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miércoles, 2 de septiembre de 2015

EL PANEGIRISTA (2)

   Del pálpito a la realidad. Ni en los mejores sueños. Por Pascuas don Zoílo reapareció por el taller. En principio parecía visita de cortesía, pero me puse en lo peor: otra vez me va a tangar, pensé. Desde luego, no me sorprendió; raro que los curas se conformen con llamar dos veces como el cartero. Pero esta tercera tomó rumbo diferente enseguida. Este hombre de Dios, pero hombre al fin y al cabo -reconocía con tanta humildad como impostura- y aquejado de cierta mala conciencia, querría compensarme, enjugar mis resquemores. Nada menos que con una de esas hermandades de romería primaveral. Aquí hay pasta, me aseguraba, ni libracos ni cursilerías. Te pones vibrante cuando la iglesia dé el campanazo de salida, y billetes, nada más que billetes, si acaso también alguna medallita para cubrir apariencias y acallar remordimientos. Si no te fías de mí, pregúntale a tu padre, no te digo más.
   Tenía la sensación de que me hablaba un trilero en vez de un cura. Pero consulté a mi padre, me pidió que aceptara y acepté.
   No me resultó tan engorroso: enaltecimiento de cómo los peregrinos enjaezan sus almas tan ricamente como sus caballos, carretas, atuendos de la tradición, aperos gastronómicos y vináticos, símil bien horneado y profusamente ornado con selecto florilegio del cancionero popular y apócrifo, todo en una línea altibajosonante con intervalos enfáticos, sibilantes o cavernosos. Delirio final, vítores, olés y tromba orquestada de palmas rocieras.
   Omito por pudor el estipendio -el término es del cura- recibido: lo que no me daban en tres meses mis trabajos de ebanistería, y encima la mitad en negro. También cayó la medallita predicha, también, trofeo que guardo prudentemente en un cajón del despacho del taller.
   La siguiente ocasión llegaría un par de meses después. Estaban organizando un homenaje a don Roque con motivo de su jubilación, mi maestro y el más querido del barrio durante años. Me propusieron intervenir, pero no como uno más de la lista de admiradores y agradecidos exdiscípulos o solícitos poderes fácticos del barrio como AMPAS, Asociación de Vecinos, comerciantes, etc., además del omnipresente cura del Diezmo (¡qué habilidad la de este hombre!, ¡siempre haciéndose hueco!). No. Me pidieron glosar la figura de don Roque como colofón estelar y lapidario del homenaje. Aunque, eso sí, me lo dejaron claro desde el principio, aquí no había prevista gratificación ni regalo conmemorativo, sólo la plusvalía emocional que generara.
   A mí, don Roque… Creo que tuve mejores maestros, pero como era tan cariñoso y buena gente… Consulté a mi padre, me pidió que aceptara y acepté.
   Me puse a desempolvar palabras y expresiones del recuerdo, petrolearlas y lubricarlas para dar el máximo lustre a homenaje tan entrañable para el vecindario.
   Pues conseguí una cerrada ovación, estruendosa, multiplicativa y con lagrimillas deslizándose inevitables desde la flor de las pestañas, más el compungido y febril abrazo de don Roque.
   Tres panegíricos, tres éxitos que se fueron expandiendo por el barrio mediante las vías habituales, la predigital del boca a boca y la que incluye el genérico denominado redes sociales.
   Poco tardaría la oferta que me tiene paralizado el hilo de la travesía, crítica, en el tris de la indecisión.
   Tras el verano, se cumpliría el centenario de la fundación del barrio, y la Asociación de Vecinos aspiraba a festejarlo por todo lo alto. El presidente de la Asociación se interesó personalmente por mi intervención: para solemnizar el acto central de tan magna conmemoración, nada mejor que un inflamado discurso. Quién como tú, argumentó en plan irrefutable. Aderezó además la oferta con lisonjas de rango, asistirían autoridades y representaciones sociales, laborales y religiosas de primer nivel. ¿Religiosas? El cura otra vez, me temí, mientras él desgranaba una lista prolija y farragosa que finalizaba con la Mejorana. Ahí recuperé la consciencia. ¿La Mejorana?, pregunté.
