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miércoles, 7 de enero de 2015

BITÁCORA DE ESTÍO (14)

 …EN MITO

   Con las prisas apenas reparé en el entorno monumental, el Palacio Ducal y la Catedral. Bastante tenía con esquivar las aglomeraciones poliestructuradas que retardaban mi encuentro con Rosalía . Pero ante el Campanile, referencia de mi destino, relajé premuras. Imposible sustraerse al atractivo y peculiaridad de esta torre. Con el campanario de la catedral pero desgajado de ella, ¡como para constreñir su altura insultante! Desde su base cuadrada se eleva en ladrillo de marrón decapado hasta allá arriba, hasta una cornisa grisácea donde descansan las arquerías del campanario (las campanas apenas se vislumbran desde abajo). Todavía por encima otra estructura cuadrada, amarronada también, con esculturas grises, adosadas e irreconocibles -salvo con zoom telescópico-, y sobre ella una pirámide esmeralda en cuya cúspide se erige una figura dorada -la vista se pierde definitivamente-, es de suponer que mitológica.
   Por fin abandono la visión y giro hacia la inmensidad de la plaza. Recuerdo, Rosalía había dicho la primera terraza a la izquierda. Oriento la mirada y una mujer sentada por allí levanta la mano y la agita en señal de saludo. La plaza es una floresta, me acerco con cierta prevención. Un poco más, y la mujer se levanta con gestos de parabienes. Sí, es ella. Un abrazo sincero, cálido. Y su reproche melindroso al sentarnos:
   -El Campanile no podía esperar, pero yo sí, ¿eh? Como el café y la cerveza de tu encargo farolero. Claro que el café debe de estar ya tan frío como la cerveza. No, no te justifiques. Te llevo observándo desde que paraste a mirarlo.
   Lo soltó del tirón, con esa comisura sonrisona que tan bien recordaba de ella. Le seguí el tono de la anécdota:
   -Bueno, pedí las dos cosas porque, como comprenderás, no sabía para cuál de las dos iba a llegar.
   Emprendimos enseguida una conversación atropellada, con repaso superficial de nuestra actualidad. ¿Cómo estás?, ¿cómo te va? y esas cosas de dos amigos de antaño que tantean el presente inédito mientras se observan desde sus evocaciones íntimas. Después, con más consistencia y fluidez, repasamos en flash-back las pasadas amistades y su rumbo. Mientras la mayoría había tomado el camino de la profesión y ahí permanecía, otros porfiaban en sus barricadas de juventud y memorias históricas, y algunos hoyaban las moquetas de la política. En cuanto a amores y desamores varios, pasamos casi de puntillas. Acaso algún recelo nos reprimía traspasar la capa freática, con el riesgo de mutar de testigos a protagonistas.
   Al poco, en un momento de relax o de silencio inseguro o de respiro profundo, elevé la mirada hacia el esplendor de la plaza, la arquitectura que la circunda y fascina. Hileras de arquerías superpuestas en triple composición, en cuya última cornisa se alinean figuras semejantes a peones de ajedrez, que te imantan la mirada y la prolongan hasta el extremo opuesto del espacio. Pero al fondo el encanto de la perspectiva fracasa. El marketing no perdona –ni la Administración, con su insaciable corto vuelo de hacer caja-. Figura allí, sobre la arquería noble, un enorme y mezquino cartelón publicitario: señorita vestida de casual semiincorporada, descalza, mostrando rodilla y cuarto de muslo, una mano apoyada en el vacío y la otra reclinada y orgullosa sobre un bolso de marca, de la marca que publicita despiadadamente.
   Comento la desfachatez a Rosalía. Me sonríe con pupilas cálidas y alude de pasada al recuerdo de un acerado bisturí. Pero pregunta enseguida por mi tiempo disponible. El barco zarpa hacia las cuatro la tarde del día siguiente. Se ofrece de guía, propone dejar los grandes monumentos para la mañana y dedicar el resto de la tarde y noche a otras magias venecianas -me queda la duda de dónde pasaré la noche-. Conforme y expectante.
   Me llevó por callejas hasta detenernos ante una fachada. “Mira y disfruta”. Y obedezco en las dos cosas, mirar y disfrutar, pero vacilo al orientar mi placer, a veces mis capacidades analíticas se atoran. Suele ocurrir cuando me plantan sin más ante alguna belleza concreta, sea arquitectónica -como en este caso-, pictórica, paisajística, urbanística, psíquica, física o química. “Teatro Italia”, letras de molde grabadas a fuego en su frontal. Como mi emoción balbuceaba, mi heroína acudió al rescate -lo haría en realidad con frecuencia a lo largo de las horas compartidas-: “Arte bizantino, típico de Venecia”. Mi primer descuadre, porque mis rudimentos sobre esta ciudad sólo alcanzaban al renacentista, y resultaba que esto era bizantino, y además eso, típico veneciano. Suponía ella comprensiva que mi error radicaba en la abundancia renacentista que orillea el Gran Canal. Y sin embargo, aseguraba experta, cuánto arte bizantino me quedaba por descubrir en Venecia. Todavía me mostró dos o tres fachadas, y ya todo me sonaba a bizantino. E intentaba justificarme conmigo mismo: ¿Verdaderamente es imprescindible entender de todo esto para ser culto? En alguna falla fallo.
   Más adelante, desembocamos en una plaza con epicentro en una peana -esta no me pareció bizantina, no, seguro que no- sobre la que posaba la escultura verdinegra en bronce de un padre de la patria, creo, traje y sombrero dieciochescos. Pero mi atención se distrajo con un individuo uniformado de gondolero, camiseta a rayas azules y blancas y sombrerito plano a juego, como para llevárselo de souvenir, tan típico como el arte bizantino recién conocido. Anunciaba un embarcadero cercano para paseos en góndola, pero con convicción desganada, voz mecánicamente canturrona. O lo hacía como si la mercancía estuviera vendida de antemano o su compromiso mercantil dejaba mucho que desear. No había más que observarlo un poco: dos-tres pasos desganados adelante, atrás, diagonal o semicírculo hacia turistas de tránsito, brazo sin nervio orientado hacia por allí y espalda cansina.
   Justamente hacia allí íbamos. Un canal coqueto, entre fachadas de ladrillo visto con macetas de enredaderas o algo así. Sobre el puente, semicircunferencia de piedra gris, algunos turistas disparan sus cámaras a una góndola con padres risueños y bebé asustado. Poco más allá otro canal, o el mismo por otro ángulo, misma decoración, con varias góndolas aparcadas a la espera de clientes. La mirada friki se me va hacia una de ellas: embetunada de negro charol y asientos versallescos de terciopelo en bermejo reventón -reprimo el comentario, cualquier pareja apasionada podría sucumbir a la tentación-. Y otro canal más, puente de madera carmesí con jardineras colgantes en su baranda, ¿concesión a la cultura china?
   Un recorrido pintoresco y ameno que no tardó en cambiar de signo. A la vuelta de una calleja Rosalía me condujo por soportales oscuros de piedra vieja. Hasta la orilla misma de un canal estrecho y pardo, donde el agua onduleaba hasta los bordes y rompía en inocentes salvas de gotas a nuestros pies antes de escapar bajo el suelo que pisábamos. Callizo de fachadas empobrecidas, resignadas a la humedad, con algunas sábanas tendidas al sol por la tercera planta. Y el murmullo lejano del gondoleo turístico.
   -Vivo cerca de aquí. Algunas tardes, cuando llevo días con la conciencia alborotada, me vengo a este remanso y…
   -Y… te remansas, ¿no?
   Se quedó suspendida un momento. No tardó en reaccionar:
   -Veo que de cinismo sigues en tu línea, ¿eh?
