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miércoles, 5 de julio de 2017

LIBROS, DINERO (4)



Pues ocurre con frecuencia, la casuística de unos proyecta el revulsivo en otros. Algo así como el efecto mariposa, pero más cercano. La infelicidad de aquel señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario me había removido, soliviantado o traqueteado mi realidad, no la de mendigo, que casi había olvidado que era artificial, sino la otra, la de mi fértil economía. Personalidad genuina que acudió como por ensalmo al rescate de la fingida. No para cancelarla, sino para impulsarla con generosa subvención, en plan mecenas.

Durante la hora siguiente planeé toda una táctica bipolar: un mendigo bajo el paraguas de un rico, los libros como eje conector. Alquilar una vivienda espaciosa y de calidad con cochera en zona residencial, mejor chalet, adosado o exento, por supuesto bien amueblado y equipado, y para ocuparlo de forma inmediata. También me hacía falta un coche, pongamos, de gama media.

La amplitud de la vivienda serviría para almacenar los libros sin estrechuras y, cómo no, para vivir cómodamente, en consonancia con mi auténtico poder adquisitivo. Bien mirado, los objetivos de mi empresa menesterosa no mermarían por ejercerla a tiempo parcial. El coche me serviría para el trasvase de una personalidad a otra: por la mañana salgo de casa vestido de señor de posibles en dirección a hipotético despacho, se intuirá que bien remunerado, y en el camino hacia el supermercado aparco en zona suficientemente solitaria como para disfrazarme de mendigo, coger del maletero el carrito para los libros y encaminarme a mi puesto de trabajo.

Contrariamente a las dificultades insalvables para alquilar un local, la nueva búsqueda quedó resuelta en tres días. El primero para calibrar y decidir justamente entre un adosado y un exento.

Si era por espacio, me bastaba el adosado: arriba, tres habitaciones; abajo, dos más el salón; y más abajo, sótano y trastero (excuso otras precisiones de cocina, lavadero, cuartos de baño, patio exterior e interior y tal). Sin embargo, que el garaje fuera comunitario no acababa de convencerme, porque exponía mis entradas y salidas en coche al curioseo de los demás vecinos adosados. Por la eventual coincidencia con ellos en este trasiego o por el acecho mismo de las cámaras de seguridad instaladas allí. ¿Problema en que descubrieran mis idas y venidas con imagen de bien vivir?, no. Pero el carrito, que por la mañana lo metiera vacío en el coche, y por la tarde lo sacara de él cargado de libros, levantaría sospechas. Ya se sabe, los habitantes de los adosados van de independientes, pero no pierden el reojo al tipo de independencia de los otros. La exposición del carrito era el problema.

El chalet exento lo resolvía de un plumazo arquitectónico. El garaje era exclusivo, propio, oculto, íntimo. Entras con tu coche hasta las entrañas de la vivienda, activas la bajada del cierre metálico y denso y ya puedes sacar tranquilamente del coche el carrito supuestamente repleto de libros.

Ni qué decir más, me incliné por este último. Y resuelto. Un día para demostrar a la inmobiliaria mi solvencia económica y el segundo para firma de contrato, pago de alquiler de tres meses por adelantado más comisión y fianza, y entrega de llaves. Seguidamente acudí a comprarme el coche, mi instrumento para el cambio diario de personalidad. De medio ombligo de ostentación, porque estaba destinado a permanecer aparcado en calle esquiva durante las mañanas (salvo festivos), pero acorde con la imagen de adinerado inquilino de chalet. También empleé toda una tarde en ir de compras, dotarme de un vestuario apropiado a la otra farsa, la de rico. 

No me despedí enseguida de la pensión para evitar suspicacias, principalmente porque tenía que ir evacuando de ella los libros a golpe de carrito, necesitaba días por delante. De modo que ingenié un proceso transitorio, con el coche recién comprado como intermediario. Y además sin faltar ni un día al trabajo, en responsable coherencia con mis principios y mis fines, el respeto a la clientela había que preservarlo.

Así pues, sobre una semana después, mi vida de anverso-reverso comenzó a discurrir por nuevas rutinas diarias, de rico discreto y de pobre por horas.

Lo de rico me supuso mayores quebraderos, más que nada porque, claro, ante las miradas de este sector debía ocultar mi ejecutoria de pobre. Y me costaba ese trajín de cambiar de indumentaria dentro del coche en calles solitarias. Cabía la alternativa del parking, pero la deseché al minuto. A ojos del empleado de turno, ¿cómo vas a entrar de rico en el coche y salir de pobre arrastrando un carrito de compra?, o quizás peor, ¿cómo vuelves al parking con atuendos de pobre arrastrando un carrito de compra a rebosar de libros y sales en el coche disfrazado de rico? Verdaderamente lo llevaba mal, pero lo superaba con mi empecinado pesimismo netamente activo e interactivo.

También me mareaba al principio una disyuntiva impertinente: comer como pobre o como rico. Cuando la pensión, no tenía problema; pero ahora, la metamorfosis obligada de mediodía me permitía optar, en restaurante de aceite de girasol o con camarero de uniforme. Me decidí por isobaras variables, según estado de ánimo; pero sólo en lo que  se refiere a desayuno y almuerzo. Las cenas no, flagelarse en exceso tampoco. Los restaurantes y sus congéneres quedaban muy retirados de mi jornada pedigüeña, así que las hacía en casa, es decir, en el chalet. Alguna que otra tarde cogía el coche, me iba a algún supermercado de la competencia y lo cargaba de avituallamiento gourmet. Si aspiraba a continuar con mi baño de fatalismo, me dije sin pudor, al menos que no me distraigan otras servidumbres colaterales.

Persona acomodaticia como soy, logré superar con éxito semejante período transitorio y reajustar hábitos.

Al poco de iniciado tal estatus bifronte, un enigma alarmeaba por mis hipótesis. Partió de aquella señora de edad elegante de los primeros días. Había vuelto por mi rincón, y con el sigilo que yo recordaba depositó Memorias de mis putas tristes. Sí, otra vez el mismo libro.

Sin embargo, al contrario que en la ocasión anterior, no apresuró su caminar, lo ralentizaba mientras me dirigía el escorzo de una mirada indescifrable, pero con cierta tilde de reproche. Esta vez espabilé, inmediatamente la abordé desde mi posición sedente:

-Se la han regalado y sigue sin gustarle, ¿no?

