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martes, 3 de octubre de 2017

LIBROS, DINERO (5)



La conversación con el señor de edad curtida había atemperado mis obsesiones interactivas, me sentía un poco regalado de mí mismo. Así que durante las semanas siguientes me limité a mi personaje, mendibundo por la mañana, burgués por la tarde. Mientras, iba llenando de libros una habitación y otra del chalet. Tarea nada engorrosa; al contrario, me daba cierto regusto llegar a casa con la carga diaria y disponer su acomodo. Casi me divertía: organización, clasificación, por géneros y subgéneros, por épocas, por autores, los de poesía en la antesala, los de narrativa en el salón, los de ensayo en el dormitorio para invitados, la farfolla en el trastero (también aquí por géneros, subgéneros, épocas y autores), más o menos.

Entretenimiento hipnótico que, a falta de otro de mayor enjundia, me animó a ejercer de pobre también alguna tarde. Acezaba un insólito estímulo de acopio y el aliciente de la posterior distribución bibliotecaria en casa, a la vez que sondear la generosidad o la ilustración o la candidez o la trivialidad vespertinas.

 Sin embargo, no descubrí grandes diferencias, al menos en el supermercado donde ejercía. Estadísticamente, entre los días de mayor afluencia y los de menos, descontadas las prisas de unos y las parsimonias de otros, los miramientos con el mendigo de la puerta venían a ser los mismos, con el agravante de que nadie titubeaba al soltar el libro, lo que coartaba mis audacias y frustraba mi proyecto vital subsidiario. Y de céntimos desprendidos al estilo petanca por el otro costado, exactamente igual que por la mañana.

Hasta que al cabo del mes, semana arriba o abajo, mi juego de espejos comenzó a tambalearse. A primeras horas de la mañana, acabaría de instalarme a los pies del supermercado y de retomar mi siempre inconclusa España invertebrada. Unas piernas de mujer, piel y seda, se detienen ante mis gafas de presbicia, y la voz desde arriba, timbre y terciopelo:

-Buenos días, señor pordiosero sabio.

Demasiado sugestivo para acelerarme. Levanté los ojos despacio por encima de las gafas: aquellas piernas, no hacía tanto como para olvidarlas, me habían suscitado buen número de hipótesis, quizás por eso las recordaba. Simulé, ¿era conmigo? Me quité las gafas con lentitud medida y deslicé la mirada hacia lo alto. Me aguardaban, me reclamaban unas pupilas esmeralda y maduras. De nuevo la señora de  edad elegante:

-Aquí tiene -me alargaba con mano lánguida y cómplice un libro-. Si le dijera que le estoy muy agradecida es poco, muy poco. Usted, su libro me ha confirmado… otra forma de entender la vida, mi vida.

Me cuesta describir la secuencia: expectación en el cruce de miradas, cojo el libro para ver el título mientras ella aguarda. El amante de Lady Chatterley. También me cuesta describir el bullir de mi analítica en sangre; mucho más, el de la suya. Demasiadas casualidades, en pocos segundos los reflejos me alertan: por segunda vez esta señora de edad elegante me devolvía la novela que le había dado al señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario. Y él ya me había devuelto la novela de Corín Tellado que antes le había dado a ella. Entre elegantes anda el juego, me dije. Intrigado, la perplejidad como estrategia:

-Pero yo le había entregado una novela de Corín Tellado… -balbuceé a conciencia.

Sonrió como quien muestra un triunfo de los naipes que juega:

-¿No se la ha devuelto ya mi marido?, ¿no se la cambió  por ésta para mí?

Disloqué los párpados de la sorpresa cuanto pude en auxilio de negar la evidencia:

-¿Su marido? Comprenda, señora, que desconocía… Entonces la de Corín Tellado…

Desenvuelta, respondió con otro naipe más:

           -La leyó él, pero claro, no se lo diría. Sería largo de explicar.

            Ahí acusé el envite, no parecía muy dispuesta a rendir la partida. Me enroqué en la prudencia y en el genérico:

            -Ya se sabe, cada matrimonio es un mundo.

            -Y cada persona -añadió ella incontestable-. Usted mismo, a saber cuál es su verdadero mundo.

            Evidente, ahora pretendía que le mostrara alguna de mis cartas. Pero, en mi línea, no. Ensayé un gesto hacia mis pertenencias, sereno, tibio, y corroboré:

            -Pues ya ve usted.

            Acompañó mi breve repaso con pose de cumplido. Luego mudó a una suerte de recelo: 

            -Sí, por supuesto, lo que veo. Pero tengo mis dudas… Un vulgar mendigo, la literatura, no cuadra.

            -Señora, le rogaría…

            -Perdone, perdone, quería decir vulgar en el sentido de corriente, sin ofender, no, por favor.

            No me dio tiempo a perdonarla. Abrió el bolso, escarbó un poco, sacó una cartera y de ella un billete de cincuenta euros. Iba a ponérmelo en la mano, cuando le repliqué:

            -¿Y dice que no quería ofenderme?

            Entendió al instante, guardó el billete de cincuenta y sacó dos de veinte. Dudó y me alargó uno:

            -Acéptemelo, se lo suplico.

            Lo recibí con rostro de indulgencia, que ella interpretó a su manera. Hizo un gurruño con el otro y me lo emplastó en la mano:

            -Y este también, por favor. No le importa, ¿verdad? Ya nos veremos -añadió con un tono sutil y previsor.

            E inmediatamente, media vuelta de cisne y ese alejarse templado y tentador tan singular. 

            Tras su última imagen en la lejanía alguna virgulilla adversa comenzó a culebrear por mis inquietudes, que dio paso a la sospecha, que dio paso a la intriga, que dio paso a la prevención, que dio paso a un temor incógnito, que me reinstaló en mis cuitas parasintéticas.