   -Bueno, me defiendo. Pero no era mi intención…
   -Ya,... -miró en derredor y preguntó- pero te gusta, ¿verdad?
   -No me atrevo a decir que tanto como a ti. Me cogió de la mano e inició la vuelta.
   -Vamos, queda mucho por ver y… sentir.
   Dos, tres callejas en zigzag más allá, estrechas y umbrías. Nos detuvimos en un clarear melancólico, en medio de un puente de mampostería vieja, sobre otro canal angosto, solitario, resignado a los últimos rayos de sol. Allí al frente se va instalando la oscuridad, por la curva donde la vista se demora en las fachadas lamidas de moho por las orillas y palidecen en rosa paredes arriba. Aguas sosegadas, pleamar del espíritu, reposa o cavila.
   Rosalía parecía absorta en algún canal de sus pensamientos. Aquel exceso de quietud me sobrepasaba, una atmósfera demasiado propicia para la confidencia. Me urgía desactivar el sortilegio. Resolví en dos fases: posé mi brazo en su cintura como una caricia solícita, un tiempo prudencial, como compartiendo. Después alguna frase que difuminara el canal incógnito:
   -Demasiado remanso para tanto como me tienes que enseñar, querida guía, ¿no crees?
   Respondió con sonrisa turbia y comenzó a girarse para marcharnos, suave, de forma que mi brazo no abandonara su cintura. Y no la abandonó.
   Así deambulamos un tiempo por vericuetos, placitas y calles que nos reintegraban poco a poco al gentío ambiente. Acompasados en un intercambio de silencios equívocos, y curioseando al paso escaparates de máscaras venecianas para cualquier nivel de farsa. Ella marcaba el ritmo y la dirección. Hasta la terraza de un bar, que sin duda ya tenía prevista. “¿Una cervecita aquí?” -propuso sugerente-. No lo advertí hasta que no estuvimos sentados: en diagonal, una hermosa perspectiva del Puente de Rialto.
   El atardecer dócil que derrotaba por los canales anteriores parecía haberse detenido aquí reacio y jaspeado. Rosalía, satisfecha de su elección y mi sorpresa, me concedió unos minutos de deleite, pocos, no tardó en desmenuzar y ensalzar las vicisitudes arquitectónicas de tan mítico puente. Claro que yo, aun receptivo a sus comentarios, ricos y cultos sin duda, aventuré otras apreciaciones:
   -Un puente de un solo ojo… Con esa zona central elevada que desciende hacia sus lados en rampas suaves... ¿No da la impresión de un gran ojo achinado? Todo lo enorme que quieras, pero achinado.
   Me aprontó una cara de estupefacción. Pero no me arredré:
   -Es más, cabría interpretar: la cornisa que recorre el arco, párpados muy depilados; y la hilera de muchedumbre que hormiguea por sus barandas, cejas muy pobladas. Pero el ojo, achinado por supuesto. ¿No te parece hermoso?
   Percibí un gesto entre el estupor y la comprensión, aunque no exento de cierto matiz de admiración, que precisó al instante:
   -Por si antes no me hubiera dado cuenta, ya no hay duda. No has cambiado nada,… o muy poco..., pero a peor. Lo tuyo, desde luego, no es la poesía, y menos la lírica. Es la prosa, la más… acerada, diría yo.
   -No sé -respondí-. Puede que la más vulgar también. Pero es que…
   -Tampoco yo lo sé -interrumpió-. Pero ni en aquellos tiempos ni ahora he conseguido avanzar contigo más allá de la sospecha.
   Otro instante de silencio, que redimí:
   -Si te sirve de consuelo, tampoco yo.
   -¿Cómo?
   -Que esto de conocerse a sí mismo, en profundidad, con todas las contradicciones que acarrea, es bastante complicado. ¿Te vale?
   Concedió mientras conformaba la mirada hacia el puente -lo que puede dar de sí tan bella arquitectura.
   Al cabo, se desembarazó de alguna reflexión y propuso ir a cenar. Tenía elegido el sitio: terraza de restaurante en placita recoleta ma non troppo, retirada del circuito turístico pero de paso –uno de tantos-. “Alla Ferrovia. Piazzale Roma”. Pequeña, cuadrangular y adoquinada de antigua. El recinto, un resumen de trazos venecianos. En el centro, farola de hierro decadente y luz incierta. Enfrente, fachada añeja con portalón oscuro de madera cuarteada, cerrojo grueso y mohoso, como las rejas de las ventanas laterales, y por arriba un balcón escueto con puertas y baranda de la misma madera derruida. A un lado, la portada de una capilla de estilo creo que gótico, por el arco apuntado que la corona y el menudeo de esculturas por sus arquivoltas y tímpano. Al otro lado, una pared descascarillada a moratones, espalda desprotegida de una vivienda indefinida. Y el restaurante, toda la pinta de palacio pequeñoburgués reconvertido en restaurante. Tres plantas: la última, abuhardillada, salpicada con celosías; la noble, con ventanales acristalados bajo arcos bizantinos, entre columnas con capitel gótico, y balconada de piedra, corrida, sobria, renacentista, soportada por gruesas vigas de piedra incrustadas en el muro; y la baja, reproducción de la noble, salvo las anchas dimensiones de la puerta de entrada. Añádase el silencio amortiguado por el arrullo de algún canal cercano.
   Como mi relación con la gastronomía aún está por definir (por definírmelo), creo honestamente que no debo utilizar la poética para adentrarme por la pasta italiana y el vino de La Toscana que degusté aquella noche, desprendería un tufo insoportable a falso.
   Y sin embargo fue una noche de sabores (ya digo, gastronomía aparte; aunque también). Decidido el menú, dos antiguos amigos, nuevos, vividos y cambiados, frente a frente. Ya no cabía distracción con estampas venecianas. Tejer y destejer, una conversación sutil, confiada, tornasolada, centrífuga, con guión sin perfiles, caracoleando de bucle en bucle, laberíntica, por las emociones, por la ideología y la política, por los futuros rotos del pasado y los otros, a destellos, intramuros, encriptada.
   A los postres, probé a desenredar el ánima que nos perturbaba las horas siguientes:
   -Creo que no tenemos escapatoria. El arrepentimiento está servido, tanto si caemos en la tentación como si no. En pocos días, con la distancia, no nos faltarán motivos, diferentes o iguales, para arrepentirnos.
   Allá penitencias.
   Por la mañana abandonamos temprano los duendecillos paganos entre las sábanas para evitar las colas de la Venecia monumental.
   Primero, Basílica de San Marcos. A media distancia, te subyuga un boscaje exuberante -todo en Venecia es desmesurado-, inmenso ditirambo de cúpulas, pináculos, cupulitas, chapiteles, esculturas y otros accesorios arquitectónicos que nunca un profano debe enfrascarse en catalogar (perdería en belleza sensorial). A medida que llegas a sus pies, la fachada despliega cinco portadas con una mixtura sin fin de arte bizantino y gótico -gótico florido, me precisó Rosalía- de columnas, pilastras, mármoles, esculturas, bajorrelieves y mosaicos donde fulge el oro y todo el catecismo medieval.
   Rosalía no cesaba de orientar mi retina. “Mira allí, mira aquí”. Yo avivaba un rostro encandilado en cada dirección. Y en una de estas, “mira allí, mira aquí, mírame”:
   -¿Te gusta? -inquirió, con duda halagüeña.
   Me pilló desprevenido.
   -Incomparable marco San Marcos -improvisé.
   -Tú y tus jueguecitos de palabras. ¿Es todo lo que se te ocurre decir?
   -Ayer me pareciste tierna y frágil. Hoy, una guía turística desatada. Así que,… mejor la conjunción de la madrugada.
