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lunes, 13 de abril de 2015

BITÁCORA DE ESTÍO (Y 16)

DOS DÍAS A LA DERIVA

   El barco arribaría a puerto tras dos días de navegación ininterrumpida, y con velocidad de crucero, claro. Así pues, al despertar la primera mañana y rebullir pensamientos con las sábanas y con los rayos de sol bajo que ya cantarineaban por los ventanales del camarote, me propuse someterme al ritmo de la agenda. Mal menor, cuestión de supervivencia o vaya usted a saber si miedo. En definitiva, pretendía aventar tendencias claustrofóbicas y mantener el equilibrio recomendable.
   Con tan halagüeñas intenciones acudí a desayunar al salón-buffet. Pero el sopetón, el bochorno ambiente, una multitud helicoidal y trashumante. Por los expositores, por las mesas, por las travesías. La panorámica, nubosa y apilada, me refrenó en la entrada, en el centro, junto al dispensador de gel para manos que acababa de usar. Higiene para las manos, pero aquella atmósfera… Dudé, titubeé, sopesé alternativas, enseguida recordé que en el comedor de las cenas también servían desayunos, y servidos en mesa por camareros como por la noche. ¿Estaría igual de agobiante? Calculé. Parecía que el grueso del crucerismo trasegaba por el salón-bufet, a lo mejor el comedor respiraba otros humores. Aun escéptico, tenté la suerte. Cubiertas abajo, por las escaleras. Recibí el primer aviso cuando enfilé los últimos peldaños, por allí pasaba la fila de espera para el comedor. Y llegado a su altura, el final de la cola se me perdía. Aun así, todavía rastreé hasta donde alcanzaba. El desánimo y su mella, cómo no, la fila culebreaba prieta de babor a estribor.
   Cabizbajo y rendido, regresé al salón-bufet y me sometí a la vorágine. Qué gran verdad, el hambre obliga a superar inclemencias por duras que sean. A ciencia cierta, no sé qué comí. Esquivando aglomeraciones como pude, me apresuré de un expositor a otro, sin orden ni preferencias. Donde encontraba un hueco, allí que recalaba raudo, tomaba lo que encontraba a mano y seguía sin demora, uno, otro, otro. Sin embargo, en encontrar asiento tardé al menos un eterno cuarto de hora. Con manos crispadas atenazando la bandeja recorría con premura desnortada el salón-bufet a la caza de silla-mesa libre, en rectilíneo, en ángulos, en zigzag, en círculos, en circunflejo, erguido, corcovado, de perfil, comprimido, atropellado, desatinado, pero avizor, avizorísimo. Al cabo, lo conseguí, aunque tras carrera alocada y un par de codazos disuasorios que propiné en la recta final. Si bien, con tan laureada consecución no me llegó la calma, ni mucho menos. No comí, engullí, ávidamente, groseramente, fuera de mí, fuera de… Fuera de allí cuanto antes. Ni cumplí con depositar la bandeja y sus residuos en sus recipientes. Quedó abandonada en la mesa, como tantísimas otras, sin desentonar del atrezo resultante. El atávico café negro con agua y al rincón del fumador, la ansiedad acosando el sistema linfático. Me sentía a la deriva.
   No me fue mejor. La nube de fumadores, tupidos y vocingleros, espesaba el aire hasta los límites mismos de la piscina. Excesivo el peaje para mi flaqueza nicotínica. Transido y resignado, devolví al paquete el cigarrillo que ya llevaba desenfundado en el último tramo de acceso. Sin tardanza volví sobre mis pasos y me apresuré hacia la otra zona de fumadores que había descubierto días antes. De babor a estribor, o al revés, qué más da, y encima varias cubiertas abajo. Pero la abstinencia temporal valió la pena. Un oasis. Había gente, sí; pero sin turbamulta. Parsimonia, frescor marino, conversaciones en susurro y, dato destacable, sin atuendos de piscineo. Tal mi indumentaria y disposición. Ahora sí, aquí sí, un cigarrillo es un mundo de posibilidades.
   Por supuesto, de posibilidades, y tanto. Acababa de encender mi cigarrillo y acercarme a la baranda, para disfrutar de la calma del mar y de la mía misma. Tras las primeras inhalaciones, que me devolvieron la personalidad, me giré ligeramente hacía atrás en un ejercicio de comprobación relajada. Cerca, en torno a uno de los ceniceros de pie, murmureaba un grupo de italianos. En principio, me extrañó el tono confidencial que intercambiaban, pero apenas entré en analíticas de idiosincrasias (uno no va por la vida con pre-juicios). Aunque, mediado el cigarrillo, algún barrunto me giraba hacia ellos. Advertí que me miraban, casi por turnos, unos, otros, según fluían entre sí los comentarios. Intriga. Pues di con la clave. La mayoría, con los que se enroló Cristina para aquel episodio del barco medieval de Dubrovnik. Acabáramos. Maldita la sonrisa que les concedí. Enseguida se acercaron a interesarse por “la mia donna” (aquí ya recuperaron su tono de voz habitual). A pregunta tan sinuosa puse cara y palabras de “conmigo no va”. Pero, claro, ellos porfiaban. Un intercambio de equívocos que zanjó (mira por dónde) la llegada, inesperada y más que inoportuna, de Cristina. Cruce de gestos y zozobras, y de besos como de pareja normal, a petición del público. Luego, sonrisas, risas y risitas van y vienen mudas y curiosonas. Me urgía, pues, desatascar yo antes de que Cristina tomara la iniciativa. Le garrapateé al oído una despedida en plan cómplice y me escabullí del cerco italiano con aleve enarqueo de cejas. Una cierta certeza, cáustica y medrosa, o morbosa también, zureaba por mis cautelas: la tónica de estos dos días de navegación, Cristina y su repentina y portentosa ubicuidad.
   No recuerdo por dónde anduve. Sí que, harto de deambular por instalaciones saturadas de gente veleidosa, el reloj me autorizaba ya una cerveza en la terraza para fumadores. Allí me instalé, a la sombra de una sombrilla.
   Degustaba la placidez de contemplar largas hileras de hamacas con cruceristas a la parrilla, cuando se me acercó aquel francés-argelino de la noche de gala y guerras napoleónicas, vermú en mano y silla en la otra dispuesto a ¿departir? conmigo. Muy amable, eh, muy polités, me aclaró cuándo y cómo nos habíamos conocido. Lo reconocí enseguida, principalmente por su totémica nariz aguileña. Le ofrecí lo que él mismo ya se proponía aceptar, compartir mi velador. Lo ejecutó con expresión de “no esperaba menos”, puso su copa en la mesa y se sentó junto a mí en la silla que traía, mientras persistía por si acaso en aportar datos de la cena que compartimos con aquel matrimonio inglés (de la otra pareja de españoles que nos acompañaban, ni mísera referencia). Y por ahí hiló la conversación, por una anglofobia de tanteo y manual. Pero como yo no estaba para pronunciamientos, le correspondía con ambiguos asensos también de manual, la mirada compartida entre el horizonte espumado de olas inanes y el infinito de cruceristas esparcidos al sol por toda la cubierta. Así mucho tiempo, no sabría precisarlo. Hasta que seguramente percibió que sus inveteradas controversias con la Gran Bretaña apenas me arrancaban monosílabos. Entonces cambió a España, más concretamente a las disputas en torno a Gibraltar, y punzaba y punzaba. Pero yo, es que tampoco estaba para reivindicaciones solariegas, de verdad que no. A lo mejor en otro momento, en otras circunstancias, ¿pero en un crucero? Me mantuve en la misma posición nihilista, no por cálculo, qué va, sino por el imperturbable sosiego de mi tensión arterial. En estas, y con este ánimo, me levanté a la barra, pedí otra cerveza y otro vermú para él.
   Cuando volví ya me tenía preparado otro territorio de conversación, bien distinto. Le mordería la curiosidad desde el principio y esperaba el momento propicio: una mujer, dos mujeres, una en el barco, otra en Venecia. Ni con los ingleses ni con Gibraltar, con este asunto sí que acentuó su olfato aguileño. Empezó por Rosalía, nos había visto en la catedral de Venecia, se interesó por la relación, los cómos, los cuándos y tal. Intenté disuadirlo con respuestas vagas. No se conformaba, quería detalles, detalles, porque, aseguraba, le sonaba su cara. Y yo me enroqué firme y distendido con el argumento de privacidad. No insistió por ahí. Sorbo de vermú pensativo y a continuación, sin mediar palabra, con rostro criptográfico sacó el móvil y me mostró una foto. Sobre un nocturno de espuma marina, primer plano en la baranda de proa del lazo promiscuo, tanga y corbata. “De modo que este abejaruco era una de las sombras de aquella noche”, pensé. Saturado pero distante, afronté su mirada de felino en garfios, que dejé disecada. Sin intención de respuesta, devolví mi atención al horizonte de hamacas. Unos minutos, el tiempo de un cigarrillo y de terminar la cerveza. Luego, miré el reloj, las cuatro de la tarde, entraba dentro de mis previsiones, a esa hora el salón-bufet sería un bálsamo para almorzar. Me levanté, le concedí un saludo imitando su polités y allá que fui, pleno, sorprendido de mí mismo, aunque también ligeramente fastidiado (a qué negarlo).
   Sin embargo, lo de comer sin agobios no resultaría tan fácil. No era el barullo insoportable del desayuno, pero se le parecía. De cuya experiencia, sumada a las anteriores, deduje: el crucerista es un ser desarticulado, que come sin método ni intervalos, sólo por reclamos de inercias grupales, de instintos insaturados o de consumismo amortizado (“total, si ya está pagado, habrá que aprovechar”). No obstante, mal que bien, conseguí hacer honor a mis necesidades alimenticias reales. Y al camarote, la siesta, patrimonio inmaterial de la humanidad donde las haya.
   No llevaría media hora durmiendo cuando me despabilaron unos golpecitos en la puerta, acolchados, confidenciales. Hasta la respiración contuve para no responder. Se reprodujeron por lo menos durante dos minutos largos, larguísimos. Cuando cesaron definitivamente, me di la vuelta en la cama y, cosa rara en mí, me volví a dormir.
