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miércoles, 30 de abril de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (10)

DÍA DE NAVEGACIÓN Y…


   Repiquetea la alarma del móvil: azulea el alba por el horizonte. Espabilo los ojos y apresuro el cuerpo y los sentidos hacia el balcón del camarote, sin conciencia de pudor, desnudo. De pie, ante la inmensidad de un oleaje esmeralda y rumboso, estiro los miembros, músculos y articulaciones en escorzo sensual. Y tengo que reprimir un ululeo a lo tarzán. Distensión, me siento en la butaca, absorto en esa media naranja alimonada que allá en la lejanía imprecisa emerge mayestática del mar cual numen enigmático. El mundo es un murmullo inútil y la existencia un manjar, el deleite, una inmensa cúpula de silencios provisores, amorosos, sutiles, tornasolados, vivificantes, melancólicos, afables, mansos, fragantes, voluptuosos, gentiles, sinfónicos, cuasiselváticos, periparadisíacos, ambiladinos, esternocleidobarbitúricos… Hasta que unos nudillos discretos llaman a la puerta del camarote y de la vida. Todavía un momento, retener la sensación, pero los nudillos se vuelven insolentes. Me levanto, desperezo el cuerpo y la realidad, ¡pero, coño, si estoy desnudo! Y me pongo en lo peor, o en lo mejor, ¿Cristina ya tan temprano? ¿Y si no es ella? Por si acaso, el albornoz. Abro. Good morning, señor, su desayuno continental. Una bandeja repleta en las diestras manos atezadas del camarero de planta. No me acordaba, lo encargué anoche. Where… poner? En la terraza, por favor. Agradecimiento, “buen gusto” (que aproveche, pretende decir), good-bye y tal. Me instalo ante el desayuno intentando retomar el ejercicio espiritual que antes me embargaba, incluso me despojo del albornoz. Pero ya no es lo mismo, los ojos no consiguen levantar el vuelo por encima de los huevos revueltos y compañía. En verdad, el hambre no mata al espíritu, pero lo condiciona tanto. Así que, entre bocado y bocado, programo un día sin salir del barco. Folleto informativo de la empresa, “Today”, ocio, entretenimientos, tiendas de a bordo, instalaciones, propuestas, sugerencias y todo eso. Después al cuarto de baño, habitual escatología completa y aseo completo. Indumentaria playera, mochililla con el kit de supervivencia (gafas de sol, tabaco, papel, boli y la entrañable seapass) y urgente visita de vasallaje al rincón del fumador.
   Lógico, tan temprano (las 8,30) sólo encuentro una pareja de edad y educación tan imprecisas como la nacionalidad. Porque les he dado los buenos días, el good morning, el bonjour, el buon giorno, el guten tag, y hasta he arriesgado un kalemera, y nada, han permanecido con la misma cara de tabique al sol. Desisto, estarán en su hora de meditación (un crucero propicia estos estados de abundancia reflexiva). O acaso sostienen un cabreo afilado y mudo. O, sin más cavilaciones, son pareja de sordomudos, por qué no. Basta. Reparto la distracción entre el mar, que ya refleja perlitas de sol, la piscina, calma, solitaria y azul, y unos seres extraños, pocos, que a estas horas hacen footing por la cubierta de arriba.
   A punto de apagar el cigarrillo, aparece Cristina, como si aguardara mi presencia agazapada en donde sea. Sola, camiseta de tirantes marinada y blanca minifalda maxicorta, andares decididos, ondulosos, blandiendo un cigarrillo y una sonrisa perversa y lasciva (ya sé que la calificación es clásica, pero es que así al pronto no acerté con otra). Se detuvo a dos centímetros de mí, o a uno. Medida que llevo calculada desde hace tiempo, según la cercanía que percibo del aliento ajeno. Algún mecanismo hay en mí que cuando…, salta el limitador. Por ejemplo, hay gente que tienen un subconsciente inconsciente de aproximación, te hablen de lo que te hablen, y tú (por lo menos yo) procuras retirarte, porque oyes bien y además escuchas, y tampoco es necesario que alguna salivilla interfiera. Pero el hábito, erre que erre. Y muchas veces no son confidencias inextricables, sino simples frasecillas intrascendentes, pongamos por caso, el pantagruélico tapeo de anoche en un bar fuera de circuito.
   Perdón, me he perdido. Sí, Cristina, el centímetro. Duró un instante (el centímetro). Miró en derredor ese instante, como para asegurarse de que la pareja de esfinges sentadas que fumaban al lado no se inmutarían. Ajustó sus pupilas a las mías, el brazo derecho a mi cuello, el izquierdo a mi cintura, sus labios entreabiertos a los míos entredispuestos. Y un torbellino de lenguas. Pulsión, pasión. Mis brazos abrazaron también sin dilación, pero sin orden, con el instinto todavía un poco desprevenido, hasta que el orgullo tocó a rebato y les dio por tomar la iniciativa, y una mano fogosa (creo que la derecha) fue a su culo y presionó hacia sí, quiero decir, hacia mí, y se cebó y se cebó, mientras que la otra prodigaba caricias de fervor y hervor -lo sagrado y lo profano-, y por arriba las bocas ensalivaban al unísono la ceremonia de la confusión. Hasta que en un interludio anheloso ella preguntó anhelante si la iba a violar allí. Y saqué pecho expresivo sin relajar la presión: pordiós, soy un caballero, no sin tu consentimiento, te violaré aquí o donde prefieras. Pausa de vértigo. Miradas tormentosas hacia el entorno sin desenredar el abrazo o lo que fuera aquella filigrana de cuerpos en trance. Los inciertos de al lado, los del footing de arriba y algún que otro mañanero de tumbonas que ya tomaba posiciones junto a la piscina y distraía reojos a nuestro espectáculo. Desconcierto y ansias. En mi camarote, apremió Cristina, audaz y salaz (no sé si por este orden), mi marido seguro que está todavía atiborrándose en el buffet. La decisión, más que morbosa, como para dispersarse en análisis de pros, contras, etc. Ascensor, botón a Cubierta 9. Entre un barullo que subía o bajaba, Cristina y yo con manos entrelazadas de testosterona y premuras, pensé: espectacular que en un crucero un marido te parta la boca. Estas cosas, ya se sabe, si no las cuentas, nunca existieron, ni para ti que las viviste. Casi corríamos por el pasillo sin soltarnos de la mano. Cuando llegamos, topamos con que estaban aseando la habitación. Vamos al mío, propuse, y tiré de su mano sin esperar respuesta. Ascensor otra vez, el barullo también, parecían los mismos de antes que seguían en el ascensor. Cubierta 11. Nueva urgencia por el pasillo. A tres metros del camarote, frenazo. En la puerta hacia guardia el carrito de la limpieza. Llegamos a paso ralentizado. Efectivamente, la puerta abierta y dentro dos empleados en sus quehaceres. Frustración, desaliento y bajada de niveles erótico-pélvicos. Todavía en un postrer intento de revival, les pregunté si terminarían pronto. Acababan de empezar. Sonrisitas y todo lo que quieras, pero acaban de empezar. Y esta gente son concienzudos, eh. Desandamos el pasillo con la libido por la moqueta. Precoito interrupto. Cristina se había quedado sin margen. Tenía que volver al encuentro del marido-buffet (qué lástima, así lo calificó). Sin remedio, nos despedimos, eso sí, con un beso que juramentaba venganza. Un día de navegación da para mucho, incluso para todo.
   Volví al rincón del fumador. Un cigarrillo. ¿Y ahora qué? Momentos de indecisión hasta que recuerdo haber echado en la mochililla el “today” de hoy (valga la redundancia bilingüe). Es mi natural caótico y previsor -previsor por caótico-. Cuando dependo de mí mismo, no queda otra, me impongo una mínima programación como flagelo. Así y todo, con frecuencia abandono la disciplina a las primeras de cambio; aunque no hacia la inactividad, sino hacia el sinfín de alternativas que tientan mi voracidad poliédrica. Claro, a veces con resultado de fenómenos adversos, una parálisis insoportable.
   Así pues, leo. Primero con interés panorámico. Y una deducción inicial: este día de navegación consiste básicamente (ea, ya se me escapó el `básicamente´, ¿cómo escapar de la rabiosa moda léxico-gramatical?) en sucumbir a los reclamos ocio-comerciales del barco. En alta mar no hay escapatoria.
   Un aviso luce con letras de relumbrón (colibrí, 24) al comienzo y al final del today: noche de gala. Noche de gala, me repito, transformando la metáfora primera (la lexicalizada del folleto) en una segunda de voltaje libidinoso. Cristina y yo exudando lujuria por los poros y las sombras disolutas de la transgresión, expuestos sólo al rumor mudo de un oleaje cómplice,… noche de gala. Escanciaremos la madrugada de la piel…
   Irrumpe un grupo de fumadores y mi poema de verso libre y libertino se desvanece. Y vuelvo al folleto. Y decido consentir con la primera propuesta, visitar tiendas.
   El ineflable today reza: “Evento de venta”. ¿Aliteración de corte literario? Pero, claro, luego añaden: “10 dólares”, continuación prosaica del anuncio que lo deja a nivel de mercadillo.
   Consiento, pero en plan observador ligeramente ecuánime. Cubierta 4. Efectivamente, una hilera de tenderetes y percheros, camisetas, sudaderas, chándales, gorras, ropa interior, cada prenda con el logotipo del crucero estratégicamente bordado o pegado o incrustado. Y cruceristas de consumo desaforado de recuerdos, mirando, sopesando, eligiendo por sí mismos o calibrando según los comentarios y las compras de otros. Un chaval se prueba una gorra y pregunta qué tal para llevarla al instituto; el padre, un chándal para el gimnasio; y ya puestos, la madre elige entre risitas un tanga donde el logotipo figura ahí. El hijo descalifica, anda, mamá, déjate de, dónde vas con eso. De pronto, sentí curiosidad malsana, quizás procaz, por conocer la decisión última. Como me encontraba al lado, fingí interés en un rebujo cercano de braguitas, mientras aventuraba una mirada furtiva inciso-erótica hacia la señora, que, a pesar de mi simulación, me la sorprendió. Y una vez descubierto, qué importaba, lo afronté. Y, vaya, ella también. Un fugaz intercambio mudo de mensajes: te quedará excitante (uno), verdad que sí (otra). Como luego advirtió que el marido bizqueaba con pupilas agudas, no necesitó más, sacó del bolso la seapass con decisión impúdica. De lo que no se enteró fue del comentario que me hice a renglón seguido: si Cristina se me desnuda con eso puesto, la mando con el logotipo a otra parte, ¡qué cosa más friki!