            Ya aquella tarde esbocé un borrador de conclusiones: debía alejarme de aquel matrimonio, y más concretamente de la mujer, abandonar la farsa de vagabundo excéntrico y su ciudad de acogida, volver a casa y recuperar la persona y la personalidad real.

            Todavía los días siguientes mantuve mis disciplinas (pobre por las mañanas, rico por las tardes, el coche como puente). Pero sin abandonar deliberaciones, razonamientos, consultas ensimismadas. Y siempre en la misma dirección, renunciar, huir, pirarse, sí, eso, pirarse antes de ser descubierto, y antes de que aquella señora de edad elegante cumpliera su enigmática promesa. 

            Aunque no era tan fácil, me decía, qué hacer con la biblioteca que había acumulado, que seguía acumulando, variada, pintoresca, sustanciosa, un mosaico de innegable valor literario. Cómo desembarazarme de ella sin dejarla al albur del dueño del chalet y sus figuraciones, que bien podrían ponerme en busca y captura, esto nunca.

            Así al pronto, calculé: como el conjunto de obras arrojaba un total enarmónico, quizás  convendría una vivisección. Por ejemplo, la argamasa del trastero (Corín Tellado y demás autoayudas), destruirlas. Compro una trituradora y en dos o tres tardes, listas para el contenedor. El grupo de manuales para bricolaje, etc., voy y se lo vendo por una ganga a algún autónomo de mercadillo; o si se pone muy pesado, se lo negocio por alguna crónica o memoria que tenga por ahí del Inca Garcilaso (setenta y tantos volúmenes por uno, seguro que acepta).

El pack de libros de ensayo me preocupaba más, a quién confiarlos. Su temática era principalmente humanística (historia, filosofía, sociología, psicología…). Ante todo, pensé, estos libros merecen un embalaje digno, ¿pero dónde los dejo? Sí, dejarlos, porque no me la iba a jugar dando la cara. Tenía que ser una entrega anónima. Un par de portes en medio de la madrugada, los arrincono a las puertas de… ¿de quién? Pues en todas las capitales hay una Real Academia de Letras, Artes y demás. Aquí también habrá. Cuestión de encontrarla. Por la mañana llegan, encuentran los paquetes y se los quedan sin mirar el remitente (como esta gente cree que se lo merecen todo…). Pero luego, cuando los abran y vean que son libros usados, igual se ponen a hacerles asquitos. No. Mejor ponerlos al alcance de universitarios, ya veré cómo.

El escollo se me complicó todavía más con el grueso del patrimonio, la literatura, la pura literatura. Importaban sus posibles destinatarios. Esos mismos de la Academia, no estaría mal, pero no termino de fiarme de ellos; o la universidad, pero habría que acertar con la forma. ¿Y si los clasifico, y unos para la universidad, otros para institutos y otros para colegios? O para las bibliotecas públicas, estás sí que tienen libros usados, la gente va, los saca, los lee, o sea, los usan, y los devuelven para que siga la rueda. Quizás sería lo más provechoso, y lo más eficaz: de pronto una biblioteca que incrementa sus fondos de manera considerable. En este caso, podría adjudicarlos sin necesidad de clasificación, por lotes; incluso no estaría de más incluir los de ensayo y los manuales de actividades y aficiones varias, y me quitaba así de mayores complicaciones. Pero, claro, chocaba otra vez con el modo de entrega, y la justificación, algo que resultara comprensible para el receptor. ¡Madre mía, un montonazo de libros en manos de un mendigo! O si cambio de indumentaria, en manos de un tío vestido de normal que de buenas a primeras se te presenta un día y te dice que como filántropo social practicante regala a la biblioteca esta pila de libros. ¿Quién se cree eso?, ¿el funcionario de turno, carnet de partido, puesto de libre designación, mente cuadriculada y dependiente que te recibe remiso en su despacho de última remodelación? 

También cabía otro enfoque, biblioteca tan fértil como la mía sería recibida como agua de mayo en la de cualquier centro educativo. Confortaría sus estantes, precarios según airea la prensa de vez en cuando: que si los disparatados precios de los libros de literatura para que los compren los alumnos, que si encima a los padres les importa poco que sus hijos lean, que si los centros no disponen de medios para cubrir esta carencia.

Por esa vía, acopié tesis para una salida honrosa a mi pesimismo activo-interactivo. A todas luces, mis pertenencias literarias cubrían un amplio abanico de estudiantes de cierto nivel. Tantearía en los institutos.

El paso siguiente, planificar el proceso y prever riesgos y contingencias. De principio, no todos los libros para un único instituto. No es que me importara, pero cómo presentarme con un camión de libros sin levantar reticencias o especulaciones en los responsables del centro. Mejor repartir, por lo menos en cuatro o cinco sitios, según la aceptación que vaya recibiendo.

Después, o lo primero, cómo teatralizar la oferta. Llego, vestido con cierta formalidad informal, vale, pido entrevista con el director, de acuerdo, y cuando esté delante de ese señor, qué le digo -me preguntaba-. Y ahí empezaba el desbarre, o sea, prácticamente al principio. “Hola, buenas, encantado, me llamo fulano de tal, vengo a regalar al instituto docientos libros”. ¿Así sin más? Y el director, como lo más natural del mundo: “Ah, muy bien, muy agradecido, tráigalos cuando quiera, los deja en conserjería, que ya se encargarán…” No, no, sería estúpido, lo mío y lo del director también. A mí por lo menos se me notaría enseguida. Si no interiorizo un argumentario, por falso o medio verídico que me parezca, estoy perdido. Al menos tendría que esgrimir alguna razón de solvencia o inquietud cultural.

miércoles, 5 de julio de 2017

LIBROS, DINERO (4)



Pues ocurre con frecuencia, la casuística de unos proyecta el revulsivo en otros. Algo así como el efecto mariposa, pero más cercano. La infelicidad de aquel señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario me había removido, soliviantado o traqueteado mi realidad, no la de mendigo, que casi había olvidado que era artificial, sino la otra, la de mi fértil economía. Personalidad genuina que acudió como por ensalmo al rescate de la fingida. No para cancelarla, sino para impulsarla con generosa subvención, en plan mecenas.

