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viernes, 10 de febrero de 2017

LIBROS, DINERO (1)



            Hace tres años cumplí los cincuenta y murió mi madre. Siempre he vivido con mi madre. Bueno, con mi padre también, hasta que lo fulminó un infarto cuando aún me debatía en los quebraderos de la primera madurez.

      Pero sí, siempre estuve arrullado por continuos desvelos maternos. Aunque no como clásico hijo único, ni como clásico hijo menor. Soy el tercero de cuatro hermanos varones.
 
   Ni qué decir que la explicación existe, razonada y razonable.

    Mi padre tenía un negocio de desguace de automóviles, considerable y próspero. Contaba con unos ocho o diez empleados, que incluso a veces no alcanzaban a cubrir eficazmente todo el trabajo. Pero cuando falleció, el negocio siguió el mismo camino del patrón.

    Claro, alguien se preguntará -de hecho más de uno se lo preguntó entonces- por qué alguno de los hijos, por lo menos uno de los cuatro, no continuó con el negocio, o la misma la madre, o ella con el apoyo o en comandita familiar. Sobre todo, con réditos tan halagüeños.

   Los motivos son los que son, por más que mentes cabalísticas y crematísticas se empeñen en hurgar.

    Mi madre era la reina de la casa. Pero no por arcano tópico o eufemismo machista. No. Me admiraba el trato que le profesaba mi padre, sus sentimientos, su proceder, el compromiso, la ternura, el respeto, la veneración y hasta lo poco que yo acertaba a intuir de pulsión sexual. Superaban cualquier otra historia de amor que me llegara por la vida o por la literatura. Conste que soy un gran lector, puedo demostrarlo, y lo voy a hacer.

   Así pues, mi madre solo conocía del negocio los suculentos beneficios que reportaba a la hacienda familiar, que ella administraba con equilibrio,  solvencia y sus gotitas de dispendio y creatividad. Pero poco más.

Mis hermanos. El mayor, Francisco José, de mente despierta y proactiva, se deslomó curso a curso, machaque a machaque, para alcanzar el rango de ingeniero industrial, y al poco, ejecutivo de una multinacional de reciclaje de residuos sólidos urbanos. El segundo, Juan Manuel, cartesiano y oportunista, picoteó más por las relaciones sociales que por los estudios; pero, cuando esgrimió currículo empresarial paterno y carnet de partido, se encumbró en la dirección de una empresa pública de infraestructuras. El menor, Antonio Ángel, avispado y subterráneo, dosificó iniciativas, moldeó expectativas, hasta que a finales de adolescencia, dos meses después de la muerte del padre, en la mismísima cola para matricularse en Veterinaria lo deslumbró el amor en forma de braguetazo, un bellezón de su edad heredera de nosecuántos establos de cuadra caballar.

De modo que mis tres hermanos, aun conscientes y profundamente agradecidos -de verdad, profundamente- a la trascendencia en sus vidas de la empresa paterna, cada cual con sus razones, declinaron asumir el negocio tras el luctuoso evento. Principalmente coincidían en que un desguace, por lucrativo que fuera, no se adecuaba a su status, sus status.

En cuanto a mí, siempre fui un negado para la industria en general y la consiguiente administración de empresas, y en este particular, para sopesar el valor de un capó arrugado, una llanta medio enmohecida, un retrovisor arañado, un chasis reutilizable, un carburante de quizás-quizás, una válvula en condiciones aceptables, una caja de cambios para cambiarla entera, cables de circuitos y tantísimas oportunidades como le escuchaba a mi padre cuando le llegaba un comprador de regate o un vendedor lloroso. Todo lo tocante a aquella técnica o tecnología, sus productos, aplicaciones y posibilidades de rehabilitación me repelía. Incluso a veces me causaba algún que otro recelo de orden moral, un indeterminado escozor de espíritu sobre el que nunca me atreví a indagar. El negocio era de mi padre, y mi padre siempre fue mi padre. Pero la panorámica de aquel inmenso cercado de coches desvencijados, o verlos llegar derrotados, humillosos, desalmados, inútiles sobre la grúa patibularia me producía pesadumbre, lástima, grima, no sé, como si reflejaran las miserias de la condición humana.
 
Seguramente esta sensibilidad mía ya me venía integrada en algunos cromosomas de estos que dicen, aunque desde luego fue educada y potenciada desde mi nacimiento. 

      Mi madre, de carácter proclive a la ensoñación, propuso, y mi padre aceptó con devoción, orientar mi dinámica vital hacia las ciencias del espíritu. Pero como aquello quedaba algo etéreo, pronto resolvieron la vía de la literatura como la más adecuada y honorable.

     Así pues, desde el mismísimo ma-me-mi-mo-mu pusieron toda la carne en el asador, quiero decir, libros…, bueno, en el asador no…, me estoy liando… O sea, en cuanto mi capacidad lectora tomó asiento, fueron llegando a mi cuarto Los tres cerditos, Cenicienta, El gato con botas, Caperucita y su lobo, Pulgarcito, Blancanieves con sus enanitos, Alí Babá con cuarenta ladrones, la gallina de los huevos de oro, Juan Sinmiedo, la lechera y tantos cuantos cuentos. Y llegaron para quedarse y, lo más traumático para mí entonces, para sumirme en un mundo mágico pero controvertido. Oscuros resortes de la paradoja que siempre desembocan en magia, perplejidad o frustración.

No sabría precisar en qué vector situarme. Buena parte de aquellos relatos suscitaba una especie de medrosa carcoma en alguna franja de mi entendimiento, resultado del permanente contraste ficción-realidad. Lo que más, me tiré un mes con los cinco sentidos pendientes de los huevos que ponían las gallinas, con la ansiedad de descubrir el de oro, uno, por lo menos uno, reporfavor. Y nada. Con la ilusión hirviendo no me quedó otra que recurrir a mi madre. Ella, avisada, prudente y culta, fue desbrozando coordenadas, paralelismos y alegorías hasta la disección final indolora y sentenciosa. Tan docta intervención me relajó el espíritu y avivó las entendederas. Hasta el punto de que con ocho años descubrir que los Reyes son los padres, bah, era de cajón.

También aquella conversación materno-filial de huevos, sus proteínas y sus símbolos produjo en mí un efecto colateral, me inoculó la predisposición a relativizar. Lo he descifrado al cabo de los años, un día de estos que te levantas meditabundo y te preguntas ¿de dónde me viene? Analizas hacia atrás, más atrás, mucho más atrás, y de pronto, ah, desde entonces, desde aquella gallina psicomaleable.
 