   No sé qué fue peor. En un sueño dislocado una multitud de sombras chinescas retozaban sobre hamacas en la plaza de San Marcos. De pronto, de entre ellas se levantaron tres siluetas desnudas y se aproximaban a mí a ritmo de danza latina. Las reconocí enseguida y un escalofrío de pavor me recorrió la espina dorsal. Huí, corría sin descanso. Pero cuando miraba para atrás seguían cerca de mí, cada vez más, siempre con la misma cadencia sensual que embriagaba sus cuerpos. Me precipité por la puerta de la catedral, atravesé la nave central, busqué la salida, di con la Puerta de Pile, tropecé al traspasarla, caí sobre un suelo entarimado, alcé la mirada, topó con unos barrotes de mar y la luna, me revolví y ya tenía las tres sombras rodeándome con su danza turbadora. Me anegaba el aliento de dos mujeres, y por encima de sus cabezas el pico de un cuervo que graznaba en inglés. Who?, who?, who?, así me desperté. Sudaba como si acabara de ducharme.
   Cuando recobré los biorritmos, “allá Freud”, me dije. Me duché, ahora de verdad, y salí a tomarme un café. Me apetecía un café decente, no el habitual con agua, “seguramente la causa de estos sueños tan estrafalarios”, me argumenté. Así que acudí a una cafetería de pago. Seapass, cargo en cuenta, y a otra cosa, o sea, a fumarme el correspondiente cigarrillo. Recurrí a la cubierta de más soledad (o menos bulliciosa, según se mire), la bautizada como de babor-estribor. Como no había nadie, comprobé primero si me había equivocado. No, allí estaba el cenicero de pie, a rebosar de colillas. Me senté en uno de los butacones de mimbre que lo escoltan, dispuesto a disfrutar del sol rampante sobre el mar y el sordo oleaje que arrulla los sentidos y las sinergias mentales.
   Al poco, llegó una pareja de jóvenes, andarían por los veintitantos. Encendieron sendos cigarrillos y se sentaron juntos en un mismo butacón. No tardaron en lo propio, besos iniciáticos, in crescendo, sabor, intensidad. Mi presencia, como sus cigarrillos, les importaba algo menos que nada. Se besaban medio abrazados, es decir, con un solo brazo, los otros dos colgaban por sus costados con el cigarrillo en la mano consumiéndose inútilmente. No cortaban ni para fumar. Luego, terminado el beso interminable, tiraron las colillas al cenicero, me concedieron una mirada de conmiseración, no sé por qué, y se fueron enlazados caderas abajo.
   La parejita me había contrariado la autoestima algún que otro grado. “Qué sabrán ellos”, me respondí. Imaginaba si hubiera aparecido Cristina minutos antes. Pero no, me sacudí la galbana y la imaginación, mejor irse.
   Sin destino, bajé cubierta a cubierta por las escaleras. Con el ánimo a medio gas, reparé en las alfombras deslustradas que las acolchaban y me vino la reflexión facilona: cuántos cruceristas las habrán ido hollando con el paso del tiempo y de los mares, se contarían por miles y miles, o millones. O con poco más de los dedos de las manos, me corregí, porque el crucerista es un ser proclive al ascensor. Parva controversia que me duró hasta la cubierta cuatro. Mi atención tomó la dirección de un manojillo de aplausos cercanos. En una gran sala con mesa de ping-pong competían oficiales de la tripulación contra “huéspedes”. Me uní a los espectadores. Aguanté tres partidas, me aburría aquel jaraneo edulcorado.
   Por probar, subí de la cuatro a la cinco. Me decidí por un pasillo donde pululaban cruceristas mirando escaparates y entrando y saliendo de dependencias repartidas a uno y otro lado. Joyería. Me fijé en un luminoso: “Diamantes & Tanzanita”. La curiosidad y algún filamento crítico me animaban a entrar. A la puerta un chicho de uniforme repetía con sonrisa y voz marquetizadas la misma recepción confidencial en varios idiomas: “Pase, por favor, y disfrute de nuestra colección exclusiva de Tanzanita, la segunda gema más rara en el mundo de excepcional belleza”. Me dio por preguntarle si las gemas se llamaban así por ser originarias de Tanzania. Titubeó, miró en derredor buscando la ayuda de algún compañero cercano, que no encontró, y entonces se tiró a la piscina:
   -Es que…, señor, yo, en realidad…sólo me han encargado transmitir esta información…, pero creo que sólo es…, cómo decir,… nombre comercial…
   -O sea, como darle un nombre cariñoso a la joya para despertar ternura en el cliente y comprarla, ¿no?, pero nada que ver con las explotaciones de minas en ese país de África, ¿verdad? -le ayudé.
   -Exactamente, señor, ha acertado -sopló aliviado.
   Me di la vuelta y me fui sin más, y sin menos.
   Consulté el reloj: las nueve. Entré en reflexiones transcendentales: para cenar en el comedor tendría que acudir ya; pero no tenía hambre, temía encuentros y, además, cuánta pereza mantener una conversación de circunstancias con quien te toque en suerte. Decididamente, a la cafetería con terraza para fumadores. Pedí un tinto, sin más precisión (imposible Rioja, a estos difícilmente los sacas del tinto de California). Me senté en un velador frente a la brisa tenue del atardecer espumoso y naranja. De nuevo me rondaba el alma lánguida. Yo la dejaba fluir abierto a irradiaciones o plusvalías. Pero no superaba rangos precisos. Se ve que no basta con la ambigüedad de la disposición, algún mecanismo habrá que accionar para diseccionar el magma. Y el caso es que yo… Pedí otro tinto por si acaso. Sin embargo, a pesar de alentarlo con otros dos cigarrillos más, el bucle no rompía. Al borde del masoquismo, una revuelta de jugos gástricos acudió en mi auxilio.
   A esas horas el salón-bufet era un bálsamo para abismados, escépticos y pragmáticos. “Rediós -pensé-, el aforo del comedor ha debido de llegar hasta la lámpara de mil bombillas y cuatro mil lágrimas que lo señorea”. Me regalé con todo tipo de platos y parsimonia hasta la saciedad. Mientras tanto, sí que afloró por mis pensamientos algo concreto, se me había pasado la hora del espectáculo en el teatro, circo europeo según el folleto informativo del día. “Bueno -me dije-, para espectáculo, el de los estafilococos que me asedian”.
   Luego volví a la zona para fumadores de babor-estribor. Pretendía consultar con el cigarrillo si recluirme ya en el camarote. Pero imposible, había allí un abigarrado jolgorio de gente cigarrillo en mano y copa de champán en la otra. Brindaban y posaban sin cesar ante los fotógrafos del barco. Secuencia de hombres y mujeres en edad de algazara. Toda la gama del regocijo, desde la carcajada en decibelios hasta la sonrisita de ocasión. Todas las fórmulas de abrazos, desde el estentóreo de amigotes de barril hasta el embozado en la sutil cadera. Besos y despedidas intercambiadas, entrecruzadas, reseteadas, reiniciadas tras un brindis y otro y otro. No llegué a traspasar la puerta cristalera, me detuve allí fascinado buscándome una explicación. No tardó: el final del crucero, sus preámbulos, estábamos en la noche de la despedida, claro, porque la de mañana había que preparar equipajes y tal. Horror, la despedida, mi despedida, escapé por si acaso.
   Pero la ansiedad comenzaba a roerme el paladar y me impelía hacia el rincón del fumador, junto a la piscina. ¡Rezás!, diferente escenario para la misma secuencia: jarana, champán, cigarrillos, más la música-tecno a toda pasión. Atrapado entre las urgencias psiconicotínicas y aquel arrebato multiétnico, acoplé un gesto de contexto y encendí el cigarrillo angustioso dentro de la zona acotada, aunque lo más desplazado posible del epicentro. Un minuto después, segundo arriba, segundo abajo, mi turbio pronóstico: Cristina ante mí, brazos semiabiertos, champán y cigarrillo, cadereando al ritmo de los bafles, sonrisa promiscua. Me acercó los labios al oído trémulo:
   -Dentro de poco, a las doce, en “el juego de los recién casados” mi marido y yo, cubierta cuatro, no te lo pierdas, seguro que te diviertes.
   Escueta y concluyente. Se alejó regalándome un escorzo sensual y se perdió por entre la turbamulta con el mismo curveo con que había aparecido.
   Preso de no sé qué desconcierto, apagué el cigarrillo, pero enseguida encendí otro, que no tardé en apagar para desaparecer. Al camarote, ni esperé ascensores. Cuando llegué, cerré a cal y canto, la integridad pendiendo de un cerrojo de hotel. Cogí el vasito del cepillo de dientes y fui con él a la terraza. Lo deposité en la mesa y encendí un cigarrillo, al fin podía disfrutarlo. Doblemente, por la transgresión consumada. El vasito como cenicero. Y ya que estamos, otro cigarrillo más, más reposado, delectante y reflexivo. Me sentía a la deriva.
   La noche, la luna, las olas y el autoanálisis. Verdaderamente, no me seducía la opción de acostarme lectura en mano hasta el sueño. Me acomplejaba, me sarpullía una sensación de adolescente timorato y cohibido, que, a su vez, avivaba reproches levantiscos. Ante estas disyuntivas, normalmente me envalentono (instinto de superación o de fatalismo, cualquiera sabe). Así que, no había concluido una argumentación razonada, cuando ya estaba fuera del camarote. A la polifacética cubierta cuatro, no sin antes pasar por la zona de fumadores y depositar allí el vasito profanado con ceniza y colillas. Pregunté y me señalaron: “el juego de recién casados en habla hispana, por esa puerta”.
   La entrada daba a la parte alta de un pequeño anfiteatro, cuatro niveles de amplio graderío, luz mortecina, medio aforo ocupado. Me senté en la grada más alta, donde había más asientos vacíos. Abajo, un entarimado con potente luz cenital, eje de todo el interés. El espectáculo (llámese así, connotaciones peyorativas incluidas) acababa de empezar. En el centro, Cristina; a su derecha, una de su panda; y a la izquierda, una desconocida (para mí, claro). Curiosamente las tres vestían atuendos semipiscineros, y ninguna tenía aspecto de recién casada según lo anunciado. Tres mujeres que respondían desde sus cómodos sillones a las preguntas, más tópicas que maliciosas, de un sujeto trajeado y socarrón (su personaje).
   La entrevista se desarrollaba con cuestiones de calado obsceno, del tipo “su marido se queja de…”, “que ronco”, “que soy muy gastosa”, “que me río de su madre”, y por ahí. Hasta que el preguntador, con la sagacidad mejor ensayada, deslizó el tema de las relaciones sexuales. “Algunas de ustedes se atreven a decir el sitio más extraño…, o novedoso, donde han hecho el amor últimamente”. Se miraron las tres, con chispeo contenido, cada cual cediendo a las otras el turno de respuesta. Aunque, ya de principio se podía apreciar que la `desconocida´ no disponía de respuesta adecuada. Y la de la panda de Cristina tampoco, pero orientaba sus pupilas maliciosas hacia el rictus equívoco de su amiga. Cristina levantó el rostro hacia el graderío como una soprano, con barrido de reconocimiento, o de identificación precisa, antes de soltar su aria è mobile:
   -En la terraza de un camarote.
   -Pero… un camarote… de este barco…, supongo que… el suyo…
   -Usted ha preguntado últimamente, ¿no? Esa es la respuesta.
   -Bueno, bueno. Esperemos al turno de los maridos.
   El público asistía divertido y morboso. Pero yo, creo que sólo morboso. Si acaso, con un ligero matiz de expectante, porque respecto al marido de Cristina tenía mis dudas sobre si…
   Se disiparon pronto. Cuando le hicieron la pregunta cabalística, respondió, evidente y risueño él, que en el camarote. Pero, claro, el público murmulleaba petición sanguinolenta, y el avispado preguntador sacó el estilete:
   -¿En su camarote, quiere usted decir?
   -Sí, claro.
   -¿Pero en la cama?, ¿exactamente en la cama?
   -Por supuesto -respondió rotundo y cándido.
   La carcajada fue unánime, la mía más (excuso las razones). Al marido se le quedó una risilla congelada entre signos de interrogación.
   Suficiente como fin de fiestas. Pero como faltaban las explicaciones y aclaraciones, la puesta en común de unas y otros, me solidaricé con la truculencia mórbida del auditorio. Cubrió las expectativas (al menos, las mías): mientras Cristina se afanaba en recordar al marido lo inmemorable, él impostaba ojillos rijosos de “ah, sí, claro” de más que dudosa consistencia.
   Me levante y me fui a dormir. Con una conciencia atávica que, sin embargo (o quizás por ello), no acababa de… Pero me dormí, enseguida y en profundo.
   Al día siguiente, el último del crucero, desperté tarde, me levanté tarde, había pedido que me trajeran el desayuno al camarote tarde, por tanto, desayuné tarde. En realidad, seguramente mi subconsciente había planteado una estrategia de supervivencia de retardo para efemérides tan sublime y prescindible. Nos suele ocurrir, creo: en la vida hay días que sobran porque los afanes ya apuntan a bastantes horas más allá.
   De todas formas, durante el desayuno me propuse superar el paréntesis y neutralizar el ligero hormigueo claustrofóbico que zapaba mis equilibrios. Así que, cuando terminé, mente y estómago henchidos, cumplí con el rito del rincón del fumador.
   Conseguí un butacón y lo orienté hacia el azul áureo racheado de espuma (así de barroquista me salió la perspectiva que contemplaba). Plácidos los sentidos, la reflexión servida. Por allí pasó en flashback de todo, desde la mismísima ensalada de arándanos pendiente que marginé para enrolarme en el crucero. Sin eludir mi otro propósito vacilante de cabecera, el tabaco. Había pensado que el crucero me liberaría de su yugo, si acaso provisionalmente. Pero no, las constantes nicotínicas se habían mantenido, e incluso disparado en algunos momentos. Aunque también hay que reconocerle efectos beneficiosos, la galería de personajes propiciada por el rincón del fumador, yo mismo incluido.
Luego, la evocación se orientó hacia los lugares visitados. Mi mente, metódica ella, hizo un recorrido cronológico y sucinto (dimensiones de titular o microrrelato a lo sumo).
   Villefranche, una parada de autobús a Mónaco. Mónaco, palacios de relumbrosas fantasías disney y crematísticas. Livorno, sólo plazas y calles de domingo semidesierto. Civitavecchia, resolver el caos para llegar a Roma y a la aventura sexual con Cristina. Pompeya, desvalido amasijo de ruinas, vulnerable a las interpretaciones del mejor postor sobrevenido. Nápoles, esplendor arquitectónico y las machaconas referencias al reino de Aragón (de España, ni el santo ni la limosna). Kotor, el marketing de la lírica medieval, y la mujer ante la portada de la catedral (que me persigue como una metáfora). Venecia, dos mitos deconstruidos y humanizados, la ciudad y Rosalía. Dubrovnik, apuesto decorado del Medievo e instinto de superación, de la ciudad y sus habitantes, como marca.
   En realidad, este revisionismo minimalista me estaba sumiendo en un sosiego que no presagiaba nada bueno, me conozco. Pero de momento importaba disfrutarlo cuanto durara. Pasos y pensamientos, acompasados en ausencias de destinos, vagaban por escaleras y cubiertas, ajenos al cruce con cruceristas desganados o voluntariosos, circunspectos o arrisotados. Mientras por la cabeza planeaban los eventos de los folletos informativos, diarios y repetitivos como un macho pilón. Ventas de toda gama, desde ofertas de mercadillo hasta rutilancias con marchamo. El Inefable vidrio soplado. El casino crucerniego, mala copia de los auténticos. Aguaspás, aromaterapias y derivados aburguesadetes. El teatro de variedades (en el sentido más estricto del término).
   Hasta que los jugos gástricos me advirtieron, hora de almorzar. Con la misma actitud de distancia del bien y del mal, fui al ascensor para subir al salón-bufet. Un par de escenas me devolvieron a la realidad. Primera, un sujeto fornido y casposo alanceaba con índice codicioso y desesperado el botón de llamada del ascensor, que soportaba impasible y rojo sus embates, hasta que al fin cedió y descorrió sus puertas. El hombre entró inmediato con la faz transfigurada de botín, y yo detrás, claro. El ascensor subió, una planta, solo una, y el individuo en cuestión salió como un rayo. Mi análisis calculó “tremendo gasto de adrenalina para subir de planta a planta, unos veinte escalones”. Segunda, entre los ocupantes del ascensor, una mujer fibrosa y fibrilar con un plato de plásticos con huesos. Mi análisis se planteó “ha comido ¿en el camarote? y traslada los restos a los contenedores de residuos de… ¿?” El caso es que la señora bajó antes de que el ascensor recalara en la planta del salón-bufet. Añado una tercera: como me temía, el salón-bufet presentaba una aglomeración infinita, de paseo central en domingo primaveral a la caída de la tarde.
   Pues todavía mi karma y mi calma superaron el escollo. E incluso me permitieron después una siesta más que lozana.
   Luego, café verdadero en cafetería de pago (después de haberlo probado ayer, insoportable el aguado del salón-bufet); y el resto de la tarde, un calco de la mañana. Peregrinar por cubiertas, escaleras y zonas de fumadores, desbrozando analíticas, parasíntesis, efectos mariposas y otros sudokus.
   Calco de la mañana, sí, pero hasta que, apoyado en la baranda de una cubierta solitaria, confiando mis últimos devenires al infinito azul-azafranado, el recuerdo sucumbió a la memorable noche de proa y popa con Cristina (bueno, lo de popa fue después), corbata y tanga en único destino. “Dos prendas y un destino”, intituló el largo brazo de mis lacras.
   Justo entonces, seguramente medió el duende de la telepatía fauno-erótica. Unos brazos serpearon desde atrás por mi cintura a la par que un cuerpo femenino se pegaba al mío (que era femenino lo detectaron enseguida mis omoplatos). La sensualidad del abrazo, furtivo y encelado, ¿cómo había de sorprenderme?, si ya tenía activadas las memorias. Hubo un reajuste de cuerpos y labios y alguna que otra caricia irreproducible de propuestas y promesas. Unos minutos, pocos.
   -¿No crees que esta noche debemos despedirnos como Dios manda? -arrulló con ese descaro que ese mismo Dios, supongo, le ha dado.
   -¿Qué Dios?
   Pero Cristina no estaba para disquisiciones metafísicas, tenía prisa:
   -Déjate de coñas. Llevo todo el día con desmarques y buscándote. Mañana, cada cual a su vida. Pero no me quiero perder… Esta noche, bailes de zumba en la piscina. Espérame donde la otra vez.
   Me sorbió un beso linguopalatal y se fue.
   Lo dio por sentado. Y el caso es que yo no objeté nada, ni a ella ni para mí. Me sentía a la deriva.
   Se acercaba la hora de la cena. Volví al camarote. De acuerdo con las instrucciones de la organización del crucero (“la noche de antes del desembarco, quédense solo con lo imprescindible para llevar en equipaje de mano”), preparé el equipaje, lo dejé en la puerta y acudí al comedor.
   El comedor era una mezcolanza de reprimida urbanidad y algarabía de despedidas. Me sentaron con un grupo de españoles, con los que apenas intercambié comentarios genéricos sobre el crucero, no participaba de sus euforias finalistas. Sí recuerdo que uno de ellos, ancho, grueso y de carcajada regalada de sí mismo le confió sobrado al camarero que nos atendía: “Ovidio, te lo voy a decir, más que nada para que duermas bien, en el cuestionario ese que nos han dado he puesto que eres uno de los mejores camareros del barco”. “Porrrfavor -pensé-, se sabía hasta el nombre del camarero, lo que habrá soportado el tal Ovidio en este crucero”.
   A los postres, el momento álgido de desmadre comedido, cuando los camareros al son de una música decibélica se pusieron a interpretar una coreografía archisabida y ligeramente frugal y pusilánime, volanteaban sus servilletas por entre las mesas de los comensales con gestos y sonrisas musicadas, arrancaban así aplausos de correspondencia y algún que otro abrazo de rancia tradición etílica. “¿Esta era la apoteosis oficial?”, me pregunté.
   Pues no, había una oportunidad más. Justo a la salida del comedor habían instalado una especie de fotocol donde el capitán, amabilidad de ocasión, se dejaba fotografiar con cuanto crucerista lo pidiera, instantánea para la posteridad. Eso sí, ante las cámaras de los fotógrafos de la empresa y correspondiente pago de tan inmortal impresión gráfica.
   Evidentemente, pasé de largo. Una vez más, me sentía a la deriva. Y derivé sin remedio. Hacia la realidad donde las feromonas pastan. La piscina, los bailes de zumba. Y más arriba, zumba zumbando, la tentación, su pecado, infalible Cristina. Y otra vez la noche, la última luna, las últimas olas de espuma de plata, esta vez en el solitario césped artificial de la cancha de voleibol en la cubierta quince, a estribor, a babor, a proa, a popa, qué se yo.
   Después, fuésemos y no hubo nada…más.
   Al día siguiente, el colofón, lo más inquietante: al subir al tren de Barcelona que me devolvía a Córdoba, una mujer, que tomaba por delante de mí la misma puerta de acceso, me otorgaba el escorzo de una mirada tan adorable que… imposible describir la punción. Catedral de Kotor, su imagen ante la portada, mi alma.