   Ipso facto, el presidente estrechó el cerco, había dado con el señuelo para mi consentimiento. La Mejorana era hija y nieta del barrio. Aunque el apodo le venía de algún ascendiente más lejano. Según los mentideros, este antepasado acostumbraba a aprobar actitudes, comportamientos o comentarios con el adjetivo `mejor´. De modo tan reiterativo que con el tiempo la cháchara popular determinó identificarlo por el Mejorano. El término prosperó y se convirtió en legado genealógico. Hasta recaer actualmente en Eduvigis Ruiz Manosalvas.
   La chica, siguió el presidente, cuando jovencilla se resistía al mote, tanto que repartió más de un sopapo entre sus compañeros de instituto. Lo que conllevó el lógico efecto contraproducente: la irremediable expansión del uso de tal alias. Ella, como en el fondo no lo percibía esencialmente ominoso, se rendiría pronto a la evidencia, máxime cuando tampoco le seducía de modo especial el nombre de pila que le habían endosado -omitió quién había perpetrado tal denominación a la recién nacida-. Así, terminó por preferir Mejorana a Eduvigis. Sin complejos, con clase y frescura, hasta sus actuales treinta y pocos años.
   Como la anécdota no conseguía distender mi entrecejo interrogativo, el presidente amplió su argumentación. La magnitud del evento reclamaba cuidar todos los detalles. Entre otros, el barrio merecía que lo honraran con su presencia sus prohombres y promujeres -así se expresó el tío-. Eduvigis la Mejorana proporcionaría empaque y glamour. Vivía en Madrid, haría unos diez o doce años, a donde marchó a lomos de una suculenta beca para estudiar Económicas. Y no volvió al barrio. Cuando terminó la carrera paseó expediente académico por algunas empresas del ramo, sin fortuna. Pero no se amilanó. Intuitiva y valiente donde las haya, decidió una suerte de reciclaje y, con algún dinerillo prestado por su padre o no se sabe quién, abrió un gabinete de estética por La Gran Vía. Tuvo suerte. Al poco abrió otro en el barrio de Salamanca. Luego en La Moraleja y recientemente en Toledo capital. Está montada, pero no ha renegado de sus orígenes -aseguraba el presidente al borde de la veneración-. Viene con frecuencia a pasar unos días con sus padres y, lo más importante, se ha puesto el nombre del barrio por montera y en su firma comercial.
   Pensé que ya había terminado, pero no. Tomaba aire para añadir un registro más. De entrada, Eduvigita, además de listísima, era una preciosidad -aquí le afloraron unos ojillos tiernos de viejo libidinoso-. Inició una descripción de melenaza, ojazos,... con aumentativos que interrumpió abrupta y prudentemente cuando ya salivaba retrato abajo, para retroceder a la sonrisa graciosa y esmeralda de esta mujer, por ahí se entretuvo mientras rebuscaba alguna justificación a su traicionero subconsciente. Resultado tragicómico, farfulleo de sugerencias: mi ardiente prosapia versus las incógnitas curvas de la Mejorana.
   Corrigió el asomo de patinazo flagelándose con un olvido de categoría bien distinta. Un pequeño detalle de gran importancia. La Asociación premiaría mi discurso con un sustancioso emolumento, por supuesto, por supuesto, faltaría más. Además de los fondos propios contaba con una magra subvención del Ayuntamiento para el evento -el evento, término estrella, recurrente, sobado, de la última década-. Alguna ínfula de concomitancias ideológicas se le escapó. Luego añadió una cifra de cuatro dígitos (sin comas) y dio por concluida la exposición. Epílogo de aliento expectante, que relajó levemente en la despedida, cuando le prometí una pronta respuesta. Supuse que la interpretaba como la mejor disposición.