Primer triunfo, se detuvo. Ajustó la mirada, eso sí, distante todavía, y respondió:

-Sí, la había leído. Es magnífica. Está muy bien escrita, la narración es dinámica y absorbente -se entusiasmaba.

-Pero el contenido… -sugerí como de tanteo-, demasiadas tripas de la condición humana, ¿no?

-Hasta eso es muy aprovechable -aseguró contundente.

No pude menos que darle la razón. Pero algún bucle me animó a sugerirle lecturas de otras ficciones opuestas. “Más dulces, que pongan a prueba su sensibilidad” (dije exactamente).

Protestó, cómo me atrevía a cuestionarla, qué sabía de ella ni de “su paladar literario” (dijo exactamente). Unos segundos de silencio espeso. Tras los cuales se le distendieron las comisuras de la sonrisa reflexiva y admitió, sí, quizás su vida se encontrara en una etapa de romanticismos.

Lo logré. Conseguía encuadrar a la señora de edad elegante donde había intuido. Ipso facto se me activaron los mecanismos de mi pesimismo netamente activo e interactivo, y paso atrás hacia el carrito de los libros. Como siempre llevaba libros de temática variada por si conectaba con los gustos de algún `cliente´, rebusqué y le ofrecí uno de los de Corín Tellado. Aseguró que no conocía nada de esta escritora, aunque por supuesto había oído hablar de ella, quién no. Me lo aceptó casi por compromiso, creo, con promesa de leerlo y ya me contaría. Nos despedimos con ojos de complicidad, pero que yo no acertaría a precisar en qué consistía esa complicidad.

Unas dos semanas después, acomodado ya a mi rutina de doble personalidad, reapareció también por mi limosnería el señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario. Este sí, este se paró ante mí, casi se cuadró otra vez, y me alargó un libro, el de Corín Tellado, el que antes le había dado yo a la señora de edad elegante, y el mismo que él me había confiado junto con otros de la misma autora en su primera visita. Cabe imaginar mi sorpresa y el bullir de mis presunciones.

-Aquí tiene -dijo, circunspecto y altanero-. Otro más.

-¿Otro más? –me costó improvisar sorpresa-. Este ya me lo regaló hace un mes o cosa así, creo recordar.

-Y yo qué sé -me respondió inquieto, como sorprendido en falta-, se lo he pescado a mi mujer y lo he quitado de en medio.

Advertí que se anclaba ante mí en modo espera. Empiné cejas, bajé párpados, comprimí pómulos, puse ojos de bayoneta y arriesgué:

-Usted lo que quiere realmente es que su mujer lea otras cosas, ¿no?

Precipitó la respuesta sin abandonar el nerviosismo:

-Pues claro que sí. Algo que… que la baje a la realidad, que la ponga delante de sus narices, que…-se atascaba.

-Que le descubra que el sexo también cuenta -ayudé.

-¿Cómo dice? -pasaba del nerviosismo a una especie de atención tensa.

-Sí, literatura de amor con sexo, o de sexo con amor, esto va por prioridades -respondí en tono doctoral.

Se le quedó suspendida la mirada en algún pensamiento. Así que añadí:

-O de sólo sexo, que también hay buena literatura de esto.

Por fin se descolgó del embeleso:

-Pues mire, cualquiera de ese muestrario me vendría bien, de verdad.

Su gesto de reto se le escapaba por el escepticismo del entrecejo. Me ninguneaba que pudiera proporcionarle el libro adecuado.

No me encrespé, no. El libro lo tenía más que pensado, de hecho había orientado la conversación hacia él. Me volví con mi natural parsimonia hacia el carrito de libros, hice como que rebuscaba, para enfatizar el suspense y de paso fastidiarle su engreimiento, porque yo sabía de sobra dónde estaba. Lo saqué con soplo de triunfo:

-Aquí está, El amante de Lady Chatterley, un clásico de la literatura erótica.

Comprado en el mercadillo aquel primer día de mi aventura de pesimismo activo-interactivo, y destinado a atrezo en mis inicios pordioseros, mira por dónde ahora iba a prestar un servicio de alcance.

El señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario pasó en segundos del desconcierto inicial a una capitulación de gratitud. Tomó el libro todavía con manos temblonas, lo examinó, portada y contraportada, y respiró:

-No lo conozco, ni sé nada de él, pero confío en usted. Le estoy muy agradecido. Ahora lo que hace falta es que mi mujer quiera leerlo.

-Eso dependerá de la habilidad que usted se dé. A lo mejor no es tan difícil. Bien mirado, tiene título de novela rosa -apunté-, pero conste que nada que ver con...

No me dejó terminar:

-Sí, sí, no se preocupe.

Acogió el libro entre sus brazos como quien resguarda un tesoro recién descubierto. Farfulló parabienes, nuevo taconazo reglamentario de despedida y premura en alejarse.

Allá que iba, con paso marcial y su elegancia de diario sorteando ágil los estorbos de los transeúntes y no sé si las brumas de su cabeza.

         Y yo volví a mi asiento de esterilla con la sensación de ángel custodio de conveniencias. Pero me consolaba, uf, cómo me consolaba, lo del pesimismo activo-interactivo funcionaba.

         Cuando aventé vanidades, reparé en la pila de libros, espesa y derruida, que se había ido formando a mi derecha durante la conversación. No tuve tregua para fisgar títulos ni autores. Lo impidió una nueva reaparición, el señor de la edad curtida, el que pretendía regalarme La vieja sirena de Sampedro sin haber terminado de leerla.

        -Tome, ya está, lo ha conseguido, he llegado al final -aseguró rotundo-, y sí, he seguido sus consejos y me ha gustado más.

No me dejaba hablar, me rendía fervores por haber descubierto el vapor sensual de la novela. Y de corrido aportaba con entusiasmo pasajes y secuencias (las relaciones erótico-amorosas, la gastronomía, los paisajes, determinadas actitudes de algunos personajes), y se extendía en frases y paráfrasis, y en este mismo tren también objetaba algunos espejismos mitológicos, insufribles para él. Y no se le adivinaba conclusión.

-O sea, que a usted le gustan más las novelas a pie de realidad -conseguí detenerlo.