(¿Epílogo? Ciérrese el relato con pantalla de créditos)

martes, 21 de octubre de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (13)

VENECIA, DE MITO….

    Mediodía por la cubierta de piscinas, hora y espacio de máxima concentración de cruceristas a bordo. Un rumor se corre y propaga, primero vacilante, conjeturas, atisbos, susurros inquietos; pero minutos después, a medida que el barco va enfilando hacia tierra y evidencia un paisaje de costa, los tonos adquieren consistencia, seguridad y volumen y desescaman expectantes, arrebolados, ilusionados, entusiasmados en mensaje unitario: “¡Venecia a la vista!” Aunque ya se sabía -lo había anunciado la organización del crucero-, el barco arribaría al puerto de Venecia algo después de mediodía.
   Abandoné la lectura y me levanté de la tumbona a mirar, como todos. Efectivamente, allá a lo lejos se divisaba la costa, una costa, el mar recortado por unas lomas bajas, sin más señas de identidad. ¿Qué importaba?, fragor de cámaras y móviles, clic, clic, clic, por babor, por estribor, por doquier, por inercia, por sinergia.
   Me tentó la reflexión: el personal está ávido de emociones, y tratándose de mitos, ya te digo. Pero no quedó en simple parpadeo del pensamiento, rara vez me limito a una nota a pie de página. El peligro de mis querencias. No sé si por absceso intelectual, entretenimiento o vicio, me dilato, diluyo o escarbo en el apunte sobrevenido. Se me ocurrió sondear entre prudente y humilde mi nivel mitómano. ¿Para qué me haría semejante pregunta? Y menos, a las puertas de la mismísima Venecia. Con resultante de desasosiego. Más o menos controlado, pero desasosiego al fin y al cabo. Unos minutos, bastantes, aunque quizás insuficientes. Déjate llevar, hombre, me sugería la voz facilona del polo simplón, los mitos son consustanciales a la naturaleza humana, por paradójico que parezca. No tanto, me aseguraba la voz del otro polo, los mitos atontan, merman, pervierten, prostituyen la realidad en fantasía, vulgares proxenetas.
   Antes he dicho minutos, pero, bien contado, creo que mi debate intrapolar se prolongó al menos durante media hora. Aproximadamente hasta que el barco superó el primer espigón del puerto, cuando reparé en que tanta cuita me enajenaba y, ¡rebuah!, obstruía el primer ritual de la mirada. Así que lo solventé con una componenda: de momento, digamos que soy relativamente mitómano; luego, pues según. Y pasé al paisaje.
   Aguas pausadas con el verdor puro del sol de mediodía, alguna que otra lancha motora luciendo palmito con cabriolas y estelas de espuma en torno al crucero, que, paso de elefante, va surcando mayestático una zona de balizas que le marcan el acceso al puerto, junto a dársenas sembradas de altas grúas portuarias y repletas de embarcaciones de recreo. Por aquí flirtean ya las primeras láminas de la ciudad mito: tejados ocres a dos aguas, cúpulas grisáceas de media esfera rematadas con pináculo y torres afiladas.
   Lo comprobaría a lo largo de las horas, el mismo juego de tonos por toda la ciudad, grises y ocres, más alguna que otra paleta de rosa y verde, pero siempre con cierta pátina de palidez. Efecto de la atmósfera marina, de la psicología arquitectónica, del marketing turístico o de la falta de presupuesto para restauradores y pintores de brocha gorda. O de algún otro motivo que escapa a este profano en trance de profanador.
   Por cierto, la primera sorpresa me llegaría poco antes de culminar esta marcha cadenciosa hacia el puerto: a pie de mar, una iglesia o basílica con aspecto de templo griego, con su tímpano triangular y todo. Aunque la sorpresa no residía en su portada, vistosa, elegante, sino en una estatua colosal erigida a su lado. Vista desde arriba, desde el barco, su cabeza alcanzaba justo hasta el entablamento que sostiene al tímpano. Pero reclamaba la atención, no sólo por sus dimensiones, sino por la imagen misma que representaba: un ser humano deforme, una mujer sentada sobre una peana cuadrangular, desnuda, color gris veneciano, cabeza rapada salvo una especie de flequillo recortado sobre la frente, mira hacia su derecha –el lado contrario a la iglesia-, con rostro inexpresivo, o quizás taciturno; sin brazos, aunque con restos de muñón en el derecho; los pechos son dos protuberancias paleolíticas y asexuadas que descansan sobre una barriga de embarazo; en esa posición sedente, piernas cortas, muy cortas, semiabiertas, con muslos excesivamente gordos hasta las rodillas, desde donde se moldean hacia los pies con abertura de pies planos. Desconcierto. Qué anunciaba aquello, qué pretendía provocar, ¿conmiseración?, ¿miseria?, ¿aviso para navegantes que se acercaban a contemplar los oropeles de esta ciudad legendaria? He estado después buscando imágenes de esta iglesia o basílica por internet, y las he encontrado, si, pero ni rastro de tan monumental y turbadora metáfora al lado. Acaso fuera el reclamo de alguna exposición temporal de escultura o pintura que hubiera por allí, en cuyo caso, no quiero ni pensar lo que se podría encontrar en ella.
   El barco quedó definitivamente instalado en la zona de cruceros del puerto hacia las dos de la tarde. El dispositivo de desembarque estaría listo para media hora después, anunciaron. Trajín de masas de cruceristas para tomar posiciones de salida, mientras una minoría relativista y hambrienta acudíamos al salón-bufet. Venecia podía esperar, pero los jugos gástricos no.
   Mientras despachaba un menú de ensaladas, planchas, salsas, melón y sandía, me planteé el futuro inmediato. Saqué el móvil, lo puse sobre la mesa, comprobé su estado. Operativo. Bien, tenía que decidir si me decía a llamar a Rosalía. No era fácil, a pesar de los mejores augurios. No en vano soy mucho de tamiz, de mucho tamiz. Y, claro, mi capacidad resolutiva no fluye y acelera hasta que no ha superado varias cribas.
   El problema no venía de origen. De hecho, en cuanto conocí la ruta del crucero, asocié Venecia a Rosalía y me apresuré a conseguir su número de teléfono. Me ilusionaba el reencuentro al cabo de los años. No, nada me inquietó entonces. La duda era reciente, venía barbullando desde un rato antes, cuando me sobrevino el dichoso debate sobre mis tendencias mitómanas, y por ahí se coló ese ligamento cruzado Venecia-Rosalía. Es decir, si Venecia se me presentaba como un mito a punto de deconstruir y, en consecuencia, de descatalogar, me maliciaba que con Rosalía ocurriría tres cuartos de lo mismo. Vale que me encanta desmitificar, pero Rosalía… Seguramente hay mitos de los que es mejor no despertar.
   Dilema fortuito y antipático atorado otra vez: ¿para qué me haría semejante pregunta? De nuevo los acosos bipolares tejían y destejían argumentos. Aunque, mientras tanto, mi mano inconsciente había cogido el móvil y buscaba entre el listado de contactos, como por entretenerse, como a la espera de conclusiones, y un dedo desmayado y traicionero, no sé cuál, pulsó el número de Rosalia, en plan de prueba, como si intentara zanjar el debate por la vía de la comprobación: a qué tanto discutir si al final resulta que no contesta o, lo que es peor, el número es falso o simplemente no existe.
   Señal de llamada -existe por lo menos-, décimas de segundos, todavía confiaba en que no descolgaran, un tono, dos, tres, dudaba ya de que lo hicieran, cuatro, cinco...
   - Sí, quién es, por favor.
   Esta voz… -pienso, otras cuantas décimas de segundo- medio raspada pero melosa… ¡Coño, pero en español!
   - Ejem -me apresuro, función fática, mantener el contacto-… ¿Rosalía Solano? No sé si… Verá…, acabo de llegar a Venecia en un crucero y…
   Me quedé pinchado más que nada porque me estaba reprochando mil veces, en décimas de segundos también, explicación tan pueril. Pero ella:
   - Pues claro que has acertado, chaval -su voz también se volvió cariñosa y casi eufórica-. Llevo dos días esperando tu llamada. Seguramente me dijeron mal la fecha.
   Ese tono, ese calor, esa disposición, me fortalecieron, sólo en décimas de segundo, más que suficiente para afrontar el mito con confianza y aplomo. La conversación se volvió enseguida fluida y corta, porque convenimos en el interés inicial, vernos aquella misma tarde. Me citó en una de las terrazas de la Plaza de San Marcos. Explicó un poco en cuál, pero la precisión no funcionaba, así que lo dejamos para unas dos horas después, tiempo calculado, por ella, de mi llegada a sitio tan emblemático, ¿y tan mítico?, para encontrarme con mujer tan singular ¿y tan mítica?
   Dejé el postre a medio terminar, me serví el clásico café aguado de la maquinita y salí disparado al rincón del fumador, nicotina para la ansiedad. Al cabo de los años nosecuántos estaba a dos horas de Rosalía.