   -Sincrético, eh.
   -Y empírico, añadiría yo.
   Punto y aparte, ya nos tocaba entrar. Puertas de bronce con incrustaciones de plata, columnas bizantinas y losas de mármol rojo. Confirman la genuina pobreza evangélica ya apuntada en la austera suntuosidad de sus fachadas.
   En la entrada un individuo, uniforme de acólito de puerta, recogía el ticket. Otro, medio metro después, afinaba su mirada clínica hacia los visitantes y sentenciaba si para acceder a tan santo recinto vestían con decoro (concepto limitado para este sagaz inquisidor a llevar desnudas ciertas partes del cuerpo) -nosotros recibimos el okey inmediato, acudíamos avisados-. En caso de veredicto negativo, la persona condenada debía volver sobre sus pasos sin posible apelación, o superar el veto cubriendo el desnudo censurado con alguna otra prenda propia o ajena, o adquirida allí mismo, en aquel momento, una especie de chal de tela áspera y amarillenta que vendía un tercer acólito al precio de un euro. Opción más frecuente esta tercera, que me resultó, ¿paradójicamente?, la más indecente. No sólo por el precio del esmirriado retal, atracador sobrecoste de la entrada, sino también por alguna que otra estampa esperpenticoerótica que observé: un tío cachas obligado al tal pañito por los hombros porque vestía camiseta de tirantes; una chica esbelta, pantaloncito corto, trasero sugestivo, tenía que tapar sus muslos en curvas al sol, y se ciñó el ínclito trapo de cintura a rodillas de tal forma que cucurveaban hasta los supuestos ojillos pacatos y asexuados del curato cancerbero.
   En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí, el interior de la catedral. Oscuridad liviana y tutelar, atmósfera esotérica. Mármoles, esculturas, bronces, dorados, mosaicos, columnas, capiteles por doquier, vidrios y oros en bóvedas mayores y menores que se reparten la Biblia desde el mismísimo Génesis para acá. Big bang del arte bizantino. Destaco el gran iconostasio -la palabreja me la sopló Rosalía-: valla de alto basamento de mármol, donde se levantan una hilera de columnas de mármol, que sostienen un friso de mármol, sobre el cual se alinean personajes del evangelio en estatuas de mármol –qué obsesión-, y solo para marcar los límites del presbiterio. Destaco también, si uno se abstrae del lugar sacro que pisa, el imponente “retablo de oro”, orfebrería bizantina y veneciana de miniaturista, paneles de oro esmaltados saturados de zafiros, rubíes y esmeraldas. Claro que la fe…, como no vaya por otros derroteros….
   Salimos. Enseguida Rosalía me cuadró ante la famosa Torre del Reloj y me soltó una explicación somera, rápida, apiadada de mí. La mirada gravita sobre el reloj, la explicación también. En varias esferas concéntricas con azules y dorados, el círculo de las horas en números romanos, los signos del zodiaco y las fases de la luna y el sol. Ah, y la manecilla que marca las horas gira con un solecito en su extremo (dorado, cómo no). Qué más se podría añadir, no sé. Sugeriría una última esfera de venturosa guirnalda con distintas máscaras representativas del carnaval veneciano, ¿no? Más arriba, el omnipresente león alado de San Marcos en fotocol marino y estrellado. Y encima de todo, dos soldaditos de bronce renegrido golpean mecánicamente cada hora un campanón, acontecimiento que, al parecer, hace las delicias de los turistas y sus cámaras de vídeo.
   Sin tregua, al Palacio Ducal, a través de la marabunta que a esa hora de media mañana nos tamizaba o agobiaba o simplemente empujaba. Rosalía se había revestido definitivamente de partenaire acuciosa y eficiente. De camino, nos alejamos, o mejor, me alejó un poco del fragor para rendir admiración a la fachada, gótico veneciano, por supuesto, y destiló información y sensibilidad artística: pórticos, galerías, columnas y capiteles, paramento con ventanas y mármol, mucho mármol, rosado o ceniciento. Y mira las columnas de allí arriba con óculos cuadrilobulados (rediós, ¿cómo había dicho?), preciosas. Yo la atendía, creo que con emoción suficiente, pero temeroso del trance siguiente, el acceso al Palacio. Los ojos se me iban a las colas. La de comprar los tiques era enorme, y la de entrar insufrible, prohibitiva. Iba a proponerle desistir, cuando, abracadabra, saca del bolso dos tiques y se explica con cara de repóker y algo de rubor: las había conseguido días antes y, lo mejor, eran de pase preferente o algo así. “Gajes del trabajo -que no precisó-. Vamos”. Llegamos a la mismísima entrada. Rosalía entrego los pases al portero a la vez que le mostraba un carnet de algo. El señor comprobó un instante, e inmediatamente teatralizó una media verónica y nos franqueó el acceso, ante la mirada estupefacta, envidiosa y avinagrada del primer tramo de la cola.
   En cuanto recalamos en el patio del Palacio, Rosalía retomó sus glosas. Aquí la fachada cambia a renacentista, pero bien provista, eh, de esculturas, arquerías, pilastras, frisos, óculos (de estos, no me concretó si también eran trilobulados), y estatuas sobre pináculos, sin apariencia de equilibrismos, cual si en ellos hubieran brotado como setas. En el centro del patio, dos pozos del siglo XVI con brocal de bronce (se les habría terminado el mármol en aquellas fechas, que si no…). Y ya dentro, un museo. Ahí Rosalía aceleró todavía más: Rizzo, Bassano, Bellini, Sansovino, Liberi, Tiepolo, Veronese, Tiziano y algunos más, pero sobre todo Tintoretto, Tintoretto en resplendorosa miscelánea de sus mitologías, de las que ella se recreó casi hasta el éxtasis en su Crucifixión (no la de Tintoretto, claro; sino en su pintura de la de Jesús). Mis sentidos, por el vértigo. Imposible digerir plato tan excesivo, por opíparo que fuera. Que seguro que lo era. Pero mis capacidades no daban para tantos Evas, Adanes, Papas, Neptunos, Martes, Mercurios, Vulcanos, Cristos, y Venecia en variadas poses, además de la archiensalzada Crucifixión. Mareo, el estómago enviando señales de chiribitas al cerebro.
   En un lapso de Rosalía para beber agua, aproveché. Pregunté, reloj en puño, si nos faltaba visitar algún fulgor veneciano más, porque me quedaban unas tres horas para volver al barco. “Síiii, claro que falta, cariño, muchísimo, pero por lo menos el Puente de los Suspiros. Vámonos ya”. Me cogió de la mano e inició una marcha de prisa radical, se me vino la imagen de la madre que tira del niño que se resiste a ir al colegio.
   Salimos a la explanada. Nunca había degustado o padecido tanta aglomeración en tránsito, a lo más en los vértices de la feria de Córdoba; pero esto, ni de lejos (mucho menos, de cerca). Apenas acerté a hinchar los pulmones, quizás diez segundos. Ahora se colocó delante de mí, me arremolinó las manos y las puso en su cintura, “sígueme”. Esquivaba como una experta en fintas y codazos suaves pero inapelables. Calculo que no tardaríamos cinco minutos en ocupar un hueco de honor en la baranda del repecho frente al renombrado Puente de los Suspiros. Según los folletos informativos y Rosalía, por él pasaban desde el Palacio Ducal a prisión los condenados por la Inquisición siglos ha (las inquisiciones de ahora, dependiendo del país, tienen otros métodos, más sofisticados o más expeditivos; pero de suspiros…, me malicio que ni entonces, ni ahora -romanticismos los justos-). Pues, al margen de la descalificación ético-política-histórica que me merece, he de reconocerlo, me conmovió, o algo parecido. No tanto por las explicaciones de Rosalía, que no cesaban, cuanto por el mestizaje estético que percibí. Un pasadizo cubierto de factura barroca exquisita sobre un estrecho canal. Por sus aguas verdinegras cernidas de sol intenso paseaban góndolas ataviadas de decor veneciano y aturistadas, con pasajeros de distinto fervor inmunes o propensos a las fotos prodigadas desde la baranda. Y el contraste de las fachadas laterales, la ostentosa del Palacio, sus columnatas, ventanales y esculturas adosadas, frente a la insípida, plana y torva de la prisión, sus bloques de piedra superpuestos y sus ventanucos enrejados. La vida misma, pensé, el arte y sus sevicias.