Durante la hora siguiente planeé toda una táctica bipolar: un mendigo bajo el paraguas de un rico, los libros como eje conector. Alquilar una vivienda espaciosa y de calidad con cochera en zona residencial, mejor chalet, adosado o exento, por supuesto bien amueblado y equipado, y para ocuparlo de forma inmediata. También me hacía falta un coche, pongamos, de gama media.

La amplitud de la vivienda serviría para almacenar los libros sin estrechuras y, cómo no, para vivir cómodamente, en consonancia con mi auténtico poder adquisitivo. Bien mirado, los objetivos de mi empresa menesterosa no mermarían por ejercerla a tiempo parcial. El coche me serviría para el trasvase de una personalidad a otra: por la mañana salgo de casa vestido de señor de posibles en dirección a hipotético despacho, se intuirá que bien remunerado, y en el camino hacia el supermercado aparco en zona suficientemente solitaria como para disfrazarme de mendigo, coger del maletero el carrito para los libros y encaminarme a mi puesto de trabajo.

Contrariamente a las dificultades insalvables para alquilar un local, la nueva búsqueda quedó resuelta en tres días. El primero para calibrar y decidir justamente entre un adosado y un exento.

Si era por espacio, me bastaba el adosado: arriba, tres habitaciones; abajo, dos más el salón; y más abajo, sótano y trastero (excuso otras precisiones de cocina, lavadero, cuartos de baño, patio exterior e interior y tal). Sin embargo, que el garaje fuera comunitario no acababa de convencerme, porque exponía mis entradas y salidas en coche al curioseo de los demás vecinos adosados. Por la eventual coincidencia con ellos en este trasiego o por el acecho mismo de las cámaras de seguridad instaladas allí. ¿Problema en que descubrieran mis idas y venidas con imagen de bien vivir?, no. Pero el carrito, que por la mañana lo metiera vacío en el coche, y por la tarde lo sacara de él cargado de libros, levantaría sospechas. Ya se sabe, los habitantes de los adosados van de independientes, pero no pierden el reojo al tipo de independencia de los otros. La exposición del carrito era el problema.

El chalet exento lo resolvía de un plumazo arquitectónico. El garaje era exclusivo, propio, oculto, íntimo. Entras con tu coche hasta las entrañas de la vivienda, activas la bajada del cierre metálico y denso y ya puedes sacar tranquilamente del coche el carrito supuestamente repleto de libros.

Ni qué decir más, me incliné por este último. Y resuelto. Un día para demostrar a la inmobiliaria mi solvencia económica y el segundo para firma de contrato, pago de alquiler de tres meses por adelantado más comisión y fianza, y entrega de llaves. Seguidamente acudí a comprarme el coche, mi instrumento para el cambio diario de personalidad. De medio ombligo de ostentación, porque estaba destinado a permanecer aparcado en calle esquiva durante las mañanas (salvo festivos), pero acorde con la imagen de adinerado inquilino de chalet. También empleé toda una tarde en ir de compras, dotarme de un vestuario apropiado a la otra farsa, la de rico. 

No me despedí enseguida de la pensión para evitar suspicacias, principalmente porque tenía que ir evacuando de ella los libros a golpe de carrito, necesitaba días por delante. De modo que ingenié un proceso transitorio, con el coche recién comprado como intermediario. Y además sin faltar ni un día al trabajo, en responsable coherencia con mis principios y mis fines, el respeto a la clientela había que preservarlo.

Así pues, sobre una semana después, mi vida de anverso-reverso comenzó a discurrir por nuevas rutinas diarias, de rico discreto y de pobre por horas.

Lo de rico me supuso mayores quebraderos, más que nada porque, claro, ante las miradas de este sector debía ocultar mi ejecutoria de pobre. Y me costaba ese trajín de cambiar de indumentaria dentro del coche en calles solitarias. Cabía la alternativa del parking, pero la deseché al minuto. A ojos del empleado de turno, ¿cómo vas a entrar de rico en el coche y salir de pobre arrastrando un carrito de compra?, o quizás peor, ¿cómo vuelves al parking con atuendos de pobre arrastrando un carrito de compra a rebosar de libros y sales en el coche disfrazado de rico? Verdaderamente lo llevaba mal, pero lo superaba con mi empecinado pesimismo netamente activo e interactivo.

También me mareaba al principio una disyuntiva impertinente: comer como pobre o como rico. Cuando la pensión, no tenía problema; pero ahora, la metamorfosis obligada de mediodía me permitía optar, en restaurante de aceite de girasol o con camarero de uniforme. Me decidí por isobaras variables, según estado de ánimo; pero sólo en lo que  se refiere a desayuno y almuerzo. Las cenas no, flagelarse en exceso tampoco. Los restaurantes y sus congéneres quedaban muy retirados de mi jornada pedigüeña, así que las hacía en casa, es decir, en el chalet. Alguna que otra tarde cogía el coche, me iba a algún supermercado de la competencia y lo cargaba de avituallamiento gourmet. Si aspiraba a continuar con mi baño de fatalismo, me dije sin pudor, al menos que no me distraigan otras servidumbres colaterales.

Persona acomodaticia como soy, logré superar con éxito semejante período transitorio y reajustar hábitos.

Al poco de iniciado tal estatus bifronte, un enigma alarmeaba por mis hipótesis. Partió de aquella señora de edad elegante de los primeros días. Había vuelto por mi rincón, y con el sigilo que yo recordaba depositó Memorias de mis putas tristes. Sí, otra vez el mismo libro.