Bien es verdad que semejante huevo de fantasía no mermó mi interés, inquietud, curiosidad o vaya usted a saber qué por la ficción, por las otras realidades que me ofrecía la literatura. Un canto de sirena -¿de gallina?- brujo, con el que he convivido felizmente hasta ahora.

La literatura me ha dado todo, medio, sostén, inteligencia, fantasía, cercanía y distancia, panorámica y esencia, amor y desdén, humor, crítica, ocio, muchísimo ocio, y últimamente algún que otro sobresalto emocional personalísimo; en resumidas cuentas, la práctica totalidad del poliedro humano.

Lo primero que recibí de ella fue independencia económica; como lector, no como escritor.  Desde los primeros momentos hasta el día de hoy. Un efecto sobrevenido, pero determinante para mi peripecia vital. Gracias a aquel empeño de mis padres por iniciarme en el conocimiento y gozo de la literatura.

Parece extraño y hasta increíble, vivir de leer, o de haber leído. Cuando menos, se te dispara la cara de escéptico. Pero en mi caso tiene su lógica.

Como queda dicho, el negocio paterno presentaba tal cuadro macroeconómico que proporcionaba una microeconomía familiar más que saneada. Razón por la cual me exoneraron de plantearme futuro laboral alguno. Algo así como no te preocupes de un trabajo para el día de mañana y céntrate en disfrutar de la literatura, ¿para toda la vida?, que sí, que sí, que no te preocupes, ya lo entenderás.

No me libraron de la escuela y el instituto, imprescindibles colaboradores necesarios de apoyo al camino emprendido. Pero no cabía duda de sus intenciones: ya durante esta etapa de aulas me encomendaron a un preceptor. ¿Un preceptor?, pregunté sorprendido cuando me lo anunciaron. Solo había tropezado con esta figura docente en mis lecturas de clásicos. ¿Cómo de pronto saltaba a la actualidad desde siglos atrás, y de la ficción a la realidad, a mi realidad? Me sonaba a trasnochado, claro. Pero mis padres se empeñaron. Mi madre había leído mucho de eso.

Así que me pusieron al cuidado dialéctico de don Fermín, un profesor de universidad jubilado, amigo de la familia por circunstancias que se me escapan. No se trataba de clases particulares al uso, sino de un auténtico preceptor, en el sentido más decimonónico del término, aunque con exclusiva dedicación al mundo literario. Nuestros encuentros no se sucedían con periodicidad metódica ni reglada. Al principio, cada mes o mes y medio. Después se fueron espaciando, a medida que él ponderaba mis avances y decidía ir soltando hilo. Yo me aficioné enseguida, y aguardaba cada cita con entusiasmo y expectación. No eran  clases, ya digo, sino charlas que se prolongaban a lo largo de toda una tarde, donde yo contrastaba las conclusiones sobre mis lecturas con sus criterios, y él me orientaba, sugería, proponía, con esa bonanza inteligente y maestra que sólo se alcanza con la edad.

Hacia el final del bachillerato, consideró que poco más podía aportar a mi inmersión en la literatura, y dejó de acudir a casa.

-Necesitas volar solo y ligero, y aunque mucho te he ayudado, posiblemente me convierta en rémora para ti desde ahora -me dijo con su voz templada y magnánima.

Pero yo, en cuanto acertaba con el pretexto, dos meses, tres meses, acudía a visitarlo. Conversaciones ágiles, sutiles, livianas o densas, agudas o circunflejas, temáticas o de partida de ajedrez. Don Fermín desplegaba tal lucidez que mi admiración apenas reparaba en incisos, esporádicos lamentos sobre las penurias -así lo llamaba- de su cuerpo. Hasta que esas penurias le apagaron también la mente; y su hijo, con cuya familia vivía y lo cuidaba, me negó cariñosamente la entrada. Durante el funeral, poco después, fue cuando asumí su dictado y verdaderamente comencé a volar solo y ligero.

Para entonces mis padres y don Fermín habían materializado sus ilusiones. Heme aquí lector empedernido de todo tipo de literatura, sin más oficio ni beneficio, ni menos. Ni otra preocupación para el futuro inmediato ni remoto, por lo menos en cuanto a cuestiones económicas. Mis padres, con la justificación de ser el único hijo al que no habían sufragado gastos de estudios, habían abierto dos cuentas a mi nombre de forma un tanto discrecional, es decir, con el desconocimiento de mis hermanos. Una para mis gastos corrientes, y otra de plazo fijo con vistas al largo plazo, de la cual no tuve conocimiento hasta que murió mi padre. Para entonces sólo quedaba yo bajo el techo de la casa familiar, y a mi madre, seguramente temerosa de la soledad, le faltó tiempo para ponerme al tanto. La cantidad era más que sustanciosa, porque, según me confesó, además de los ingresos periódicos que hacía mi padre, ella también me allegaba lo suyo en cuanto arracimaba una buena masita de su administración doméstica.

Por si fuera poco -que era muchísimo- también me correspondió un buen pico de la herencia paterna, procedente principalmente del traspaso y venta del negocio de desguace. Aquí sí, aquí hubo que repartir de acuerdo con la ley, porque mis hermanos habían renunciado a continuar con el negocio paterno, como he dicho, pero, claro, no a los beneficios de su liquidación. Encima, mi madre, una vez cobrada su parte -la mitad, ya se sabe-, también la ingresó completa en mi cuenta. Me aseguraba que ella tenía de sobra con la pensión de viudedad y con un plan de pensiones que tenía suscrito con mi padre.

Y más. Mientras vivió mi madre, como permanecí a su lado,  no consintió que mis gastos corrientes corrieran de mi cuenta.

Mi madre era lo que se suele llamar una mujer de carácter, sólida y desenvuelta, pero también de una sensibilidad intelectual exquisita, permeable y mesurada, a pesar de carecer de estudios titulados. El maniobreo empresarial del marido, de dudosa ética en algún caso, no lo desconocía, porqué él nunca escatimó sinceridades. Pero ella eludía pronunciarse y enjugaba sus zozobras con acendradas incursiones en la ficción literaria. El mismo camino en el que ella me había iniciado y que nutrió nuestra relación más allá de la habitual materno-filial.

 Así pues, cuando me abandonó su último suspiro, me encontré con una afortunada fortuna y una desolada soledad.