   Detuve la reflexión cuando advertí que Rosalía aún permanecía a mi lado con sus comentarios incombustibles. No sé qué instinto, o revoltijo de ellos, alentó la decisión: me giré, tomé su rostro entre mis manos y le solté un beso entre los labios y más allá. Y ella…, como que armonizaba. Hasta que nos despabilaron unos aplausos y olés inconfundibles, la marca España. Nos retiramos con una risita traviesa hacia el corrillo, y los premié con una posdata: 
   -She is my love. Just married.
   Los aplausos se recrudecieron y acompasaron una flamencada expandida a todo el grupo que nos despedía: “Amooor, amooor, amorooor…”
   Rosalía sonrió a la gracieta. Luego, cuando nos alejábamos, preguntó:
   -¿Por qué lo has hecho?
   -Bueno, está claro, he utilizado el inglés para despistarlos un poco.
   -No, si me refiero al beso.
   Con gesto amable le tomé las manos y respondí:
   -Dentro de pocas horas zarpa el barco. Si tanto tardé en llegar ayer, ¿cuánto crees que me costará volver? Ya no me interesa ver ni visitar nada más, sólo tomar algo contigo tranquilamente y despedirnos.
   -Sí, es lo mejor -confirmó dubitativa, mientras sus pupilas azules repasaban la estela de algún pensamiento.
   -Y si me llevas a la sombra de alguna terraza de San Marcos… Aunque te parezca un simple, quizás lo que más me ha impresionado de Venecia. Aparte de ti, por supuesto -cuestión de reflejos.
   -Gracias -se le escapó un atisbo de melancolía-. Hay que ir despidiéndose. San Marcos… puede valer.
   No pareció muy conforme con la elección; pero para mí, escollo superado. El adiós me resultaba menos espinoso en un ambiente vacunado contra intimidades y compromisos. Además de mi indudable fascinación por esta Plaza. Y de paso me despedía a la vez de los dos mitos reseteados.
   Sentados en el lateral opuesto al de la tarde anterior, consumimos una cerveza y una última conversación amortiguada o entreverada con las notas de un piano de cola incrustado en aquella terraza, y cuya melodía serpenteaba por entre los pensamientos y las palabras de los clientes.
   Hasta que en la Torre del Reloj los soldaditos de bronce atezado atacaron en el campanón las dos de la tarde. La despedida. Promesas. Nos llamaremos, nos veremos en Córdoba, ingrávida la fecha. Caricia de manos para el manto de la distancia. Me levanté, último intercambio de miradas, y me fui. Ella se quedaba allí, contemplando las horas de aquel reloj de turismo perpetuo, y aguardando a quien minutos antes había llamado por el móvil.
   Nada reseñable de la vuelta al barco. Si acaso, que mi sentido de la orientación y de la pregunta pertinaz -pack indivisible en mi caso-, espoleado quizás por cierto instinto de supervivencia, me llevó al mismísimo control de acceso al barco en poco más de una hora. Y sin demora al salón-bufet. Comida y bebida, mucho de ambas, tenía hambre, sed y alto nivel de ansiedad. Saciadas ambas tres al unísono, al camarote, sin cigarrillo en rincón del fumador ni nada, suelto de reconcomios y arpegios. Siesta, dormir hasta las simas donde ni los sueños se atrevan a incordiar.
   Desperté al cabo de horas custodias y abisales. Salí al balcón del camarote, me senté plácido en la butaca. Pigmentos de sol y luna disputaban, como cada atardecer, como cualquier atardecer. La película de veinticuatro horas, Venecia, Rosalía y un sentimiento relativo. Con título: de mitos, sus devotos y sus profanadores.

martes, 21 de octubre de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (13)

VENECIA, DE MITO….

    Mediodía por la cubierta de piscinas, hora y espacio de máxima concentración de cruceristas a bordo. Un rumor se corre y propaga, primero vacilante, conjeturas, atisbos, susurros inquietos; pero minutos después, a medida que el barco va enfilando hacia tierra y evidencia un paisaje de costa, los tonos adquieren consistencia, seguridad y volumen y desescaman expectantes, arrebolados, ilusionados, entusiasmados en mensaje unitario: “¡Venecia a la vista!” Aunque ya se sabía -lo había anunciado la organización del crucero-, el barco arribaría al puerto de Venecia algo después de mediodía.
   Abandoné la lectura y me levanté de la tumbona a mirar, como todos. Efectivamente, allá a lo lejos se divisaba la costa, una costa, el mar recortado por unas lomas bajas, sin más señas de identidad. ¿Qué importaba?, fragor de cámaras y móviles, clic, clic, clic, por babor, por estribor, por doquier, por inercia, por sinergia.
   Me tentó la reflexión: el personal está ávido de emociones, y tratándose de mitos, ya te digo. Pero no quedó en simple parpadeo del pensamiento, rara vez me limito a una nota a pie de página. El peligro de mis querencias. No sé si por absceso intelectual, entretenimiento o vicio, me dilato, diluyo o escarbo en el apunte sobrevenido. Se me ocurrió sondear entre prudente y humilde mi nivel mitómano. ¿Para qué me haría semejante pregunta? Y menos, a las puertas de la mismísima Venecia. Con resultante de desasosiego. Más o menos controlado, pero desasosiego al fin y al cabo. Unos minutos, bastantes, aunque quizás insuficientes. Déjate llevar, hombre, me sugería la voz facilona del polo simplón, los mitos son consustanciales a la naturaleza humana, por paradójico que parezca. No tanto, me aseguraba la voz del otro polo, los mitos atontan, merman, pervierten, prostituyen la realidad en fantasía, vulgares proxenetas.
   Antes he dicho minutos, pero, bien contado, creo que mi debate intrapolar se prolongó al menos durante media hora. Aproximadamente hasta que el barco superó el primer espigón del puerto, cuando reparé en que tanta cuita me enajenaba y, ¡rebuah!, obstruía el primer ritual de la mirada. Así que lo solventé con una componenda: de momento, digamos que soy relativamente mitómano; luego, pues según. Y pasé al paisaje.
   Aguas pausadas con el verdor puro del sol de mediodía, alguna que otra lancha motora luciendo palmito con cabriolas y estelas de espuma en torno al crucero, que, paso de elefante, va surcando mayestático una zona de balizas que le marcan el acceso al puerto, junto a dársenas sembradas de altas grúas portuarias y repletas de embarcaciones de recreo. Por aquí flirtean ya las primeras láminas de la ciudad mito: tejados ocres a dos aguas, cúpulas grisáceas de media esfera rematadas con pináculo y torres afiladas.
   Lo comprobaría a lo largo de las horas, el mismo juego de tonos por toda la ciudad, grises y ocres, más alguna que otra paleta de rosa y verde, pero siempre con cierta pátina de palidez. Efecto de la atmósfera marina, de la psicología arquitectónica, del marketing turístico o de la falta de presupuesto para restauradores y pintores de brocha gorda. O de algún otro motivo que escapa a este profano en trance de profanador.