   Después, a sugerencia del today subí a la Cubierta 5: “En la Boutique C descubra los hermosos huevos de Fabergé”. Lo reconozco, me llevó allí mi adicción al ecosistema sexual, amén de las carencias que arrastro en cultura suntuaria o suntuosa de clase. Aunque, en realidad, cada vez que patino en algo de esto siempre lo achaco a la mentalidad pequeñoburguesa de los demás, una justificación que aún desconozco de qué me salva. Es mi recurso. En resumidas cuentas, llegué a la tal Boutique C con el ánimo cartilaginoso de evaluar los huevos de un famoso de nombre Fabergé expuestos a la consideración (tamaño, dimensión, turgencia, hinchazón, carga hacia la izquierda o a la derecha) de los visitantes, como quien va al circo a verificar la autenticidad de la mujer barbuda. Bueno, también pensé que podría tratarse de una estatua, de un desnudo de algún adonis de la época clásica (como navegábamos por el Mediterráneo). Pues no. Un cartel en la entrada ya me situaba en sospecha de error: “…colección de San Petesburgo disponibles hoy a bordo de nuestro barco”. Entré. Vitrinas, adosadas o exentas, luces cálidas en su interior alumbrando huevos de oro en posición Colón con incrustaciones de brillantes. Huevos fulgentes, fúlgidos, henchidos, esotéricos, humillantes, achatados o estilizados, embarazados o aflautados, enhiestos todos, a media docena por vitrina. El crucerismo visitante, escaso, se dividía entre el de pose selecta, entendido y visa oro, y el de rostro fascinado a secas. El mío era simplemente analítico, en lo económico siempre he transitado por sueños rampantes.
   Me retiré pronto. Aquello tampoco ofrecía mucha savia para mi áspid crítico, huevos aderezados para luminaria de mueble auxiliar en saloncitos y paisanaje acariciando o acallando las vibraciones de la seapass en el bolsillo. Si acaso, la comparativa que un señor, en pulido castellano, gafas de presbicia colgando de cordoncillo, polo de marca que marca y de ahí para abajo por el estilo, la comparativa, digo, que doctoraba entre el huevo derecho de una vitrina y el izquierdo de la siguiente. Allí, situado en el centro del medio metro que mediaba entre una y otra, cuello para un lado, cuello para el otro, los ojos de avezado espeleólogo, la comparativa, digo, entre las potencias auríferas de uno y otro en función de los haces de luz y destellos según el ángulo con que lo enfoca la iluminación intravitrinal -así lo llamó, eh-, entre la carga reflectante de los brillantes de los huevos, de cada uno, proporcional al número de estas piedrecitas, comparativa, digo, entre la huella dejada por los orfebres de cada uno de sus huevos, comparativa, digo, de todos tales extremos entre los precios que un huevo y otro exhibían de forma vergonzante en sus correspondientes peanas, comparativa, digo, con que enardecía a su pareja, esposa, compañera o amante, o tres en la misma, que exasperada hasta los ovarios, con perdón, le urgía a que decidiera la compra de uno de los dos, cualquiera la haría feliz, aunque bien podría prescindir de la dichosa comparativa, si tanto lo confundía, y mejor los dos, ¿no?
   Justo ahí me retiré. Prefería dejar el final abierto, lo contrario me daba repelús.
   Me dirigí al salón-buffet para el tentempié de media mañana. Al pronto me sorprendió el gentío que trasegaba por él. Parecía el almuerzo en hora punta. Ah, no lo recordaba, día de navegación, no hay salidas de excursiones. Embarcado el pasaje al completo, comer supone un divertimento más para el crucerismo, además de una amortización del capital invertido, el servicio de comedor permanente va incluido en el contrato. Un bandejeo lentorro y curiosón, gama de edades y atuendos, pastorea o se arracima o tristrarea o piscolabea, y escoge o repone o amontona o equilibrea, a pasos cortos o detenidos o desganados o atentos o caderados, y avizora la mesa libre y se lanza a ella cual tierra prometida. Me agobia tanto hervidero para intuir o descubrir gustos y sabores. Me proveo de algo de bollería y un café solo con mucha agua -argucias de la máquina expendedora- una frugalidad con la simple pretensión de aplacar jugos gástricos. Encuentro hueco en una mesa donde dos señoras y un señor de edades provectas, mucho más provectas que la mía, atiborran los carrillos de algo con carne, creo. Engullen casi por turnos, dando la tregua mínima para comentar algo, en alemán. Por lo cual, me considero exento de departir. Termino, ensayo una sonrisa de cortesía a modo de despedida, me pertrecho de un nuevo café solo con mucha agua y salgo hacia el rincón del fumador, al fin, para respirar aire puro. Aunque allí vuelvo a notar los efectos de todos sin salir del barco. Contamos más cruceristas fumadores de lo que parece. El acceso a un cenicero me costó lo mío.
   Después nueva consulta al today y elección: “El arte del vidrio soplado”, Cubierta 15. Allá que fui. Sesiones de una media hora de duración, acceso libre e intermitente; es decir, que podías incorporarte en mitad de la sesión, por ejemplo, y continuar en la siguiente, o abandonar cuando te parezca. Como esas proyecciones que presencias en algunos museos o en centros comerciales, pues así. En este caso, esperé a una nueva sesión. Lo de in media res sólo me gusta en las novelas (y no en todas); pero, para lo demás, prefiero el comienzo natural. Y además, había reconocido a Cristina entre los asistentes de la sesión en curso. A Cristina, a su marido y al resto de sus asiduos. Prudencia, prudencia, me recomendaba algún duendecillo moralista.
   Fin de la sesión. La mayoría se levanta, la salida es por el lado contrario. Mientras, vamos entrando los que esperábamos y ocupamos los asientos vacíos, unas banquetas corridas frente a una especie de habitación abierta con dos hornos industriales al fondo y otros tantos bancos de trabajo delante, unas cajas grandotas y soportes de los que cuelga instrumental de hierro de varios tamaños y diseños. Un chico y una chica provistos de delantal y manoplas para altas temperaturas reinician la enésima sesión: trozo de cristal macizo en punta de lanza entra en un horno, al cabo sale incandescente, otro artilugio le insufla aire, baño de agua, manipulación, recorte con tijeras especiales hasta adquirir forma extravagante, paso al otro horno, nueva rojez. Mientras, otra chica va explicando el proceso a la audiencia. Y dos manos llegan desde mis espaldas y me tapan los ojos, y una voz me musita al oído: derretirse, yo no necesito tantos grados como el vidrio. Incombustible, inconfundible. Tomo las manos sobrevenidas con las mías sin volverme, y las guío a mis labios. Doy todo el calor a los besos. Y su voz, melosa junto al lóbulo de mi oreja: al salir he mirado para atrás y te he visto, les he dicho que, como habíamos llegado tarde, quería ver el comienzo, con mi amiga y cómplice. Enfrente, el vidrio hierve. Pocos minutos después me vuelvo hacia Cristina. Me estampa un beso desatado y urgente en el límite de la audacia, e inmediatamente se levanta, coge de la mano a su amiga y se van, con las clásicas risillas y miradas traviesas. Me quedo sin iniciativa y con el vidrio soplado, como el entendimiento. Pero, así y todo, aguanto hasta el final de la sesión.
   Luego paseo sin rumbo entre cubiertas. El tránsito de cruceristas por pasarelas, pasillos y ascensores es constante, casi agotador. Si te sientas y permaneces en el mismo lugar, pongamos, media hora, pueden pasar por allí unas doscientas personas, de las cuales, veinticinco por lo menos son las mismas (ida, vuelta, reída y revuelta), en los más diversos atuendos y con distintos utensilios, aunque principalmente son vasos, copas, copones y botellas. Añádase un incesante trajín de camareros y personal auxiliar de las piscinas (toalleros, limpiadores, reponedores de algo, etc.) con una estampa representativa de todas las razas.
   Sin embargo, el casino a estas horas, soledad verde de tapetes en reposo, alterada por algún que otro entrechocar metálico que llega del pasillo de las máquinas tragaperras. Me asomo al paso, dos o tres personas de edades frustradas, rostro trabado en el titilar cantarino de la fortuna y dedos picoteando botones. Sigo hacia una exposición de cuadros en venta, que vadeo desdeñoso, indiferente, no sé. Miro la fecha de uno, 2007, y me alejo preguntándome cuántos cruceros llevarán estos cuadros a sus espaldas.
   Una cerveza en la Cubierta 14, por encima de la piscina. Barra de bar con terraza extensión del rincón del fumador. Aquí también se permite. Sentado en un taburete de la barra entretengo la distancia en las largas filas de tumbonas atestadas de cruceristas, cadencias de cuerpos en piel, gama de tonos, escala de dedicación, leen o charlan de una tumbona a otra o extasian los párpados cerrados a los rayos solares, y por pasillos, idas y venidas desparramadas. En la segunda cerveza llega Cristina. Viene sola en su biquini y con esa sonrisa confidencial que se gasta. Y se explica:
   - Lo sabía. Bueno, suponía que estabas aquí. Le he dicho que venía a tomarme una cerveza con un cigarro. Como él no fuma. Te voy a invitar.
   Se acoda en la barra, ondulación de caderas mientras sus ojos observan el culebreo de mis miradas y la caricia de mis silencios. Confirmado el efecto, pide dos cervezas al camarero y vuelve a mí, se acerca, sobrepasa el perímetro de seguridad, centímetro a centímetro, a la vez que bisbisea:
   - Vengo del aquaspá. Aromaterapia de algas. La publicidad del today tiene razón, en parte. Dice que te calienta el espíritu interior, y es verdad, pero el es-pí-ri-tu exterior, por lo menos a mí… ¿Quieres comprobarlo?
   No esperó respuesta. Me tomó una mano para dar fe y la acercó al espíritu de su epidermis. La mano, la mía, que en un principio accedía pasiva, o medio medio, al calor del calor de la aromaterapia que percibía, poco a poco fue liberándose de escrúpulos medioambientales y adoptando un rol activo, cada vez más activo y desinhibido, hasta la tijeretada del camarero con las dos cervezas.
   “Bamboleo, bambolea…”, cantaba abajo en la cubierta de la piscina un latincountry por cuenta ajena.
   Nada es comparable y quizás todo mensurable, pero aventurarse en las circunstancias de cada cual y cadas cuales, establecer parámetros, coordenadas, isobaras, cuasiconjunciones o por ahí, una quimera, otra más. Nos empeñamos en que, del sol abajo -y arriba- , la humanidad discurre por cauces de la misma partícula de dios, número limitado de arquetipos y meandros fruto del big-bang. Y sin embargo, cómo atreverse a integrar en tan fascinante dimensión el universo emocional de dos personas -un hombre y una mujer en este caso (sálvese el orden de prelación)- que comparten la bebida de una cerveza, cada uno la suya por supuesto. Habrá que releer a Epicuro.
   Después Cristina acudió a sus rutinas y yo a almorzar.