   Consulté a mi padre, mi padre consultó a su vez. Desconozco a quién o quiénes, aunque lo intuyo. Luego me pidió que aceptara y acepté.
   Aun con todo el verano por delante, el tiempo me venía más que ajustado. Porque, bien que siempre yo había vivido en el barrio, bien que la carpintería me tenía incardinado en él, bien que la mayoría de mis clientes procedía de este entorno y por tanto conocía buena parte de su idiosincrasia, bien que mis amistades, relaciones sociales, tertulias y tal radicaban en el perímetro del barrio principalmente desde que abandoné mis timideces y complejos adyacentes, bien que todo eso me proporcionaba abundante información de la que servirme. Pero en realidad, a mí, el barrio como tal, su dinámica existencial, sus traumas y verbeneos apenas me habían empollado un sentimiento de integración en la tribu, ni esta falla me había causado una mísera resaca. Así pues, me importunaban dos hándicaps de envergadura: historia del barrio, de sus fortunas y adversidades, y creérmelo, o sea, interiorizar su presente sociológico.
   Para lo primero, consideré imprescindible dotarme de amplia documentación, oral y escrita. Para la escrita acudí a los archivos provinciales y locales, municipales y religiosos, al google y a la wikipedia (curiosamente estos dos últimos me proporcionaron casi más información que los otros). Y para la oral me aventuré por un rosario de visitas programadas o espontáneas a los más viejos del lugar, con resultado desigual, claro: mudas, particulares o expansivas.
   En cuanto a subsanar mi otra carencia, asumirme como espécimen vivo del barrio, agucé la observación del presente y el análisis retrospectivo, intentando en lo posible superar el hervidero cáustico que me socarroneaba a cada reflexión.
   Arduo esfuerzo de responsabilidad cuya prueba de fuego no habría que fijarla en ese instante inicial donde el orador afronta un auditorio repleto en la carpa que ocupa casi la totalidad de la plaza del barrio. No. Tampoco me intimidaba esa primera fila con todo el señero muestrario de autoridades y representaciones, rostros circunspectos, poses en expositor. No. Ni el alcalde con su lustrada vara de mando, ni el presidente de la asociación de vecinos acicalado de tal, ni el obispo vestido de ceremonia civil, ni el consejero de asuntos sociales con su afectación de autoridad supralocal, ni el rector de la universidad, ni los decanos de sus facultades, ni el presidente de la asociación de cofradías, ni el presidente de la confederación de asociaciones de vecinos, ni el presidente de la cámara de comercio, ni la directora de los museos municipales, ni la directora del archivo municipal, ni la directora de un instituto del barrio, ni el director del otro instituto del barrio, ni los directores de los cinco colegios del barrio, ni los tres directores de las tres sucursales bancarias del barrio, ni el presidente de la asociación de comerciantes del barrio, ni los presidentes o directores de obras sociales o fundaciones sin ánimo de lucro, ni los directores de periódicos y radios provinciales, ni los secretarios provinciales de los sindicatos, ni el cura del Diezmo, de riguroso paisano, que a saber por qué se había colado en esa primera fila (aunque ahora ya sí lo sé), ni el ramillete de prohombres y promujeres del barrio. No, ni en conjunto ni parcelados.
   Tan sólo la Mejorana, que ocupaba plaza entre un catedrático de derecho penal, uno de los prohombres de marras, y el cura del Diezmo. La imagen iridiscente de Eduvigis la Mejorana era lo que verdaderamente me desequilibraba. Sus ojos almendrados, mejillas de albaricoque, labios de falso botox, cabellos de cobre fundido, cuello de caoba láctea, y de ahí para abajo un sinuar de alabeos que cautivan hasta el filo de la minifalda ínfima y arrebatan hasta el sometimiento de la hipófisis, mi mirada prendida en travelín descendente y ascendente. “Venus de la gubia”, concedí a mis ensoñaciones (la salsa que se gasta la imaginación).