-Eh…, no sé…

-Sí, sin tanto de eso que usted llama fantasías mitológicas.

Se quedó como rumiando mi opinión, pero enseguida:

-Pues qué quiere que le diga, lleva usted razón.

La señal que me importaba. Sin darle la espalda me giré hacia el carrito de los libros, rebusqué un poco y saqué La colmena:

-Tome, un libro por otro, seguro que éste le va a gustar más.

Lo cogió mesurado, como a la espera de una aclaración pero receptivo. Había reconocido al autor al momento y lo calificó de interesante, con sus extravagancias y todo -añadió-. Yo me centré en la novela, no lo iba a defraudar, dramática, creíble, con argumento que camina por el pesimismo y con personajes que van serpeando por la vida…

-Perdone, ¿qué quiere decir serpeando? -pero resolvió en segundos-. Bueno, no importa, creo que lo entiendo. Deme, deme, viniendo de usted, no hay más que hablar. Buenos días.

Se despidió al instante, parecía temer que mi afán persuasivo le desvelara más claves de las necesarias. Nada más lejos, me sentía satisfechísimo. Tanto que di por concluida la franja pedigüeña aunque faltaba más de una hora. Camino del coche transformador con el carrito a rebosar de libros mi ego levitaba.

Aquel día concreto me permití almorzar de rico.

lunes, 15 de mayo de 2017

LIBROS, DINERO (3)



Aquella noche apenas dormí. “Tenía que hacerlo, tenía que hacerlo”, me conjuraba entre cabezada y cabezada. Tal grado de convencimiento alcancé, que cuando me planté por la mañana en la puerta del supermercado, ni reliquia de sueño. Me sentía más que despejado. Bajo la mirada un tanto recelosa todavía del guardia de seguridad, en un santiamén, retiré los libros adormecidos de la taquilla, los metí en el lánguido carrito y me instalé tal cual a la puerta en mi acerado suelo. Con un ligero apéndice en el escenario, puse el carrito junto al letrero de “Libros”. Y a esperar alerta, un ojo en la España invertebrada, de la que aún me faltaban sesenta o setenta páginas, y el otro en mi señuelo. Había más que interiorizado la decisión del pesimismo regenerador.

Llevaría una hora o así cuando vi caer el primer libro. Casi lo cogí al vuelo, me levanté cual víctima de alfilerazo, llamé a su donante con voz queda pero firme, y hasta que no se volvió con cara de media sorpresa no miré el título del libro, La vieja sirena.

-Perdone, ¿lo ha leído? -pregunté con gesto bastante indefinible porque nunca lo había practicado, algo así entre agradecido, reverencial, disponible, expectante, confidente, qué sé yo.

El hombre, un señor de edad curtida (en realidad, no me fijé cómo vestía), respondió con postura escueta y ojos huidizos:

-Sí, pero hasta la mitad.

-¿Por qué? -atajé rápido antes de que se escabullera.

Su mirada, tras un recorrido liviano y frágil por mi estampa, se retiró en pausa hacia la nada transeúnte, pensaba, pensaba la respuesta, algo de la situación le fallaba y no se decidía. Pretendí ayudarle:

-Una humilde opinión, por favor.

Pero, error, rectifiqué inmediatamente:

-Lo de humilde, quiero decir, se refiere a mí, no a su opinión.

Resultó acertadísimo. Menuda sonrisa de comprensión, relajó el cuerpo y la confianza:

-¿Y usted la ha leído?

-Sí.

-Pues mire, he aguantado hasta la mitad, y ya es hacerle un favor. Porque este Sampedro se enreda… No sé si porque le gusta o por estrategia. Pero tú no puedes tener al lector dispuesto a seguirte como te parezca. Te sacas una sirena de la chistera y, hala, ya tienes para meter en la novela todo lo que te parezca, dioses, historias, filosofías, inventos, y eso sí, venga a describir y venga a describir… Al principio parecía otra cosa, y por eso seguía leyendo, pero… ¡qué cansancio, por Dios!

-Si me permite, le voy a dar mi opinión. Quizás lleve usted razón, pero creo que en parte nada más. De lo que ha leído, su opinión sería más completa si hubiera seguido hasta el final, ¿no le parece? Aunque después se mantuviera en sus trece. Pero tendría mucho más fundamento, ¿no? Le propondría que se la quedara y la terminara. Ya le anuncio que la mitad que le falta es más dinámica, la acción narrativa no se hace tan pesada, y el argumento tiene sus sorpresas. A lo mejor le compensa. Y otra cosa, ¿se ha dado cuenta de que es una novela tremendamente sensual?

El hombre no cabía en sí de estupefacción, supuse que para él no dejaban de ser criterios de mendigo. Pero no di tregua, le alargué el libro, gesto cálido y oferente, y él, los párpados en decúbito prono, lo recogió con manos a un tris de párkinson, pero lo recogió. Todavía le di una salida:

-Siempre me tendrá aquí para volver a regalármelo cuando termine, igual que si no consigue terminarlo, pero…

-No, no, lo terminaré -hablaba con determinación y con ganas de irse-, me ha convencido. Y le estoy muy agradecido.

Se puso el libro bajo el sobaco, metió la mano en un bolsillo, sacó la cartera y de ella un billete de cinco euros.

-Tome, para sus necesidades.

Recompuso la figura, intercambiamos sonrisa de gratitud mutua y se alejó, con prisas pero disimulándolas.

Todavía de pie, “bieeen -me felicité- mi primer triunfo”, y retomé eufórico el asiento y la lectura, a la espera de la siguiente merced.

El billete de cinco euros no lo dejé sobre el paño de “dinero” por cuestión de ética: a los transeúntes que lo vieran allí, más que limosna podría parecer presunción o sugerencia de mínimos mendicante.

Al cabo de una hora aproximada y tres calderillas, dos libros del tirón. Rehíce las premuras del anterior, pero inútil. El bienhechor, nuca rapada y espaldas adolescentes con cazadora motera, se alejaba rápido, como liberado de un trauma. Ante la imposibilidad, atendí a los libros: Lázaro de Tormes y El conde Lucanor, leí. Ediciones de bolsillo, tan intactas que bien habrían merecido figurar en cualquier Feria del Libro Antiguo y de Ocasión.