domingo, 9 de marzo de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (9)

POMPEYA Y NÁPOLES, UN PACK DISPAR


   Esta excursión sí la encargué a aquella comercial dicharachera de la agencia de viajes. En realidad, sólo me interesaba Nápoles, pero integraba un pack indivisible con Pompeya. No me quedó otra que contratar el lote. La alternativa, aventurarme en Nápoles por mi cuenta y riesgo, se me antojaba eso, un riesgo. Lo mío no es andarme con menosprecios de informaciones inquietantes. Mito o realidad, a saber; pero para sorpresas, bastantes me deparaba ya Cristina y su erotomanía.
   No, no, ella y su grupo habían contratado con otra compañía. Pintaba, pues, un día de turista reposado, cultural y célibe.
   El barco atracó a las mismas puertas del salón de Nápoles. El casco histórico de la ciudad, a pie de crucero. Peculiaridad que apenas aprecias a la llegada. Porque, tras pasar los controles de rigor -aunque aquí lo de rigor se agota en la pura expresión- la chica-guía aguarda con rostro de premura al grupo, signa en su lista tu presencia y te traslada a golpe de megáfono al autobús con la advertencia tradicional: “hay mucho que ver en poco tiempo”. Qué emoción, me digo, con lo que me fastidian estas velocidades.
   Pues sí, al poco bajamos del autobús a las puertas mismas de Pompeya, en una explanada de dimensiones tales para la recepción de masas y masas de turistas. Bares y restaurantes por doquier. Unos minutos de resuello y enseguida reparto de auriculares. Los recibí casi por deferencia con la guía. En general soy poco receptivo al relato de estas personas, y menos tratándose de restos arqueológicos. Las explicaciones sobre plano nunca me han convencido. De modo similar a cuando en la inmobiliaria te indican: aquí, en este cuadrante, la cocina, la encimera aquí, el frigorífico allí… se lo puede imaginar, va a quedar preciosa. No respondo, pero no, no me lo imagino. Pues con la arqueología me pasa lo mismo: mucha piedra, mucha piedra, mucha historia de la piedra, que si en torno a ella, que si sobre ella, que si por ella, pero a mí sólo me llega la piedra aquí y ahora.
   Aunque, como tampoco suelo empecinarme en el rechazo, adopté el papel de turista furibundo, me embutí la gorrilla antisol y, cámara en ristre, me integré en el pelotón encabezado por el paraguas rojo de la guía.
   Para estos casos, la cámara es mi asidero, mi escudo, mi drenaje de adrenalina. Seré muy raro, vale, pero cuando verdaderamente me atrae una fachada, una catedral, un cuadro, ni se me ocurre usar la cámara, me subyuga su degustación serena, analítica, sensual, epicúrea, parasintética, fiduciaria, transgresora, erizada, incapaz o insolente. Pero de cámara, nada. Para imágenes ya tenemos Internet maxisupersaturada. De profesionales, de aficionados, de hedonistas y hasta de onanistas (culturalmente hablando, se entiende).
   Quede claro, pues, para mí la cámara sólo sirve como paracetamol y descongestivo.
   De efecto inmediato. He aquí los restos de la antigua muralla, un aglomerado de ceniza y cal, clic. Esta calle, como las demás, de firme con grandes piedras calvas, para carruajes de gran tonelaje, clic. Recinto semicircular acotado por murallas asimétricamente derruidas y columnas que sólo sujetan nada, más un graderío decrépito, conjunto homologado como teatro, clic. Al lado otro supuesto teatro; de mayor aforo, eso sí, y ligeramente mejor conservado y en parte restaurado, clic, clic. “Los antepasados de las actuales salas multicines”, pienso. Seguimos. El objetivo de la cámara sibaritea -será el calor- y dispara a una piedra que le sale al paso en forma de bicho raro y amazacotado, ideal como soporte de macetero urbano. Sin descanso, se revuelve y apunta hacia la umbría de un arco apuntado acosado por una maleza salvaje y verdosa, útil para cobijo y reposo de turistas necesitados de tregua. Luego se toma un respiro, hasta que harto de callejear por ásperos empedrados, siempre en pos del paraguas rojo, se fija en un ¿mastín? Negrísimo, que observa desganado el deambular de tanto turista sudoroso y apandillado. Alguno se permite bromear o cariñear con él, pero el perro ladra. Efectivamente es real y actual. Aunque parece renuente a abandonar su papel de figurante, clic. A su lado, casa reconstruida, con restos de la época aunque respetando su naturaleza originaria –siempre la misma apostilla-. Una casa de ricos. Primero, el jardín interior (es un decir, césped malcriado y algunos matojos irregularmente distribuidos, para simular que aquello apenas se ha retocado, supongo), enmarcado en pasaje de columnata con techos de madera y tejado a dos aguas, clic, clic. Luego, un habitáculo con pinturas rojizas saturadas de humedad, indescifrables, por mucho que la guía se empeñe en explicarlas, clic. Otro, ¿el salón?, con más pinturas de rubor desvaído, arriba una bovedilla con bajorrelieves decorativos, y abajo urna de cristal con un cuerpo humano tumbado medio en escorzo, carbonizado por la famosa lava vesubiana de la catástrofe, pero conservado al quedar enterrado en roca volcánica. Así lo asegura la guía, aunque a mí… la cámara le dispara escéptica y sigue. Salimos y volvemos a recorrer calles y más calles de liso pedregal a prueba de carruajes de aquel entonces. La derruida Pompeya, industriosa y cosmopolita, soportaba un tráfico rodado intenso, corrobora la chica del paraguas rojo. Nos detiene ante los restos de otra casa: un par de muros laterales y otro central con hornacinas de dimensiones diversas -la casa de un pobre, supongo, lo del fondo debía de ser la cocina-, clic. Aquí no hay urnas con muertos (claro, de los pobres, ya se sabe, ni rastro). Las había un poco más allá, parecía una casa museo: una especie de galería con la macabra exposición de estos muertos, todos tumbados pero con distinto lenguaje gestual, tal y como los pilló la lava -aclara la guía-, clic, clic, clic. Y no muy lejos, en una especie de almacén, un amplio y abigarrado muestrario de vasijas de distintos tamaños, enteras, cuarteadas, descabezadas o reconstruidas pieza a pieza, más pequeños amasijos de trozos sueltos a la espera del manitas y el presupuesto para la recomposición, clic, clic. ¡Qué interesante todo!, me digo, ¡y qué bello!
   El recorrido culminaría en el prostíbulo. Me refiero al de la Pompeya de cuando el Vesubio era un volcán trémulo, y antes de que este terretemblara. Según la guía, es importante, porque se conservan en él algunos frescos (no cabe añadir lo de “y frescas”, se refería al tipo de pinturas).
   Al llegar, topamos con una aglomeración bullanguera de comentarios alusivos entre risitas o risotadas. Grupos y grupos de la más variada nacionalidad que confluían al calor de la cultura sexual pompeyana. Nada de curioseo, eh, el móvil es la cultura.
   Por fin, nuestro turno. Pues sí, cabía presumir que aquellos dos habitáculos contiguos, más bien estrechos, hubieran albergado en su día, o sea, en su siglo, una casa de lenocinio. Tal sugerían los motivos pictóricos que exhibían sus paredes, impúdicamente. Pinturas rojizas, como todas las de antes, pero más subiditas de tono en el color, en nitidez y en postureo, desnudez y apareamientos explícitos. Mutatis mutandis, nada que envidiar al porno actual (cuestión de imaginación).
   Fin de la visita guiada a la ciudad en ruinas, y tiempo libre hasta la hora de regreso a la ciudad viva, anuncia la guía. Aunque, señala una dirección con el paraguas y recomienda rendir pleitesía a no sé quién -no pillé si hablaba de dios o emperador- y al foro.
   Allá que fui; por inercia, creo. O a lo mejor con ánimo de purificar el desdén cultural que me había embargado todo el recorrido. Llegué a un solar de palacio o templo -… como no había prestado atención-, la cámara parece que se animó un poco y disparó varios clic: gruesos muros pardos descascarillados, tullidos, pero ennoblecidos por columnas hieráticas e inmunes. Y luego al foro: una explanada agostada, incierta, silente y melancólica, enmarcada a trechos por columnas atezadas y esbeltas, clic, clic, que, desde su pátina de orgullo y nostalgia, clic, clic, contemplan absortas a tanto mirón deshidratado, tanta dialéctica de culturetas y tantos ángulos fotográficos.
   Miro en derredor, panorámica multicolor de enjambres de turistas; miro hacia arriba, el Vesubio, mole todopoderosa negra y ajena, madre desactivada de la historia y las leyendas que animan las almas y el negocio turístico. Y hago mutis… por el foro.
   En un bar de la explanada magna me atiende un camarero curtido en edad y turistas.
   - Café expresso.
   - Ah, ¿españolo?
   - Yes, café expresso, please.
   - Okey, enseguida.
   Lo trae. Me lo bebo y pregunto:
   - How much?, please -y recalco el please.
   - Dos euros, señore.
   Nada, que no hay forma de engañarlo.
   Le pago y me despido:
   - Arrivederci, siñore -empleo todo el acento italiano de que soy capaz.
   - Adiós, guapo. ¡Hala, Madrid!
   No respondo, no lo miro ni con sorpresa. Me voy destrozado, me ha descifrado hasta el alma merengue.
   De vuelta a Nápoles para la segunda parte de la visita guiada. Llegamos a la una. Antes de bajar del autobús la guía anunció una sospechosa declaración de intenciones:
   - Mis servicios terminan a las dos -miró el reloj ante todos como para comprobar el tiempo disponible, consabida expresión de hacerse de nuevas y de frustración más que ensayada-. Oh, sólo contamos con una hora. Pero nos dará para lo más importante, por supuesto, sobre todo si vamos un poco rápido. Luego podrán continuar por su cuenta, claro, hasta su hora de embarque.
   Bajó del autobús, enarboló el paraguas rojo y venid pollitos detrás de mí, sin opción a réplica. El grupo aún no se había sobrepuesto del paseíto por Pompeya, la seguimos sin otro ánimo que consumir el dinero ya abonado, como quien come sin ganas.
   No paró hasta la Piazza del Plebiscito, y en un lateral aguardó con pose paciente, mientras miraba ostensiblemente el reloj, a que en torno a ella se arracimara el reguero derrengado que la seguíamos.
   Recompuesto el grueso del grupo, desplegó sus saberes sobre la historia de aquella belleza arquitectónica y urbanística. Del valor artístico, pasó de puntillas. Allá al fondo la basílica de San Francisco de Paula con columnata de estilo dórico y pronao monumental, y dos escoltas de rango, las esculturas ecuestres de un tal Fernando I y el Carlos III que conocemos en España. Impidió que apreciáramos de cerca semejantes muestras artísticas. No sería su fuerte; porque enseguida se enfrascó en un gazpacho entre Nápoles y el reino de Aragón a lo largo de la Historia por donde nunca aparecía España como tal. España, los Reyes Católicos o que Carlos III, nacido de italiana, llegara a ser rey de España no figuraban en su guión. De sus palabras sólo salía Aragón o, en su defecto, los aragoneses, como virreyes, como ejércitos o como personajes al servicio de aquel reino. Pero de España, ni mu.
   Así pues, mientras el pinganillo persistía en su rollo aragonés, puse la cámara de fotos a trabajar, clic, clic, clic. Me atraía mucho más la excelente impresión que me estaba causando la plaza.
   Luego nos trasladó a la otra esquina, con vistas al puerto, para relatar no sé qué de un palacio menor. Pero mi cámara, renuente, se volvía hacia la inmensidad de la plaza y, en su afán cazador, activaba el zoom, la emoción de los detalles y las lejanías escatimadas a la visión normal, como un castillo rotundo y pardo en lo alto de una colina (sólo conservo la referencia de su imagen).
   Unos veinte minutos después, calculo, desandábamos hacia el punto inicial y al paso señalaba a la derecha el Palacio Real. Una fachada impresionante de intención neoclásica combinando los tonos pálidos de gris y rosa con estatuas engastadas de reyes emperadores y toda esta vasca, clic, clic, zoom, clic. Pero la chica del paraguas rojo a lo suyo, reescribiendo la impronta aragonesa.
   A continuación, el paso imprescindible para cualquier turista que se precie por el señero Café Gambrinus. Anécdotas sobre visitantes ilustres, Berlusconi -el primero-, Hemingway, Clinton y, supongo, algún aragonés de pro –no estuve muy pendiente-, y alguna alusión a sus especialidades en café. Pero, de las expresiones artísticas que alberga y de los afamados pintores, músicos, escritores e intelectuales que lo han visitado, pues eso, faltaba menos de media hora para concluir el programa contratado.
   El paraguas rojo, cual pendón, enfila Via Toledo. Nombre español, pero como adolecería de ascendencia aragonesa, la guía enfatiza en actual: calle donde venden los más rutilantes diseñadores, por si el personal es de posibles, de alimentar fantasías o de envidias tomar. Aunque, en realidad, no da tiempo para cualquiera de los tres entretenimientos. Un par de fotos a escaparates de pasarela y desembocamos en la Galleria Umberto I, espacio comercial construido a fines del XIX. Su atractivo reside seguramente en una estética de la emoción o de la melancolía, sensual pero con sugerencias eruditas y culturales. Combina y engarza arquitectura, escultura y pintura para conseguir una atmósfera diáfana, cautivadora y plácida.
   Ya el mismo pórtico de entrada, la imponente majestad de sus columnas, me sedujo. Desconecté el pinganillo, sus historias y leyendas urbanas. Consulté con la cámara de fotos y por toda respuesta comenzó a cliquear. Un visor encandilado y voraz para la confluencia de un crucero octogonal irradiado por una cúpula de vidrio y hierro, dos pisos de ventanas, sus arcos, dinteles y capiteles, las estatuas alusivas a las cuatro estaciones, a los mitos, a los dioses, a los continentes, a las ciencias y los descubrimientos, y los mosaicos del pavimento con los signos del zodiaco.
   Estaba la cámara cebándose en el mejor ángulo de Piscis cuando advertí que el grupo se dirigía hacia la salida. Activé el pinganillo, y sí, nos íbamos.
   Camino del puerto, última parada, Castel Nuovo. El grupo, exhausto y diezmado, le dedicó una atención menor. Añádase que la guía nos situó muy distanciados de las almenas y retomó la paliza del dominio aragonés en Nápoles (aunque en este caso parece que manejaba fechas y datos cercanos a la historiografía). Se ve que no había repasado el manual de historia del arte. Una bella estampa de gallardos torreones de roca volcánica, clic, clic, y arco del triunfo central, clic, con relieves escultóricos renacentistas en mármol lamido por el paso de los siglos, zoom y clic, clic. Y comprobarán que nos encontramos al lado del puerto, están a cinco minutos de su barco, muy agradecida por su atención, hasta una próxima ocasión, despedida y cierre.
   Al fin libre, me dije. Libre y estafado, me apostillé.