Sin embargo, al contrario que en la ocasión anterior, no apresuró su caminar, lo ralentizaba mientras me dirigía el escorzo de una mirada indescifrable, pero con cierta tilde de reproche. Esta vez espabilé, inmediatamente la abordé desde mi posición sedente:

-Se la han regalado y sigue sin gustarle, ¿no?

Primer triunfo, se detuvo. Ajustó la mirada, eso sí, distante todavía, y respondió:

-Sí, la había leído. Es magnífica. Está muy bien escrita, la narración es dinámica y absorbente -se entusiasmaba.

-Pero el contenido… -sugerí como de tanteo-, demasiadas tripas de la condición humana, ¿no?

-Hasta eso es muy aprovechable -aseguró contundente.

No pude menos que darle la razón. Pero algún bucle me animó a sugerirle lecturas de otras ficciones opuestas. “Más dulces, que pongan a prueba su sensibilidad” (dije exactamente).

Protestó, cómo me atrevía a cuestionarla, qué sabía de ella ni de “su paladar literario” (dijo exactamente). Unos segundos de silencio espeso. Tras los cuales se le distendieron las comisuras de la sonrisa reflexiva y admitió, sí, quizás su vida se encontrara en una etapa de romanticismos.

Lo logré. Conseguía encuadrar a la señora de edad elegante donde había intuido. Ipso facto se me activaron los mecanismos de mi pesimismo netamente activo e interactivo, y paso atrás hacia el carrito de los libros. Como siempre llevaba libros de temática variada por si conectaba con los gustos de algún `cliente´, rebusqué y le ofrecí uno de los de Corín Tellado. Aseguró que no conocía nada de esta escritora, aunque por supuesto había oído hablar de ella, quién no. Me lo aceptó casi por compromiso, creo, con promesa de leerlo y ya me contaría. Nos despedimos con ojos de complicidad, pero que yo no acertaría a precisar en qué consistía esa complicidad.

Unas dos semanas después, acomodado ya a mi rutina de doble personalidad, reapareció también por mi limosnería el señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario. Este sí, este se paró ante mí, casi se cuadró otra vez, y me alargó un libro, el de Corín Tellado, el que antes le había dado yo a la señora de edad elegante, y el mismo que él me había confiado junto con otros de la misma autora en su primera visita. Cabe imaginar mi sorpresa y el bullir de mis presunciones.

-Aquí tiene -dijo, circunspecto y altanero-. Otro más.

-¿Otro más? –me costó improvisar sorpresa-. Este ya me lo regaló hace un mes o cosa así, creo recordar.

-Y yo qué sé -me respondió inquieto, como sorprendido en falta-, se lo he pescado a mi mujer y lo he quitado de en medio.

Advertí que se anclaba ante mí en modo espera. Empiné cejas, bajé párpados, comprimí pómulos, puse ojos de bayoneta y arriesgué:

-Usted lo que quiere realmente es que su mujer lea otras cosas, ¿no?

Precipitó la respuesta sin abandonar el nerviosismo:

-Pues claro que sí. Algo que… que la baje a la realidad, que la ponga delante de sus narices, que…-se atascaba.

-Que le descubra que el sexo también cuenta -ayudé.

-¿Cómo dice? -pasaba del nerviosismo a una especie de atención tensa.

-Sí, literatura de amor con sexo, o de sexo con amor, esto va por prioridades -respondí en tono doctoral.

Se le quedó suspendida la mirada en algún pensamiento. Así que añadí:

-O de sólo sexo, que también hay buena literatura de esto.

Por fin se descolgó del embeleso:

-Pues mire, cualquiera de ese muestrario me vendría bien, de verdad.

Su gesto de reto se le escapaba por el escepticismo del entrecejo. Me ninguneaba que pudiera proporcionarle el libro adecuado.

No me encrespé, no. El libro lo tenía más que pensado, de hecho había orientado la conversación hacia él. Me volví con mi natural parsimonia hacia el carrito de libros, hice como que rebuscaba, para enfatizar el suspense y de paso fastidiarle su engreimiento, porque yo sabía de sobra dónde estaba. Lo saqué con soplo de triunfo:

-Aquí está, El amante de Lady Chatterley, un clásico de la literatura erótica.

Comprado en el mercadillo aquel primer día de mi aventura de pesimismo activo-interactivo, y destinado a atrezo en mis inicios pordioseros, mira por dónde ahora iba a prestar un servicio de alcance.

El señor-con-más-que-estudiada-elegancia-de-diario pasó en segundos del desconcierto inicial a una capitulación de gratitud. Tomó el libro todavía con manos temblonas, lo examinó, portada y contraportada, y respiró:

-No lo conozco, ni sé nada de él, pero confío en usted. Le estoy muy agradecido. Ahora lo que hace falta es que mi mujer quiera leerlo.

-Eso dependerá de la habilidad que usted se dé. A lo mejor no es tan difícil. Bien mirado, tiene título de novela rosa -apunté-, pero conste que nada que ver con...

No me dejó terminar:

-Sí, sí, no se preocupe.

Acogió el libro entre sus brazos como quien resguarda un tesoro recién descubierto. Farfulló parabienes, nuevo taconazo reglamentario de despedida y premura en alejarse.

Allá que iba, con paso marcial y su elegancia de diario sorteando ágil los estorbos de los transeúntes y no sé si las brumas de su cabeza.

         Y yo volví a mi asiento de esterilla con la sensación de ángel custodio de conveniencias. Pero me consolaba, uf, cómo me consolaba, lo del pesimismo activo-interactivo funcionaba.

         Cuando aventé vanidades, reparé en la pila de libros, espesa y derruida, que se había ido formando a mi derecha durante la conversación. No tuve tregua para fisgar títulos ni autores. Lo impidió una nueva reaparición, el señor de la edad curtida, el que pretendía regalarme La vieja sirena de Sampedro sin haber terminado de leerla.