Los acogí bajo mi custodia y propiedad con el pesar de un fracasillo, me empañaba un poco la victoria anterior, y me dio por especular. “Ea, otro más del Lazarillo -recordé-. No sé, no sé, lo de la enseñanza -me decía-,… estos libros tienen tanto dentro…, si no se leen a esas edades… Es que lo mío ha sido muy distinto, pero estos chavales… Claro que, si de primeras, en vez de ir al fondo de la cuestión, les pegas un papirotazo con el castellano antiguo, pues con qué se quedan, pues eso, con que lo antiguo les resbala. Y sin embargo, mira por dónde, luego viene un habilidoso, les traduce en las redes sociales una frase tan antigua, ¡antigua!, de cualquiera de los dos libros ¡y les parece magnífica! Me da que el sistema de enseñanza lleva un tiempo desnortado”.

Me estaba traspapelando. El silogismo me seducía pero no me incumbía, así me lo planteé para abandonar. Vino en mi socorro un comentario rasposo y cínico:

-Toma, tío, para el revuelto de huevos con libros, eh -a la vez que al paso caía a mi izquierda una moneda de veinte céntimos.

“Qué ingenioso -concedí para mis adentros con la vista errátil hacia el adoquín”.

Poco después, tres libros más acudían de las manos de una mujer en segunda juventud. Sólo ajusté un agradecimiento semilelo a media incorporación, que ella respondió con el ensayo de una sonrisa mientras se alejaba. No es que me faltara tiempo para retenerla, mi primera intención, no. Me frenó la lectura inmediata de los tres títulos: Fundamentos de Filosofía de Bertrand Russell, Me he enamorado de un hombre separado de autores (hombre y mujer) con nombre de factura inglesa e Introducción a la acuarela de alguien. Una ensalada tan indigerible que se me cortó la intención de preguntar. Y eso que parecía asomar por los hoyuelos de su sonrisa un destello mezcla de promisor y promiscuo. Me recordó a la nuera de don Fermín. Me miraba igual cuando visitaba a mi provecto preceptor. Mi natural tímido, junto a la bisoñez en la erótica práctica que me caracterizaba por entonces, no acertaba a discernir etiologías. Me dio por fantasear, y por alguna inexplicable asociación de ideas, comencé a sentirme como Fonchito en su atmósfera de El elogio de la madrastra. Al final tomé una iniciativa, o quizás fue que la animé a que ella la tomara, no recuerdo bien. El caso es que la ocasión única terminó en única ocasión: unas caricias apresuradas y audaces entre pasillos con orgasmos de amanuenses. La postración uniformemente acelerada de don Fermín no permitió más oportunidades.

Aun me quedaría otra sorpresa aquella mañana. Un chico recién cumplidos los 18 años (así me lo dijo), estatura en proceso de espigarse, mofletes grana y mirada resuelta, depositaba una Enciclopedia Ilustrada de tres volúmenes respetables. Se detuvo un momento dirigiéndome un rostro curioso y receptivo. Le agradecí, me preguntó por mi sorprendente limosneo de libros, le expliqué un interés intelectual y de trabajo de campo, tanteé los motivos de su dádiva, y me aclaró sin complejos ni reparos:

-Me la regaló mi abuelo cuando empecé el bachillerato, pero ya no me sirve. En internet hay mucha más información.

No repliqué, qué iba a decir, le deseé la mejor suerte en sus estudios y me permití un ofrecimiento de circunstancias:

-Si me necesitas ya sabes dónde encontrarme.

Nos dimos la mano en despedida medio protocolaria medio cordial.

Faltaba todavía más de una hora para el final de la jornada pedigüeña. Pero hice recuento de emociones y libros (obvié el dinero, claro) y me sentía más que servido, y además, advertí que mi carrito de transporte, entre los libros del día anterior y del presente, probablemente estaría al borde de su capacidad, lo estaba. Así que eché el cierre antes de lo previsto.

Me encaminé hacia la pensión con el carrito a rastras, pesaba lo suyo, pero con la satisfacción espoleando mis músculos. El proyecto de pesimismo activo e interactivo comenzaba a dar frutos, modesto, sí, pero al menos había conseguido devolver un libro. Cuestión aparte, que el señor de la edad curtida siguiera mis consejos.

Otra realidad más prosaica me inquietó cuando descargué lastre bajo la cama de la pensión: “Con este ritmo en la cosecha de libros, dentro de una semana violentan los límites de la colcha”. Ya en la entrada el pensionero ejecutivo había alargado unos ojos preventivos hacia mi cargamento. Convenía, pues, anticiparse a las consecuencias.

Coyunturas de todo rango y condición me iban y venían durante el almuerzo. Hasta las natillas del postre no entreví un remedio, el alquiler de un local donde apilar los libros. Seguiría con mi quehacer mendicante, solo que pagando un sitio para ellos. Un fin encomiable sin duda, la literatura a salvo del contenedor de papeles (en el mejor de los casos, o en el de basura, en el peor).

Pues no sería la elección definitiva. Enseguida me asaltaron dudas y requisitos. El local, debería pillarme cerca del supermercado donde ejerzo mi labor o, en todo caso, de la pensión. Lógico, sólo contaba con mis piernas como medio de desplazamiento. Lo que en principio cabía justificar como provechoso para el ejercicio físico. Pero, veamos, si a los tres kilómetros que median entre el supermercado y la pensión añadimos la distancia al local alquilado, con la posibilidad, por qué no, de dislocación geográfica, el proyecto adolecía de fibra de mendigo.

De modo que, primera premisa: el local, o cerca de aquí o de allí, pero no equidistante. Segunda, encontrarlo en muy pocos días, la pila de libros apremiaba. Y tercera, fraguar tal historia que el arrendador se fiara del arrendatario, o sea, de mí, o sea, de mis motivos por el alquiler y de mi solvencia económica.

       Tales restricciones no acobardaron la búsqueda aquella misma tarde por el entorno de la pensión. Tras sucesivos perímetros de ampliación, descubrí uno que me pareció idóneo por el cerramiento de su entrada, corredera de chapa metálica similar a la de un garaje. Cartel de “Se Alquila” con número de teléfono. Sopesé, llamé, me respondió una voz callosa y tornadiza, pregunté el precio, me pareció desorbitado, contraoferté, me arguyeron acuerdos de hermanos sobre una herencia, con escasas posibilidades de avenencia para rebajar por enconos y tal, y con resolución a dos-tres meses vistas en el mejor de los casos. Renuncié.