   Rememoré así por encima, fumarse un cigarrillo no da para mucho. Los años de facultad, en que sólo la conocía de vista y de alguna que otra referencia. Ya por entonces Rosalía no era mujer que pasara inadvertida. Una belleza jovial, intelectual, llana, crítica, dispuesta, generosa, activa, comprometida y rubia de ojos azules. Coincidimos algunos años después, con la profesión ya a cuestas, por el sistema de un grupo de amigos conecta y tal con otro del mismo tipo, ella en uno, yo en otro. Entonces sí, intercambiamos impresiones, ideas, opiniones, etc. Del gran grupo pasamos al petit comité, y de ahí a la relación personal. Digamos que le caí bien, en los primeros compases por mi afición a la literatura y a escribir prosas. Acababa de divorciarse de un marido que escribía versos y parecía tentarle la posibilidad del cambio de género. Por ahí vendrían confidencias de pasado, presente y futuro y alguna que otra caricia, que justamente desbarató el futuro. Sus inquietudes la llevaron a la militancia política, y enseguida asumió liderazgos y responsabilidades, para los que se encontraba dotada, sin duda. Pero a mí, menos las inquietudes, me desbordaba todo lo demás. El resultado, tantos años de por medio. Hasta esta Venecia, donde ocupa no sé qué cargo en el Instituto Cervantes. Fin del cigarrillo evocador.
   Después, al camarote a por la mochila con el kit de acompañamiento y un figss-figss de colonia al paso. Con que coqueto, ¿eh? -me pregunté ante el espejo antes de salir-. Rehusé la respuesta, me daba pudor, y rubor.
   Tras superar apuros de desplazamientos, mapas y preguntas en modo turista despistado di con el vaporetto. El célebre y preciado vaporetto de todas las guías informativas y foros de internet. Ticket y acceso.
   Consigo hueco en la parte descubierta de popa, asiento de madera corrida encastrada al lateral, o sea, cuerpos adosados noventa por ciento turistas. A mi derecha, una pareja de latinos, moreno y bronce, mucho más adosados entre ellos. A mi izquierda, una, dos y tres asiáticas, de juventud imprecisa, sonrisa candorosa y cámara en ristre -ya sé que la descripción no es muy original, pero tampoco voy a tergiversar ni poetizar la realidad-. Quizás japonesas, pero, claro, tampoco andaba yo para análisis de oberturas en el rasgado de ojos, ni de acento de pómulos, etc.
   Así pues, vaporetto en marcha, me abstraje y concentré los sentidos resultantes en el Gran Canal. Como si fueras por una gran avenida, una magnífica avenida, ancha, espaciosa, diáfana, mágica pero con tráfico, de otras embarcaciones, claro, lo que la humanizaba. Esto me distrajo un poco al principio, los comentarios risueños, cantarinos y niponfascinados -tres delicias- de las presuntas japonesitas también. Pero sólo hasta el primer apeadero, que fue cuando me dije “esto es como el autobús urbano, con su recorrido, paradas, subida y bajada de viajeros y tal, pero por agua”.
   Bueno, cuando el vaporetto reanudó la marcha, todavía pergeñé una observación algo renuente: los laterales del Gran Canal estaban, a trechos, sembrados de empalizadas de embarcaderos abarrotados de barcas, barquillas, lanchas y demás vehículos de transporte o traslado acuático; o sea, el equivalente a los aparcamientos de cualquier avenida. Seguro que tienen zona azul y todo; aunque puede que algunos sean garajes comunitarios o algo así. Pero inmediatamente me pregunté: ¿no crees que te estás perdiendo un panorama de ensueño? Me respondí que sí. Y ya me hice caso del todo y me propuse empaparme del paisaje.
   Dispuesto a dejarme seducir, levanté la mirada por encima de los embarcaderos y embridé mi natural distante y descreído, esfuerzo casi innecesario porque al punto comenzó a tambalearse. Sobre todo tras pasar bajo un primer puente de construcción convencional. A medida que este vaporetto, tractoroso, trompicoso, avejentado y resignado, avanzaba cual mulo de carga, se prodigaban arquitecturas góticas y renacentistas y su orgullo milenario, impávido, mudo y bello.
   Prolongada y magnética secuencia bajo el asaeteo incesante de las encandiladas japonesitas que, parapetadas tras sus cámaras de última generación, no pierden detalle, detalles, pero quizás también perspectiva. Un puente de herrumbre, otro con barandas de cristal (impuesto, sin duda, por necesidades de la modernidad, pero que incordia bastante al entorno milenario), y el famoso puente de Rialto, de imposible majestad y sencillez. Entre sus tramos alternan fachadas en su mayoría de factura clásica rosáceas y grises, colores desvaídos y fuertes de abajo arriba, líneas rectas atravesadas por amplias balconadas, de señoríos o aburguesadas, salpicadas de banderas italianas o venecianas, en solitario o emparejadas o acompañadas de europeas, torres inconcretas en tonos terrosos y cúpulas averdinadas, y una espectacular balaustrada a pie de mar (“Museo di Storia Naturale. Bestiario Contemporaneo”).
   Mientras la marcha del vaporetto me lo permitió, fijé la atención en una fachada de particular reclamo fotográfico. Se me antojaba de renacimiento decadente o florido, no tanto por su balconada corrida como por los prudentes excesos de la arquería de sus ventanales. El acceso por mar está protegido por una carpa de púrpura decolorada, mientras que por encima de esta una especie de tapiz, también en púrpura pero caramelizada en este caso, anuncia “Casino di Venezia”. La fachada es apuesta, glamurosa, etc. de por sí; pero es este circunstancial tapiz o simple colgadura lo que excita el fragoroso cliqueo de toda la popa turística del vaporetto y, hasta donde la vista me alcanza, buena parte del lateral de babor y los más atentos de estribor. Y eso que aquí, a diferencia de lo que había contemplado en Mónaco, a la puerta (embarcadero) del casino no se exhibía una puñetera embarcación sobre la que descargar todas las maldiciones, juramentos y escatologías de la envidia.
   Fue entonces. Aquel monumento hermoso y malsano ya quedaba atrás y mi mente reclinaba la mirada por las orillas. Entonces lo advertí, la conjunción emocional que subyuga y subyugará a todo visitante de esta ciudad, sea en la forma de turista o crucerista (para el caso, apenas hay diferencia), de viajero empedernido o recalcitrante, de novios en viaje de tales o de improvisados tales en furtivo viaje de dimensión específica, de visitador aventurero o de circunstancial congresista de medicina desoxirribonucleica. La seducción no reside sólo en esos frontones y columnas que se suceden a lo largo del recorrido, ni en las gárgolas de rostros esculpidos con la boca abierta bajo los tejados, ni en las pequeñas esculturas, motivos mitológicos, que rematan los ángulos del triángulo de sus frontones, ni en la persistencia de unas fachadas con decoración y vanos de alma en equilibrio. No. Todo ello por sí mismo conformaría un conjunto digno de admiración, qué duda cabe; pero… era el agua, el mar lamiendo con verdina y moho los pies de sus cimientos, el mar, que no importuna sino alabea, que no invade sino acaricia y amorosea y ensalza y vivifica la prestancia de este relicario arquitectónico.
   Tamaño descubrimiento -vale que poco original, lo admito, pero…- anonadó y arrinconó mi capacidad expresiva. Imposible describir la sucesión de impresiones que fueron quedando en mi espíritu. Renuncio. Son los riesgos del arte pluridimensional, las sensaciones desbordan a las palabras, al menos en mi caso, que funciono a base de intuiciones y sensibilidades cuasicorruptas. Supera tú la expresión experta, sensual, sibarita, culta, documentada y apabullante de la persona que te ofrece su información y sensibilidades, con amable exigencia de instrucción básica, eso sí. Buf, me sentía noqueado, no acostumbro a percepciones tan seguidas y tan fuertes.
   Así que cuando bajé del ínclito y vulgar vaporetto, todavía bajo tales efectos narcóticos, lo hice sumándome a la inercia de la mayoría que lo abandonaba, y de las tres japonesitas, que también lo abandonaban.
   Hasta minutos después no me invadió una suerte de liberación, y la conciencia de que efectivamente había coincidido en el destino con todos los demás, San Marcos.
   Miré hacia los quince mil puntos cardinales del lugar y sólo acertaba a perderme en un ingente trajín de gente que hormigueaba en hileras descompuestas o aglomeradas, deshilvanadas o moleculares en múltiples destinos finitos o despistados, imprecisos o guiados, sorteados o arrutados, colectivos o wassappeados, multicolores y veraniegos todos.
   Iba a preguntar algo, no sabía exactamente qué -de verdad-, cuando justamente un wassapp multiplicado me salvó: “Media hora esperándote en la plaza de San Marcos”. “Terraza al lado del Campanile“. “La primera a la izquierda viniendo desde la catedral”. “¿Tardarás mucho?”
   Me apresuré a responder: “Acabo de bajar del vaporetto”. “Parada de Piazza de S.Marco”. “¿Crees que daré contigo en cinco o diez minutos?”
   Respuesta: “Sí”. “¿Te pido un café o una cerveza?”
   “Las dos cosas, guapa” –sentía que todos mis escáneres retomaban su habitual pleno funcionamiento.
   Y allá que fui al encuentro de mi segundo mito veneciano.