        -Tome, ya está, lo ha conseguido, he llegado al final -aseguró rotundo-, y sí, he seguido sus consejos y me ha gustado más.

No me dejaba hablar, me rendía fervores por haber descubierto el vapor sensual de la novela. Y de corrido aportaba con entusiasmo pasajes y secuencias (las relaciones erótico-amorosas, la gastronomía, los paisajes, determinadas actitudes de algunos personajes), y se extendía en frases y paráfrasis, y en este mismo tren también objetaba algunos espejismos mitológicos, insufribles para él. Y no se le adivinaba conclusión.

-O sea, que a usted le gustan más las novelas a pie de realidad -conseguí detenerlo.

-Eh…, no sé…

-Sí, sin tanto de eso que usted llama fantasías mitológicas.

Se quedó como rumiando mi opinión, pero enseguida:

-Pues qué quiere que le diga, lleva usted razón.

La señal que me importaba. Sin darle la espalda me giré hacia el carrito de los libros, rebusqué un poco y saqué La colmena:

-Tome, un libro por otro, seguro que éste le va a gustar más.

Lo cogió mesurado, como a la espera de una aclaración pero receptivo. Había reconocido al autor al momento y lo calificó de interesante, con sus extravagancias y todo -añadió-. Yo me centré en la novela, no lo iba a defraudar, dramática, creíble, con argumento que camina por el pesimismo y con personajes que van serpeando por la vida…

-Perdone, ¿qué quiere decir serpeando? -pero resolvió en segundos-. Bueno, no importa, creo que lo entiendo. Deme, deme, viniendo de usted, no hay más que hablar. Buenos días.

Se despidió al instante, parecía temer que mi afán persuasivo le desvelara más claves de las necesarias. Nada más lejos, me sentía satisfechísimo. Tanto que di por concluida la franja pedigüeña aunque faltaba más de una hora. Camino del coche transformador con el carrito a rebosar de libros mi ego levitaba.

Aquel día concreto me permití almorzar de rico.

lunes, 15 de mayo de 2017

LIBROS, DINERO (3)



Aquella noche apenas dormí. “Tenía que hacerlo, tenía que hacerlo”, me conjuraba entre cabezada y cabezada. Tal grado de convencimiento alcancé, que cuando me planté por la mañana en la puerta del supermercado, ni reliquia de sueño. Me sentía más que despejado. Bajo la mirada un tanto recelosa todavía del guardia de seguridad, en un santiamén, retiré los libros adormecidos de la taquilla, los metí en el lánguido carrito y me instalé tal cual a la puerta en mi acerado suelo. Con un ligero apéndice en el escenario, puse el carrito junto al letrero de “Libros”. Y a esperar alerta, un ojo en la España invertebrada, de la que aún me faltaban sesenta o setenta páginas, y el otro en mi señuelo. Había más que interiorizado la decisión del pesimismo regenerador.

Llevaría una hora o así cuando vi caer el primer libro. Casi lo cogí al vuelo, me levanté cual víctima de alfilerazo, llamé a su donante con voz queda pero firme, y hasta que no se volvió con cara de media sorpresa no miré el título del libro, La vieja sirena.

-Perdone, ¿lo ha leído? -pregunté con gesto bastante indefinible porque nunca lo había practicado, algo así entre agradecido, reverencial, disponible, expectante, confidente, qué sé yo.

El hombre, un señor de edad curtida (en realidad, no me fijé cómo vestía), respondió con postura escueta y ojos huidizos:

-Sí, pero hasta la mitad.

-¿Por qué? -atajé rápido antes de que se escabullera.

Su mirada, tras un recorrido liviano y frágil por mi estampa, se retiró en pausa hacia la nada transeúnte, pensaba, pensaba la respuesta, algo de la situación le fallaba y no se decidía. Pretendí ayudarle:

-Una humilde opinión, por favor.

Pero, error, rectifiqué inmediatamente:

-Lo de humilde, quiero decir, se refiere a mí, no a su opinión.

Resultó acertadísimo. Menuda sonrisa de comprensión, relajó el cuerpo y la confianza:

-¿Y usted la ha leído?

-Sí.

-Pues mire, he aguantado hasta la mitad, y ya es hacerle un favor. Porque este Sampedro se enreda… No sé si porque le gusta o por estrategia. Pero tú no puedes tener al lector dispuesto a seguirte como te parezca. Te sacas una sirena de la chistera y, hala, ya tienes para meter en la novela todo lo que te parezca, dioses, historias, filosofías, inventos, y eso sí, venga a describir y venga a describir… Al principio parecía otra cosa, y por eso seguía leyendo, pero… ¡qué cansancio, por Dios!

-Si me permite, le voy a dar mi opinión. Quizás lleve usted razón, pero creo que en parte nada más. De lo que ha leído, su opinión sería más completa si hubiera seguido hasta el final, ¿no le parece? Aunque después se mantuviera en sus trece. Pero tendría mucho más fundamento, ¿no? Le propondría que se la quedara y la terminara. Ya le anuncio que la mitad que le falta es más dinámica, la acción narrativa no se hace tan pesada, y el argumento tiene sus sorpresas. A lo mejor le compensa. Y otra cosa, ¿se ha dado cuenta de que es una novela tremendamente sensual?

El hombre no cabía en sí de estupefacción, supuse que para él no dejaban de ser criterios de mendigo. Pero no di tregua, le alargué el libro, gesto cálido y oferente, y él, los párpados en decúbito prono, lo recogió con manos a un tris de párkinson, pero lo recogió. Todavía le di una salida:

-Siempre me tendrá aquí para volver a regalármelo cuando termine, igual que si no consigue terminarlo, pero…

-No, no, lo terminaré -hablaba con determinación y con ganas de irse-, me ha convencido. Y le estoy muy agradecido.

Se puso el libro bajo el sobaco, metió la mano en un bolsillo, sacó la cartera y de ella un billete de cinco euros.