   Decenas de focos fueron oscureciendo hasta el silencio opaco, a la vez que fosforeaban las candilejas que nimbaban mi estrado hasta condensar un luminar cálido y solícito.
   Mi mirada se dirigió hacia la panorámica oscura y silente, pero alguna venilla de mi nervio óptico no perdía de vista (valga la redundancia) las piernas de la Mejorana oscilando una sobre la otra. La imaginaba desnudándose para mí y… puaff… ensayaba en mi interior una anticadencia tonal que sería envidia de cualquier aprendiz de diputado. Todas las membranas del sistema sensorial, todas, más esa libidinosa venilla del nervio óptico me alertaron: he aquí el momento crucial, la fecha D, el momento H, la travesía del Rubicón, el cruce del cabo de Hornos, el asalto a los cuarteles de invierno, el fatídico o esperanzado minuto noventa.
   Sí, sí, ¡hurra!, lo conseguí, o mejor, lo superé. El panegírico del barrio, desde su mítica fundación hasta el galáctico futuro, pasando por su prosopopéyico presente, resultó un vibrante barrido épico-alegórico. Donde la Mejorana era su inspiración trascedente, inteligencia, audacia y belleza. Párrafo a párrafo, al rítmico vaivén pendular y alternativo de sus piernas cruzadas, ahora la derecha, ahora la izquierda, y así.
   Claro que me encasquillé, un par de veces, cuando mis ojos en un desliz, en dos, ávidos de complicidad, subieron a su sonrisa y la encontraron sugestiva, zalamera, abracadabra, qué sé yo. Me encasquillé, ya digo: segundos de voz en blanco, que resolvió ella misma. Válganme los anillos de Júpiter. En cuanto reparó en mi trastabilleo y sus causas y sus consecuencias, rompió a aplaudir, ella sola primero, pero arrancó enseguida las del cura del Diezmo (le faltó tiempo a este, aun con soslayo perplejo hacia el súbito ardor de su vecina), a continuación la del catedrático de derecho penal (aun con cara de recién despertado) y, cual onda expansiva, la de toda la primera fila, que rompió hacia atrás en oleadas a lo largo y ancho del auditorio encarpado. Lo mismo en los dos derrapes.
   Pero al final, colofón de ensueño, un público arrebatado, eléctrico, palmas arriba, y más y más y otra vez, y abrazos de felicitaciones comedidos o desmedidos por doquier y viva la madre que te parió, y el beso de la Mejorana esquinado en la comisura con subrepticio susurro al oído: “Esto se puede mejorar”. Ambigua alusión que me ha perseguido hasta hoy. No conseguía descifrar si se refería al discurso, a su inesperado y dulce beso o a algún qué sé yo qué.
   Luego hubo música a pulmón, bailes y cóctel acotado para el colectivo de la primera fila, más el abigarrado ejercito de sus subalternos de la segunda y tercera (ya se sabe, concejales, cabildo, delegados provinciales, señoras de la variada gama de presidentes y otras denominaciones y tal). Para el resto del vecindario, el común de los mortales, una larga barra de feria con precios populares.
   En el cóctel, entre los asistentes de segundo nivel se encontraba el novio de la Mejorana. Antes de conocerlo ya sabía de él: un chico alto y esbelto. Así me lo habían descrito almas envidioso-caritativas, con esa redundancia adjetiva y baúl de correpasillos de alcachofa y colorín. Luego, me lo presentaría el presidente de la asociación de vecinos en los minutos previos al acto. O mejor dicho, el presidente me presentó a la Mejorana y seguidamente ella, con un reojo de advertencia, le indicó que hiciera lo propio con su novio, Javier. Mi impresión discrepó del cotilleo recibido, me pareció algo contrahecho y mudito, semblante, gesto y saludo por cortesía de manual. Tampoco concordaba su actitud hacia la Mejorana con sospecheos en torno a esta relación sentimental, apenas se separaron en toda la fiesta, que se prolongó hasta las inevitables y clásicas altas horas.