domingo, 14 de septiembre de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (12)

KOTOR, ESENCIA DE ACORDES

   El barco debió de alcanzar la entrada de la bahía al amanecer. Supongo que según lo previsto. Me lo perdí, no era para menos, acaso llevaría un par de horas durmiendo tras una madrugada fragorosa de lascivias y demás concomitancias.
   Me despertó la megafonía exterior -el balcón del camarote se había quedado abierto-. Anunciaba no sé qué del sistema para el traslado de los cruceristas a puerto. Desabroché unos párpados atolondrados, bizqueé en derredor, de Cristina sólo permanecían en el camarote sus efluvios -que no era poco, desde luego-, desbrocé el amasijo de sábanas que incordiaba mi desnudez, miré el reloj, las diez de la mañana, y compartí con él una constatación: al fin solos.
   Mi nivel de consciencia mejoró con la ducha, pero no recuperó sus coordenadas habituales hasta el desayuno. Sentado en el lateral del salón-buffet, aprecié por fin la luz de la bahía, sol tímido y relieves mansos. Iba a pasear la mirada por la imagen, cuando me vino a la memoria informaciones recabadas por esos foros de internet, que insistían en semejar el paisaje con los fiordos noruegos. Gente viajada, concedí, pero no sé, desde mi desayuno contemplaba en panorámica un corro engarzado de montes pardos, lánguidos y apedregados. Con ermita encastrada en ladera de un risco de músculo descarnado y enigmático, uno más, para turistas proclives al reto exótico. No sé, que tal estampa evoque…No sé, tendré que organizar presupuesto para visitar los renombrados fiordos noruegos, aunque me fastidia hacerlo ahora por el simple placer de contrastar.
   Enseguida recordé un folletito del crucero sobre Kotor: enclave geográfico invadido y ocupado sucesivamente por turcos, venecianos, eslavos, franceses, austro-húngaros y griegos. Qué barbaridad, pensé, cómo asimilar que semejante mole montañosa, escarpada hasta la majestad, resultara de soberbia estéril, roma y deslustrada a lo largo de siglos inútiles.
   Lógico, entre lo de los fiordos y tanto invasor, miscelánea de envergadura, se me avivaron los sentidos, la crítica y la ternura, creo.
   Terminado el desayuno, me dispuse a visitar la ciudad histórica. El barco había fondeado a la entrada de la bahía. El traslado a puerto de los cruceristas se hacía en lanchas cubiertas, que llamaban tenders o algo así -cosas de la anglofilia-. Describir el trayecto como por un remanso de mar quedaría corto y gastado, añadiría la sensación de aguas tremolosas y resignadas. La perspectiva se vuelve selectiva y con el zoom se acerca a una arboleda verdosa en la ribera, que arropa restaurantes, cafeterías y casas de nuevos ricos a pie de mar, que se van creciendo, parece que con cautela, hasta el desnivel imposible de la roca. Sigues. Al paso, en un lateral, un muelle, construcción moderna, de embarcaciones de recreo –es que no vi ningún barco o barquito pesquero-. Conjunto sutil que enjuga las cuitas rendidas de un oleaje acomplejado. Belleza desmallada o impostada.
   Bajé de la lancha y, en cuanto crucé una especie de aduana sin posibles, me di de bruces con una realidad desconcertante: una tropa de taxistas, semblante enjuto, voz apocada, ofreciendo sus servicios como si pidieran limosna. No me interesé por sus ofertas, porque me daba grima aquel exceso de vasallaje y porque mi estado psicoturístico sólo aspiraba a un recorrido ocioso por el denominado casco histórico, a dos pasos.
   Antes de acceder a él, una muralla medieval, negruzca y mastodóntica, cinematográfica, inexplicable e ineficaz -a tenor de invasiones por lustros más o menos-. Lirismo de aguas de limo verdoso que lamen sus cimientos, atractivo adictivo para visores de clic impresionable. Conjunto que exorciza, no sé por qué, pero te imbuye un cierto estado de ánimo. Y cuando franqueas el arco de entrada una disposición particular te despoja sin apenas percibirlo de tus trivialidades al uso, tu pátina de turista animoso, curiosón y superficial. Y te transforma en visitante, te dignifica. Ya digo, sin apenas percibirlo.
   Dentro la vida no bullanguea, sino fluye. Entre los escasos lugareños y los visitantes (turistas antes de entrar), sólo la distinción del atuendo, austero el de los primeros, variopintoflorido el de los segundos. Por mucho tráfico de personas que soporten sus callejas, el tono de voz es rumoroso. No falta algún destemple, pero dura el tiempo que la atmósfera sedosa lo amortigüe. Vaporea una suerte de comunión de actitudes suaves y conversaciones tenues, un clima domesticado y dulcífico, reposado y evocador, como flashes de la infancia ancestral.
   El primer saludo me vino de una torre achatada, de piedras perfiladas, pulidas y aseadas, aspecto medieval recién salido de la ducha, aunque degradado por el reloj de principios del XX que exhibe. No me choca el contraste, ni me defrauda expectativas, nunca viajo con valores preconcebidos.
   Después, calles, callejas y plazoletas peatonalizadas, con adoquines arteramente simulados o directamente de granito. Pero el turista, perdón, el visitante, raramente acostumbra a mirar por dónde pisa. Salvo en lugares muy específicos -como las ruinas de Pompeya-, y salvo las callejas escalonadas. Generalmente anda, camina o deambula con vista erguida, porque lo suyo no es mirar, sino admirar.
   En este casco histórico la arquitectura, no por repetida se hace monótona, y desprende un cierto sabor a cariño y sencillez, nada más lejos de su intención ser hostil o vulgar. Aunque, se aprecia como dos zonas, porciones, parcelas, memorias o matices sociales. Por aquí, esculturas en bajorrelieve o adosadas en los tímpanos y jambas de casas solariegas, con motivos esotéricos, sean religiosos o paganos, reflejo, sin duda, de las variadas culturas que colonizaron el lugar a lo largo de los tiempos. Y hasta una balconada promiscua: la primera planta de piedra recia y la segunda de hierro labrado. Por allí, el corral de una casona de aspecto ajado, conservados ambos en un deterioro perfectamente calculado, ropas tendidas de cordel y, oh, error, parabólica de instalación reciente en la pared.
   La arquitectura, ya se sabe, testimonio impertinente que ni la pátina del marketing consigue o pretende desvanecer. Al fin y al cabo, el marketing también es clasista, ensalada de contrastes para cuenta de resultados: fascinación por la riqueza, conmiseración con la pobreza.
   Se percibe, sí, lo genuinamente medieval, aunque a veces también lo impostado. Edificios cuadrangulares, de crestas romas, rara vez aventuran algún tímido motivo piramidal. Todos con fachada de piedra; pero mientras unos conservan el negror pardo, astroso y áspero de su origen, otros se debaten entre las guedejas del óxido marino y otros han sido claramente remozados y agrisados, como atildados para recibir visitas. Viviendas habitadas o deshabitadas, de trazas aristocráticas o plebeyas, sospechosa uniformidad que derrapa ligeramente en sus ventanas, con postigos de madera, en doble hoja con listones de celosía, en su mayoría verdosos o azuleados (presumo que en función del nivel burgués de sus propietarios), o de una sola hoja tosca y en marrón desvaído.
   Hablo contra la publicidad de “una ciudad sostenida en el tiempo”. Determinadas inmanencias… ya se sabe lo que el marketing es capaz de prostituir.
   Aunque aquí en Kotor parece no haber podido con el alma que aúna. Quizás buena muestra de ello sea la mismísima catedral.
   Bueno, llamémosla catedral. Aunque no sé. O se trata de un problema de denominación de origen, de calificación estético-arquitectónica, de evaluación culto-religiosa, de consideración ecléctico-cultural, de estatus litúrgico, o de dimensiones con respecto al resto de edificaciones construidas para fin similar. Pero que para mí, en el ranking, se encontraría bastante por debajo de las españolas. Y no lo justifico más. Otra cosa es el encanto de su pose milenario, su carencia de altivez, el arrullo de los dos torreones que la amparan, el fondo abrupto de roca y bosque que la cobija, la explanada amable y receptiva para fieles e infieles allende latitudes,… y la señora que accedió a inspirarme una foto ante su portada, sonrisa relajada de promesas mil, melena al viento y un lenguaje corporal… Imagen fugaz (aunque con foto -por tanto, fugacidad relativa-) que conservo y pervive y se reproduce en todas las olas y horas de mis emociones. Nunca se sabe: ¡lo que puede dar de sí una catedral, aun de perfil bajo!
   Sigo. El interior de la catedral es aun más minimalista que la portada. Tres naves de escasas dimensiones, en longitud y altitud, con sus bóvedas de nervaduras que cargan sobre manojos de columnas de ladrillo visto. ¿Qué más? Pues hay también columnas sueltas de mármol para completar el juego de arquería, de ladrillo visto también, que separa la nave central de las laterales. El resto, yeso encalado. No fascina, la verdad. Demasiada sobriedad para una catedral que se precie de tal. ¿Encanto? Pues claro, todos estos edificios religiosos tienen su encanto, por exceso, por defecto o por encefalograma plano. Se me antoja arquitectura cercana a insulsa, remisa. No me atrevo a añadir lo de austera porque no acierto a descifrar si por ahí discurría la intención dominante al construirla o si primaba y condicionaba un problema de presupuesto.
   Pero las esculturas que albergaba sí, las esculturas me atrajeron, bien que por su tosquedad, algunas en el límite de lo morboso. Como un Cristo Crucificado enanizado, embarrado y con una corona de espinas tan astrosa, burda y sañuda que… de la que se ha librado el Cachorro de Sevilla.
   No había muchas más ofertas para visitar, aparte de alguna que otra iglesia -al menos yo no encontré más-. Me llamó la atención una especialmente. No consulté su filiación, pero, desde mi culturita deduje que era de la rama ortodoxa. Pero no me atrajo su fachada de piedra remozada, blanquecina, flanqueada por dos torreones octogonales rematados con cupulilla, ni su arquitectura interior abovedada sobre columnas de serie, ni su retablo con escenas de la fe, ni la proliferación de dorados y plateados tanto en el retablo como en lámparas colgantes, hornacinas o confesionarios, atriles, púlpitos crucifijos y demás motivos para la fe, ni los soportes para velas a un euro el encendido de la fe. No. Mi interés sin cámara se centró, se cebó, en un hombre. Espigado, proporcionado, rondaría la edad atlética de los treinta años (no puedo decir si además era guapo porque sólo lo vi de espaldas). En el centro de esta iglesia, ¿o capilla?, desprovista de bancada, arrodillado, brazos semiabiertos en actitud orante, rostro enhiesto, ante una especie de túmulo de madera donde posa un cuadro a toda plata de Virgen con Niño. No contabilicé minutos, pero sí puedo asegurar que se tomó su tiempo para sus oraciones, ajeno por completo al visiteo ambiente. Terminó, se santiguó, se levantó y se fue. Estuve mirando en derredor, por si descubría a algún paparazzi de contrato, o algún familiar o amigo dispuesto a valorar el gesto. Todavía salí tras él, por si hubiera alguien esperándolo fuera. Nada. A paso ajustado se perdió por la primera esquina. Lo de este tío es auténtico, pensé, y me reconfortó ante las hipocresías, religiosas o profanas, de pasarela o hasta mediáticas al uso de alguna juventud o juventudes.
   Después retomé el bisbiseo de las callejas, que me llevó a una plaza amplia y cuadrangular donde burbujeaban terrazas y cafeterías integradas en el decorado medieval. Me senté, una cerveza. Wifi free. Como la observación del incomparable marco se me agotaba enseguida, pido la contraseña. Me la proporcionan con amabilidad inmediata. Pero Google anda remiso y perezoso, imbuido sin duda del medievo ambiente. Recurro al whatsapp, por entretenerme, sólo por entretenerme, conste, y redacto para Cristina un mensaje cifrado -por si su marido…-, pero nada, no lo envía. En definitiva, apenas wifi y poco free.
   Con la pausa, la cerveza y el recuerdo de las horas en vela, en vela activa, de la pasada madrugada me fue calando un sopor sanguíneo. No me quedaba más espíritu que volver al barco.
   Derecho al salón-bufet. Tras el almuerzo, un cigarrillo apresurado en el rincón del fumador. Y después una siesta profunda, abisal y con recarga masiva de nutrientes, hasta las ocho de la tarde.

jueves, 29 de mayo de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (11)