    A la mañana siguiente, mis ceremonias a la puerta del supermercado. Y en poco tiempo, diez o doce libros más, entre los que volvía a colarse Lázaro de Tormes (sesudos sociólogos tendrán algo que decir al respecto, ¿no?). También, conseguí la interacción con una jovencita que, gafas retraídas y vacilantes todavía, me entregaba dos volúmenes de Las mil y una noches. Faltaba el tercero, no lo había leído todavía. La convencí para que se los quedara hasta completar la lectura, por si después reconsideraba desprenderse de obra tan valiosa. Impagable la sonrisa de empatía con que acogió mi propuesta. Y la que a mí me quedó.

Pintaba bien el día, pero me urgía dónde dar con mis libros, y otra vez que cancelé la jornada mendical con antelación.

Ahora orienté la búsqueda de alquiler en las cercanías del supermercado. Parecía perspectiva más halagüeña. Pero el problema cambiaba de perfiles, de vicisitudes, de lógicas. Justo junto al supermercado alquilaban un local. Por supuesto que a ese no se me ocurrió llamar. Cómo un mendigo puede permitirse alquilar un local junto a su puesto de trabajo. Cualquiera que me viera entrar en él, le removería más de una suspicacia. Socialmente incomprensible y, por tanto, inaceptable. Pensaba en el guardia de seguridad del supermercado y sus favores, y me reconcomía el pudor. No, no, ése por lo menos, no.

       Lo deduje enseguida: ni ése porque está demasiado cerca, ni los de calles adyacentes. Había que buscar hacia afuera, en las adyacentes de las adyacentes. Y allá que me aventuré. Tirando del carrito con los diez o doce libros de más del día, que tampoco ayudaba. Pero no cejaba.

     Dos, descubrí dos. Dos extremos. Uno, propiedad de enrevesado y extenuante trilero: me pagas tanto y descuento por entrega de nosecuantos meses por adelantado pero nada de papeles y si me viene otro te vas aunque puedes superar la oferta, y por ahí. Y el otro, al contrario: papeles, papeles, y venga papeles, y cuando me exigió fotocopia fehaciente (así lo dijo) de la última nómina, lo desbaraté asegurándole que no había problema, que me la certificaría el guardia de seguridad de la puerta del supermercado donde mendigaba. Y se quedó mudo, y yo también, y colgamos el teléfono los dos a la vez.

    Y me fui para la pensión revolviendo dilemas, o como se le quiera llamar a aquello que puruleaba por mis pensamientos, hostigados por la sombra flamígera de mi personaje y un acaso de reconversión, o de adaptación. Según. Los medios y los métodos importaban, en tanto en cuanto, el objetivo era el objetivo.

     Por la tarde, aun con escasa convicción ya, volví de nuevo a peinar los alrededores de la pensión. Nada, ni siquiera alejándome un poquito más. En honor a la verdad, sí, un corralón medio derruido de portalón carcomido, indecente para pósito de literatura.

Pasé toda aquella noche dormitando paralelepípedos. Al alba una cierta idea comenzaba a abrirse paso; pero, persona madura como me considero, no convenía precipitarse, y mucho menos eludir la responsabilidad de mi cotidiano pordioseo. Además, la naturaleza de esas horas menesterosas permitía sopesar el esbozo. El final de la España invertebrada tendría que esperar. Continuaba el descuelgue de libros sobre la parcela asignada, pero ajenos al ensimismamiento del nuevo propietario. Durante buena parte de la mañana.

Hasta que la caída en semicascada de un puñado de libritos de Corín Tellado me despabiló la mirada hacia arriba. A cualquier observador le chocaría la foto fija: mendigo sentado en su resignada pobreza frente a la de un hombre de pie, rondaría los cuarenta, ojillos de recámara, con más que estudiada elegancia de diario y apostura que conjuga humildad-altivez.

No me levanté, andaba demasiado enfrascado en mis lucubraciones; pero me avivó la educación por atender su reclamo, y también un cierto picor inquisitivo:

-¿Usted… -inicié átono y tardoso mientras ultimaba los términos de la pregunta.

       Suficiente. El señor con más que estudiada elegancia de diario sólo esperaba que le facilitara un exordio por mínimo que fuera:

       -No es lo que usted cree, se lo aseguro. Odio estos libros -subió dos octavas el tono, voz tupida-. Son de mi mujer. Y antes de que acaben con mi matrimonio -otra octava más-, acabo yo con ellos.

       Se detuvo un momento, como para tomar aire. Lo tomó, luego me miró, me pareció deseoso de seguir pero indeciso. A saber si porque del gesto de mi rostro dedujo contrariedad o solidaridad o las dos cosas pero sucesivas y a la vez complementarias -contrariedad por lo de su mujer, y solidaridad con él-. El caso es que desamarró:

-La amo con locura, de verdad -aquí bajó a octavas de confidencia-, y ella a mí también. Pero…

      Pausa. Para que lo entendiera su accidental confidente-mendigo, creo que sabía por dónde seguir pero no cómo. Además, se había inclinado un poco hacia mí y daba muestras de incomodidad, por la postura en sí y por lo ridículo que pudiera parecer a las miradas transeúntes.

     Algún zarandeo subcutáneo y la educación me alentaron a ponerme a la altura de las circunstancias. Lo hice, me levanté, improvisé aire freudiano y le dije sentencioso:

         -Sólo que se aman con locuras distintas.

        El señor con más que estudiada elegancia de diario reaccionó a mi lógica con tres espasmos de cejas: sucesivamente, contracción inquisitiva, distensión receptiva y tensión argumentativa.

        -Ahí está la clave -celebró como si hubiera dado por fin con la fórmula de los aminoácidos del DRAE-. No hay otra forma mejor de decirlo. Mi mujer -y ya imparable- ha leído tanto de esta…

         No le salía.

         -Hojarasca -ayudé flemático.