   Por cierto, la primera sorpresa me llegaría poco antes de culminar esta marcha cadenciosa hacia el puerto: a pie de mar, una iglesia o basílica con aspecto de templo griego, con su tímpano triangular y todo. Aunque la sorpresa no residía en su portada, vistosa, elegante, sino en una estatua colosal erigida a su lado. Vista desde arriba, desde el barco, su cabeza alcanzaba justo hasta el entablamento que sostiene al tímpano. Pero reclamaba la atención, no sólo por sus dimensiones, sino por la imagen misma que representaba: un ser humano deforme, una mujer sentada sobre una peana cuadrangular, desnuda, color gris veneciano, cabeza rapada salvo una especie de flequillo recortado sobre la frente, mira hacia su derecha –el lado contrario a la iglesia-, con rostro inexpresivo, o quizás taciturno; sin brazos, aunque con restos de muñón en el derecho; los pechos son dos protuberancias paleolíticas y asexuadas que descansan sobre una barriga de embarazo; en esa posición sedente, piernas cortas, muy cortas, semiabiertas, con muslos excesivamente gordos hasta las rodillas, desde donde se moldean hacia los pies con abertura de pies planos. Desconcierto. Qué anunciaba aquello, qué pretendía provocar, ¿conmiseración?, ¿miseria?, ¿aviso para navegantes que se acercaban a contemplar los oropeles de esta ciudad legendaria? He estado después buscando imágenes de esta iglesia o basílica por internet, y las he encontrado, si, pero ni rastro de tan monumental y turbadora metáfora al lado. Acaso fuera el reclamo de alguna exposición temporal de escultura o pintura que hubiera por allí, en cuyo caso, no quiero ni pensar lo que se podría encontrar en ella.
   El barco quedó definitivamente instalado en la zona de cruceros del puerto hacia las dos de la tarde. El dispositivo de desembarque estaría listo para media hora después, anunciaron. Trajín de masas de cruceristas para tomar posiciones de salida, mientras una minoría relativista y hambrienta acudíamos al salón-bufet. Venecia podía esperar, pero los jugos gástricos no.
   Mientras despachaba un menú de ensaladas, planchas, salsas, melón y sandía, me planteé el futuro inmediato. Saqué el móvil, lo puse sobre la mesa, comprobé su estado. Operativo. Bien, tenía que decidir si me decía a llamar a Rosalía. No era fácil, a pesar de los mejores augurios. No en vano soy mucho de tamiz, de mucho tamiz. Y, claro, mi capacidad resolutiva no fluye y acelera hasta que no ha superado varias cribas.
   El problema no venía de origen. De hecho, en cuanto conocí la ruta del crucero, asocié Venecia a Rosalía y me apresuré a conseguir su número de teléfono. Me ilusionaba el reencuentro al cabo de los años. No, nada me inquietó entonces. La duda era reciente, venía barbullando desde un rato antes, cuando me sobrevino el dichoso debate sobre mis tendencias mitómanas, y por ahí se coló ese ligamento cruzado Venecia-Rosalía. Es decir, si Venecia se me presentaba como un mito a punto de deconstruir y, en consecuencia, de descatalogar, me maliciaba que con Rosalía ocurriría tres cuartos de lo mismo. Vale que me encanta desmitificar, pero Rosalía… Seguramente hay mitos de los que es mejor no despertar.
   Dilema fortuito y antipático atorado otra vez: ¿para qué me haría semejante pregunta? De nuevo los acosos bipolares tejían y destejían argumentos. Aunque, mientras tanto, mi mano inconsciente había cogido el móvil y buscaba entre el listado de contactos, como por entretenerse, como a la espera de conclusiones, y un dedo desmayado y traicionero, no sé cuál, pulsó el número de Rosalia, en plan de prueba, como si intentara zanjar el debate por la vía de la comprobación: a qué tanto discutir si al final resulta que no contesta o, lo que es peor, el número es falso o simplemente no existe.
   Señal de llamada -existe por lo menos-, décimas de segundos, todavía confiaba en que no descolgaran, un tono, dos, tres, dudaba ya de que lo hicieran, cuatro, cinco...
   - Sí, quién es, por favor.
   Esta voz… -pienso, otras cuantas décimas de segundo- medio raspada pero melosa… ¡Coño, pero en español!
   - Ejem -me apresuro, función fática, mantener el contacto-… ¿Rosalía Solano? No sé si… Verá…, acabo de llegar a Venecia en un crucero y…
   Me quedé pinchado más que nada porque me estaba reprochando mil veces, en décimas de segundos también, explicación tan pueril. Pero ella:
   - Pues claro que has acertado, chaval -su voz también se volvió cariñosa y casi eufórica-. Llevo dos días esperando tu llamada. Seguramente me dijeron mal la fecha.
   Ese tono, ese calor, esa disposición, me fortalecieron, sólo en décimas de segundo, más que suficiente para afrontar el mito con confianza y aplomo. La conversación se volvió enseguida fluida y corta, porque convenimos en el interés inicial, vernos aquella misma tarde. Me citó en una de las terrazas de la Plaza de San Marcos. Explicó un poco en cuál, pero la precisión no funcionaba, así que lo dejamos para unas dos horas después, tiempo calculado, por ella, de mi llegada a sitio tan emblemático, ¿y tan mítico?, para encontrarme con mujer tan singular ¿y tan mítica?
   Dejé el postre a medio terminar, me serví el clásico café aguado de la maquinita y salí disparado al rincón del fumador, nicotina para la ansiedad. Al cabo de los años nosecuántos estaba a dos horas de Rosalía.
   Rememoré así por encima, fumarse un cigarrillo no da para mucho. Los años de facultad, en que sólo la conocía de vista y de alguna que otra referencia. Ya por entonces Rosalía no era mujer que pasara inadvertida. Una belleza jovial, intelectual, llana, crítica, dispuesta, generosa, activa, comprometida y rubia de ojos azules. Coincidimos algunos años después, con la profesión ya a cuestas, por el sistema de un grupo de amigos conecta y tal con otro del mismo tipo, ella en uno, yo en otro. Entonces sí, intercambiamos impresiones, ideas, opiniones, etc. Del gran grupo pasamos al petit comité, y de ahí a la relación personal. Digamos que le caí bien, en los primeros compases por mi afición a la literatura y a escribir prosas. Acababa de divorciarse de un marido que escribía versos y parecía tentarle la posibilidad del cambio de género. Por ahí vendrían confidencias de pasado, presente y futuro y alguna que otra caricia, que justamente desbarató el futuro. Sus inquietudes la llevaron a la militancia política, y enseguida asumió liderazgos y responsabilidades, para los que se encontraba dotada, sin duda. Pero a mí, menos las inquietudes, me desbordaba todo lo demás. El resultado, tantos años de por medio. Hasta esta Venecia, donde ocupa no sé qué cargo en el Instituto Cervantes. Fin del cigarrillo evocador.
   Después, al camarote a por la mochila con el kit de acompañamiento y un figss-figss de colonia al paso. Con que coqueto, ¿eh? -me pregunté ante el espejo antes de salir-. Rehusé la respuesta, me daba pudor, y rubor.
   Tras superar apuros de desplazamientos, mapas y preguntas en modo turista despistado di con el vaporetto. El célebre y preciado vaporetto de todas las guías informativas y foros de internet. Ticket y acceso.
   Consigo hueco en la parte descubierta de popa, asiento de madera corrida encastrada al lateral, o sea, cuerpos adosados noventa por ciento turistas. A mi derecha, una pareja de latinos, moreno y bronce, mucho más adosados entre ellos. A mi izquierda, una, dos y tres asiáticas, de juventud imprecisa, sonrisa candorosa y cámara en ristre -ya sé que la descripción no es muy original, pero tampoco voy a tergiversar ni poetizar la realidad-. Quizás japonesas, pero, claro, tampoco andaba yo para análisis de oberturas en el rasgado de ojos, ni de acento de pómulos, etc.