   Larga madrugada en la que escasamente intercambié con mi musa, fortuita, desconcertante y magnética, algún que otro comentario banal, o medio banal, cuando casualmente coincidíamos con otros de por medio (digo yo que coincidíamos). Pero sí percibí que su mirada me perseguía, como si no cejara hasta engarzar la mía, para transmitirme uno de esos mensajes sólo reservados a pupilas cautivadoras o cautivadas. O acaso yo rastreaba fascinado el incierto deambular de sus ojos hasta que se posaban en mí. Encuentros de instantes infinitos que repetidamente cuarteaba la aparición en foco del cura del Diezmo. Ese tío, cuantas veces se acercaba a la Mejorana aprovechaba el batir de bafles para salmodiarle a la oreja alguna gracieta, seguro, porque ella siempre respondía con sonrisas de negativa picarona, o así me lo parecía. Mientras el novio distraía miradas hacia fuera. Aunque enseguida la Mejorana volvía a buscar la mía. Y yo me preguntaba, me preguntaba, me preguntaba, a la vez que intentaba corresponder a cuantos se me acercaban con elogios a mi discurso.
   Sólo conseguí, o conseguimos, un aparte en toda la noche. De improviso, cinco minutos quizás, pero brujos, interlatentes, pericircuitados. Para sus palabras de silogismo poliédrico:
   -Tú, con tres carreras, una especialidad artesana tan envidiable como escasa, y esa labia impagable, ¿qué haces aquí en el barrio?, ¿vegetar ya?, vente a Madrid. Y además, ¡con lo guapo que eres!
   Alargaba la mano hacia mi cara rubor-vorágine como para ratificar su admiración, cuando…, ¡reporfavor!, el cura del Diezmo abortó el sortilegio. Con su solemnidad magnánima y sus brazos de abrazar hombros: menuda fiesta, qué hacéis los dos tan solos, hay que compartir con los vecinos, vamos a tomar un cubata. Momento en el que se incorporó el novio, que no sé de dónde había salido, con esa sonrisa de archivo que no había cambiado en toda la noche. Y allá que fuimos a la barra en cuádruple sonriseo. Orientados por la dirección previsora del cura caímos justo al lado del presidente de la asociación de vecinos, que departía jacarandoso y medioetílico por allí, al que le faltó tiempo para invitarnos a los cubatas previstos. En cuanto nos vio llegar, me endilgó el enésimo abrazo, qué bien lo has hecho, joder. E inmediatamente se volvió a la Mejorana para reclamarle su ratificación: te habrás dado cuenta, eh, te lo dije, este tío es de cojones, vale un potosí. Y la Mejorana asentía con esa sonrisa plurivariable y estanca que Dios le ha dado, de matrícula para el presidente, coyuntural para el novio, multifunción para el cura y de barniz cómplice para mí.
   La situación me desbordaba. Tres tipos, o cuatro si me incluyo, cada uno al dictado de su particular parasíntesis en torno a la Mejorana. Y ella, sorbito a sorbito, entibiar vapores. Me la comía. Me despedí en un pronto, iba a excusarme con madrugar por trabajos pendientes y comprometidos en plazo, pero apenas los otros tres replicaron. Ni la Mejorana. Aunque me obsequió con una recompensa inesperada: ya me alejaba unos metros de ellos, cuando me llamó, se acercó, me ofrendó otro beso junto a la comisura de los labios y el susurro de su garganta satinada:
   -No lo olvides, vente a Madrid, es mejor.
   Debe de ser que ante riesgos de bloqueo me crezco, porque esa noche dormí profundamente, desde el segundo instante, en que confié a la almohada la resolución del conflicto erótico-sentimental-profesional que me embargaba.