Anduve unos meses un tanto noqueado, cerebriagarrotado, entre cábalas y esbozos de futuro. El dinero me daba seguridad, la literatura profundidad, pero había más horas y días, todos los días por delante.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

EL PANEGIRISTA (2)

   Del pálpito a la realidad. Ni en los mejores sueños. Por Pascuas don Zoílo reapareció por el taller. En principio parecía visita de cortesía, pero me puse en lo peor: otra vez me va a tangar, pensé. Desde luego, no me sorprendió; raro que los curas se conformen con llamar dos veces como el cartero. Pero esta tercera tomó rumbo diferente enseguida. Este hombre de Dios, pero hombre al fin y al cabo -reconocía con tanta humildad como impostura- y aquejado de cierta mala conciencia, querría compensarme, enjugar mis resquemores. Nada menos que con una de esas hermandades de romería primaveral. Aquí hay pasta, me aseguraba, ni libracos ni cursilerías. Te pones vibrante cuando la iglesia dé el campanazo de salida, y billetes, nada más que billetes, si acaso también alguna medallita para cubrir apariencias y acallar remordimientos. Si no te fías de mí, pregúntale a tu padre, no te digo más.
   Tenía la sensación de que me hablaba un trilero en vez de un cura. Pero consulté a mi padre, me pidió que aceptara y acepté.
   No me resultó tan engorroso: enaltecimiento de cómo los peregrinos enjaezan sus almas tan ricamente como sus caballos, carretas, atuendos de la tradición, aperos gastronómicos y vináticos, símil bien horneado y profusamente ornado con selecto florilegio del cancionero popular y apócrifo, todo en una línea altibajosonante con intervalos enfáticos, sibilantes o cavernosos. Delirio final, vítores, olés y tromba orquestada de palmas rocieras.
   Omito por pudor el estipendio -el término es del cura- recibido: lo que no me daban en tres meses mis trabajos de ebanistería, y encima la mitad en negro. También cayó la medallita predicha, también, trofeo que guardo prudentemente en un cajón del despacho del taller.
   La siguiente ocasión llegaría un par de meses después. Estaban organizando un homenaje a don Roque con motivo de su jubilación, mi maestro y el más querido del barrio durante años. Me propusieron intervenir, pero no como uno más de la lista de admiradores y agradecidos exdiscípulos o solícitos poderes fácticos del barrio como AMPAS, Asociación de Vecinos, comerciantes, etc., además del omnipresente cura del Diezmo (¡qué habilidad la de este hombre!, ¡siempre haciéndose hueco!). No. Me pidieron glosar la figura de don Roque como colofón estelar y lapidario del homenaje. Aunque, eso sí, me lo dejaron claro desde el principio, aquí no había prevista gratificación ni regalo conmemorativo, sólo la plusvalía emocional que generara.
   A mí, don Roque… Creo que tuve mejores maestros, pero como era tan cariñoso y buena gente… Consulté a mi padre, me pidió que aceptara y acepté.
   Me puse a desempolvar palabras y expresiones del recuerdo, petrolearlas y lubricarlas para dar el máximo lustre a homenaje tan entrañable para el vecindario.
   Pues conseguí una cerrada ovación, estruendosa, multiplicativa y con lagrimillas deslizándose inevitables desde la flor de las pestañas, más el compungido y febril abrazo de don Roque.
   Tres panegíricos, tres éxitos que se fueron expandiendo por el barrio mediante las vías habituales, la predigital del boca a boca y la que incluye el genérico denominado redes sociales.
   Poco tardaría la oferta que me tiene paralizado el hilo de la travesía, crítica, en el tris de la indecisión.
   Tras el verano, se cumpliría el centenario de la fundación del barrio, y la Asociación de Vecinos aspiraba a festejarlo por todo lo alto. El presidente de la Asociación se interesó personalmente por mi intervención: para solemnizar el acto central de tan magna conmemoración, nada mejor que un inflamado discurso. Quién como tú, argumentó en plan irrefutable. Aderezó además la oferta con lisonjas de rango, asistirían autoridades y representaciones sociales, laborales y religiosas de primer nivel. ¿Religiosas? El cura otra vez, me temí, mientras él desgranaba una lista prolija y farragosa que finalizaba con la Mejorana. Ahí recuperé la consciencia. ¿La Mejorana?, pregunté.
   Ipso facto, el presidente estrechó el cerco, había dado con el señuelo para mi consentimiento. La Mejorana era hija y nieta del barrio. Aunque el apodo le venía de algún ascendiente más lejano. Según los mentideros, este antepasado acostumbraba a aprobar actitudes, comportamientos o comentarios con el adjetivo `mejor´. De modo tan reiterativo que con el tiempo la cháchara popular determinó identificarlo por el Mejorano. El término prosperó y se convirtió en legado genealógico. Hasta recaer actualmente en Eduvigis Ruiz Manosalvas.
   La chica, siguió el presidente, cuando jovencilla se resistía al mote, tanto que repartió más de un sopapo entre sus compañeros de instituto. Lo que conllevó el lógico efecto contraproducente: la irremediable expansión del uso de tal alias. Ella, como en el fondo no lo percibía esencialmente ominoso, se rendiría pronto a la evidencia, máxime cuando tampoco le seducía de modo especial el nombre de pila que le habían endosado -omitió quién había perpetrado tal denominación a la recién nacida-. Así, terminó por preferir Mejorana a Eduvigis. Sin complejos, con clase y frescura, hasta sus actuales treinta y pocos años.
   Como la anécdota no conseguía distender mi entrecejo interrogativo, el presidente amplió su argumentación. La magnitud del evento reclamaba cuidar todos los detalles. Entre otros, el barrio merecía que lo honraran con su presencia sus prohombres y promujeres -así se expresó el tío-. Eduvigis la Mejorana proporcionaría empaque y glamour. Vivía en Madrid, haría unos diez o doce años, a donde marchó a lomos de una suculenta beca para estudiar Económicas. Y no volvió al barrio. Cuando terminó la carrera paseó expediente académico por algunas empresas del ramo, sin fortuna. Pero no se amilanó. Intuitiva y valiente donde las haya, decidió una suerte de reciclaje y, con algún dinerillo prestado por su padre o no se sabe quién, abrió un gabinete de estética por La Gran Vía. Tuvo suerte. Al poco abrió otro en el barrio de Salamanca. Luego en La Moraleja y recientemente en Toledo capital. Está montada, pero no ha renegado de sus orígenes -aseguraba el presidente al borde de la veneración-. Viene con frecuencia a pasar unos días con sus padres y, lo más importante, se ha puesto el nombre del barrio por montera y en su firma comercial.