lunes, 2 de diciembre de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (7)

EL RINCÓN DEL FUMADOR


   Regresé de Mónaco cerca de las tres de la tarde, con hambre de lobo marino; pero antes pasé por el camarote para dejar la mochila. Y encuentro el teléfono parpadeando, un mensaje. Pulso y me habla una voz en español de cadencias latinas: algo así como que mi banco está rechazando los cargos de mi tarjeta de crédito, por lo que me ruega acuda a Recepción para solucionar este contratiempo. ¿Cómo?, ¿cómo? ¡Cómo! Me revisto de orgullo y solvencia y acudo con una reflexión encanallándome la sangre: las fragancias que laten en Mónaco, puro celuloide; la cruda realidad anida en la tarjeta de crédito.
   Me atiende una chica en español californiano. Despliego argumentos del tipo “pero ustedes qué se han creído conmigo”, esgrimiendo mi tarjeta de crédito, nombre, fecha de caducidad, etc., con tono elegante, eso sí. La chica encaja con seriedad profesional, “me permite la tarjeta, por favor”. Se la pongo en el mostrador como quien suelta el as de bastos. Pero ella la coge silente y calma, la posa al lado del ordenador y no le abandona la mirada mientras teclea sus datos. Cuando se detiene, concentra la atención en la pantalla. En todo ese tiempo -casi diez minutos, calculo-, no me concedió ni una explicación provisional. Así que estuve dudando entre relajarme o espolear mi autoestima. La disyuntiva quedó en suspenso por su intervención. Entonó una excusa referida a problemas en las conexiones vía satélite, “recientito solucionadas afortunadamente”, y así, también los cargos en mi tarjeta. Me dejaba algo frustrado, por mis neuronas cabalgaba ya el séptimo de caballería. Lo reprimí a medias, porque a modo de despedida me permití el desahogo de una conclusión, una advertencia y una bordería: “Así que el problema era de ustedes. Espero que no vuelvan a molestarme, yo no soy experto en telecomunicaciones”. Por supuesto, con el tono elegante que -ya digo- me caracteriza.
   Aunque, en estos casos la agresividad residual me impele a fumar como último y único recurso, desaforadamente. El ansia me llevó en volandas al rincón del fumador.
   El barco, cual local de ocio que se precie de caché, prohíbe fumar, salvo en dos o tres sitios muy acotados. Mi preferido se encuentra junto a la piscina, al que bauticé cariñosamente el primer día como rincón del fumador. Se me antojó eso, un lugar escueto y entrañable, no delimitado por groseras puertas ni mamparas, sino sólo por una línea imaginaria marcada por dos grupos de gruesos y confortables butacones de mimbre, cada uno de ellos en torno a una mesita baja, también de mimbre, en cuyo centro reina majestuoso y acogedor un cenicero de plástico duro, que alberga las colillas sin fin de las almas atormentadas e imperfectas.
   Allí llegué con mi bagaje de flujo contaminado y me puse a fumar, un cigarrillo, dos, tres, mirando al entorno sin ver, sólo concentrado en suturar el aguijón del dichoso mensajito y acariciando, la mano en el bolsillo, las mejillas de mi sufrida tarjeta de crédito.
   Al cabo, cuando remitía el escozor, noté que volvía el hambre postergada. Guardé el siguiente cigarrillo, a punto ya en las manos para encenderlo, y enfilé hacia el salón-buffet. ¿Servicio de restaurante a las cuatro y pico de la tarde? Sí, allí siempre hay un plato para cada hora y una hora para cada plato.
   Saciado el apetito y restablecido el equilibrio del circuito psicosomático -aunque últimamente se me desmanda con más frecuencia-, recuperé el temple habitual. En tal estado volví al rincón del fumador, para cumplir con el rito, el cigarrillo post-almuerzo.
   Encontré el primer corro de butacones ocupado por un grupo de españoles (vale, cedo: y de españolas). No, nada de voceríos, risotadas ni demás sanbenitos. Escuchaban con discreción y ternura las pulsiones de una señora en silla de ruedas. Debía de ser inglesa o, pongamos, británica, rondaba la edad provecta, el porte aristocrático y la incontinencia verbal. Y gozaba, sin duda, de un espíritu crítico y vivaz y de al menos un par de paquetes de tabaco diarios. Lamentaba entre su inglés fluido y el español chapurreado los malos tiempos para los fumadores, relegados a espacios cada vez más marginales y reducidos. “Small, small, small”, abundaba a cada comentario, arrancando sonrisas de adhesión de los interlocutores.
   Me acomodé en un butacón del otro corro, más solitario. Al pronto no reparé en la pareja -heterosexual- que había enfrente. Pero, claro, como uno se aburre fumando solo, se pone a pensar o a observar. Y como lo de pensar ya lo había practicado con creces en mi anterior visita a este rincón, pues eso. Escudado tras las gafas de sol orientadas hacia el infinito, y con la inestimable coartada del cigarrillo librepensador, me entretuve en una fotografía bastante grotesca. Andarían estos dos por los cincuenta o sesenta años, ambos anchos, altos y gruesos, y con origen indefinible, pero de los Pirineos para arriba, o del cabo Finisterre para la izquierda. Él, camisa de pelo canoso en pecho, bañador hawaiano, repantigado en el butacón, sobrado de sí mismo, fuma puro y come uvas. Ella, camisa y pantalón largo blancos y anchorros con transparencias de biquini verde y amarillo, sentada a lo macho, ligeramente inclinada hacia delante regalando escote, fuma un cigarrillo y come albaricoques a doble moflete. Al poco rato, él apaga el puro en una tarrina de yogur recién empezada que había al lado del cenicero, ella apaga el cigarrillo en el plato repleto de huesos de albaricoque, que queda también junto al cenicero. Después se incorporan en plan artrósico y se van arrastrando chanclas despatarradas -juro por mis textos que lo descrito es reproducción fiel del original.
   De semejante secuencia no me permití comentario ni análisis de circuito cerrado, porque pretendía dormitar una siestecita por allí. Así que también yo apagué mi cigarrillo, en el cenicero, y fui en busca de una hamaca discreta, donde llegara amortiguado el griterío de los niños con padres reposando cócteles.
   Del sopor a un sueño de inquietud media. Barullo esotérico en el que mi tarjeta de crédito, Mónaco y Cristina, mi compañera de cervicales, disputaban protagonismos entre sí, pero luego se aliaban y confundían en siluetas superpuestas que irradiaban haces de luna llena sobre la terraza de mi camarote, donde yo fumaba sentado en la butaca como un demiurgo.
   Hasta que irrumpen un crepitar de timbales y los decibelios de un DJ, que me sientan en la hamaca. Unos segundos de desorientación, pero consigo zafarme hacia el amparo de un café solo.
   Volví reconfortado. El fragor musicoléctrico continuaba, pero compatible con las facultades básicas y la liturgia del cigarrillo tras el café. Instalado en el rincón del fumador, desplegué la mirada hacia el entorno. Barridos indolentes como quien pasa las páginas de un álbum ajeno. Comenzaban en el estrado donde se debatía el DJ con sus juguetes electrónicos, se entretenían en las hamacas que exponían cuerpos de diferentes materiales y calidades, ojeaban imágenes de la piscina, llegaban hasta las siluetas acodadas en la barra del bar y regresaban por las tertulias del jacuzzi.
   En uno de estos me detuve. Allí, desde el jacuzzi una mujer me dirigía señales de saludo. La identifiqué enseguida, era Cristina. Estaba con el grupito de Mónaco, marido incluido. Le correspondí, aleteo de la mano y sonrisa convencional. Parecía como que me llamaba, pero me hice el desentendido. Primero porque no me atraía especialmente aquel grupo, segundo porque sí me atraía peligrosamente Cristina, y tercero porque no soportaba el olor a lejía que desprendía el jacuzzi.
   Encendí otro cigarrillo y activé el modo espera. Es decir, fumaba simulando un estado entre distraído, absorto y ensimismado. Bien distinto a los duendecillos que soliviantaban mi temperamento B.
   Pasados unos diez minutos, Cristina salió, o mejor, emergió de las aguas del jacuzzi, cual venus botticelliana pero desvestida por un biquini fucsia. Comentó algo a los suyos y se perdió por entre las hamacas. La decepción me duró poco, enseguida la vi acercarse velada por una camiseta playera sobre el bikini y con un paquete de tabaco en la mano.
   Su atractivo no reside en su rubio ensortijado, ni en sus ojos marinos, ni en su tez nívea, ni en las curvas proteicas de su cuerpo, sino en la sonrisa brumosa con que acompaña sus palabras y sus silencios.
   Cuando llegó al rincón, todos los butacones estaban ocupados. Sin dudarlo, me pidió con toda naturalidad:
   - ¿Me haces sitio en el tuyo?
  Liberé una expresión de sorpresa y me eché rápidamente a un lado.
   Se sentó, los cuerpos rozándose, el mío en do sostenido, el suyo en fa mayor. Le ofrecí el encendedor. Encendió el cigarrillo, y yo otro.
   Al principio, sin mediar palabra, ambos mirábamos hacia el jacuzzi. Después, a medida que los cigarrillos se consumían, nuestras miradas iban y venían del jacuzzi a nosotros, entre nosotros, compartiendo sigilos, promesas, qué sé yo. Hasta que ella, con esa sonrisa inexacta, me dijo:
   - Relájate, hombre. Se ha mosqueado un poco pero me da igual. Él también tiene sus aficiones.
  No respondí enseguida, no sabía qué. Pero el instinto me apremiaba, algo, venga, di algo, caramba:
   - ¿De modo que yo soy tu afición? -me salió, o se me escapó.
  Me sorprendí a mí mismo, lo de presuntuoso no es mi perfil bueno. Claro, ella no se dejó esperar:
   - Me refería a fumar –respondió taxativa, y luego suavizó-. Lo tuyo aún está por definir.
   Frené en seco. Aunque alcancé a percibir que la cercanía de su cuerpo sí que sugería una cierta definición.
   - Me tengo que ir –añadió después, mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero-. Esta noche, cena de semigala, en el teatro la recepción del capitán y luego discotequeo aquí en la piscina. ¿Nos veremos?
   Era una pregunta demasiado afirmativa.
   - Por supuesto –confirmé.
   Para levantarse apoyó la mano en mi pierna. Endiablada mujer, en Mónaco fue el brazo, ahora la pierna. “Pues sí -pensé-, el futuro está por definir”.