        -Eso, eso -de nuevo, octavas arriba-, hojarasca. Se ha metido en ese mundo de dulzuras y dulzuras y corazoncitos y postales y frasecitas bonitas y magias y luceros de noche y de día y de traiciones enormes, también, enormes, porque, cariño, no podemos defraudar al paraíso del amor, y lánguido, todo muy lánguido, y lagrimilla va y lagrimilla viene, y qué pena que no me comprendas pero no importa porque yo te amaré siempre, ven, dame tus manos y bésame. Y yo voy, le cojo las manos las subo por mis hombros hasta dejarlas detrás de mi cuello, y bajo las mías a su cintura, beso suave, con prudencia, y ella responde igual, pero en cuanto me atrevo un poco más con el beso, y con las manos que se me van a su culo, qué bruto eres, te pierde el animal que llevas dentro… Y ahí -jadeaba como en la final de una maratón, o de una confesión inconfesable- se acabó todo.

          Yo, que le seguía agnóstico el hilo, apostillé doctrinal:

          -Todo y nada.

          Tardó un momento en comprender, pero sólo un momento.

 -Lleva usted razón, nada -el desamparo le salió del alma, supuse.

Me sentí impelido a enjugar su postración, pero mi experiencia amorosa era limitadísima, por no decir nula. ¿A qué recurrir?, me pregunté. En mi bagaje sólo contaba con la literatura, ¿serviría para algo?, me preguntaba también. ¡La literatura!, abracadabra, la literatura al rescate. Y de pronto Don Quijote, inexplicable y sibilino, cabalgaba por mi horizonte. Y a él me agarré como a asta de pendón:

  -Mire, si Don Quijote perdió la cabeza por sus lecturas; pues, con todos los respetos, a lo mejor su mujer se encuentra bajo el mismo síndrome.

Me sorprendió a mí mismo el convencimiento con que me salió, pero el efecto resultó devastador. El señor con más que estudiada elegancia de diario me respondió con ojos extenuados y un chapurreo tan deforme como diáfano:

-Sin..dro… ¿Sin… qué? Don Quijote…, mi mujer… No sé de qué me habla.

Pero superó la confusión, reahormó pundonor e inició una despedida acorde:

-Muchas gracias por haberme escuchado.

-Espere, espere, por favor -me vino una idea, quizás malsana, no sé-. Quiero proponerle algo.

Se le escapó una mueca de impaciencia. Hice caso omiso, me acerqué al carrito de los libros, rebusqué un poco, y saqué Memorias de mis putas tristes. Miré al libro como pensando, le limpié unas motas de polvo y se lo ofrecí:

-¿Qué le parece si le propone esta lectura a su mujer?

Del trastabilleo de la mano con que lo tomó pasó a ojos de asombro en cuanto vio el título. Un estupor sin matices. Bueno, sí, un poco interrogativo (poco para lo que me temía):

-Pero qué…

-¿Lo conoce?, le estoy ofreciendo un escritor de fama universal, premio Nobel por más señas -no me costaba organizar la respuesta-. Las lecturas de su mujer están en las antípodas de este libro, desde luego, pero cuando se vive entre obsesiones y melancolías, a lo mejor un tratamiento de choque funciona. Igual le cambia el panorama, o mejor, se lo revoluciona, ¿no le parece?

En mi improvisado rol, sin pestañear, ojos de precisión, añadí:
       -Recuerde lo que le he dicho del síndrome de Don Quijote.
       -Sí, sí, claro -respondió dubitativo unos segundos.
       Expresión que trocó a categórica enseguida, a la vez que metía el libro bajo el brazo. Y rehuyó comentario adicional con la consabida fórmula para batirse en retirada:

-¡Muchas gracias! -parecía salirle de algún alma.

Se giró con despedida casi de taconazo militar, una sobreactuación que detecté impropia de él, más consecuencia de su marasmo amoroso-intelectual que de los hábitos sociales que practicaría. Allá se alejaba el hombre con pasos firmes pero bufando desvelos, creo. Todavía mis ojos lo acompañaron enternecidos o algo similar hasta que se mimetizó en las lontananzas del paisanaje.

lunes, 20 de marzo de 2017

LIBROS, DINERO (2)



Hasta que una mañana de estas en que te levantas sobrado fui al encuentro de la ficción, sentí que me cortejaba, que seducía mi realidad, que la acariciaba para trasplantarla a sus mundos literarios y hacer de mi uno de sus personajes, o varios. Transformarme en protagonista de distintos contextos y situaciones. Encubrir mi yo real bajo los guarismos de otra personalidad, a la carta, según me apeteciera, conforme reclamaran mis linfas y musas de la transgresión.

Tan necesitado me encontraba de aferrarme a un velamen con visos de mar abierta. Y vinculado como fuera a la literatura, tanto mejor. Unas semanas de introspección, pocas: tanteo, contraste, aventura, límites. No tardé en convencerme.

Me zureaba la idea de salir de mi identidad e interpretar en la vida real un rol novelesco. En principio, y por contrariar mi natural optimista, me incliné por embozarme bajo la piel de algún tipo de desahuciado. Se me ocurrieron imposturas con pinceladas de originalidad, pero bastante elementales para mi gusto, no acababan de satisfacerme. Así, he actuado de comercial misántropo, inversionista obtuso, engreído con cascos-orejeras, hipocondríaco recalcitrante, solicitante de afiliación a partidos políticos, cornudo penitente, gregario cum laude de la cola del paro, echador de currículos, figurante de televisión… Y sí, los pronósticos no defraudaban, conseguía recibir el trato propio de un apestado. Pero, digamos que trazaba cada simulación desde un pesimismo pasivo, de ahí mi insatisfacción, cercana ya a la renuncia.

Bueno, en lo de cornudo penitente, ni eso; apenas coló. Parece que se me notaba enseguida mi nivel cero en relaciones de pareja. A las preguntas que me hacían, por supuesto morbosas todas ellas, mis respuestas se acogían principalmente a Bocaccio y a Alberto Moravia, y no, no convencían.

Pero, con el aguijón de una última tentativa, decidí cambiar de carril, probar con un pesimismo netamente activo, e interactivo según la coyuntura, incluso hiperactivo si el guión lo exigía. Nada mejor se me ocurrió que mimetizarme en mendigo peculiar.

Aunque no fue inmediato. Hube de aguardar un tiempo, hasta conseguir una barba rala y zarrapastrosa (ya había ensayado lo de la barba postiza en incursiones anteriores, y se me había hecho insufrible). También me sirvió el impasse para urdir tácticas, plan A, plan B, y en este plan.