…Y NOCHE DE GALA

   Resolví la cuestión del almuerzo por el sistema de servirme de aquellos expositores donde la aglomeración era más soportable, y de ocupar el hueco de una mesa sin preguntas ni porfavores. Me urgía escapar de aquel pandemónium de cruceristas a mogollón.
   Al poco me relajaba en una hamaca de la zona de piscina acotada en exclusiva para adultos. No, paraíso no, pero sí ocho o diez grados menos de gentío que en la otra. Al cobijo de una enorme marquesina a modo de cúpula, el filtro del sol expande un tono azulón y sedante que amortigua el chistorreo vocinglero procedente de la piscina misma, circunstancial tertulia puesta en remojo a la sacrosanta hora de la siesta -hay adultos tanto o más bulliciosos que los críos-. En fin, recliné un vistazo a las propuestas del today para la tarde y esperé a que llegara el sopor, y llegó. Esos momentos magmáticos en el límite de dormitar y dormir, galbana y nirvana, confiarse a la fluidez plácida de la indefinición, distensión de músculos y cerebelo. Tiempo neutro que se va evaporando, hasta que una mano ajena, cálida y festiva, inicia en mis mejillas la caricia de un circuito que, cuello abajo, pecho, abdomen, culmina en la meta -polisemia de sustantivo y forma verbal de difícil precisión en tal estado de somnolencia.
   No necesité abrir los ojos. Sólo exhalar:
   - Por favor, Cristina.
   Por toda respuesta, percibí que ella, alcanzada la meta -sustantivo-, aspiraba a la recompensa -forma verbal-. Pero, como no estábamos ni en lugar ni en situación de pódium, abrí los ojos y la sonrisa, consulté el reloj y –estimulado por esta bipolaridad expresiva que me redime- arrastré un tono entre prometedor y lujurioso y confiado y cáustico y reservón y de medias palabras para que se entiendan completas:
   - De momento, la hora feliz en Passport Bar, Cubierta 3, cócteles dos por uno. ¿Tienes margen?
   Lo tenía. A estas alturas, ni ella me daba explicaciones de cómo hacia novillos a su marido -lo de novillos es poco decir, claro-, ni yo se las pedía. Dos cócteles durante una hora tan feliz que un matrimonio cándido y curiosón, de la mesa de al lado, nos preguntó si éramos recién casados. Les respondí yo, muy serio y entusiasmado:
   - Sí. Es mi cuarto matrimonio; el de ella, el segundo. Números pares. De pareja, ¿eh? -se me escapó una risita.
   Pusieron cara de asombro con tendencia a la incredulidad. Volvieron a sus cosas. Minutos después nos fuimos enlazados por la cintura, los reyes del mambo, hasta los ascensores. Cada cual subió al suyo.
   Su destino lo desconozco. El mío, merendar. Me había dado hambre de pronto, en el ascensor, indeciso aún, de pronto hambre. En el salón-buffet, qué diferencia con lo de antes, tan sólo vagaban por él composturas en chanclas de suave retorno. Mi descubrimiento, el sushí, esos bocados que unos aciertan con palillos y otros como yo con tenedor, o con índice y pulgar, como yo también. Me gustó y me sacié. Rematé de nuevo con un café solo con mucha agua. Y un cigarrillo sereno en el rincón del fumador, mientras consultaba mi inseparable today.
   “Exhibición de diamantes marrones LeVian. Boutique C, Cubierta 5”. No encontré mejor alternativa a esa hora. En el paraninfo de los diamantes una patrulla de chicos-barra-chicas uniformados-arroba-uniformadas te reciben con amabilidades de marketing y te introducen en las petulancias y perfidias de los diamantes en cuestión y te acompañan por los expositores y apabullan tu inopia y simpleza, y si compras dejarás atrás tu vulgar estatus sociológico y deslumbrarás a tus familiares y amigos. Y es tal la pequeñez que siento y me acompleja, que aprovecho para escabullirme el momento en que mi cohorte publicitaria desvía sus milhojas y ojos hacia el capitán, que llegaba en su versión jefe de relaciones públicas con un grupo de cruceristas vips.
   Volví al centro neurálgico del barco, la piscina común, para entretener tiempos vacíos. Acalora el ambiente un dj junto con una chica que acompaña sus músicas a base de baqueta y timbal. Desde el rincón del fumador las ideas pretenden escapar hacia el lejano oleaje que imanta la puesta de sol. Allá en la línea del horizonte donde mora la melancolía, huída hacia adelante con los bagajes de antes. Al vaivén de este mar que mece el presente efímero. La tendencia al arqueo, siempre punzante, para dirimir futuros. El presente puede esperar, carece de poesía, de sentimientos sublimes; si acaso, disfruta con glorias pasadas. Pero nunca ha tenido futuro en la poesía. Cuando alcanza ese futuro se vuelve presente y entonces al hilo del instinto recurre al pasado para ennoblecerse, para reivindicarse. Freno. ¿Galimatías? Posiblemente, o sin duda. O sí. Sí. Déjate de esferas naranjas sumiéndose en la majestad tenue del océano mientras te enredas en parábolas. Vente al presente, un crucero no es un barco surcando el mar, cruzando el mar, de un sitio para otro durante varios días (trece días, doce noches en este caso), no. Es un barco, eso sí, donde, por tiempo y trayecto fijados, las vidas de muchas personas o de algunas o de dos coinciden y se cruzan (cru-ce-ro, so torpe). Conclusión: lo tuyo con Cristina es típico cruce de crucero. En el fondo eres un sentimental, te enamoras de todas porque crees que todas están enamoradas de ti. Fenomenal la confesión, ves, no era tan complicado: ¿de qué vas?, de crucero; ¿y ella?, lo mismo. Carpe diem, etc., etc. Ah, y cuando el barco atraque en Venecia llama a Rosa, aquella compañera de primeros augurios, un reencuentro de góndola, comprobarás si aquel pasado con promesas de futuro vuelve a quedarse en presente, cuestión de conjugar a tiempo los tiempos.
   Por lo pronto, se acerca el tiempo de la noche de gala. Futuro inmediato. Voy al camarote, visto el traje tan caro al tacto de Cristina y acudo a la cena.
   A la entrada del comedor me ofrecen una copa de espumoso para aliviar la espera. Hay cola, una cola de galas de boda. Primer presente que afronto, de unos veinte minutos de duración. Suficiente para despabilar mi contumaz propensión analítico-deconstructiva. Ingleses cortados por el mismo smoking; aunque alguno se desmarca con camisa negra y pajarita negra -¡glamour, cuántas horteradas se cometen en tu nombre!-. Dudo si incluir en este grupo a un escocés con smoking de cintura para arriba y falda plisada a cuadros, de gala por supuesto, para abajo, calcetines blancos y demás. Y los americanos mimetizados con los ingleses; los del norte, quiero decir. Los del sur vestían parecido, pero estos participan desde el otro lado, desde el personal de servicio. La homogeneidad no alcanza al resto: franceses de traje normal y pajarita, algún que otro italiano ataviado estilo ópera, y mayor diversidad aún entre los españoles, unos con chaqueta veraniega y corbata, otros con el traje de los domingos, otros con el del viernes santo y otros con el que estrenaron en la última boda a la fueron invitados (mi caso). En cuanto a las mujeres, pasarela diversísima, desde la minifalda tubular con lentejuelas, hasta los máximos largos y anchos o ceñidos, pasando por escotes apocados, gallardos, insolentes o coléricos.
   Cuando al fin me llegó el turno, decliné preferencias de hablantes para compartir mesa. Me alojaron en una para seis comensales; aunque, por el momento, sólo ocupada por un señor que rondaría los setenta, francés, de rasgos genuinamente argelinos. Entabló conversación enseguida -lo digo en singular porque apenas me dejó hueco-. En un español algo seseante, que si las bondades de este crucero de lujo -y recalcaba lo de lujo-, que si tenía razones bien fundadas por otros cruceros disfrutados, que si era ejecutivo de una multinacional de chapas o algo así. Por este charloteo andábamos cuando se incorporaron a la mesa, casi simultáneamente, un matrimonio inglés de en torno a los cuarenta y una pareja joven de un pueblo de La Mancha que no recuerdo -allá por principios del XVII hubo quien no quiso recordarlo; pero yo, aunque quisiera-. Momento en que el francés, que era trilingüe, o más, me dejó en la reserva y se dedicó a los ingleses. En vista de lo cual, dediqué mis cortesías a los manchegos, escasas, porque venían en arrobos y acaramelamientos. Y porque el francés se había enfrascado pronto con los ingleses en guerras napoleónicas y me traducía para reclamar mi connivencia con sus presupuestos histórico-políticos -cuestión de política y alianzas internacionales, inferí-. Y el inglés, que dudaba, con razón, de lo que me transmitía el francés, se encaraba conmigo con expresión arrebatada, que no entendía, ya que mis conocimientos de su idioma sólo alcanzaban el nivel de comprensión slowly. Así que yo, en plan diplomático, me debatía entre una sonrisa al francés y un slowly, please al inglés. Hasta que, tomado el postre -muy rico por cierto, dos bolas de helado, nata y fresa-, me liberé pretextando prisas por asistir al espectáculo del teatro.
   En realidad, lo del teatro sólo me interesaba por si alguna novedad justificaba el marchamo de noche de gala. Porque la cena en nada había variado de lo habitual. Y sí, alguna diferencia advertí. Como que a la entrada del teatro se encontraba el capitán fotografiándose con cuanto crucerista quisiera -el fotógrafo era empleado de la empresa, entiéndase la disposición crematística-. Y dentro, que el showman desplegaba adjetivos sin fin hacia las señas de este hito del crucero, la noche de gala, y aprovechaba para recordar que después habría fiesta discotequera -como casi todas las noches, por otra parte- en la piscina central, si bien, hoy con actuaciones del ballet de plantilla y concursos de baile en los que participarían miembros de la tripulación emparejados con cruceristas voluntarios (en realidad, preseleccionados por los ojeadores de la empresa, según supe después). Por lo demás, el espectáculo del teatro como tal, tipo musical con alguna variante respecto del de hace tres noches. “De modo que -deduje- lo de la gala se refería únicamente a la forma de vestir para cenar, ¿o para fotografiarse con el capitán?
   Me dirigí a la piscina-discoteca, presumía acudir al encuentro de mi particular noche de gala, de una metáfora a otra, misma expresión para contenido tan diferente. Derechito a la cubierta de arriba, al bar de fumadores. Un gintónic y un velador desde el que dominaba, cual espectador en platea central, el espectro de cruceristas en fervor, ritmos de bafles megavatios. Salsa, mucha salsa, para todas las edades. Los jóvenes en su salsa, los mayores chapoteando en la salsa de los jóvenes, quien intentando emular el onduleo de los bailarines profesionales, quien pidiéndoles compartir una foto. “Fiesta interactiva” la había calificado el showman.
   Al poco tiempo la música se interrumpió y una voz de barítono de discoteca anunciaba el primer concurso “de reggaetoooon”. Enseguida supe que Cristina no tardaría en llegar a mi lado. No hay que ser un lince. Había saltado a la pista para concursar una de las parejas con que visité Mónaco. Seguí la dirección de donde habían salido y desde allí los animaban un grupo a palma batiente, entre ellos el marido de Cristina, pero ella no estaba. Pleno, no habrían pasado dos minutos de cronómetro.
   - Hola. Sabía donde encontrarte -me dijo con el mismo convencimiento con que yo había previsto su llegada.
   Vestía una especie de túnica romana en tono beige, vaporosa, un hombro desnudo. El izquierdo. No, el derecho. Bueno, no sé, para el tiempo que la lució mientras estuvo conmigo. Sigo. Llegaba hasta los tobillos; de ahí para abajo, unas sandalias plateadas de tacón vertiginoso.
   Fue a la barra, pidió un cóctel de ron con zumo de frambuesas, piña y rodaja de naranja. Lo sé porque me lo dijo ella, tan listo no soy.
   Se sentó a mi lado, muy a mi lado. Sus ojos, mis ojos, el cruce, un diálogo de endogamia lujuriosa bilateral. Es que en estos lances la vena culta no la controlo. Claro que ella, parece que tampoco. Porque bebía tan sensual de la pajita, como quien degusta preámbulos, que, señalando a su copa, va y me dice:
   - Esto es sólo para empezar.
   - ¿Qué, el cóctel?
   - No, la pajita.
   Por poco le espurreo el trago de gintonic en su vestido de patricia romana. Pero ella:
   - Como me lo manches, antes me lo quito. No voy a ir por el barco con lamparones en el vestido.
   Respondí al reto mordiendo levemente en el hombro desnudo. Luego permanecimos en esa mística y mixtura de los anhelos previos donde se rumía el tiempo y el escenario de la pasión. Bebíamos, fumábamos, miradas recíprocas, a veces también reflexivas, y algunas como distraídas hacia el jaleo de allí abajo.
   Hasta que el arpa cedió el testigo al clarín. Me levanté, pagué, volví a ella y propuse subir hasta el extremo de proa en la cubierta más alta.
   Enlazados en caricias hasta el ángulo de la baranda central donde el beso apremia e inflama el alma de los sentidos. Un reflejo de suspiros, pausa hacia el entorno, mirada en derredor pero sin desprender el abrazo. Hamacas apiladas en montones simétricos, durmientes hasta el alba, para ocupar de nuevo la cubierta y transformarla en solárium. Tres, cuatro parejas de sombras ensimismadas y huidizas, al conjuro de la oscuridad, desperdigadas por babor y estribor. Y el instante vuelve, la noche, el arrullo de la soledad, manos lúbricas, la proa hendiendo un haz de olas plateadas, lunárium.
   En pleno delirio Cristina atempera sus besos, dulcifica sus manos en mis hombros, los suaviza hacia atrás, y me aventuro a interpretar en do sostenido:
   - Ahora sí que comienza la auténtica noche de gala.
   - Todavía no. Espera -voz de ensalmo.
   Cedo espacio virulento. Engarza mis ojos en los suyos, encorva el cuerpo, baja las manos hasta el borde del vestido y suben por el interior hasta la cintura, sin recrearse, sin detenerse, no es gesto sensual sino apresurado, aunque inútil para velar destellos de luna en sus muslos, fugaces, porque enseguida sus manos se deslizan hacia abajo y liberan el tanga, un tanga ¿nacarado? (¿debo añadir minúsculo?, ¿aportaría más información?). Exhibe la prenda un momento, cual laurel otorgado, un momento. Y acto seguido, sus manos en mi corbata, deshace el nudo con destreza de segundos, tira suavemente de una punta y va enhebrando con ella el tanga, termina, abre los brazos y me muestra el resultado, una franja tosca de seda y algodón. Mis párpados, enardecidos, preguntan. Hay respuesta, claro que la hay, se vuelve al vértice de la baranda con su talismán y lo ata, ata, ata -nudo marinero, claro-. Inmediatamente un beso, resplandor, me toma de la mano e inicia un paso de cisne:
   - Ahí quedan. Vamos ya a tu camarote. No olvides que soy como Cenicienta versión promiscua.
   Reaccioné con trance pasión. Pero en el atropello de la premura aún me permití un reojo a la metáfora, el vínculo sexual que dejábamos allí para alguna posteridad. Flash de la memoria, el famoso puente de los candados de amor. Comparé con la iniciativa de Cristina. ¿No sería precursora de un ramal hiperrealista? Imaginé cruceros y cruceros con sus barandas de proa atestadas de ataduras semejantes, símbolos de… Me faltó concretar, habíamos llegado al camarote.
   Al final, terminé el día como lo había empezado, desnudo en la terraza del camarote. Sólo que…, pues eso.