domingo, 1 de septiembre de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (4)

¡BIENVENIDOS A BORDO!


   Ese era el título que figuraba en el primer boletín informativo del barco. Aunque a mí, estas efusiones enlatadas… 
   Más me pareció un abordaje, desde el mismo momento en que el taxi me dejaba a pie de crucero. En cuanto bajé, un chico uniformado con chaleco reflectante se abalanzó a mi equipaje:
   - Una maleta y un portatrajes, esto es lo suyo, ¿no?
   Apenas asentí, apremió:
   - ¿Trae las etiquetas de identificación para ponérselas? Si no, nosotros…
   Me contagió las prisas:
   - No, no, las traigo.
   Abrí el bolso con manos de tableta, rebusqué, saqué las dichosas etiquetas y casi me las quita de las manos.
   - Déme, se las pongo con esta grapadora, –lo hace con una precisión que me anonada, y añade- la entrada es por allí. El equipaje lo encontrará usted en la puerta de su camarote. Lo sabe, ¿no?
   - Esto… sí. Gracias.
   Por fin encuentro margen para pagarle al taxista, y cuando me vuelvo han desaparecido el equipaje y el chaleco reflectante.
   Me resigno, confío en mi suerte y en lo que supongo la fila de entrada al `por allí´.
   Un control, bolso en los rodillos y arco con clásico detector de pitada aleatoria. Lo paso, recojo el bolso. ¿Y ahora qué?, La cadena de inercia se me había desmadejado tras el control. ¿Dónde hay otro allí?
   Ahí me detuve. Para estos casos, lo mejor, inspiración profunda, una vez, dos, acaso tres. Hasta hacerte con el entorno.
   El crucerista es un ser permeable a los códigos de temporada. “Que lo pases bien”, le han deseado. Y él acude con la intención engastada en el rostro.
   El crucerista, alma propensa a la emoción del escenario, asume dócil el rito preliminar. Colas y colas de gente, calmas o febriles, manufacturadas, en carriles de cintas extensibles. ¿A cuál de ellas incorporarme? Check-in impoluto cual patente de corso. Por dónde y cómo.
   Poco más de diez minutos para acceder a una especie de mostrador donde comprueban datos, fotografían tu rostro expectante, cámara de unicornio, y te entregan con sonrisa comercial la inefable “sea pass”, preciada tarjetita multifunción -acceso al santuario, a tu camarote, etc.-, exótica sustituta del dni durante el crucero.
   Y sigues la estela de anhelo cofrade. Pasas por aquí, subes por ahí, y ya estás a bordo. ¿Seguro?, porque yo no veo agua, digo mar, por ningún lado.
   Una especie de amplio salón de bodas con aderezos estándar. Una multitud disforme deambula por él, quienes van, quienes vienen o vuelven, en grupo, en parejas o sueltos, con risas de satisfacción, gestos de complicidad o cara de ¡oh!, ¡ah!, quienes saborean una copa de champán como avistando promesas.
   Nueva inspiración profunda. El crucerista es un ser tierno y vulnerable.
   Por mi asombro andaba, cuando una chica con uniforme de azafata de congresos, bandeja en mano, semblante de bienvenida, me ofrece solícita la copa programada.
   - Sí, claro –no me entiende, pero aclaro derramando una mirada de agradecimiento.
   Enseguida afronto el espacio y el ambiente. Adopto una pose madura, indulgente, aventuro pasos confiados, de toma de posesión, con estudiada negligencia en la forma de sostener la copa.
   Hasta que la condición humana me advierte: son las tres de la tarde y sin comer. Cual necesidad que por momentos se convierte en urgencia.
   Me revuelvo y avisto a un señor con chapa al pecho y traje de pertenecer al staff. Me apresuro hacia él y pregunto sin previos:
   - ¿Habla español?
   - ¿Cómo no? –me atiende con acento latino, creo que de Miami, y amabilidad de crucero-. Dígame, señor, ¿qué desea?
   Vamos bien, en español, que no quepa duda –pensé complacido.
   - Comer –respondo con cierta cautela.
   - El buffet está en la cubierta 14. Los ascensores, aquí a la vuelta. Sin problemas.
   Intercambio de cortesías y tal.
   Llego en tres minutos, y allí… Esta manía de observarlo todo

jueves, 8 de agosto de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (3)