martes, 19 de mayo de 2015

EL POETA ATRIBULADO

   Como cada mañana, el poeta ha emergido de las sábanas albas al alba, pero hoy un tanto lacerado. Desde días atrás, viene padeciendo un cierto calvario atrabiliario que le lastima los paladares. Siente lábil su inspiración. Pero no le coartan los ritos, no, nunca. Los ritos son la savia del sabio, antídoto contra la pesadumbre. Desayuno americano, aunque avive el fragor de sus desconsuelos. Y luego, los consuelos y abluciones en el fiel y hospitalario cubil de los aseos.
   Calzoncillos de nailon, calcetines de nailon y diez minutos ante el armario de par en par, para decidirse finalmente, en la liturgia de sus afanes, por pantalones vaqueros y camisa de cuadros con poemas y poemas a sus espaldas. Zapatos negros de charol, extravagancia para los mortales, pero imponderable tributo al rito.
   Abandona el hogar, la mochila de piel lánguida sobre el hombro izquierdo, con el cuaderno, el bolígrafo de su lira y otros accesorios irrelevantes, como el dni, el monedero y tal.
   El sol ya clarea tenue por las aceras. Y el poeta retoma el cotidiano itinerario de su estro. La mirada vigilosa y cálida, aunque pálida y remisa por el pesar adventicio. Andares calmos y espigados, con un ligero balanceo de hombros como esquivando vientos adversos.
   Llegado al parquecillo de sus albores, toma asiento pausado en el resignado banco de hierro que diariamente acoge sus recias espaldas y enjutas posaderas. Enfrente, sobre la fronda primaveral de las acacias, un pajarillo indefinido y eréctil indaga, nervio en el pico, los puntos cardinales de la mañana. Es el comienzo, un tintineo íntimo enciende la pupila del poeta, que espabila dúctil. Los sentidos evocan el frescor cálido de un lejano amanecer con jilguerillos melodiando abrazos obscenos bajo el enramado de las madreselvas de un jardín acotado al común de los mortales por arrogantes verjas de cheques en hierro fundido. Y el recuerdo vivaquea vívido y bífido hasta que irrumpe una nueva punzada del desabrido alfiler de su turbación.
   El poeta retira la mirada, abre la mochila, coge el cuaderno y el bolígrafo de su lira y anota a pesar del pesar adventicio.
   Bajo de plaquetas hipnóticas, se levanta y abandona el remanso entre compungido, indeciso y cónico. Condensa el entrecejo, otea destinos donde enjugar las tribulaciones que el pesar adventicio le embarga los últimos días, la última vigilia, las primeras horas de este día opaco. Aun cariherido, un numen tironea hacia la senda bucólica. Aviva el andar, como si lo aguardara el oasis catártico. Sobrepasa el limes de la ciudad, zigzaguea por veredas ascendentes de musgo lozano y meloso, sortea pedregales cetrinos, hasta la sombra de un nogal, su nogal, el nogal de su último laurel. A su sombra se sienta. Peregrino de la musa, alivio de la adversidad. Eco de efemérides, juegos florales, el poema premiado, aplausos y diploma sin par. En lontananza, colmena de hormigones y rayajos de alquitrán moteados de manchurrones móviles, la civilización. Promisor y nocivo espejismo de contrastes, deshilachado por efecto de una conspiración pulposa y contrasensorial.
   El poeta retira la mirada, abre la mochila, coge el cuaderno y el bolígrafo de su lira y anota a pesar del pesar adventicio.