   Pensé que ya había terminado, pero no. Tomaba aire para añadir un registro más. De entrada, Eduvigita, además de listísima, era una preciosidad -aquí le afloraron unos ojillos tiernos de viejo libidinoso-. Inició una descripción de melenaza, ojazos,... con aumentativos que interrumpió abrupta y prudentemente cuando ya salivaba retrato abajo, para retroceder a la sonrisa graciosa y esmeralda de esta mujer, por ahí se entretuvo mientras rebuscaba alguna justificación a su traicionero subconsciente. Resultado tragicómico, farfulleo de sugerencias: mi ardiente prosapia versus las incógnitas curvas de la Mejorana.
   Corrigió el asomo de patinazo flagelándose con un olvido de categoría bien distinta. Un pequeño detalle de gran importancia. La Asociación premiaría mi discurso con un sustancioso emolumento, por supuesto, por supuesto, faltaría más. Además de los fondos propios contaba con una magra subvención del Ayuntamiento para el evento -el evento, término estrella, recurrente, sobado, de la última década-. Alguna ínfula de concomitancias ideológicas se le escapó. Luego añadió una cifra de cuatro dígitos (sin comas) y dio por concluida la exposición. Epílogo de aliento expectante, que relajó levemente en la despedida, cuando le prometí una pronta respuesta. Supuse que la interpretaba como la mejor disposición.
   Consulté a mi padre, mi padre consultó a su vez. Desconozco a quién o quiénes, aunque lo intuyo. Luego me pidió que aceptara y acepté.
   Aun con todo el verano por delante, el tiempo me venía más que ajustado. Porque, bien que siempre yo había vivido en el barrio, bien que la carpintería me tenía incardinado en él, bien que la mayoría de mis clientes procedía de este entorno y por tanto conocía buena parte de su idiosincrasia, bien que mis amistades, relaciones sociales, tertulias y tal radicaban en el perímetro del barrio principalmente desde que abandoné mis timideces y complejos adyacentes, bien que todo eso me proporcionaba abundante información de la que servirme. Pero en realidad, a mí, el barrio como tal, su dinámica existencial, sus traumas y verbeneos apenas me habían empollado un sentimiento de integración en la tribu, ni esta falla me había causado una mísera resaca. Así pues, me importunaban dos hándicaps de envergadura: historia del barrio, de sus fortunas y adversidades, y creérmelo, o sea, interiorizar su presente sociológico.
   Para lo primero, consideré imprescindible dotarme de amplia documentación, oral y escrita. Para la escrita acudí a los archivos provinciales y locales, municipales y religiosos, al google y a la wikipedia (curiosamente estos dos últimos me proporcionaron casi más información que los otros). Y para la oral me aventuré por un rosario de visitas programadas o espontáneas a los más viejos del lugar, con resultado desigual, claro: mudas, particulares o expansivas.
   En cuanto a subsanar mi otra carencia, asumirme como espécimen vivo del barrio, agucé la observación del presente y el análisis retrospectivo, intentando en lo posible superar el hervidero cáustico que me socarroneaba a cada reflexión.
   Arduo esfuerzo de responsabilidad cuya prueba de fuego no habría que fijarla en ese instante inicial donde el orador afronta un auditorio repleto en la carpa que ocupa casi la totalidad de la plaza del barrio. No. Tampoco me intimidaba esa primera fila con todo el señero muestrario de autoridades y representaciones, rostros circunspectos, poses en expositor. No. Ni el alcalde con su lustrada vara de mando, ni el presidente de la asociación de vecinos acicalado de tal, ni el obispo vestido de ceremonia civil, ni el consejero de asuntos sociales con su afectación de autoridad supralocal, ni el rector de la universidad, ni los decanos de sus facultades, ni el presidente de la asociación de cofradías, ni el presidente de la confederación de asociaciones de vecinos, ni el presidente de la cámara de comercio, ni la directora de los museos municipales, ni la directora del archivo municipal, ni la directora de un instituto del barrio, ni el director del otro instituto del barrio, ni los directores de los cinco colegios del barrio, ni los tres directores de las tres sucursales bancarias del barrio, ni el presidente de la asociación de comerciantes del barrio, ni los presidentes o directores de obras sociales o fundaciones sin ánimo de lucro, ni los directores de periódicos y radios provinciales, ni los secretarios provinciales de los sindicatos, ni el cura del Diezmo, de riguroso paisano, que a saber por qué se había colado en esa primera fila (aunque ahora ya sí lo sé), ni el ramillete de prohombres y promujeres del barrio. No, ni en conjunto ni parcelados.
   Tan sólo la Mejorana, que ocupaba plaza entre un catedrático de derecho penal, uno de los prohombres de marras, y el cura del Diezmo. La imagen iridiscente de Eduvigis la Mejorana era lo que verdaderamente me desequilibraba. Sus ojos almendrados, mejillas de albaricoque, labios de falso botox, cabellos de cobre fundido, cuello de caoba láctea, y de ahí para abajo un sinuar de alabeos que cautivan hasta el filo de la minifalda ínfima y arrebatan hasta el sometimiento de la hipófisis, mi mirada prendida en travelín descendente y ascendente. “Venus de la gubia”, concedí a mis ensoñaciones (la salsa que se gasta la imaginación).
   Decenas de focos fueron oscureciendo hasta el silencio opaco, a la vez que fosforeaban las candilejas que nimbaban mi estrado hasta condensar un luminar cálido y solícito.
   Mi mirada se dirigió hacia la panorámica oscura y silente, pero alguna venilla de mi nervio óptico no perdía de vista (valga la redundancia) las piernas de la Mejorana oscilando una sobre la otra. La imaginaba desnudándose para mí y… puaff… ensayaba en mi interior una anticadencia tonal que sería envidia de cualquier aprendiz de diputado. Todas las membranas del sistema sensorial, todas, más esa libidinosa venilla del nervio óptico me alertaron: he aquí el momento crucial, la fecha D, el momento H, la travesía del Rubicón, el cruce del cabo de Hornos, el asalto a los cuarteles de invierno, el fatídico o esperanzado minuto noventa.