-Tome, para sus necesidades.

Recompuso la figura, intercambiamos sonrisa de gratitud mutua y se alejó, con prisas pero disimulándolas.

Todavía de pie, “bieeen -me felicité- mi primer triunfo”, y retomé eufórico el asiento y la lectura, a la espera de la siguiente merced.

El billete de cinco euros no lo dejé sobre el paño de “dinero” por cuestión de ética: a los transeúntes que lo vieran allí, más que limosna podría parecer presunción o sugerencia de mínimos mendicante.

Al cabo de una hora aproximada y tres calderillas, dos libros del tirón. Rehíce las premuras del anterior, pero inútil. El bienhechor, nuca rapada y espaldas adolescentes con cazadora motera, se alejaba rápido, como liberado de un trauma. Ante la imposibilidad, atendí a los libros: Lázaro de Tormes y El conde Lucanor, leí. Ediciones de bolsillo, tan intactas que bien habrían merecido figurar en cualquier Feria del Libro Antiguo y de Ocasión.

Los acogí bajo mi custodia y propiedad con el pesar de un fracasillo, me empañaba un poco la victoria anterior, y me dio por especular. “Ea, otro más del Lazarillo -recordé-. No sé, no sé, lo de la enseñanza -me decía-,… estos libros tienen tanto dentro…, si no se leen a esas edades… Es que lo mío ha sido muy distinto, pero estos chavales… Claro que, si de primeras, en vez de ir al fondo de la cuestión, les pegas un papirotazo con el castellano antiguo, pues con qué se quedan, pues eso, con que lo antiguo les resbala. Y sin embargo, mira por dónde, luego viene un habilidoso, les traduce en las redes sociales una frase tan antigua, ¡antigua!, de cualquiera de los dos libros ¡y les parece magnífica! Me da que el sistema de enseñanza lleva un tiempo desnortado”.

Me estaba traspapelando. El silogismo me seducía pero no me incumbía, así me lo planteé para abandonar. Vino en mi socorro un comentario rasposo y cínico:

-Toma, tío, para el revuelto de huevos con libros, eh -a la vez que al paso caía a mi izquierda una moneda de veinte céntimos.

“Qué ingenioso -concedí para mis adentros con la vista errátil hacia el adoquín”.

Poco después, tres libros más acudían de las manos de una mujer en segunda juventud. Sólo ajusté un agradecimiento semilelo a media incorporación, que ella respondió con el ensayo de una sonrisa mientras se alejaba. No es que me faltara tiempo para retenerla, mi primera intención, no. Me frenó la lectura inmediata de los tres títulos: Fundamentos de Filosofía de Bertrand Russell, Me he enamorado de un hombre separado de autores (hombre y mujer) con nombre de factura inglesa e Introducción a la acuarela de alguien. Una ensalada tan indigerible que se me cortó la intención de preguntar. Y eso que parecía asomar por los hoyuelos de su sonrisa un destello mezcla de promisor y promiscuo. Me recordó a la nuera de don Fermín. Me miraba igual cuando visitaba a mi provecto preceptor. Mi natural tímido, junto a la bisoñez en la erótica práctica que me caracterizaba por entonces, no acertaba a discernir etiologías. Me dio por fantasear, y por alguna inexplicable asociación de ideas, comencé a sentirme como Fonchito en su atmósfera de El elogio de la madrastra. Al final tomé una iniciativa, o quizás fue que la animé a que ella la tomara, no recuerdo bien. El caso es que la ocasión única terminó en única ocasión: unas caricias apresuradas y audaces entre pasillos con orgasmos de amanuenses. La postración uniformemente acelerada de don Fermín no permitió más oportunidades.

Aun me quedaría otra sorpresa aquella mañana. Un chico recién cumplidos los 18 años (así me lo dijo), estatura en proceso de espigarse, mofletes grana y mirada resuelta, depositaba una Enciclopedia Ilustrada de tres volúmenes respetables. Se detuvo un momento dirigiéndome un rostro curioso y receptivo. Le agradecí, me preguntó por mi sorprendente limosneo de libros, le expliqué un interés intelectual y de trabajo de campo, tanteé los motivos de su dádiva, y me aclaró sin complejos ni reparos:

-Me la regaló mi abuelo cuando empecé el bachillerato, pero ya no me sirve. En internet hay mucha más información.

No repliqué, qué iba a decir, le deseé la mejor suerte en sus estudios y me permití un ofrecimiento de circunstancias:

-Si me necesitas ya sabes dónde encontrarme.

Nos dimos la mano en despedida medio protocolaria medio cordial.

Faltaba todavía más de una hora para el final de la jornada pedigüeña. Pero hice recuento de emociones y libros (obvié el dinero, claro) y me sentía más que servido, y además, advertí que mi carrito de transporte, entre los libros del día anterior y del presente, probablemente estaría al borde de su capacidad, lo estaba. Así que eché el cierre antes de lo previsto.

Me encaminé hacia la pensión con el carrito a rastras, pesaba lo suyo, pero con la satisfacción espoleando mis músculos. El proyecto de pesimismo activo e interactivo comenzaba a dar frutos, modesto, sí, pero al menos había conseguido devolver un libro. Cuestión aparte, que el señor de la edad curtida siguiera mis consejos.

Otra realidad más prosaica me inquietó cuando descargué lastre bajo la cama de la pensión: “Con este ritmo en la cosecha de libros, dentro de una semana violentan los límites de la colcha”. Ya en la entrada el pensionero ejecutivo había alargado unos ojos preventivos hacia mi cargamento. Convenía, pues, anticiparse a las consecuencias.

Coyunturas de todo rango y condición me iban y venían durante el almuerzo. Hasta las natillas del postre no entreví un remedio, el alquiler de un local donde apilar los libros. Seguiría con mi quehacer mendicante, solo que pagando un sitio para ellos. Un fin encomiable sin duda, la literatura a salvo del contenedor de papeles (en el mejor de los casos, o en el de basura, en el peor).