   Así pues, vaporetto en marcha, me abstraje y concentré los sentidos resultantes en el Gran Canal. Como si fueras por una gran avenida, una magnífica avenida, ancha, espaciosa, diáfana, mágica pero con tráfico, de otras embarcaciones, claro, lo que la humanizaba. Esto me distrajo un poco al principio, los comentarios risueños, cantarinos y niponfascinados -tres delicias- de las presuntas japonesitas también. Pero sólo hasta el primer apeadero, que fue cuando me dije “esto es como el autobús urbano, con su recorrido, paradas, subida y bajada de viajeros y tal, pero por agua”.
   Bueno, cuando el vaporetto reanudó la marcha, todavía pergeñé una observación algo renuente: los laterales del Gran Canal estaban, a trechos, sembrados de empalizadas de embarcaderos abarrotados de barcas, barquillas, lanchas y demás vehículos de transporte o traslado acuático; o sea, el equivalente a los aparcamientos de cualquier avenida. Seguro que tienen zona azul y todo; aunque puede que algunos sean garajes comunitarios o algo así. Pero inmediatamente me pregunté: ¿no crees que te estás perdiendo un panorama de ensueño? Me respondí que sí. Y ya me hice caso del todo y me propuse empaparme del paisaje.
   Dispuesto a dejarme seducir, levanté la mirada por encima de los embarcaderos y embridé mi natural distante y descreído, esfuerzo casi innecesario porque al punto comenzó a tambalearse. Sobre todo tras pasar bajo un primer puente de construcción convencional. A medida que este vaporetto, tractoroso, trompicoso, avejentado y resignado, avanzaba cual mulo de carga, se prodigaban arquitecturas góticas y renacentistas y su orgullo milenario, impávido, mudo y bello.
   Prolongada y magnética secuencia bajo el asaeteo incesante de las encandiladas japonesitas que, parapetadas tras sus cámaras de última generación, no pierden detalle, detalles, pero quizás también perspectiva. Un puente de herrumbre, otro con barandas de cristal (impuesto, sin duda, por necesidades de la modernidad, pero que incordia bastante al entorno milenario), y el famoso puente de Rialto, de imposible majestad y sencillez. Entre sus tramos alternan fachadas en su mayoría de factura clásica rosáceas y grises, colores desvaídos y fuertes de abajo arriba, líneas rectas atravesadas por amplias balconadas, de señoríos o aburguesadas, salpicadas de banderas italianas o venecianas, en solitario o emparejadas o acompañadas de europeas, torres inconcretas en tonos terrosos y cúpulas averdinadas, y una espectacular balaustrada a pie de mar (“Museo di Storia Naturale. Bestiario Contemporaneo”).
   Mientras la marcha del vaporetto me lo permitió, fijé la atención en una fachada de particular reclamo fotográfico. Se me antojaba de renacimiento decadente o florido, no tanto por su balconada corrida como por los prudentes excesos de la arquería de sus ventanales. El acceso por mar está protegido por una carpa de púrpura decolorada, mientras que por encima de esta una especie de tapiz, también en púrpura pero caramelizada en este caso, anuncia “Casino di Venezia”. La fachada es apuesta, glamurosa, etc. de por sí; pero es este circunstancial tapiz o simple colgadura lo que excita el fragoroso cliqueo de toda la popa turística del vaporetto y, hasta donde la vista me alcanza, buena parte del lateral de babor y los más atentos de estribor. Y eso que aquí, a diferencia de lo que había contemplado en Mónaco, a la puerta (embarcadero) del casino no se exhibía una puñetera embarcación sobre la que descargar todas las maldiciones, juramentos y escatologías de la envidia.
   Fue entonces. Aquel monumento hermoso y malsano ya quedaba atrás y mi mente reclinaba la mirada por las orillas. Entonces lo advertí, la conjunción emocional que subyuga y subyugará a todo visitante de esta ciudad, sea en la forma de turista o crucerista (para el caso, apenas hay diferencia), de viajero empedernido o recalcitrante, de novios en viaje de tales o de improvisados tales en furtivo viaje de dimensión específica, de visitador aventurero o de circunstancial congresista de medicina desoxirribonucleica. La seducción no reside sólo en esos frontones y columnas que se suceden a lo largo del recorrido, ni en las gárgolas de rostros esculpidos con la boca abierta bajo los tejados, ni en las pequeñas esculturas, motivos mitológicos, que rematan los ángulos del triángulo de sus frontones, ni en la persistencia de unas fachadas con decoración y vanos de alma en equilibrio. No. Todo ello por sí mismo conformaría un conjunto digno de admiración, qué duda cabe; pero… era el agua, el mar lamiendo con verdina y moho los pies de sus cimientos, el mar, que no importuna sino alabea, que no invade sino acaricia y amorosea y ensalza y vivifica la prestancia de este relicario arquitectónico.
   Tamaño descubrimiento -vale que poco original, lo admito, pero…- anonadó y arrinconó mi capacidad expresiva. Imposible describir la sucesión de impresiones que fueron quedando en mi espíritu. Renuncio. Son los riesgos del arte pluridimensional, las sensaciones desbordan a las palabras, al menos en mi caso, que funciono a base de intuiciones y sensibilidades cuasicorruptas. Supera tú la expresión experta, sensual, sibarita, culta, documentada y apabullante de la persona que te ofrece su información y sensibilidades, con amable exigencia de instrucción básica, eso sí. Buf, me sentía noqueado, no acostumbro a percepciones tan seguidas y tan fuertes.
   Así que cuando bajé del ínclito y vulgar vaporetto, todavía bajo tales efectos narcóticos, lo hice sumándome a la inercia de la mayoría que lo abandonaba, y de las tres japonesitas, que también lo abandonaban.
   Hasta minutos después no me invadió una suerte de liberación, y la conciencia de que efectivamente había coincidido en el destino con todos los demás, San Marcos.
   Miré hacia los quince mil puntos cardinales del lugar y sólo acertaba a perderme en un ingente trajín de gente que hormigueaba en hileras descompuestas o aglomeradas, deshilvanadas o moleculares en múltiples destinos finitos o despistados, imprecisos o guiados, sorteados o arrutados, colectivos o wassappeados, multicolores y veraniegos todos.
   Iba a preguntar algo, no sabía exactamente qué -de verdad-, cuando justamente un wassapp multiplicado me salvó: “Media hora esperándote en la plaza de San Marcos”. “Terraza al lado del Campanile“. “La primera a la izquierda viniendo desde la catedral”. “¿Tardarás mucho?”
   Me apresuré a responder: “Acabo de bajar del vaporetto”. “Parada de Piazza de S.Marco”. “¿Crees que daré contigo en cinco o diez minutos?”
   Respuesta: “Sí”. “¿Te pido un café o una cerveza?”
   “Las dos cosas, guapa” –sentía que todos mis escáneres retomaban su habitual pleno funcionamiento.
   Y allá que fui al encuentro de mi segundo mito veneciano.

jueves, 29 de mayo de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (11)

…Y NOCHE DE GALA

   Resolví la cuestión del almuerzo por el sistema de servirme de aquellos expositores donde la aglomeración era más soportable, y de ocupar el hueco de una mesa sin preguntas ni porfavores. Me urgía escapar de aquel pandemónium de cruceristas a mogollón.