   Sí, sí, ¡hurra!, lo conseguí, o mejor, lo superé. El panegírico del barrio, desde su mítica fundación hasta el galáctico futuro, pasando por su prosopopéyico presente, resultó un vibrante barrido épico-alegórico. Donde la Mejorana era su inspiración trascedente, inteligencia, audacia y belleza. Párrafo a párrafo, al rítmico vaivén pendular y alternativo de sus piernas cruzadas, ahora la derecha, ahora la izquierda, y así.
   Claro que me encasquillé, un par de veces, cuando mis ojos en un desliz, en dos, ávidos de complicidad, subieron a su sonrisa y la encontraron sugestiva, zalamera, abracadabra, qué sé yo. Me encasquillé, ya digo: segundos de voz en blanco, que resolvió ella misma. Válganme los anillos de Júpiter. En cuanto reparó en mi trastabilleo y sus causas y sus consecuencias, rompió a aplaudir, ella sola primero, pero arrancó enseguida las del cura del Diezmo (le faltó tiempo a este, aun con soslayo perplejo hacia el súbito ardor de su vecina), a continuación la del catedrático de derecho penal (aun con cara de recién despertado) y, cual onda expansiva, la de toda la primera fila, que rompió hacia atrás en oleadas a lo largo y ancho del auditorio encarpado. Lo mismo en los dos derrapes.
   Pero al final, colofón de ensueño, un público arrebatado, eléctrico, palmas arriba, y más y más y otra vez, y abrazos de felicitaciones comedidos o desmedidos por doquier y viva la madre que te parió, y el beso de la Mejorana esquinado en la comisura con subrepticio susurro al oído: “Esto se puede mejorar”. Ambigua alusión que me ha perseguido hasta hoy. No conseguía descifrar si se refería al discurso, a su inesperado y dulce beso o a algún qué sé yo qué.
   Luego hubo música a pulmón, bailes y cóctel acotado para el colectivo de la primera fila, más el abigarrado ejercito de sus subalternos de la segunda y tercera (ya se sabe, concejales, cabildo, delegados provinciales, señoras de la variada gama de presidentes y otras denominaciones y tal). Para el resto del vecindario, el común de los mortales, una larga barra de feria con precios populares.
   En el cóctel, entre los asistentes de segundo nivel se encontraba el novio de la Mejorana. Antes de conocerlo ya sabía de él: un chico alto y esbelto. Así me lo habían descrito almas envidioso-caritativas, con esa redundancia adjetiva y baúl de correpasillos de alcachofa y colorín. Luego, me lo presentaría el presidente de la asociación de vecinos en los minutos previos al acto. O mejor dicho, el presidente me presentó a la Mejorana y seguidamente ella, con un reojo de advertencia, le indicó que hiciera lo propio con su novio, Javier. Mi impresión discrepó del cotilleo recibido, me pareció algo contrahecho y mudito, semblante, gesto y saludo por cortesía de manual. Tampoco concordaba su actitud hacia la Mejorana con sospecheos en torno a esta relación sentimental, apenas se separaron en toda la fiesta, que se prolongó hasta las inevitables y clásicas altas horas.
   Larga madrugada en la que escasamente intercambié con mi musa, fortuita, desconcertante y magnética, algún que otro comentario banal, o medio banal, cuando casualmente coincidíamos con otros de por medio (digo yo que coincidíamos). Pero sí percibí que su mirada me perseguía, como si no cejara hasta engarzar la mía, para transmitirme uno de esos mensajes sólo reservados a pupilas cautivadoras o cautivadas. O acaso yo rastreaba fascinado el incierto deambular de sus ojos hasta que se posaban en mí. Encuentros de instantes infinitos que repetidamente cuarteaba la aparición en foco del cura del Diezmo. Ese tío, cuantas veces se acercaba a la Mejorana aprovechaba el batir de bafles para salmodiarle a la oreja alguna gracieta, seguro, porque ella siempre respondía con sonrisas de negativa picarona, o así me lo parecía. Mientras el novio distraía miradas hacia fuera. Aunque enseguida la Mejorana volvía a buscar la mía. Y yo me preguntaba, me preguntaba, me preguntaba, a la vez que intentaba corresponder a cuantos se me acercaban con elogios a mi discurso.
   Sólo conseguí, o conseguimos, un aparte en toda la noche. De improviso, cinco minutos quizás, pero brujos, interlatentes, pericircuitados. Para sus palabras de silogismo poliédrico:
   -Tú, con tres carreras, una especialidad artesana tan envidiable como escasa, y esa labia impagable, ¿qué haces aquí en el barrio?, ¿vegetar ya?, vente a Madrid. Y además, ¡con lo guapo que eres!
   Alargaba la mano hacia mi cara rubor-vorágine como para ratificar su admiración, cuando…, ¡reporfavor!, el cura del Diezmo abortó el sortilegio. Con su solemnidad magnánima y sus brazos de abrazar hombros: menuda fiesta, qué hacéis los dos tan solos, hay que compartir con los vecinos, vamos a tomar un cubata. Momento en el que se incorporó el novio, que no sé de dónde había salido, con esa sonrisa de archivo que no había cambiado en toda la noche. Y allá que fuimos a la barra en cuádruple sonriseo. Orientados por la dirección previsora del cura caímos justo al lado del presidente de la asociación de vecinos, que departía jacarandoso y medioetílico por allí, al que le faltó tiempo para invitarnos a los cubatas previstos. En cuanto nos vio llegar, me endilgó el enésimo abrazo, qué bien lo has hecho, joder. E inmediatamente se volvió a la Mejorana para reclamarle su ratificación: te habrás dado cuenta, eh, te lo dije, este tío es de cojones, vale un potosí. Y la Mejorana asentía con esa sonrisa plurivariable y estanca que Dios le ha dado, de matrícula para el presidente, coyuntural para el novio, multifunción para el cura y de barniz cómplice para mí.
   La situación me desbordaba. Tres tipos, o cuatro si me incluyo, cada uno al dictado de su particular parasíntesis en torno a la Mejorana. Y ella, sorbito a sorbito, entibiar vapores. Me la comía. Me despedí en un pronto, iba a excusarme con madrugar por trabajos pendientes y comprometidos en plazo, pero apenas los otros tres replicaron. Ni la Mejorana. Aunque me obsequió con una recompensa inesperada: ya me alejaba unos metros de ellos, cuando me llamó, se acercó, me ofrendó otro beso junto a la comisura de los labios y el susurro de su garganta satinada:
   -No lo olvides, vente a Madrid, es mejor.
   Debe de ser que ante riesgos de bloqueo me crezco, porque esa noche dormí profundamente, desde el segundo instante, en que confié a la almohada la resolución del conflicto erótico-sentimental-profesional que me embargaba.