Pues no sería la elección definitiva. Enseguida me asaltaron dudas y requisitos. El local, debería pillarme cerca del supermercado donde ejerzo mi labor o, en todo caso, de la pensión. Lógico, sólo contaba con mis piernas como medio de desplazamiento. Lo que en principio cabía justificar como provechoso para el ejercicio físico. Pero, veamos, si a los tres kilómetros que median entre el supermercado y la pensión añadimos la distancia al local alquilado, con la posibilidad, por qué no, de dislocación geográfica, el proyecto adolecía de fibra de mendigo.

De modo que, primera premisa: el local, o cerca de aquí o de allí, pero no equidistante. Segunda, encontrarlo en muy pocos días, la pila de libros apremiaba. Y tercera, fraguar tal historia que el arrendador se fiara del arrendatario, o sea, de mí, o sea, de mis motivos por el alquiler y de mi solvencia económica.

       Tales restricciones no acobardaron la búsqueda aquella misma tarde por el entorno de la pensión. Tras sucesivos perímetros de ampliación, descubrí uno que me pareció idóneo por el cerramiento de su entrada, corredera de chapa metálica similar a la de un garaje. Cartel de “Se Alquila” con número de teléfono. Sopesé, llamé, me respondió una voz callosa y tornadiza, pregunté el precio, me pareció desorbitado, contraoferté, me arguyeron acuerdos de hermanos sobre una herencia, con escasas posibilidades de avenencia para rebajar por enconos y tal, y con resolución a dos-tres meses vistas en el mejor de los casos. Renuncié.

    A la mañana siguiente, mis ceremonias a la puerta del supermercado. Y en poco tiempo, diez o doce libros más, entre los que volvía a colarse Lázaro de Tormes (sesudos sociólogos tendrán algo que decir al respecto, ¿no?). También, conseguí la interacción con una jovencita que, gafas retraídas y vacilantes todavía, me entregaba dos volúmenes de Las mil y una noches. Faltaba el tercero, no lo había leído todavía. La convencí para que se los quedara hasta completar la lectura, por si después reconsideraba desprenderse de obra tan valiosa. Impagable la sonrisa de empatía con que acogió mi propuesta. Y la que a mí me quedó.

Pintaba bien el día, pero me urgía dónde dar con mis libros, y otra vez que cancelé la jornada mendical con antelación.

Ahora orienté la búsqueda de alquiler en las cercanías del supermercado. Parecía perspectiva más halagüeña. Pero el problema cambiaba de perfiles, de vicisitudes, de lógicas. Justo junto al supermercado alquilaban un local. Por supuesto que a ese no se me ocurrió llamar. Cómo un mendigo puede permitirse alquilar un local junto a su puesto de trabajo. Cualquiera que me viera entrar en él, le removería más de una suspicacia. Socialmente incomprensible y, por tanto, inaceptable. Pensaba en el guardia de seguridad del supermercado y sus favores, y me reconcomía el pudor. No, no, ése por lo menos, no.

       Lo deduje enseguida: ni ése porque está demasiado cerca, ni los de calles adyacentes. Había que buscar hacia afuera, en las adyacentes de las adyacentes. Y allá que me aventuré. Tirando del carrito con los diez o doce libros de más del día, que tampoco ayudaba. Pero no cejaba.

     Dos, descubrí dos. Dos extremos. Uno, propiedad de enrevesado y extenuante trilero: me pagas tanto y descuento por entrega de nosecuantos meses por adelantado pero nada de papeles y si me viene otro te vas aunque puedes superar la oferta, y por ahí. Y el otro, al contrario: papeles, papeles, y venga papeles, y cuando me exigió fotocopia fehaciente (así lo dijo) de la última nómina, lo desbaraté asegurándole que no había problema, que me la certificaría el guardia de seguridad de la puerta del supermercado donde mendigaba. Y se quedó mudo, y yo también, y colgamos el teléfono los dos a la vez.

    Y me fui para la pensión revolviendo dilemas, o como se le quiera llamar a aquello que puruleaba por mis pensamientos, hostigados por la sombra flamígera de mi personaje y un acaso de reconversión, o de adaptación. Según. Los medios y los métodos importaban, en tanto en cuanto, el objetivo era el objetivo.

     Por la tarde, aun con escasa convicción ya, volví de nuevo a peinar los alrededores de la pensión. Nada, ni siquiera alejándome un poquito más. En honor a la verdad, sí, un corralón medio derruido de portalón carcomido, indecente para pósito de literatura.

Pasé toda aquella noche dormitando paralelepípedos. Al alba una cierta idea comenzaba a abrirse paso; pero, persona madura como me considero, no convenía precipitarse, y mucho menos eludir la responsabilidad de mi cotidiano pordioseo. Además, la naturaleza de esas horas menesterosas permitía sopesar el esbozo. El final de la España invertebrada tendría que esperar. Continuaba el descuelgue de libros sobre la parcela asignada, pero ajenos al ensimismamiento del nuevo propietario. Durante buena parte de la mañana.

Hasta que la caída en semicascada de un puñado de libritos de Corín Tellado me despabiló la mirada hacia arriba. A cualquier observador le chocaría la foto fija: mendigo sentado en su resignada pobreza frente a la de un hombre de pie, rondaría los cuarenta, ojillos de recámara, con más que estudiada elegancia de diario y apostura que conjuga humildad-altivez.

No me levanté, andaba demasiado enfrascado en mis lucubraciones; pero me avivó la educación por atender su reclamo, y también un cierto picor inquisitivo:

-¿Usted… -inicié átono y tardoso mientras ultimaba los términos de la pregunta.