   El ánimo cuarteado, atiende, sin embargo, al caracoleo de una intuición y cede. Se yergue, un barrido de perspectiva hacia las brumas de la ciudad, y decisión, vacilante pero con destino preciso y tentador. Retoma el sendero de vuelta, cuerpo ligero, pisadas firmes, recias. Vadea por los aledaños de la urbe vanidosa, regalada de diseños y arquitecturas, hasta el lugar escueto y agreste donde acude en sus días aciagos, el extremo brusco y enigmático de la muralla romana. Vestigios milenarios decrépitos, desahuciados, en las afueras de las pesquisas arqueológicas, de las urnas conserveras de metacrilato y de los folletos turísticos. Se acoda como en otras ocasiones sobre el último escalón de los despojos, las manos sujetando las mandíbulas de sus desafueros, los párpados entornados hacia la civilización de allá y la congoja de acá. Rumía enlaces quiméricos con su Ovidio de cabecera, pero lo siente distante, mudo.
   El poeta retira la mirada, abre la mochila, coge el cuaderno y el bolígrafo de su lira y anota a pesar del pesar adventicio.
   La evidencia, el desasosiego le socava el venero de su poesía. Traviesos duendecillos sugieren probar cobijo más propicio al soplo del plectro. Renuente, la esperanza dispersa, encamina la búsqueda hacia los pilares de la ciudad. Los pasos avanzan entre un rumor de titubeos, cual reflejo de la emoción que lo conturba. Al poco un pensamiento lo detiene, activa la mirada hacia algún señuelo de la memoria. Traza una diagonal con los ojos avizor y por ella desvía el rumbo. Transita por calles y alguna avenida sin ponderar bullicios o silencios, más pendiente de sus anhelos heridos por el pesar adventicio, que no solo no cesa sino que parece incrementar su odiosa punzada. Hasta alcanzar el pretil de su dilecto y mítico puente. Catalizador de su primera y más reputada oda, A las olas del alma. Metáforas, sinestesias, anástrofes, hipotiposis…, aurífera mixtura de figuras retóricas ahormadas en metro vibrante. Apoyado ahora el cuerpo sobre la misma piedra, la mente en el recuerdo, pugna un vaho estancado y seco.
   El poeta retira la mirada, abre la mochila, coge el cuaderno y el bolígrafo de su lira y anota a pesar del pesar adventicio.
   Pero no desfallece. Un delirio piloso replica ante la ingratitud. El ánimo desbocado arracima razones y levanta la compuerta del nervio urbano. Premuras arcanas lo impelen. Bullen las furias. Minutos alados lo transportan al bulevar, allí donde todo ocio, comercio e impostura tienen su asiento. Y se sienta, en una terraza-cafetería para desocupados, comisionistas, provincianos y contemplativos. Una cerveza, confía en que le amortigüe el pesar adventicio, o al menos que paralice su avance dañino. Espera desesperante. Dique atascado, imágenes bruñidas que el dolor enquistado troca en inanes. Ni las musas, ni los hados, ni lares ni penates reverberan en su auxilio. Sólo un cosmos de perplejidad, que lo sume en dilemas y vagos hedonismos.
   El poeta retira la mirada, abre la mochila, coge el cuaderno y el bolígrafo de su lira y anota a pesar del pesar adventicio.
   Alanceado, decadente, metamorfoseado, desnutrido, o algo así o a la vez, marcha con andares derrengados hacia el hogar. Llega y se refugia desolado en su caro reducto, allí donde transcribe su pasión lírica a versos infusos y certeros. Sus retinas alean por las estanterías donde reposan los libros de su semilla, Jorge, Garcilaso, Francisco, Luis, Rosalía, Gustavo Adolfo, Antonio, Federico, Miguel, Dámaso, Pere, Leopoldo María, Luis Antonio… De la visión escapa una súplica de clemencia, la cerviz reclina bochornos ante los vates de su ingenio, y un rubor creciente aflora por sus mejillas, donde irradia persistente el origen de su mal.
   El poeta retira la mirada, abre la mochila, coge el cuaderno y el bolígrafo de su lira y anota por enésima vez a pesar del pesar adventicio:
   ¡Puta caries!