martes, 4 de agosto de 2015

EL PANEGIRISTA (1)

   Mi inclinación por la oratoria atraviesa un momento crucial, prendida del vértigo de un trance, atrapada en un batir de alas retenidas… No sé, apenas acierto a describirla más allá de los apuntes para un poema primerizo y serpentino o medroso o desconfigurado.
   Todo por culpa o mérito de la Mejorana.
   Lo mío no ha sido siempre la oratoria, ni mucho menos. Ni el más mínimo indicio cabe rastrear en mi histórico de pubertad y sucesivas adolescencias, donde me debatía en un retraimiento persistente. Sin embargo, esta dedicación pública ha llegado a absorberme tanto en los últimos tiempos que, paradojas de la vida, cuestionaría fácilmente aquella introversión endémica.
   Además, así al pronto, mi actual estatus de panegirista de cabecera tampoco guarda relación con el trabajo en el que me inicié de jovencito y he consolidado ahora por la primera madurez: artesanía de la madera, o sea, talla, marquetería y derivados. Trayectoria laboral nada ajena al decisivo influjo paterno.
   Pero que nadie se venga a sospechas, claro que estudié y mucho. Y siempre con calificaciones brillantes, en el colegio, en el instituto y en la mismísima universidad (becas y diplomas incluidos). No había asignatura que se me resistiera ni profesor que no rindiera pleitesía a los galopantes avances de mi aprendizaje. En la carpintería cuelgan los títulos de licenciado en Hispánicas, en Historia Moderna y Contemporánea y en Bellas Artes. Los dos primeros lucieron casi simultáneos. El tercero fue algo posterior, cuando ya la profesión heredada me estimulaba hacia horizontes más creativos.
   En realidad, yo estudiaba con ahínco y frenesí porque de esa forma encubría la extrema timidez que me embargaba, el rasgo, cuasi mítico ya, que empantanaba mi carácter, o mi personalidad, o mis horas, o qué sé yo de mi ego. Había descubierto pronto que estudiar me enrocaba frente a un exterior que interpretaba inhóspito y amenazante. Hasta tal punto que cualquier señal sospechosa (y las percibía a menudo) acentuaba mi fervor por el saber. Los estudios me encriptaban y, simultáneamente, las frondas del preciado oficio que mi padre me había inculcado allá por los años de la pubertad.
   Quien no me conozca, a lo mejor resuelve alegremente que me encontraba infectado de misantropía. Pues no, siempre he sido respetuoso con la condición humana. En eso también mi padre ha tenido bastante que ver. Sólo que el paso siguiente se me hacía un abismo. Algún resorte obstruido que no dragaría hasta en las primeras horas de la madurez.
   Aunque lo de la oratoria aún tardaría en aparecer. Del modo más inesperado. Y tras su estela, la reciente irrupción de la Mejorana.
   Habría que precisar, sí. Mi primer contacto con la oratoria fue durante la carrera de Hispánicas, en forma de asignatura optativa. Que se llamaba así, Oratoria. La escogí principalmente por curiosidad, o quién sabe si al calor de alguna célula durmiente. Quizás algún avezado psicólogo vincularía la elección con un recóndito deseo de fumigar aquella timidez mía.
   De todas maneras, mi paso por disciplina tan exótica no acarreó cambios más allá del cultivo de conocimientos. A pesar de la pasión del profesor. Él, siempre con las carótidas en reventón para describir y exaltar las prédicas de Demóstenes, repudiar la farra léxica de fray Gerundio de Campazas, reproducir emocionado y de memoria un discurso de Cánovas, machacar una y otra vez con la estructura argumental del panegírico, o aplicar la lupa a cuantos trabajos de investigación y redacciones de discurso encargaba.
   Ni hablar, no hubo mella entonces. Continué y finalicé mis estudios de Hispánicas (también de Historia) como si tal, sin menguar en las ayudas que prestaba a mi padre en el taller. Tampoco cuando después, como queda dicho, decidí enrolarme en Bellas Artes.
   Y para que la Mejorana se convirtiera en obsesión, aún faltaban estadios.
   Durante aquellos años percibí en mi padre sentimientos encontrados: se debatía entre el orgullo por la portentosa trayectoria de mis estudios y la satisfacción por mis rápidos progresos en el tratamiento de la madera. A duras penas reprimía su ilusión de que el hijo continuara el oficio paterno, igual que su temor a que tanta carrera universitaria diera al traste con sus aspiraciones.
   Mi actitud se esforzaba en no alimentarle suspicacias; pero su fuero interno quizás la identificara más con simulación. Recuerdo cuando le anuncié la intención de estudiar Bellas Artes, que por entonces ya abrigaba él cierta tranquilidad. Ni atisbo de resistencia, pero el silencio en muchos casos es demasiado elocuente.
   No respiró por su deseo hasta el ecuador de estos estudios. Durante las vacaciones de verano, un buen día me propuso que me encargara del taller, que intercambiáramos los papeles, yo lo dirigía y él me ayudaba. Alegó cansancio propio de la edad y otras mentirijillas. Le pedí prórroga, con juramento de que al final de la carrera asumiría la responsabilidad con carácter permanente y perdurable. Sólo concedió una satisfacción a medias, por el recelo a que en el ínterin me sedujera algún canto de sirena, supongo, sobre todo si procedía de la enseñanza. Aunque yo, en honor a la verdad, me imaginaba enfrascado en docencias y se me aturullaba la mente y hasta el reverso de la lengua.
   En realidad, su temido canto de sirena no sucedería hasta años después de materializarse mi leal compromiso. Que no fue canto, ni sirena propiamente dicha, sino la Mejorana sentada en la primera fila de butacas paladeando mi pregón del centenario del barrio, con su minifalda ínfima, sus piernas cruzadas y en este plan.
   Todo comenzó, lo de la oratoria digo, bastante tiempo atrás. Cabría establecer el embrión a partir del traspaso de poderes en la carpintería. Cuando terminé Bellas Artes, a mi padre le faltó tiempo para colocarme al frente. No se desentendió del trabajo, pero sí del negocio como tal. Estos son los clientes y allá te las compongas (no lo dijo así, pero más o menos), tal grado había alcanzado su obsesión por implicarme.
   Acepté sin rechistar, incluso con ilusión y decisiones por mitigar y apagar sus últimas cautelas. Mi primera iniciativa, dotar de una impronta personal al taller, un cocherón antiguo, alto y profundo, con tendencia a lóbrego, que había llegado a propiedad de mi padre por sucesivos avatares hereditarios. Andaba todo bastante desperdigado: tablas, tablones, listones, maderas de múltiples calidades apiladas o entremezcladas; utensilios herrumbrosos malconvivían con otros de reputada modernidad por estantes y paneles; maquinarias inútiles, desfasadas, vetustaban entre otras de última generación.