La realización del boceto no sólo cubrió con creces aspiraciones, sino que las superaron y hasta desbordaron.

            Como en ocasiones anteriores, me trasladé a otra ciudad. Esta vez unos trescientos kilómetros más allá. Fui en tren, con el neceser, la visa y las gafas de presbicia por todo equipaje. Busqué un mercadillo, compré ropa adecuada al personaje, los útiles de vagabundo con posibles -mochila, manta a cuadros deshilachada, etc.- y cuatro libros habituales de estos tenderetes, Madame Bovary, Cuidados de jardinería, El amante de Lady Chatterley y España invertebrada. Luego me alojé en una pensión céntrica (nada raro por lo demás, la mayoría de las pensiones suelen estar tan céntricas como los hoteles de cinco estrellas).

Al día siguiente, tras disfrazarme, salí con mis aperos, desayuné en una tasca, compré un rotulador y una botella de agua de litro y medio, sustraje dos cartones de un contenedor y me instalé a las puertas de un supermercado sentado en una alfombrilla de arpillera. En un cartón escribí “dinero”; y en otro, “libros”. Los apoyé en el suelo sobre la pared, enmarcándome, uno a cada lado, cuales ladrón bueno y ladrón malo. Junto al de “dinero” puse un trapito con calderilla; bajo el de “libros”, los cuatro que tenía. Y ensayé la mirada perdida hacia el adoquín de la acera. Al poco, aburrido del pasar de piernas anónimas y sinónimas, me engatillé las gafas de presbicia, cogí la España invertebrada y me dediqué a leer aislándome del tránsito ambiente.

A intervalos dispersos iban cayendo alguna que otra moneda, torpes, desganadas, que apenas distraían mi lectura. Hasta mediodía, que hice recuento, poco más de un euro en monedillas y ningún libro. Di por concluida la jornada, me parecía un exceso de celo profesional repetir por la tarde. Tras dejar en la pensión las herramientas de trabajo, almorcé en un restaurante de “menú del día 6 euros, 3 platos a elegir, pan y postre”. Luego dediqué la tarde a deambular y analizar este primer día de mi nueva celada. Un pequeño fracaso, pensaba, el señuelo de los libros no había funcionado. Pero claro, cabía una razón lógica, nadie va a la compra con un libro en el bolsillo igual que lleva la cartera. Cené un frugal bocadillo al paso y me acosté sin trastear más en las conclusiones provisionales.

La mañana siguiente -mismo sitio, mismo montaje- ya fue tomando otro cariz, más acorde con mis propósitos. Apenas hubo cambios en la prodigalidad limosnero-pecuniaria; en cambio, en la sección de libros, tres. Esto sí que distrajo mi lectura de la España invertebrada. Los dos primeros, casi seguidos a primeras horas. Los abandonaron junto a los míos dos hombres, no puedo precisar mucho porque se alejaron rápido. Por la forma de vestir, uno debía de ser mayor; y el segundo, bastante más joven. Un logro, me felicité. “Estos dos vinieron ayer a comprar y esperaban encontrarme aquí hoy también”, pensé. No se explica de otra manera, uno no sale de su casa con libros de tales proporciones si no es para llevarlos al pobrecito ese de la puerta del supermercado. Lástima que con sus prisas no pudiera siquiera darles las gracias. Me apresuré a valorar sendas limosnas.

La del hombre mayor, Estudios de alfarería -un tochaco con pastas duras y páginas satinadas sembradas de fotografías a todo color-. Supuse que era o había sido aficionado al barro cocido, o quién sabe si empleado en un tejar. Y a lo mejor después, con la jubilación, probara la creatividad alfarera durante un tiempo, hasta la mella del aburrimiento, la decepción o la incapacidad. Y enseguida, el abandono, la renuncia y desprenderse del manual que alguna vez habría comprado resuelto.

La del joven, La colmena en edición de bolsillo -cuyo grosor, a pesar de todo, no desmerece-. Nada extraño, sospeché: un clásico de lectura obligada, impuesta, hacia el final del bachillerato, y esa forma de abandonar el libro a mis pies como quien se libera de una carga. Revela que quien debió hacerlo no introdujo mínimamente al chico en esa bruma social que desprende la novela, ni lo encandiló con la asimetría de los personajes y sus afanes, ni le sugirió las estructuras temporales que despliega el autor. Sin todo eso y más, al sufrido alumno se le antojaría una plasta insufrible, lista para relegar al último rincón de su cuarto; sólo que, si me vio ayer, decidiría en un acto de clemencia confiarla a mi suerte.

Bastante después, cuando ya había vuelto a mi lectura invertebrada, noté que caía discreto junto a los otros un nuevo libro. Reaccioné inmediatamente, no al libro recién arriado, sino a quien lo abandonaba a su suerte, una señora de edad elegante que se alejaba sin premura pero con sigilo. Como no era yo pordiosero al uso, apenas mascullé un agradecimiento, se me escapaba la mujer, se me escapó. Frustrado, volví a su libro, Memorias de mis putas tristes.

Me creó más dudas de interpretación. ¿Tendría la novela algo que ver con su vida? Nadie se desprende de libro tan polémico y relevante si no es por motivos muy concretos, algo que le afecte personalmente, y menos con esa actitud anónima y digna a un tiempo.

Mis conjeturas bandoneaban por tramas folletinescas. Por un lado, vinculaba la decisión de esta señora a un despecho amoroso, quizás la lectura de la novela la había llevado por insondables caminos a  sospechar de su marido trabado con una jovencita, o quizás había descubierto la novela entre los libros de su marido y, tras leerla, habría llegado a conclusiones similares, o quizás compró el libro por la categoría literaria del autor pensando regalarlo a alguien pero cayó en la tentación de leerlo antes y luego no se atrevió porque el destinatario, o la destinataria, pudiera sentirse ofendido con el título mismo, y con la historia no digamos, o, lo más morboso de todo, quizás la trama le reverdeciera algún episodio clandestino de su vida anterior o, peor y más inconfesable, de su vida reciente, porque ella con un chico, o con una chica, quién sabe.

Pues puede que haya algo de razón: dime qué lees y te diré quién eres, pensé; pero aproximadamente, corregí.