 PRELIMINARES DE AGENCIA

    - Sí, un crucero, perfecto, ¿pero cuál?, ¿y para qué fecha? -la chica de la agencia pregunta con amabilidad reposada y postiza. 
    Reprimo un ligero desconcierto, porque la propaganda ya la traía de casa y se la había puesto encima de la mesa. Aunque lo de la fecha, pase.
   - Agosto, claro –respondo escueto.
   - Bien, señor. Espere un segundito, por favor.
   Abre la revista objeto de mi deseo, se pone a rastrear hojas y hojas, con mirada experta. A salto de página, dobla un pico, anota en papel aparte, me concede una sonrisa profesional y sigue. En algún momento intento frenarle la eficiencia desmedida y carraspeo un inciso:
   - Con que compruebe si el que le he dicho, en agosto…
   Ni caso. Permanece concentrada en su trajín de páginas.
   Hasta que al cabo de cinco minutitos largos, me levanta toda la mirada y asegura, no sé si con satisfacción o recelo:
   - Creo que tengo lo que busca.
   - Dígame –sigo en plan lacónico.
   Mi pregunta parece que le suena a banderazo de salida. Porque inmediatamente despliega un torrente de bondades, ventajas, excelencias, comodidades, revelaciones, desahogos, garantías, diversiones, pronósticos, incluso augurios, de mi crucero favorito, el que ya le llevaba elegido.
   Sí, he mantenido el tipo y soportado sus desbordes con rostro de turista fascinado (cuestión de mi sistema inmunológico). Y después he vuelto a la casilla de salida:
   - Ya le he dicho antes que era el que me interesaba. ¿Pero en agosto?
   No me responde inmediatamente, claro. Pone cara de, qué sé yo, de despiste o algo así, y se acelera a la mesa desmadejando papeles, hasta que se detiene en uno, hace como que lee con atención y nerviosea una respuesta:
   - Ah, sí, era su preferido… je, je.
   Consulta hacia otro lado de la mesa y añade un aleluya:
   - ¡Sí, en agosto! ¡Por supuesto!
   La sonrisa le ha llegado hasta los bordes de su melenita bermeja de rizos revueltos y juguetones. Mientras la mía queda en rictus de conmiseración.
   Silencio neto y cruce de miradas de interrogación. Hasta que ella rompe la tregua con otro “un segundito”, gira hacia el ordenador y se pone a fustigarlo con el ratón. Al cabo, anuncia:
   - Aquí está.
   - ¿Sí?
  - La fecha, el itinerario, las condiciones, todo. Salida de Barcelona –está embalada-, escalas en Villefranche, Livorno, Civitavecchia…
   De pronto, para en seco, mascullea la lectura de la pantalla y me pregunta:
   - ¿Cuántas personas serían?
   - Supongo que las que quepan en el barco, ¿no?
   - Je, je. Es usted… Le pregunto si iría acompañado o…
   - No –atajo.
   - De modo que un camarote sólo para usted, ¿verdad?
   - Efectivamente.
   A partir de aquí interpretamos un diálogo tipo test, en el que se fueron precisando fechas, escalas, tipo de camarote, características del barco y sus servicios, forma de pago y otros etcéteras. Hasta que ella, semblante de profesión, plantea:
   - ¿Qué le parece?
   Permanezco un momento como pensativo, pero en realidad ando distraído en las volutas inquietas de su cabello. Me traiciona un amago de ternura, pero no consigo apearme del tono circunspecto, y respondo:
   - Muy bien.
   - Entonces, si le parece...
   - Hacemos la reserva.
   - ¿Ya? –las pupilas dilatadas.
   - Claro –los párpados firmes.
   - Perfecto, genial –rostro de euforia reprimida.
   Desde este instante iba y venía de la pantalla del ordenador a mis datos. Atención de doble eje que confluyó en la tecla imprimir.
  Cuando se levantó camino de la impresora confirmé mis presagios, su talle no desmerecía, jo, ni su culo.
   Después me vi obligado a prescindir de quimeras. Había plantado ante mis narices una resma de folios para firmar.
   No me fastidió tanto la cantidad de rúbricas necesarias, como la sensación de corderito abducido por el tintineo de la esquila. La chica de la agencia, bic en ristre, iba marcando resuelta con equis imperiosa dónde firmar, aquí, y aquí, y… donde pone cliente. Debía de formar parte de su manual de atención al público. Así que, como me agobiaba con tanta precisión, me permití una bordería:
   - Sí, claro, ya lo deduje hace tiempo: cliente es igual a equis.
   Lo reconozco, tuvo reflejos:
   - Perdone, señor. Era por facilitarle… -vocecita apagada y bolígrafo en retroceso.
   Le concedí un gesto de comprensión y seguí firmando, ya sin su seguro de asistencia. Hasta el final.
   - Listo –declaré con soplo reconfortante.
   La chica me miró con rostro curtido en impertinencias. Se permitió uno de esos segunditos suyos. Y luego preguntó con cortesía técnica:
   - Antes de confirmar la reserva, ¿no va a leer las condiciones?
No respondí enseguida. Esos mechones confusos, que intuyo convulsos, el marco de su sonrisa perdida, el recuerdo de su talle sutil y de su... Me reprocho alguna obscenidad latente, ahuyento delirios, bajo a los folios y barajo con desgana el reguero de firmas.
   - Confío en su información.
  Qué menos que compensar mis insolencias, perpetradas seguramente más de pensamiento que de obra. Y además, cualquiera afronta esos contratos con letra de fuente hormiga y tamaño ocho, o menos, que dejan en entredicho la pericia de tu oculista.
   Poco más reseñable hasta la despedida. Si acaso, que, como tuvo que levantarse para ir a la impresora, la imaginación se me fue tras sus tacones, sutilezas arriba, hasta… hasta que volvió.
   Entrega de documentos, intercambio de agradecimientos, que lo pase bien y saludos cordiales.
   Cuando salí de allí, llevaba el crucero en la imaginación y en la tarjeta de crédito.

jueves, 1 de agosto de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (2)

 ALUVIÓN Y DESCARTE


   La ensalada de arándanos tendrá que volver a esperar.
  Y mucho más el balneario espiritual que regenta mi amigo. Que me ponga en lista de espera, me ofrece, con ese tono lechoso que tanto me desquicia. Ni hablar.
   Insatisfacción, venganza, borboteo. Resuelto y febril.
  En tres días, cuatro agencias de viajes, diecinueve propuestas, o treinta, o qué sé yo, cuarenta y dos. Repartidas por todas las mesas, mesitas y homologados de la casa. En el estudio, en el salón, en el comedor, en el dormitorio, en la cómoda de la entrada, pero el grueso en la mesa de la cocina. La mesa de la cocina es mi base de operaciones (las manías siempre tan difíciles de explicar). Folletos, dípticos, trípticos, cuadernillos e incluso mamotretos satinados en papel seducción.
  Pero, eso sí, clasificados. De otro modo, se haría imposible la decisión. En el estudio, eventos culturales (y anda que no me fastidia el manoseo que se traen los incultos con la palabra eventos). En el salón, playas de variado calibre. En el comedor, lugares de calificación exótica. En el dormitorio, hoteles de alto entorchado. En la cómoda de la entrada, turismo rural. Y en la mesa de la cocina una miscelánea sugestiva, la fibra que vibra.
 Al sexto día ya he honrado copiosamente el contenedor para reciclaje de papel. Apenas me queda en el estudio algún programita de teatro, un par de playas de guirnalda o cubata en el salón, guarniciones de luna llena en el comedor, dos camas de caviar en el dormitorio, y un sendero de maleza en la cómoda de la entrada.
 Queda la mesa de la cocina, aún si espulgar. Una cerveza recién sacada de la nevera y comienza la selección. Poco a poco voy despejando y acumulando por afinidad en montoncitos capitales y ciudades, individualmente o agrupadas en circuitos, viajes a tierras santas, laicas, ateas o profanas, rutas de safaris sexuales o de rifle, festivales de fauna diversa, alpinismos y espeleologías, world y sus tantos cuantos derivados, y cruceros. ¿Cruceros?
  Cruceros. Momento burbujilla de curiosidad. De unos años para atrás, con la vuelta a septiembre flamea un hervidero de elogios que convergen en un crucero rehostidisíaco. Tres revistas con portada a toda plana y color de sendos buques, uno a vista de pájaro seductor, otro a vista de pez angustiado y otro a vista de litoral. Elijo esta tercera, se me antoja la menos metafórica y agresiva.
  Ojeo, intrigado pero escéptico, receptivo pero crítico, romántico pero avizor, o sea, mismamente yo. Promesas, garantías, confort, elegancias, fotografías de colores promiscuos, de Venus y Adonis metamorfoseados por edades en formato flash, sobre hamacas de bronceado, en coctel de sonrisas prefabricadas, junto a manteles de finas hierbas o camas afrutadas, y siempre bajo un sol mate, meloso y sugestivo o una luna con ramas de plata sobre el oleaje plácido y alfombrado del mar sempiterno.
  Levanto la mirada hacia el pensamiento y cedo a la posibilidad. Y, claro, lo previsible, el sistema inmunológico me activa la función analítica y focaliza el dilema: ¿experiencia válida, inútil, descabellada? Acepto válida, pero me exijo mayor precisión: ¿provecho intelectual o cultural?, ¿interés sociológico?, ¿patrimonio intangible de la humanidad?, ¿transgresión?
  Advierto que me he ido deslizando hacia… Cuando la ocasión de transgredir se hace carne, sucumbo. Paradoja o no, mi sistema inmunológico funciona así. ¡Y le debo tanto!
 Allá cada cual con su concepto de vulnerar normas o convenciones. Para mí, enrolarme en un crucero violenta alguna que otra cosilla antiburguesa, prejuicio, grima, enajenación (en su significado más etimológico), malversación ideológica… A saber.
  Uno va por la vida frustrado a golpe y golpes de coherencias, y de pronto, la oportunidad.
  La transgresión me puede.
  Decidido, un crucero.

domingo, 21 de julio de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (1)

SIN PROGRAMA


   Es mi sino, torpeza o hobby. En cuanto llega el primero de mayo empiezo a mirar para atrás, un día y otro, veinte, treinta, hasta por lo menos mediados de junio. Creo que por deformación profesional o trauma subterráneo. Que lo aclaren otros. A mí me da que sufro una reacción instintiva: volverme para conseguir perspectiva y analizar, un recuento similar al tópico de la nochevieja, bueno, malo, relativo o en blanco. Y claro, las leyes de la gravedad no perdonan, andas hacia delante con la vista atrás, te das de bruces con el poste del termómetro, cuarenta grados a las dos de la tarde, ¡coño, estamos en julio!
   El verano, la amenaza cíclica. Y el ritual de opciones.
  La tentación recurrente, este año no me muevo del aire acondicionado, voy a mimar su regulador hasta el frenesí, las yemas de los dedos acariciando hasta liberar los centígrados más bajos. Leer, escribir, sestear y comer precocinados y la ensalada de arándanos pendiente.
   Aunque lo de pendiente es la trampa. Temible adjetivo. Suele colarse cuando andas pergeñando una decisión. Desestabiliza lo suyo, porque desempolva antojos, incógnitas o ensueños. Sobre todo para un espíritu impresionable, renuente, estresado y versátil como el mío.
   A la más mínima evocación, se me difumina el propósito inicial. Como este verano, que ha vuelto ha punzarme el recuerdo de mi amigo Braulio, el abad del monasterio de… (omito la advocación para evitar publicidad, mis razones tengo).
   Nuestra amistad se fraguó allá por la adolescencia, durante el noviciado que compartimos. Luego, mientras aquel compañero del alma en noche oscura ha permanecido en su santo hábito (y ha hecho carrera con él, ya digo, abad por el momento), mis fantasías pronto derivarían hacia otros hábitos. Pero la relación ha perdurado a lo largo del tiempo, con encuentros ocasionales y últimamente con llamadas telefónicas de tarifa plana, cada vez más frecuentes y de sabor dialéctico.
   Así que, hace unos días, no sé si con las defensas desguarnecidas por un golpe de calor, lo reto a que mantenga su oferta del mes pasado: recluirme quince días en el monasterio, disfrutando de su silencio, compartiendo el rumor del gregoriano, el sosiego de la meditación, el refectorio frugal y la cama de mármol acolchado, y lo más importante, sin injerencias de proselitismo bíblico.
   Su respuesta ha sido demoledora. Esperaba excusas a la altura de los reproches que me viene haciendo, silogismos perversos, practicismo relativista, nihilismo latente, anticlericalismo clásico, panteísmo negativista, agnosticismo fraudulento y no sé cuántos conceptos oscuros de esos que fabrican los suyos.
   Pues nada de eso. Overbooking, va y me suelta (se ve que los frailes también se reciclan). El monasterio había colgado el cartel de completo para toda la temporada. No cabía ni un alma descarriada más. Todas las reservas confirmadas. ¿Cómo voy a hacerle publicidad encima?
   A modo de despedida, lamenta que de momento no pueda darme cobijo en su redil. Como percibo cierta sorna en sus palabras, mantengo el pulso y le responsabilizo de mis pecados de este verano.
   Descartado el purgatorio, abro el alma a otras sugerencias. Aun a sabiendas de que en estos casos, cuando clico actualizar, la nube de opciones no falla: por entre mediterráneos, cantábricos, algarves, caribes, islas, orientes, ciudades de imperio, de imperios o del imperio, se erige destacado el nombre de mi pueblo (si será temible el adjetivo pendiente).
   ¿Ferragosto en mi pueblo? Años llevo postergándolo. Quizás el verano que viene, concedo y aplazo, con cariño y sin convicción. O con un anhelo tan condicionado…
   Sí, voy por allí, y lo piso con fervor. Aunque sólo visitas circunstanciales, no obligadas desde luego, sino por el sentimiento hacia quienes las motivan.
   Pero una temporada larga y plácida, donde evocar ancestros y reavivar emociones y amistades y afectos… No, todavía no. No he alimentado el mito de mi pueblo desde la ausencia y las ausencias, para que en tres días me lo destruya una mala carcoma aún sin fumigar.
   No, hay más opciones, seguro.