   De todas formas, huelga decir que de aquel revolutum nada escapaba al control y la memoria inmarcesible de mi padre. Pero yo, que llevaba años padeciendo aquel laberinto, me propuse otra organización, diría que más operativa y habitable.
   Contraté a una cuadrilla de albañiles para ciertos arreglos: ante todo, repellar los muros de aquel túnel del tiempo y abrirle ventanas o ventanales según permitiera su arquitectura. Y, contra pronóstico de mi padre y de algunos entendidillos del vecindario, la estructura resistió. Después se acometió el diseño funcional: dividí todo el espacio en tres zonas. La parte de la entrada, bien amplia, dedicada al trabajo diario. La otra mitad, de techos altos y prometedores, la seccioné en dos plantas. En la de abajo delimité dos compartimentos, uno de maquinas y otro de almacén de materiales, pero también con sus correspondientes subdivisiones tabicadas. Y arriba, una escalera de caracol para subir a la base de operaciones del negocio, la oficina. En ella, la parafernalia más modernizada: estantería de archivos, mesa de despacho, sillón de ejecutivo, teléfono, wifi, ordenador, nevera, sofá para atención a clientes, acreedores y otros visiteos, mesita para tomar algo, etc.
   La reforma no sólo casaba con mis estrategias laborales y comerciales, sino que además colmaba el empeño de mi padre. Ya no le cupo duda, lo mío iba en serio.
   Pero inexplicablemente ninguno de los dos contamos con un obstáculo de envergadura, mi superlativa timidez. Con el primer encargo, el trauma: convencer al cliente de haber captado su propósito de instalar un mueble-vitrina a todo lo largo y alto de un testero de su salón, alabar con mesura su sentido de la estética, explicar el diseño del boceto ideado, argumentar a favor de la calidad de los materiales necesarios y razonar el presupuesto resultante. Ah, y con soltura y solidez; el cliente puede renunciar ante cualquier vacilación o esguince expositivo. Las instrucciones de mi padre me parecieron tan precisas como escarpadas. Me bloqueé, tanto que sin su intervención postrera el mueble-vitrina habría quedado en mesilla de noche.
   Me reproché, me recriminé, me injurié hasta el encono. Y me juramenté, dramático y furibundo, para desterrar la temida timidez que me sojuzgaba. Urgía potente tratamiento de choque. Me apliqué una piqueta psicocoertiva con tal saña y a destajo que en pocos meses fui demoliendo aquel murallón subcutáneo donde hibernaba mi personalidad. Un proceso reactivo uniformemente acelerado que no dejó en pie ni a la neurona de guardia.
   Como primera medida, me afané en punzar mi natural introvertido en conversaciones sobre el oficio, en las que conseguí superar fatigas mil para manejar con cierta fluidez las estrategias paternas. Y desleído por ahí el temple taciturno que me entumecía, amplié el bisturí a la relación con las amistades que hormigueaban al calor del cambio de carácter. De tal manera notaba los efectos beneficiosos en el entorno, que al cabo devine en una especie de líder tertuliano. Qué duda cabe, el poso intelectual de mis sucesivos estudios universitarios aportó lo suyo.
   Si aquella transformación o transfiguración respondía a un clásico de la psicología -adoptar una determinada actitud para encubrir la contraria-, para eso están las apuestas. El caso es que me sentía maravillado de mí mismo, y los demás conmigo.
   Por entonces, cómo atisbar ni remotamente que semejante metamorfosis a la postre resultaría clave para mi dedicación a la oratoria, ni que su retórica travesía me llevara al encuentro -valga el eufemismo- con la Mejorana.
   Tampoco podía imaginar que el camino lo iniciara don Zoílo, el cura de la iglesia del Diezmo (así la llaman sus feligreses, a saber). Un hombre de dimensiones estándar, ojos felinos, voz rozagante y gesto pausado. Vestido de cura, parece cura, sí; pero, de paisano (las más de las veces), da perfil de director de sucursal de banco. Me refiero aquí al camino de la oratoria, no a la senda de mis efluvios hacia la Mejorana.
   No. El cura, como profesional de la escucha entre celosías, experto husmeador de la condición humana y amigo de mis padres, a lo más alcanzaría a intuir mis cuitas amorosas y colaterales. Pero de mi pulsión amorosa socavada, fantasía erótica desbocada y práctica sexual onanista, ni mú; ni en confesión (por razones obvias, la timidez como bandera y disculpa). Así que difícilmente arriesgaría soluciones, y mucho menos vía Mejorana.
   Y sin embargo, todo tiene su encaje.
   La cuestión surgió, lo de la oratoria digo, cuando un buen día don Zoílo me encargó la restauración del retablo del altar mayor. Se presentó en el taller, y con el mismo tono manierista que utiliza en las homilías, cual reflejo del retablo, me rogó encarecidamente aquel trabajo teologal. Lo de teologal es suyo, aseguraba que el dichoso retablo reproducía un compendio alegórico en bajorrelieve de las virtudes teologales. Aunque para mi gusto más bien semejaba el mar bravío de los pecados capitales.
   La parroquia del Diezmo estaba en otro barrio de la capital, pero don Zoílo se había criado en el nuestro, mantenía una relación supuestamente de melancolía con él y de amistad con mis padres. Así que consulté a mi padre, me pidió que aceptara y acepté. Nunca hasta hoy había cuestionado los criterios de mi padre.
   Arrancaba así mi andadura por el intrincado mundo de la restauración lignaria. Los trabajos se prolongaron dos meses. Durante los cuales hubo tiempo además para intercambiar con el cura opiniones y consideraciones sobre la vida social, cultural, etc. De religión, poco. No era don Zoílo muy dado a la pejiguera doctrinal.
   Allí surgió el germen, la predestinación. Avanzadas aquellas conversaciones, al pronto no advertí que el cura adoptaba una suerte de estrategia: cualquier tema que tratáramos le valía para elogiar mi capacidad y soltura expresiva. Se nota tu nivel universitario, apostillaba. Cada vez con más frecuencia.
   Claro que me sentía honrado. Pero ni llegué a sospechar finalidad alguna tras sus aleluyas. Hasta que, concluida la restauración, me desveló sus intenciones. Menuda jugada. Aquello, que ahora lo recuerdo como inaudito, ya entonces me pareció raro.
   Don Zoílo, con el desparpajo que le amparaba su condición sacerdotal, me recomendó-exigió la condonación de la factura que le presenté. Adujo como razones de peso las redichas virtudes teologales que mi pericia acababa de restaurar. Sobre todo la tercera, la caridad. Se explayó con lo del buen cristiano y tal, y remató con la prerrogativa de la iglesia en cuestión, el Diezmo (pero refiriéndose a la totalidad de la factura, conste). Me quedé ojiasombrado, cariperplejo y…y… cuerpiagarrotado todo. Como durante un minuto (un minuto es muchísimo en pasmos de esta índole).