   Al poco me relajaba en una hamaca de la zona de piscina acotada en exclusiva para adultos. No, paraíso no, pero sí ocho o diez grados menos de gentío que en la otra. Al cobijo de una enorme marquesina a modo de cúpula, el filtro del sol expande un tono azulón y sedante que amortigua el chistorreo vocinglero procedente de la piscina misma, circunstancial tertulia puesta en remojo a la sacrosanta hora de la siesta -hay adultos tanto o más bulliciosos que los críos-. En fin, recliné un vistazo a las propuestas del today para la tarde y esperé a que llegara el sopor, y llegó. Esos momentos magmáticos en el límite de dormitar y dormir, galbana y nirvana, confiarse a la fluidez plácida de la indefinición, distensión de músculos y cerebelo. Tiempo neutro que se va evaporando, hasta que una mano ajena, cálida y festiva, inicia en mis mejillas la caricia de un circuito que, cuello abajo, pecho, abdomen, culmina en la meta -polisemia de sustantivo y forma verbal de difícil precisión en tal estado de somnolencia.
   No necesité abrir los ojos. Sólo exhalar:
   - Por favor, Cristina.
   Por toda respuesta, percibí que ella, alcanzada la meta -sustantivo-, aspiraba a la recompensa -forma verbal-. Pero, como no estábamos ni en lugar ni en situación de pódium, abrí los ojos y la sonrisa, consulté el reloj y –estimulado por esta bipolaridad expresiva que me redime- arrastré un tono entre prometedor y lujurioso y confiado y cáustico y reservón y de medias palabras para que se entiendan completas:
   - De momento, la hora feliz en Passport Bar, Cubierta 3, cócteles dos por uno. ¿Tienes margen?
   Lo tenía. A estas alturas, ni ella me daba explicaciones de cómo hacia novillos a su marido -lo de novillos es poco decir, claro-, ni yo se las pedía. Dos cócteles durante una hora tan feliz que un matrimonio cándido y curiosón, de la mesa de al lado, nos preguntó si éramos recién casados. Les respondí yo, muy serio y entusiasmado:
   - Sí. Es mi cuarto matrimonio; el de ella, el segundo. Números pares. De pareja, ¿eh? -se me escapó una risita.
   Pusieron cara de asombro con tendencia a la incredulidad. Volvieron a sus cosas. Minutos después nos fuimos enlazados por la cintura, los reyes del mambo, hasta los ascensores. Cada cual subió al suyo.
   Su destino lo desconozco. El mío, merendar. Me había dado hambre de pronto, en el ascensor, indeciso aún, de pronto hambre. En el salón-buffet, qué diferencia con lo de antes, tan sólo vagaban por él composturas en chanclas de suave retorno. Mi descubrimiento, el sushí, esos bocados que unos aciertan con palillos y otros como yo con tenedor, o con índice y pulgar, como yo también. Me gustó y me sacié. Rematé de nuevo con un café solo con mucha agua. Y un cigarrillo sereno en el rincón del fumador, mientras consultaba mi inseparable today.
   “Exhibición de diamantes marrones LeVian. Boutique C, Cubierta 5”. No encontré mejor alternativa a esa hora. En el paraninfo de los diamantes una patrulla de chicos-barra-chicas uniformados-arroba-uniformadas te reciben con amabilidades de marketing y te introducen en las petulancias y perfidias de los diamantes en cuestión y te acompañan por los expositores y apabullan tu inopia y simpleza, y si compras dejarás atrás tu vulgar estatus sociológico y deslumbrarás a tus familiares y amigos. Y es tal la pequeñez que siento y me acompleja, que aprovecho para escabullirme el momento en que mi cohorte publicitaria desvía sus milhojas y ojos hacia el capitán, que llegaba en su versión jefe de relaciones públicas con un grupo de cruceristas vips.
   Volví al centro neurálgico del barco, la piscina común, para entretener tiempos vacíos. Acalora el ambiente un dj junto con una chica que acompaña sus músicas a base de baqueta y timbal. Desde el rincón del fumador las ideas pretenden escapar hacia el lejano oleaje que imanta la puesta de sol. Allá en la línea del horizonte donde mora la melancolía, huída hacia adelante con los bagajes de antes. Al vaivén de este mar que mece el presente efímero. La tendencia al arqueo, siempre punzante, para dirimir futuros. El presente puede esperar, carece de poesía, de sentimientos sublimes; si acaso, disfruta con glorias pasadas. Pero nunca ha tenido futuro en la poesía. Cuando alcanza ese futuro se vuelve presente y entonces al hilo del instinto recurre al pasado para ennoblecerse, para reivindicarse. Freno. ¿Galimatías? Posiblemente, o sin duda. O sí. Sí. Déjate de esferas naranjas sumiéndose en la majestad tenue del océano mientras te enredas en parábolas. Vente al presente, un crucero no es un barco surcando el mar, cruzando el mar, de un sitio para otro durante varios días (trece días, doce noches en este caso), no. Es un barco, eso sí, donde, por tiempo y trayecto fijados, las vidas de muchas personas o de algunas o de dos coinciden y se cruzan (cru-ce-ro, so torpe). Conclusión: lo tuyo con Cristina es típico cruce de crucero. En el fondo eres un sentimental, te enamoras de todas porque crees que todas están enamoradas de ti. Fenomenal la confesión, ves, no era tan complicado: ¿de qué vas?, de crucero; ¿y ella?, lo mismo. Carpe diem, etc., etc. Ah, y cuando el barco atraque en Venecia llama a Rosa, aquella compañera de primeros augurios, un reencuentro de góndola, comprobarás si aquel pasado con promesas de futuro vuelve a quedarse en presente, cuestión de conjugar a tiempo los tiempos.
   Por lo pronto, se acerca el tiempo de la noche de gala. Futuro inmediato. Voy al camarote, visto el traje tan caro al tacto de Cristina y acudo a la cena.
   A la entrada del comedor me ofrecen una copa de espumoso para aliviar la espera. Hay cola, una cola de galas de boda. Primer presente que afronto, de unos veinte minutos de duración. Suficiente para despabilar mi contumaz propensión analítico-deconstructiva. Ingleses cortados por el mismo smoking; aunque alguno se desmarca con camisa negra y pajarita negra -¡glamour, cuántas horteradas se cometen en tu nombre!-. Dudo si incluir en este grupo a un escocés con smoking de cintura para arriba y falda plisada a cuadros, de gala por supuesto, para abajo, calcetines blancos y demás. Y los americanos mimetizados con los ingleses; los del norte, quiero decir. Los del sur vestían parecido, pero estos participan desde el otro lado, desde el personal de servicio. La homogeneidad no alcanza al resto: franceses de traje normal y pajarita, algún que otro italiano ataviado estilo ópera, y mayor diversidad aún entre los españoles, unos con chaqueta veraniega y corbata, otros con el traje de los domingos, otros con el del viernes santo y otros con el que estrenaron en la última boda a la fueron invitados (mi caso). En cuanto a las mujeres, pasarela diversísima, desde la minifalda tubular con lentejuelas, hasta los máximos largos y anchos o ceñidos, pasando por escotes apocados, gallardos, insolentes o coléricos.