       Suficiente. El señor con más que estudiada elegancia de diario sólo esperaba que le facilitara un exordio por mínimo que fuera:

       -No es lo que usted cree, se lo aseguro. Odio estos libros -subió dos octavas el tono, voz tupida-. Son de mi mujer. Y antes de que acaben con mi matrimonio -otra octava más-, acabo yo con ellos.

       Se detuvo un momento, como para tomar aire. Lo tomó, luego me miró, me pareció deseoso de seguir pero indeciso. A saber si porque del gesto de mi rostro dedujo contrariedad o solidaridad o las dos cosas pero sucesivas y a la vez complementarias -contrariedad por lo de su mujer, y solidaridad con él-. El caso es que desamarró:

-La amo con locura, de verdad -aquí bajó a octavas de confidencia-, y ella a mí también. Pero…

      Pausa. Para que lo entendiera su accidental confidente-mendigo, creo que sabía por dónde seguir pero no cómo. Además, se había inclinado un poco hacia mí y daba muestras de incomodidad, por la postura en sí y por lo ridículo que pudiera parecer a las miradas transeúntes.

     Algún zarandeo subcutáneo y la educación me alentaron a ponerme a la altura de las circunstancias. Lo hice, me levanté, improvisé aire freudiano y le dije sentencioso:

         -Sólo que se aman con locuras distintas.

        El señor con más que estudiada elegancia de diario reaccionó a mi lógica con tres espasmos de cejas: sucesivamente, contracción inquisitiva, distensión receptiva y tensión argumentativa.

        -Ahí está la clave -celebró como si hubiera dado por fin con la fórmula de los aminoácidos del DRAE-. No hay otra forma mejor de decirlo. Mi mujer -y ya imparable- ha leído tanto de esta…

         No le salía.

         -Hojarasca -ayudé flemático.

        -Eso, eso -de nuevo, octavas arriba-, hojarasca. Se ha metido en ese mundo de dulzuras y dulzuras y corazoncitos y postales y frasecitas bonitas y magias y luceros de noche y de día y de traiciones enormes, también, enormes, porque, cariño, no podemos defraudar al paraíso del amor, y lánguido, todo muy lánguido, y lagrimilla va y lagrimilla viene, y qué pena que no me comprendas pero no importa porque yo te amaré siempre, ven, dame tus manos y bésame. Y yo voy, le cojo las manos las subo por mis hombros hasta dejarlas detrás de mi cuello, y bajo las mías a su cintura, beso suave, con prudencia, y ella responde igual, pero en cuanto me atrevo un poco más con el beso, y con las manos que se me van a su culo, qué bruto eres, te pierde el animal que llevas dentro… Y ahí -jadeaba como en la final de una maratón, o de una confesión inconfesable- se acabó todo.

          Yo, que le seguía agnóstico el hilo, apostillé doctrinal:

          -Todo y nada.

          Tardó un momento en comprender, pero sólo un momento.

 -Lleva usted razón, nada -el desamparo le salió del alma, supuse.

Me sentí impelido a enjugar su postración, pero mi experiencia amorosa era limitadísima, por no decir nula. ¿A qué recurrir?, me pregunté. En mi bagaje sólo contaba con la literatura, ¿serviría para algo?, me preguntaba también. ¡La literatura!, abracadabra, la literatura al rescate. Y de pronto Don Quijote, inexplicable y sibilino, cabalgaba por mi horizonte. Y a él me agarré como a asta de pendón:

  -Mire, si Don Quijote perdió la cabeza por sus lecturas; pues, con todos los respetos, a lo mejor su mujer se encuentra bajo el mismo síndrome.

Me sorprendió a mí mismo el convencimiento con que me salió, pero el efecto resultó devastador. El señor con más que estudiada elegancia de diario me respondió con ojos extenuados y un chapurreo tan deforme como diáfano:

-Sin..dro… ¿Sin… qué? Don Quijote…, mi mujer… No sé de qué me habla.

Pero superó la confusión, reahormó pundonor e inició una despedida acorde:

-Muchas gracias por haberme escuchado.

-Espere, espere, por favor -me vino una idea, quizás malsana, no sé-. Quiero proponerle algo.

Se le escapó una mueca de impaciencia. Hice caso omiso, me acerqué al carrito de los libros, rebusqué un poco, y saqué Memorias de mis putas tristes. Miré al libro como pensando, le limpié unas motas de polvo y se lo ofrecí:

-¿Qué le parece si le propone esta lectura a su mujer?

Del trastabilleo de la mano con que lo tomó pasó a ojos de asombro en cuanto vio el título. Un estupor sin matices. Bueno, sí, un poco interrogativo (poco para lo que me temía):

-Pero qué…

-¿Lo conoce?, le estoy ofreciendo un escritor de fama universal, premio Nobel por más señas -no me costaba organizar la respuesta-. Las lecturas de su mujer están en las antípodas de este libro, desde luego, pero cuando se vive entre obsesiones y melancolías, a lo mejor un tratamiento de choque funciona. Igual le cambia el panorama, o mejor, se lo revoluciona, ¿no le parece?

En mi improvisado rol, sin pestañear, ojos de precisión, añadí:
       -Recuerde lo que le he dicho del síndrome de Don Quijote.
       -Sí, sí, claro -respondió dubitativo unos segundos.
       Expresión que trocó a categórica enseguida, a la vez que metía el libro bajo el brazo. Y rehuyó comentario adicional con la consabida fórmula para batirse en retirada:

-¡Muchas gracias! -parecía salirle de algún alma.

Se giró con despedida casi de taconazo militar, una sobreactuación que detecté impropia de él, más consecuencia de su marasmo amoroso-intelectual que de los hábitos sociales que practicaría. Allá se alejaba el hombre con pasos firmes pero bufando desvelos, creo. Todavía mis ojos lo acompañaron enternecidos o algo similar hasta que se mimetizó en las lontananzas del paisanaje.