   Al cabo, fue descosiendo el silencio con el tono más confidencial y sugerente que jamás haya percibido (ni con la Mejorana -por extremar el parangón-): la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Madero, con sede canónica en el Diezmo, andaba buscando pregonero para su Solemne Misa Penitencial previa a la Semana Santa. ¿Por qué no tú, hijo?, me arrulló. Aseguró de seguido que no le había pasado inadvertido mi verbo fluido y florido, de cuántos recursos expresivos en mis conversaciones habituales. Pasarán de las musas al teatro -así lo dijo el tío-. No dudaba, mi oratoria, inédita pero enjundiosa, estaría a la altura, y proporcionaría empaque y fuste -sus palabras- a la ceremonia. Y añadió un dato especialmente significativo para él: tratándose de la advocación del Madero, quién con mejores galas que un artesano de la madera para modular el más excelso panegírico de Jesús.
   Panegírico, la clave. La palabra y su concepto invadieron mis cavidades mentales. Aún no me lo explico.
   Todavía, ante mis presumibles reticencias, más que justificadas (ya me la había jugado con el retablo), completó su maniobra envolvente garantizando un generoso estipendio de la Cofradía a mi discurso. En realidad, le endosaba al Madero el pago del Diezmo. ¡Dios!, no recuerdo urdimbre tan jugosa en toda la literatura picaresca.
   Abrumado por el ardid, domesticado por mi ingenuidad, espoleado por la fantasía, impelido quizás por una loca carrera hacia las antípodas de mi timidez, consulté a mi padre, me pidió que aceptara y acepté.
   Por una extraña asociación de ideas, evoqué las voladoras de cadena, aquel artilugio del que apenas bajaba en las ferias de la pubertad. Me sentía como entonces, aquellos momentos en que las voladoras comenzaban a girar abriéndose en abanico. Bullían los nervios, el estómago contraído y la emoción del vértigo. Así se fraguó mi traslación al trópico de la oratoria, latitud de panegírico.
   Faltaban cinco meses. Escarbé por los apuntes de Hispánicas hasta dar con los de Oratoria. Busqué por Internet sin mucha convicción, pero topé con nutrida información sobre técnicas y recursos para esta forma de discurso. También encontré pregones de Semana Santa pronunciados en los últimos cincuenta años a lo largo de la geografía española. A la vez que me documentaba sobre el origen y trayectoria de la Cofradía del Madero mediante su presidente y el cura.
   Recopilación seguida de un trabajo metódico: eje temático y ramificaciones, estructura y vasos comunicantes, apartados y subapartados, cadencias, semicadencias y anticadencias, curvas melódicas, enlaces, músculo y crema expresiva. Boceto, pinta y colorea.
   A los tres meses, primera redacción y ensayos. Grabaciones en audio y vídeo. Siempre encontraba algo que me soliviantaba: ¿pero cómo he podido decir eso? o ¿cómo es posible que me haya salido ese tono desplumado? Análisis provisional: fracasillos, pequeñas frustraciones y el papelón del futuro.
   Pero la insatisfacción inicial no me arredró. En las semanas siguientes no salí ni un día de casa, ni del youtube. Devoré vídeos y vídeos, di con una fauna de oradores y fantasmas tan dispar como disparatada. Personajes de toda índole, insulsos, brillantes, palurdos, emotivos, ilustrados o engolados hasta la soberbia más ridícula. De todos aprendí, creo.
   Luego volví al borrador. Correcciones párrafo a párrafo, en gramática y léxico, inyección de metáforas, ajuste de tonos expresivos. Y sobre todo, embridar la espontaneidad. Escollo de difícil compostura: a veces me prende una idea, la intuyo relacionada con el tema del que hablo, y la suelto sin más, sin mesura, sin tamiz reflexivo. Reliquia de rebeldía, sin duda, contra el pusilánime que fui.
   En los últimos días, cabe imaginar. El discurso definitivamente pergeñado, los nervios en 3D, la timidez a buen recaudo, la osadía cociendo al vapor, más el temor permanente a la frase descontrolada.
   Así llegué al pregón. Aplomo y teatro, elegancia y tono, gravedad y apología. Digno panegírico del obrero de la madera al Señor del Madero. Salvo el derrape de alguna inconveniencia: al comparar el mar bravío del retablo de la iglesia con la madera del Madero. El cura, que presidía sentado a mis espaldas, improvisó tal absceso de tos, que el símil quedó en sajadura de sierra.
   Aunque todavía me pareció más grave cuando enfilé las humillaciones infligidas a Jesús en el Calvario. Obcecado en la bajeza de sus verdugos, mi pensamiento se salió de texto: “…y porque los romanos aún desconocían la melamina, que si no, habrían utilizado ese material tan burdo para crucificarlo”. Un halo de estupor se expandió por la iglesia. Unos segundos durante los cuales perdí el pulso y el párrafo por donde discurría mi pregón. Hasta que de nuevo el cura, desde su sitial en el centro del altar mayor y revestido de pontifical, rompió a hacer palmas, ambiguas, como de cortesía, pero suficientes para inducir las de cofrades y feligresía en general como si de un acto de fe se tratara, el pueblo cristiano asumiendo la doctrina del pastor.
   Con los aplausos recuperé la consciencia, la tranquilidad y la línea exacta del texto por donde iba leyendo.
   Para compensar la metedura de pata, de pata de banco, de banco de carpintero, desplegué énfasis hasta un estremecido colofón en el último clavo del Madero, pero a pie de texto. Del cura al último pecador de la última fila aplaudieron con fruición y ojillos en su punto de lágrima.
   Hubo cena penitencial (entremeses de salmorejo, pincho de tortilla, fritura de bacalao, croquetas de gambas, primero de sopa de marisco, segundo de lubina al horno y postre de pastelitos, bebida a discreción). La plana mayor del Madero acompañada de su capellán, el cura del Diezmo por supuesto, agasajaba de este modo al pregonero. Palabritas, discursitos, felicitaciones y regalos de agradecimiento: diploma enmarcado del evento y edición facsímil de Panegíricos de los Santos de un tal Juan Francisco Senault del siglo XVII. Poco faltó para que vomitara la pregunta que me sobrevino: ¿Coño, este es el estipendio que decía el cura? Al final, despedida de protocolo, palmaditas en la espalda, renovada aspersión de felicitaciones y agradecimientos y felices pascuas.
   Aquella noche, en la soledad de la cama, cuando los vapores etílicos aún lidiaban con el sueño, descubrí que el catecismo económico-especulativo del cura habría fastidiado mis ingresos, pero a cambio había apuntillado mi atávica timidez. Quizás por un vago anhelo, barruntaba que mi vida emprendía nueva ruta.