   Cuando al fin me llegó el turno, decliné preferencias de hablantes para compartir mesa. Me alojaron en una para seis comensales; aunque, por el momento, sólo ocupada por un señor que rondaría los setenta, francés, de rasgos genuinamente argelinos. Entabló conversación enseguida -lo digo en singular porque apenas me dejó hueco-. En un español algo seseante, que si las bondades de este crucero de lujo -y recalcaba lo de lujo-, que si tenía razones bien fundadas por otros cruceros disfrutados, que si era ejecutivo de una multinacional de chapas o algo así. Por este charloteo andábamos cuando se incorporaron a la mesa, casi simultáneamente, un matrimonio inglés de en torno a los cuarenta y una pareja joven de un pueblo de La Mancha que no recuerdo -allá por principios del XVII hubo quien no quiso recordarlo; pero yo, aunque quisiera-. Momento en que el francés, que era trilingüe, o más, me dejó en la reserva y se dedicó a los ingleses. En vista de lo cual, dediqué mis cortesías a los manchegos, escasas, porque venían en arrobos y acaramelamientos. Y porque el francés se había enfrascado pronto con los ingleses en guerras napoleónicas y me traducía para reclamar mi connivencia con sus presupuestos histórico-políticos -cuestión de política y alianzas internacionales, inferí-. Y el inglés, que dudaba, con razón, de lo que me transmitía el francés, se encaraba conmigo con expresión arrebatada, que no entendía, ya que mis conocimientos de su idioma sólo alcanzaban el nivel de comprensión slowly. Así que yo, en plan diplomático, me debatía entre una sonrisa al francés y un slowly, please al inglés. Hasta que, tomado el postre -muy rico por cierto, dos bolas de helado, nata y fresa-, me liberé pretextando prisas por asistir al espectáculo del teatro.
   En realidad, lo del teatro sólo me interesaba por si alguna novedad justificaba el marchamo de noche de gala. Porque la cena en nada había variado de lo habitual. Y sí, alguna diferencia advertí. Como que a la entrada del teatro se encontraba el capitán fotografiándose con cuanto crucerista quisiera -el fotógrafo era empleado de la empresa, entiéndase la disposición crematística-. Y dentro, que el showman desplegaba adjetivos sin fin hacia las señas de este hito del crucero, la noche de gala, y aprovechaba para recordar que después habría fiesta discotequera -como casi todas las noches, por otra parte- en la piscina central, si bien, hoy con actuaciones del ballet de plantilla y concursos de baile en los que participarían miembros de la tripulación emparejados con cruceristas voluntarios (en realidad, preseleccionados por los ojeadores de la empresa, según supe después). Por lo demás, el espectáculo del teatro como tal, tipo musical con alguna variante respecto del de hace tres noches. “De modo que -deduje- lo de la gala se refería únicamente a la forma de vestir para cenar, ¿o para fotografiarse con el capitán?
   Me dirigí a la piscina-discoteca, presumía acudir al encuentro de mi particular noche de gala, de una metáfora a otra, misma expresión para contenido tan diferente. Derechito a la cubierta de arriba, al bar de fumadores. Un gintónic y un velador desde el que dominaba, cual espectador en platea central, el espectro de cruceristas en fervor, ritmos de bafles megavatios. Salsa, mucha salsa, para todas las edades. Los jóvenes en su salsa, los mayores chapoteando en la salsa de los jóvenes, quien intentando emular el onduleo de los bailarines profesionales, quien pidiéndoles compartir una foto. “Fiesta interactiva” la había calificado el showman.
   Al poco tiempo la música se interrumpió y una voz de barítono de discoteca anunciaba el primer concurso “de reggaetoooon”. Enseguida supe que Cristina no tardaría en llegar a mi lado. No hay que ser un lince. Había saltado a la pista para concursar una de las parejas con que visité Mónaco. Seguí la dirección de donde habían salido y desde allí los animaban un grupo a palma batiente, entre ellos el marido de Cristina, pero ella no estaba. Pleno, no habrían pasado dos minutos de cronómetro.
   - Hola. Sabía donde encontrarte -me dijo con el mismo convencimiento con que yo había previsto su llegada.
   Vestía una especie de túnica romana en tono beige, vaporosa, un hombro desnudo. El izquierdo. No, el derecho. Bueno, no sé, para el tiempo que la lució mientras estuvo conmigo. Sigo. Llegaba hasta los tobillos; de ahí para abajo, unas sandalias plateadas de tacón vertiginoso.
   Fue a la barra, pidió un cóctel de ron con zumo de frambuesas, piña y rodaja de naranja. Lo sé porque me lo dijo ella, tan listo no soy.
   Se sentó a mi lado, muy a mi lado. Sus ojos, mis ojos, el cruce, un diálogo de endogamia lujuriosa bilateral. Es que en estos lances la vena culta no la controlo. Claro que ella, parece que tampoco. Porque bebía tan sensual de la pajita, como quien degusta preámbulos, que, señalando a su copa, va y me dice:
   - Esto es sólo para empezar.
   - ¿Qué, el cóctel?
   - No, la pajita.
   Por poco le espurreo el trago de gintonic en su vestido de patricia romana. Pero ella:
   - Como me lo manches, antes me lo quito. No voy a ir por el barco con lamparones en el vestido.
   Respondí al reto mordiendo levemente en el hombro desnudo. Luego permanecimos en esa mística y mixtura de los anhelos previos donde se rumía el tiempo y el escenario de la pasión. Bebíamos, fumábamos, miradas recíprocas, a veces también reflexivas, y algunas como distraídas hacia el jaleo de allí abajo.
   Hasta que el arpa cedió el testigo al clarín. Me levanté, pagué, volví a ella y propuse subir hasta el extremo de proa en la cubierta más alta.
   Enlazados en caricias hasta el ángulo de la baranda central donde el beso apremia e inflama el alma de los sentidos. Un reflejo de suspiros, pausa hacia el entorno, mirada en derredor pero sin desprender el abrazo. Hamacas apiladas en montones simétricos, durmientes hasta el alba, para ocupar de nuevo la cubierta y transformarla en solárium. Tres, cuatro parejas de sombras ensimismadas y huidizas, al conjuro de la oscuridad, desperdigadas por babor y estribor. Y el instante vuelve, la noche, el arrullo de la soledad, manos lúbricas, la proa hendiendo un haz de olas plateadas, lunárium.
   En pleno delirio Cristina atempera sus besos, dulcifica sus manos en mis hombros, los suaviza hacia atrás, y me aventuro a interpretar en do sostenido:
   - Ahora sí que comienza la auténtica noche de gala.
   - Todavía no. Espera -voz de ensalmo.
   Cedo espacio virulento. Engarza mis ojos en los suyos, encorva el cuerpo, baja las manos hasta el borde del vestido y suben por el interior hasta la cintura, sin recrearse, sin detenerse, no es gesto sensual sino apresurado, aunque inútil para velar destellos de luna en sus muslos, fugaces, porque enseguida sus manos se deslizan hacia abajo y liberan el tanga, un tanga ¿nacarado? (¿debo añadir minúsculo?, ¿aportaría más información?). Exhibe la prenda un momento, cual laurel otorgado, un momento. Y acto seguido, sus manos en mi corbata, deshace el nudo con destreza de segundos, tira suavemente de una punta y va enhebrando con ella el tanga, termina, abre los brazos y me muestra el resultado, una franja tosca de seda y algodón. Mis párpados, enardecidos, preguntan. Hay respuesta, claro que la hay, se vuelve al vértice de la baranda con su talismán y lo ata, ata, ata -nudo marinero, claro-. Inmediatamente un beso, resplandor, me toma de la mano e inicia un paso de cisne:
   - Ahí quedan. Vamos ya a tu camarote. No olvides que soy como Cenicienta versión promiscua.
   Reaccioné con trance pasión. Pero en el atropello de la premura aún me permití un reojo a la metáfora, el vínculo sexual que dejábamos allí para alguna posteridad. Flash de la memoria, el famoso puente de los candados de amor. Comparé con la iniciativa de Cristina. ¿No sería precursora de un ramal hiperrealista? Imaginé cruceros y cruceros con sus barandas de proa atestadas de ataduras semejantes, símbolos de… Me faltó concretar, habíamos llegado al camarote.
   Al final, terminé el día como lo había empezado, desnudo en la terraza del camarote. Sólo que…, pues eso.