbo expresivo de la familia, en mi caso también.
    Acepté, a regañadientes, pero acepté. A sabiendas de que me exponía al embrujo del búho, a las asechanzas de su presencia, a los peligros de mi flaqueza, a la debilidad de un momento hipotóxico. Aunque mis convicciones apuntaban más al tartamudeo, formulé un consentimiento intachable en formalidad y apariencia, las propias de afrontar circunstancias graves, desastrosamente adversas. Y así venía superando los diarios embates de ese empaque silente e inmóvil con que el búho me recibía cuantas veces pisaba el salón.
   Hasta hoy, día en el que la tentación, con un simple soplo ligeramente borrascoso, ha arrasado mis baluartes de cartón piedra. Y he sucumbido, claro.
    Solo en casa, solísimo, sentado en el sillón frente a él, me tiene bloqueado. A duras penas procuro desviar mis votos de su mirada de billar. Y sin embargo, esta propensión mía a transgredir… Si es que, ¡rediós!, me lo han puesto a huevo.
   No me queda otra. Encandilado y temerario monto una estrategia de mínimos que permita desentrañar (¡jo!, nunca mejor dicho) el universo que su plumaje abriga o escamotea o atesora, o todo a la vez.
   Suelto un láser de pupilas y le rebota en el centro de la frente huidiza, sus ojos zigzaguean tres diagonales de respuesta mecánica y vuelven a paralizarse. Contraataco en su pico de pega y contonea la cabeza como un muñequito articulado. Me hierve la sangre. Si cuando hierve la sangre es por falta o exceso de toxicidad, a mí me hierve la sangre.
   No aguanto. No soporto más que un bicho de tal calaña atice constantemente las averías que me joroban. Ni éste ni ninguno, con independencia de su calaña. Mis decibelios atacan clarines de furia y urgencias. El momento es llegado, declaro ceremonioso al silencio, incluso en voz alta, bastante alta.
   Me levanto y trompiqueo premuras hasta la cocina. Rebusco desencajado, un cajón, otro, nada, en la despensa, un estante, otro, me detengo un momento, dónde puede estar, un barrido visual en trance, abro la ventanita del especiero, ¡coño, tan difícil no era!, justo detrás de la pimienta negra. ¡Ahhh, ya te tengo! Me lanzo a la caja de cerillas con zarpa de primate, y la contemplo unos segundos recreándome en la hazaña.
   Vuelvo al salón con el trofeo liberador, pasos recios, superiores. Junto al sillón entretengo una mirada panorámica para asegurarme de la evidencia, para saborear, estamos solos. Me acerco al búho, despacio, sigiloso, tenso, con brazos de kárate. Ya me encuentro a escasos centímetros de su peana, y deposito junto a ella la caja de cerillas sin distraer la atención de la efigie impertérrita. ¡Ahora! Con precaución sadomasoca cierro la palma de la mano sobre su cabeza, como un garfio, la inmovilizo, aseguro la presa y retuerzo. Desenrosco, desenrosco, desenrosco, tiro y descorcho, y abandono la cabeza emplumada en no sé dónde.
   Al fin, ¡por fin! Registro con manos de sicópata en las entrañas del búho descabezado, selecciono, trémulos índice y pulgar, y saco un cigarrillo, ¡un cigarrillo!, ¡entero!, ¡inmaculado!, ¡con su boquilla y su canesú! Ipso facto en mis labios, las manos asaltan la caja de cerillas y enciendo con todas las ansias de las ansias. Y al fin, ¡por fin!
   La primera inhalación creo que me llega hasta el intestino grueso. Luego una, dos, tres bocanadas exhaustas. Después, más calmado, muchísimo más, fumo y fumo volutas y volutas y volutas de placer con la satisfacción divina del juramento hecho trizas.

lunes, 29 de octubre de 2012

MIS HORAS CANÓNICAS (y VIII)

COMPLETAS
(Antes del descanso nocturno)

     Llega la noche terrosa y me enredo en una telaraña de silogismos. Las neuronas adquieren una textura como gelatinosa, que las confunde, disocia, alambica o embarulla. Un totum revolutum.
     Precisemos: parcialmente totum, pero demasiado revolutum. Por ahí pasan y se trenzan o solapan el runrún del politono, la virtud del idiota, jugos repletos de dinero, velas de esperanza, el mito destruido, la entereza moral, manos plisadas, rostros salmón, perfiles acharolados, luciérnagas zafias, quincalla ideológica, lapislázuli antropológico, flema y flemas, un sindiós de enormes miniaturas.
     El aviso siempre me llega desde el gen del hieratismo, que amarguea sumido en abstruso estrés. Tremendo, la joya más preciada de mi herencia, hecha unos zorros.
    Mis pensamientos brujulean por las vastas e insondables simas de mis escuetas coordenadas neurovegetativas, más o menos por la zona donde uno se lame sus heridas, creo. Sin embargo, como aún no domino el campo de la psicofisicobioquímica más reciente, hago como todos, diseccionar algún que otro mensaje externo y alcanzar conclusiones trascendentes desde la verdad (la mía, claro):
   Vendéis sonrisas envaradas, ironías envainadas. Desplegáis engaños de terciopelo, ilusiones de metal podrido. Atesoráis deslumbrantes páginas negras, inusitadas fábulas grises. Adormecéis en loor de multitudes. Amamantáis injusticias con pátina de generosidad… Por eso la palabra es vuestro enemigo a batir, e intentáis reducirla a hojarasca, acosarla con ruidos de voces, oprimirla con chantajes de fortuna, taponarla con mentiras recicladas y, si fuera necesario, cercenarla con todo el peso de la razón impuesta.
    No, no puedo seguir por ahí. Me atenaza una mano ensortijada con corazones de impudor y comienza a silbar el punzón de cada niebla. Hay que matar la telaraña. Muerto el insecto, los hilos pierden savia, néctar, consistencia, vapores, humores, hasta desprenderse inertes y desaparecer por soplo desvaído.
    Así que arriesgo la metamorfosis en internet y su pedrea de las redes sociales, y me pongo a cliquear como un poseso. Por efímeras calles voy descubriendo matices de luna, estrujando emociones de sal, soliviantando oscuros corredores sin eco, descubriendo vidas de mi vida, voces que traquetean como tren cansado, como fuego de pinar milenario, como premonición del espasmo final… Hasta que se me duerme el dedo del ratón, que es por donde me entra el sueño y me tengo que acostar.
    Y luego ya en la cama no renuncio a mis oraciones íntimas, que no desvelo porque pertenecen a ese campo aún inescrutable de la psicofísicobioquímica.
    Amén.