Suficiente por hoy -decidí como conclusión-, más que suficiente. Faltaba poco más de una hora para el final de mi jornada, pero me urgía abundar en mi quehacer analítico. También reprocharme torpezas, esta aventura de suplantación no se limitaba a hipótesis, aspiraba a un pesimismo netamente activo e interactivo, inoperante hasta el momento.

El tercer día volví a mi puesto de trabajo con mayor grado de resolución, salvar el honor de mis presupuestos iniciales. Siempre y cuando el destino soplara a favor -condicionante o coletilla que punzaba mi natural `por si acaso´.

El monedeo mantuvo sus insustanciales constantes. Pero “libros”, en auge. Junto a los cuatro míos puse los tres del día anterior. No pasó desapercibido. Uno que me obsequiaba con cinco céntimos, comentó, no sé si animoso o irónico, señalando hacia el montoncito culto:

-Parece que tiene éxito también al otro lado, ¿eh?

Casualidad, justo al tiempo que se enrolaban para la causa Lázaro de Tormes y 1984. Obligado a la cortesía de un je-je al limosnero que me hablaba, no tuve tiempo de agradecer los libros. 

El pensamiento me vino a vuelapluma: los del dinero, la mayoría, mimbrean con alguna razón egotista; pero los de los libros, vaya usted a saber. Los primeros, lentos y regalados; los segundos, medio furtivos.

Sin más ánimo deductivo, me recluí en la España invertebrada con mis gafas de presbicia, que era como esquivar inclemencias de nuevo. Pero recurso vano. Los párpados se me emocionaban pendientes del goteo de libros a lo largo de la mañana. Borrasca pasajera, pensaba todavía, novedosa y pintoresca para el común.

A la hora del recuento diez libros más se sumaban a los del día anterior, y aún no había conseguido intercambiar un mínimo comentario con sus ex-dueños, lo que no dejaba de ser frustrante.

Además me surgió otro imprevisto: cómo cargar con diecisiete libros hasta la pensión, y lo más engorroso, cómo volver con todos ellos al día siguiente, había que dar fe de la creciente prodigalidad del vecindario ante los transeúntes habituales. Entre mis útiles mendicantes no figuraba carretón-artesanal-arrastra-enseres. Y el taxi era prohibitivo para un pordiosero que se precie, se me antojaba una traición al gremio.

Así que se me ocurrió probar fortuna con el guardia de seguridad del supermercado. Le pregunté, con la humildad y mansedumbre propia  de mi condición, si podría encomendar los libros a algún rincón que él conociera del supermercado, donde no estorbaran, y recogerlos a la apertura el día siguiente. Tan agobiado, sumiso y solícito me vería que su negativa primera amainó pronto, no terminaba por dejar zanjado el asunto. Al cabo, la conmiseración le afectaba claramente, y lidiaba con ajustarla a sus deberes profesionales. Hasta que alumbró una solución de compromiso: meter los libros en una de las taquillas de la entrada donde los clientes dejan sus compras de fuera, y recuperarlos a la mañana siguiente. Ahora bien, siempre y cuando la operación corriera de mi cuenta y con la discreción adecuada, porque, claro, él se jugaba una sanción, sobre todo si algún jefe lo sorprendía haciendo favores al mendigo de la puerta.

Buena idea, celebré al instante. Pero enseguida otro inconveniente: entre mi escuálido puñado de monedas no disponía de la exigida para el cierre de la taquilla; sumaba más de un euro, pero necesitaba cambiar la chatarra. Como no quería poner a mi uniformado benefactor en más apuros, pedí el favor de la gestión a una señora piadosa que acababa de darme cinco céntimos: yo le daba calderilla por valor de un euro, y ella la canjeaba por una moneda con una cajera del supermercado. Negocio redondo: lo hizo, pero además me obsequió con otros cinco céntimos, pródiga ella. 

Así pues, cuando el guardia me avisó del momento apropiado, allá que metí los libros. Ya podía irme, no sin antes reduplicar mil gracias al entrañable vigilante y jurarle retirar los libros en cuanto abriera el supermercado a la mañana siguiente.

Aquella tarde anduve planteándome y replanteándome deseos, isobaras y logística. No conseguía poner en marcha mi aspiración de pesimismo netamente activo e interactivo, por bisoñez o indecisión, y eso que no me faltaron oportunidades, porque la caridad había sido generosa en libros. Y de tal inacción, los inconvenientes resultantes, problemas de transporte, etc.

  Se imponía, pues, vigorizar el empeño de recuperar el compromiso inicial. Conseguiría así no sólo satisfacer la realización personal perseguida, sino también evitar el aluvión  de libros que me temía.

Pero lo más inmediato, solventar contingencias, recursos para afrontar el día siguiente si se repetía hacia mi regazo la misma afluencia de libros (por supuesto, con el sector dinerario ni contaba). Debía prever dos riesgos derivados, inevitables y simultáneos: transporte y almacenamiento.

Por ese orden, primero lo del transporte. Daba por hecho que el guardia de seguridad no me iba a renovar el favor, y menos si al final de la jornada necesitaba dos cajetines en vez de uno. Tampoco mi dignidad vagabundera permitiría ponerlo en un brete. Irremediablemente tendría que cargar con el peso impreso de la largueza caritativa. Necesitaba medio mecánico para su traslado del supermercado a la pensión. Tuve suerte. Rebuscando por las tiendas de segunda, mano conseguí un carrito de compra de dimensiones idóneas. Aunque me lo pudiera permitir, no cuadraba a mi farsa un artilugio de última generación.

Lo del almacenamiento resultó más problemático. Me tuve que emplear a fondo con el consejero delegado de la pensión, un chico de treinta años que gestionaba el local por encargo de su abuelo, dueño del negocio, con modos de jefe de servicio de administración autonómica. Al final lo convencí de que los pocos libros (pocos, aseguré) que llevara cabrían perfectamente en mi habitación debajo de la cama, y tapados por la caída de la colcha quedarían a salvo de todas las miradas, incluida las de la señora de la limpieza, porque ésta…, en fin. Accedió pero con una condición; bueno, con dos: ante todo debía pagar una sobretasa diaria en concepto de sobreocupación, y además, si el hacinamiento editorial llegaba a sobrepasar los límites de la colcha, daría por suspendido mi hospedaje y tendría que abandonarlo con libros y bagajes.