domingo, 7 de abril de 2013

EL TÍTULO


   Desde luego, no lo tenía previsto. Un defecto que me persigue desde la más angustiosa pubertad: olvido la evidencia, o quizás la soslayo o, no sé, la descarto. Y sin embargo, el consejo o aviso era de cajón.
   Quiero aclarar antes, enseguida, que también adolezco de certezas, de ahí mi continuo recurso a precisar imprecisiones. Esto se me ha acentuado con la edad. Claro que tampoco tengo claro si se trata de defecto o virtud.
   Aunque, sinceramente, eso de la “angustiosa pubertad” es pose con pretensión dramática, o quizás romántica; porque tampoco es que me haya preocupado en exceso pasar por alto según qué, nunca. Y lo de “me persigue”, pues suena a pretencioso, ¿no?
   Pero lo reconozco, sustraerme a la lógica, a los procesos mentales con desembocadura obvia e inevitable, no deja de ser un defecto. Más que nada, porque me ha creado –me he creado- más de un problema. Como para sentirse orgulloso.
   Me da que es cuestión de estructura mental, o quizás neurológica, o algo así –tampoco voy a echar la culpa ahora a los jesuitas que me educaron-. Tan interiorizada tengo la tendencia por lo sublime que descuento lo sencillo, si bien con frecuencia asimétrica.
   En realidad –hay que reconocerlo-, prescindir del escalón inicial acarrea resultados impertinentes, inconvenientes, invalidantes. Pero casi me atrevo a asumir que no es mi caso, porque con frecuencia no salgo de la neurona primaria. Desconozco si me pasa como a todos, o a muchos, o a algunos, o a ciertos algunos.
   Es verdad que a veces, si me encuentro despistado, o divagando, o qué sé yo, me escurro de mi realidad y doy el salto en el vacío sin medir las consecuencias. Como me ha ocurrido ahora, o ayer.

   - Bien que es un libro de relatos, pero habrá que ponerle un título, ¿no? –me dice.
   - Pero cada relato tiene su título, ¿no es suficiente? –le digo.
   - No parece, lo normal es que el libro lleve un título general –responde.
   - ¿Y no basta con poner en letras muy grandes “Relatos”?
   - Puede, pero resultaría muy poco atractivo. Mejor piensa un título para el conjunto. Una expresión o palabra que caracterice a la totalidad, que los agrupe en una idea o motivo común. Tira de imaginación; pero con cuidado, no desvaríes demasiado, que te conozco.
   - De acuerdo. No estoy seguro de conseguirlo, pero voy a intentarlo. Me refiero a lo de desvariar. A estas alturas no me puedes venir con equilibrios. Pero, bueno, procuraré una leyenda veraz, rotundo, síntesis y brújula.

   Con tal intención emprendo el camino. Método, sosiego, avizor. Releo el primer relato y tomo notas, sobre personajes, la trama, la expresión, algún detalle, paso al segundo y lo mismo, y así hasta el último.
   Cuando termino, retiro los apuntes a un pico de la mesa, los relatos al otro, y pongo rostro, brazos y manos en imagen de intelectual ensimismado (es que me sale así de espontáneo, no es gesto para foto; ni lo digo por petulancia, sino llevado por…, bueno, vale). Hago la consiguiente reflexión, repaso mental o algo parecido. Pero apenas se digna florear algún pensamiento consistente. Me rindo un poco y acerco el par de folios que sostienen mis comentarios. Leo, ya con cierta ansiedad. Subrayo. Traslado a otro folio lo subrayado en plan criba y ahí concentro todos mis filamentos. Nada relevante, o muy poco.
   Así que renuncio al momento, y sobre todo, al lugar. Y salgo de casa. Si es que tanto método, tanto método,… y encima estas alergias mías al sosiego recomendado. Que no, que no. A la calle.
Subo hasta las cumbres del Brillante, bajo por las laderas de Chinales, atravieso Carlos III hasta el viejo Lepanto, me adentro en San Agustín, cruzo la Corredera –todo a pie firme y rápido y enjuto, y espoleando sin descanso todos los ¿anillos? de la corteza cerebral-, sigo hasta El Potro, y Puente Viejo y Campo de la Verdad, hasta la iglesia del Cerro, y vuelvo, Plaza de Andalucía, Puente Nuevo, Vallellano arriba, La Victoria, hacia el bulevar, alcanzo El Vial, y en el último tramo hasta casa, en ese que recorro cada día entre árboles desfrutados y entrañables, titilar de confidencias y atmósfera de melancolías, acierto con la esencia.
   La clave está en el narrador de cada relato, los narradores, varios y uno. Personalidad afín, controvertida, conturbada, identidad de inquietud.
   Todos los relatos con el mismo protagonista, la misma obsesión de denuncia: “Relatos de un neurótico”.
   Jo, me ha costado. Cosa tan elemental…

viernes, 11 de enero de 2013

CRISTIANOADAPTABLE

 (Otro cuento por Navidad)


   24 de diciembre.

    7,30 de la tarde:

   Inmaculada está en la cocina, pelando patatas y abstraída en sus pensamientos. Evocaciones con un hilo conductor subterráneo, un motivo o, quién sabe, la simple justificación de su alma bíblica. Parecen como escogidas de una especie de especiero, o seleccionadas del entramado espiritual que ha ido tejiendo desde los lejanos vértigos de su primera madurez.
   Se sabe pecadora debido al aciago episodio del paraíso terrenal y sus funestas consecuencias para la humanidad, incluida ella misma. Pero, salvado tal escollo por la gracia divina, aspira a merecer una localidad de tribuna en la vida eterna. No en vano dispone de un currículum repleto de fe, piedad y, sobre todo, caridad cristiana. Hasta el obispo, con el que va a compartir esta noche de paz, así lo viene reconociendo públicamente. La última vez ante la asamblea provincial de cáritas: “Inmaculada, eres uno de los puntales de la religión en nuestra diócesis, modelo de caridad cristiana para cualquier creyente”. Ocurrió días antes de casarse Fátima, la menor de sus tres hijas. Lástima que su eminencia excusara su presencia en la boda con otros quehaceres de pastoreo. Pero lo compensó enviando para los nuevos contrayentes la bendición apostólica de Su Santidad. Inmaculada la declamó urbi et orbi durante la ceremonia con arrobo seráfico, similar al experimentado por la novia al escucharla y bastante homologado con el de los invitados, según apreció la beatífica lectora del documento pontificio

   Cándida está en la salita, mirando la tele y sumida en sus recuentos. Rutinas convencionales, transmitidas y asumidas, acríticas, sin respeto con ella misma. Repaso de un inmenso anecdotario vivo pero sin pulso, también inofensivo, que ha ido acumulando hasta su presente senil.
   Aún mantiene la sonrisa fláccida tras la llamada telefónica de Fátima para felicitarle la Nochebuena. Todavía no ha visto a la sobrina-nieta desde la boda; así que ha aprovechado para repetirle lo guapa que estaba, y el novio también, y lo bien que resultó la ceremonia.
   Cuando la conversación se entretuvo en el convite y los invitados, Cándida aludió a los ausentes. Y Fátima respondió con reflejos de vago candor. Pero Cándida metió el bisturí: “Sí, sí, los hermanos de tu madre y sus hijos, tus tíos y primos, ¿por qué no han ido a la boda?, ¿no los habéis invitado? Porque cuando pregunto a tu madre, siempre me sale con que hay gente que no se merece nada y cosas así, pero no me aclara nada” La tía albergaba sospechas, o certezas, o algún inquieto roe-roe. La recién casada desmayó una confirmación brumosa y alegó prisas de ir a cenar con sus suegros, y un beso, pi-pi-pi-pi…

   7,45 de la tarde:

   Inmaculada ha pelado y picado las patatas, y prepara sartén y aceite sin abandonar las perlas de su vocación redentora. Le pasa cada vez con más frecuencia, compagina la rutina terrenal con la meditación trascendente, sobre todo cuando algún nódulo íntimo, seguramente inconfesable, entorpece quién sabe qué flujos de su imagen sacra. Entonces, sistemáticamente, se atrinchera en recios presupuestos religiosos, que no siempre fueron o han sido comprendidos, particularmente por el entorno familiar. Como cuando pretendió catequizar a sus padres, que eran de profundas convicciones católicas, para que comprendieran el alcance teologal del matrimonio con su Gregorito.
   El diminutivo es una constante en su labor evangelizadora, no se sabe muy bien si con carácter afectivo o según sus tarifas de justiprecio social o religioso. Ni siquiera en el caso de su marido cabría arriesgar un parámetro concreto. Porque Inmaculada lo utiliza a destajo –hablamos ahora del diminutivo-, en conversaciones directas con los afectados o en otras en las que éstos, ausentes, son carne de comentario. Incluso alguna vez se le ha escuchado un Manolito refiriéndose al vicario general de la diócesis.

    Cándida sigue con la mirada perdida en la tele y picoteando secuencias de un oleaje a medida.
   Se ha dotado de un surtido muestrario de recuerdos, del que se sirve para solventar conversaciones del cotilleo ambiente y elucubraciones propias. Ahora, por ejemplo, desgrana con cronología de archivero imágenes de bodas. Un barrido de cámara novelera con zoom veleidoso y taciturno en las de sus sobrinos, menos uno. A la de éste no asistió, no figura en su álbum de fotos. Por entonces ya Inmaculada ejercía de cancerbera de las esencias tridentinas, además de usufructuaria de la vida y enseres de la tía Cándida. La sobrina sentenció que el matrimonio civil de su hermano consumaría un estado de concubinato o algo así, declarando su celebración como ignominiosa, pagana, diabólica. Y la tía sintió amenazada la balsa de sus tres avemarías diarias y trasquilado el manso discurrir de su existencia.

   8 de la tarde:

   Inmaculada está friendo las patatas mientras bate dos huevos y continúa repasando fascículos de sus cruzadas. Fórmula recurrente en ella, purifica equívocos del presente con glosas de gestas pasadas.
   Reconoce a Gregorito como su tercer pretendiente en línea cronológica, pero único en alcanzar la redención por la gracia de Dios y porque rindió su alma pecadora a los encantos espirituales y profesionales que irradiaba la funcionaria en cuestión.
   Las reticencias iniciales de sus padres ante la evidente penuria religiosa del pretendiente las solventó o doblegó pronto –cree ella-. Inmaculada reseteó el alma de Gregorito mediante el sistema de inmersión en los cursillos de cristiandad. El camino del altar quedaba expedito.
   El matrimonio normalizado no tardaría, porque Inmaculada tampoco contaba con mucho margen de edad para mayores iluminaciones. Y tras la boda, alguien escuchó las plegarias del desposado y le concedió el empleo de conserje en una empresa conservera, con el proyecto –comentaba ella con seguridad manifiesta- de que enseguida accediera a un puesto de administrativo, en cuanto aprendiera a escribir a máquina.
   Pero ya desde el principio los dedos terrosos de Gregorito, viciados por su anterior trabajo, machacaban las teclas de dos en dos, y no había manera. Renunció pronto, por lo dicho y porque esas deficiencias, como suele ocurrir, le avivaban otras. Seguramente, sólo el sistema de indulgencias plenarias podría explicar cómo el esposo redimido, contando con su sueldo y el de su consorte, que, aunque lo pareciera, tampoco era de aleluyas, consiguió introducirse en el negocio inmobiliario al por menor, exactamente, al por menor dinero declarado. Con él ha alcanzado pingües beneficios, jaculatoria a jaculatoria, siempre a cubierto de esos impíos de Hacienda y bajo el halo benefactor de su mentora. Utilidades de la comunión diaria.

   Cándida permanece en la butaca de la salita y en su balance de cromos. Análisis acolchado, colores primarios, emociones de corralito, latitud plana.
   Sigue callejeando por su histórico de bodas y se detiene, como por obligado cumplimiento, en la de Inmaculada con Gregorito (como otras anfibologías, también reproduce de la sobrina la adjudicación de diminutivos). La tía, testigo neutro de los avatares familiares, calibra ahora, al cabo de los años, cómo su realidad de los últimos lustros resultaría ligada a aquella boda. Cómo imaginar que aquel Gregorito, que entró en la familia de puntillas, que sigue por la vida de puntillas –y haciendo encaje de bolillos-, integraría su galería mental de personajes de ocasión.
   Gregorito celebró que la tía de su esposa veneranda conviviera con el matrimonio y con las hijas que ya iban naciendo, quién mejor que ella para las funciones de señora multiservicios. Desde entonces y hasta bien poco la trataba con decoro, a lo mejor impostado, pero, bueno, pasable.
   Sin embargo, últimamente Cándida ha advertido ciertos cambios en Gregorito, como transformado en un continuo semipresencial: rara vez aparece por la salita donde la tienen relegada, o le concede un “qué hay” cuando se cruzan por el pasillo hacia el baño, y menudeos así. Aunque en ocasiones, a rachas, teledirigidas por la sacrosanta sobrina, Gregorito se planta ante la pobre tía pobre y arremete contra sus ochenta años de neuras, el abandono en que la tienen sus miserables sobrinos, y los gastos de medicinas, luz, brasero y tele que ella genera y que él paga religiosamente (religiosamente, cómo no). Y ella calla y asiente sin más, también sin balbuceo de protesta ni lagrimilla fugaz.

   8,15 de la tarde:

   Inmaculada ha mezclado las patatas con los huevos en una fuente y volcado sobre la sartén ya sin aceite, cocción a fuego medio, bien distinta al hervor que inflama su porfía espiritosa. Ante el fantasma de la maledicencia, divulgar el sacrosanto destino de sus obras, es su lema, también su pantalla.
   Cuenta en su haber con algún destello postconciliar, el que se permitió al afirmar que Gregorito le había dado tres preciosas hijas, no al revés. Una especie de feminismo en clave cristianoadaptable –adjetivación, por otra parte, nada ajena a su personalidad- del que presume en sus reuniones de sacristía, a pesar de ciertos recelos del consiliario de turno, que ella menosprecia. Para algo se considera imprescindible en la logística doctrinal.
   Tres criaturas que la madre se encargó de recibir y educar de acuerdo con los cánones de la teología al uso, así como de difundir tan abnegada labor en cuantos foros y convivencias participaba. Lo de criarlas se le suponía, pero en realidad delegó en la tía Candida. Criarlas en el sentido más explícito del término: intendencia, alimentación, custodia, entretenimiento, etc. Un servicio integral de guardería hasta bien avanzada la edad autónoma de cada cual. Ítem más: la misma tía también tenía a su cargo el servicio doméstico a jornada completa: cocina, limpieza y portería.

   Cándida ha abandonado por un momento sus memorias de balancín y distrae inercias en los reclamos de la tele, publicidad blanda, juguetes y ternura. Enseguida un anuncio rosa la devuelve a sus diagonales, un efecto mariposa previsible, desvaído.
   Ha permanecido en el tópico por pura comodidad, por muchas advertencias que recibiera en sucesivos períodos del pasado. ¿Cuestión de gustos?, ¿de apatía emocional?, ¿o de alguna castración o trauma intelectual de vaya usted a saber? El caso es que las prestaciones dispensadas a las niñas de Inmaculada hicieron honor a su natural dúctil. Su papel de tía soltera con sobrinos ya lo había practicado con los hijos de su hermana, Inmaculada inclusive, pero fue algo entre mostaza y tomillo. Pero con estas tres sobrinas-nietas ha resultado más de cocido y salsa rosa. Y una sonrisa meliflua brota al recordar sus juegos con ellas, con sus regalos de reyes, vestiditos, muñequitas, cocinitas, etc. De la grasa del cocido, de sus abusos y reproches, amnesia.

   8,30 de la noche:

   Inmaculada mira el reloj y acelera el fin de la tortilla de patatas, y prepara rápidamente dos filetes de pechuga de pollo a la plancha.
   Bien que pesaba a Inmaculada el trajín (así lo denominaba ella) que había colocado sobre las espaldas de su entrañable tía Cándida. No perdía ocasión de lamentarlo en cuantas conversaciones viniera a cuento –aunque sonara a cuento-, más que nada por aventar pensamientos malignos o comentarios perversos. E insistía en achacarlo a su abarrotada agenda de obras pías fuera de casa, una pechera abarrotada de pins. Además, justamente la tía había sido una de las primeras beneficiarias de la caridad notoria de la sobrina.
   Todo un clásico en las conversaciones de Inmaculada: se dilata y diluye en explicar y explicar cómo Candidita (los diminutivos de Inmaculada), de natural soltera, cayó en soledad al morir sus padres, quedando con una mísera pensión asistencial que, si a duras penas le daba para comer, menos que nada para mantener la vivienda familiar, por lo que Gregorito no tuvo más remedio que comprársela –al citado por menor, claro-, y ella, la encomiable sobrina, se apresuró a acogerla en su casa y bajo su aura y manutención.

   Cándida siente que los párpados comienzan a ceder, más que al sueño a la presión de la emoción subyacente. Si al fin y al cabo tuviera cerca alguien con quien compartirla…
   Bien que pesa a Cándida la melaza que fondea por los senderos de sus edades. A quién recurrir, a qué sentimientos apelar, rebotarían contra ella misma.

   8,45 de la noche:

   Inmaculada, terminados los filetes, corre a arreglarse. Mientras, Gregorito, revestido ya con sus galas de supernumerario consorte, la apremia desde el salón y aprovecha para renovar imprecaciones, de baja intensidad, eso sí, pero zafias y mezquinas, eso también, contra las limitaciones que la presencia, o simplemente existencia, de la dichosa tía Cándida impone a la actividad cristianoparla del prístino y cabal matrimonio.
   La esposa iluminada se emperimoña, colorete de percalina, labios a juego y vestido de teresiana vip. A la vez que sus pensamientos hacen causa común con el rumiar de Gregorito. Meses antes de la boda de Fátima, casadas las dos hijas mayores, con Cándida frisando ya los ochenta años, y por tanto, incapacitada para buena parte de las tareas domésticas, la santidicha ha pretendido recurrir a sus hermanitos (los diminutivos de Inmaculada) para compartir la carga financiera, ésta sobre todo, y existencial de la tía provecta. Dos lanzadas de calvario que rezuman y resumen toda la hiel de esta pareja de frustrados querubines.
   Pero la respuesta fue tibia, en la doble acepción denotativa y connotativa del adjetivo, la de unos displicente, la de otros bronca, aunque con denominador común negativo: “Te has aprovechado de ella hasta la extenuación, la has exprimido al máximo, le has rebanado sus sentimientos hacia nosotros; y ahora que se ha convertido en un fardo para vosotros… ¿Y tú hablas de moral?, ¿de qué moral?”
   Inmaculada, revestida de sacramental, viene profesando recusación pública de estos miserables, hipócritas, repugnantes, pecadores y por ahí, para los que vaticina, por supuesto, las tinieblas del averno.

   Cándida dormita.

   9 de la noche:

   Inmaculada aprueba al espejo y se apresura a la cocina, pone en una bandeja de fibroplastic el plato de la tortilla, el de los filetes de pollo, una naranja y cubiertos, vuela a la salita, aterriza en la mesa con la impedimenta y dice a su tía:
   - Aquí tienes la cena, Candidita. Pero, mujer, no te duermas, que esta noche es Nochebuena. Ya sabes, que nos vamos a cenar con el señor obispo y el grupo de caridad diocesana en una residencia de ancianos. Si tus sobrinos se hubieran portado contigo de otra forma, ahora estarías… Pero, bueno, que vamos tarde. No te quedes levantada hasta las tantas. Que apago el brasero, no sea que se te olvide y nos metas fuego a la casa.

   Cándida espabila el rostro macilento, asiente con el automatismo acostumbrado y se pone a comer, sin recursos…