miércoles, 30 de abril de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (10)

DÍA DE NAVEGACIÓN Y…


   Repiquetea la alarma del móvil: azulea el alba por el horizonte. Espabilo los ojos y apresuro el cuerpo y los sentidos hacia el balcón del camarote, sin conciencia de pudor, desnudo. De pie, ante la inmensidad de un oleaje esmeralda y rumboso, estiro los miembros, músculos y articulaciones en escorzo sensual. Y tengo que reprimir un ululeo a lo tarzán. Distensión, me siento en la butaca, absorto en esa media naranja alimonada que allá en la lejanía imprecisa emerge mayestática del mar cual numen enigmático. El mundo es un murmullo inútil y la existencia un manjar, el deleite, una inmensa cúpula de silencios provisores, amorosos, sutiles, tornasolados, vivificantes, melancólicos, afables, mansos, fragantes, voluptuosos, gentiles, sinfónicos, cuasiselváticos, periparadisíacos, ambiladinos, esternocleidobarbitúricos… Hasta que unos nudillos discretos llaman a la puerta del camarote y de la vida. Todavía un momento, retener la sensación, pero los nudillos se vuelven insolentes. Me levanto, desperezo el cuerpo y la realidad, ¡pero, coño, si estoy desnudo! Y me pongo en lo peor, o en lo mejor, ¿Cristina ya tan temprano? ¿Y si no es ella? Por si acaso, el albornoz. Abro. Good morning, señor, su desayuno continental. Una bandeja repleta en las diestras manos atezadas del camarero de planta. No me acordaba, lo encargué anoche. Where… poner? En la terraza, por favor. Agradecimiento, “buen gusto” (que aproveche, pretende decir), good-bye y tal. Me instalo ante el desayuno intentando retomar el ejercicio espiritual que antes me embargaba, incluso me despojo del albornoz. Pero ya no es lo mismo, los ojos no consiguen levantar el vuelo por encima de los huevos revueltos y compañía. En verdad, el hambre no mata al espíritu, pero lo condiciona tanto. Así que, entre bocado y bocado, programo un día sin salir del barco. Folleto informativo de la empresa, “Today”, ocio, entretenimientos, tiendas de a bordo, instalaciones, propuestas, sugerencias y todo eso. Después al cuarto de baño, habitual escatología completa y aseo completo. Indumentaria playera, mochililla con el kit de supervivencia (gafas de sol, tabaco, papel, boli y la entrañable seapass) y urgente visita de vasallaje al rincón del fumador.
   Lógico, tan temprano (las 8,30) sólo encuentro una pareja de edad y educación tan imprecisas como la nacionalidad. Porque les he dado los buenos días, el good morning, el bonjour, el buon giorno, el guten tag, y hasta he arriesgado un kalemera, y nada, han permanecido con la misma cara de tabique al sol. Desisto, estarán en su hora de meditación (un crucero propicia estos estados de abundancia reflexiva). O acaso sostienen un cabreo afilado y mudo. O, sin más cavilaciones, son pareja de sordomudos, por qué no. Basta. Reparto la distracción entre el mar, que ya refleja perlitas de sol, la piscina, calma, solitaria y azul, y unos seres extraños, pocos, que a estas horas hacen footing por la cubierta de arriba.
   A punto de apagar el cigarrillo, aparece Cristina, como si aguardara mi presencia agazapada en donde sea. Sola, camiseta de tirantes marinada y blanca minifalda maxicorta, andares decididos, ondulosos, blandiendo un cigarrillo y una sonrisa perversa y lasciva (ya sé que la calificación es clásica, pero es que así al pronto no acerté con otra). Se detuvo a dos centímetros de mí, o a uno. Medida que llevo calculada desde hace tiempo, según la cercanía que percibo del aliento ajeno. Algún mecanismo hay en mí que cuando…, salta el limitador. Por ejemplo, hay gente que tienen un subconsciente inconsciente de aproximación, te hablen de lo que te hablen, y tú (por lo menos yo) procuras retirarte, porque oyes bien y además escuchas, y tampoco es necesario que alguna salivilla interfiera. Pero el hábito, erre que erre. Y muchas veces no son confidencias inextricables, sino simples frasecillas intrascendentes, pongamos por caso, el pantagruélico tapeo de anoche en un bar fuera de circuito.
   Perdón, me he perdido. Sí, Cristina, el centímetro. Duró un instante (el centímetro). Miró en derredor ese instante, como para asegurarse de que la pareja de esfinges sentadas que fumaban al lado no se inmutarían. Ajustó sus pupilas a las mías, el brazo derecho a mi cuello, el izquierdo a mi cintura, sus labios entreabiertos a los míos entredispuestos. Y un torbellino de lenguas. Pulsión, pasión. Mis brazos abrazaron también sin dilación, pero sin orden, con el instinto todavía un poco desprevenido, hasta que el orgullo tocó a rebato y les dio por tomar la iniciativa, y una mano fogosa (creo que la derecha) fue a su culo y presionó hacia sí, quiero decir, hacia mí, y se cebó y se cebó, mientras que la otra prodigaba caricias de fervor y hervor -lo sagrado y lo profano-, y por arriba las bocas ensalivaban al unísono la ceremonia de la confusión. Hasta que en un interludio anheloso ella preguntó anhelante si la iba a violar allí. Y saqué pecho expresivo sin relajar la presión: pordiós, soy un caballero, no sin tu consentimiento, te violaré aquí o donde prefieras. Pausa de vértigo. Miradas tormentosas hacia el entorno sin desenredar el abrazo o lo que fuera aquella filigrana de cuerpos en trance. Los inciertos de al lado, los del footing de arriba y algún que otro mañanero de tumbonas que ya tomaba posiciones junto a la piscina y distraía reojos a nuestro espectáculo. Desconcierto y ansias. En mi camarote, apremió Cristina, audaz y salaz (no sé si por este orden), mi marido seguro que está todavía atiborrándose en el buffet. La decisión, más que morbosa, como para dispersarse en análisis de pros, contras, etc. Ascensor, botón a Cubierta 9. Entre un barullo que subía o bajaba, Cristina y yo con manos entrelazadas de testosterona y premuras, pensé: espectacular que en un crucero un marido te parta la boca. Estas cosas, ya se sabe, si no las cuentas, nunca existieron, ni para ti que las viviste. Casi corríamos por el pasillo sin soltarnos de la mano. Cuando llegamos, topamos con que estaban aseando la habitación. Vamos al mío, propuse, y tiré de su mano sin esperar respuesta. Ascensor otra vez, el barullo también, parecían los mismos de antes que seguían en el ascensor. Cubierta 11. Nueva urgencia por el pasillo. A tres metros del camarote, frenazo. En la puerta hacia guardia el carrito de la limpieza. Llegamos a paso ralentizado. Efectivamente, la puerta abierta y dentro dos empleados en sus quehaceres. Frustración, desaliento y bajada de niveles erótico-pélvicos. Todavía en un postrer intento de revival, les pregunté si terminarían pronto. Acababan de empezar. Sonrisitas y todo lo que quieras, pero acaban de empezar. Y esta gente son concienzudos, eh. Desandamos el pasillo con la libido por la moqueta. Precoito interrupto. Cristina se había quedado sin margen. Tenía que volver al encuentro del marido-buffet (qué lástima, así lo calificó). Sin remedio, nos despedimos, eso sí, con un beso que juramentaba venganza. Un día de navegación da para mucho, incluso para todo.
   Volví al rincón del fumador. Un cigarrillo. ¿Y ahora qué? Momentos de indecisión hasta que recuerdo haber echado en la mochililla el “today” de hoy (valga la redundancia bilingüe). Es mi natural caótico y previsor -previsor por caótico-. Cuando dependo de mí mismo, no queda otra, me impongo una mínima programación como flagelo. Así y todo, con frecuencia abandono la disciplina a las primeras de cambio; aunque no hacia la inactividad, sino hacia el sinfín de alternativas que tientan mi voracidad poliédrica. Claro, a veces con resultado de fenómenos adversos, una parálisis insoportable.
   Así pues, leo. Primero con interés panorámico. Y una deducción inicial: este día de navegación consiste básicamente (ea, ya se me escapó el `básicamente´, ¿cómo escapar de la rabiosa moda léxico-gramatical?) en sucumbir a los reclamos ocio-comerciales del barco. En alta mar no hay escapatoria.
   Un aviso luce con letras de relumbrón (colibrí, 24) al comienzo y al final del today: noche de gala. Noche de gala, me repito, transformando la metáfora primera (la lexicalizada del folleto) en una segunda de voltaje libidinoso. Cristina y yo exudando lujuria por los poros y las sombras disolutas de la transgresión, expuestos sólo al rumor mudo de un oleaje cómplice,… noche de gala. Escanciaremos la madrugada de la piel…
   Irrumpe un grupo de fumadores y mi poema de verso libre y libertino se desvanece. Y vuelvo al folleto. Y decido consentir con la primera propuesta, visitar tiendas.
   El ineflable today reza: “Evento de venta”. ¿Aliteración de corte literario? Pero, claro, luego añaden: “10 dólares”, continuación prosaica del anuncio que lo deja a nivel de mercadillo.
   Consiento, pero en plan observador ligeramente ecuánime. Cubierta 4. Efectivamente, una hilera de tenderetes y percheros, camisetas, sudaderas, chándales, gorras, ropa interior, cada prenda con el logotipo del crucero estratégicamente bordado o pegado o incrustado. Y cruceristas de consumo desaforado de recuerdos, mirando, sopesando, eligiendo por sí mismos o calibrando según los comentarios y las compras de otros. Un chaval se prueba una gorra y pregunta qué tal para llevarla al instituto; el padre, un chándal para el gimnasio; y ya puestos, la madre elige entre risitas un tanga donde el logotipo figura ahí. El hijo descalifica, anda, mamá, déjate de, dónde vas con eso. De pronto, sentí curiosidad malsana, quizás procaz, por conocer la decisión última. Como me encontraba al lado, fingí interés en un rebujo cercano de braguitas, mientras aventuraba una mirada furtiva inciso-erótica hacia la señora, que, a pesar de mi simulación, me la sorprendió. Y una vez descubierto, qué importaba, lo afronté. Y, vaya, ella también. Un fugaz intercambio mudo de mensajes: te quedará excitante (uno), verdad que sí (otra). Como luego advirtió que el marido bizqueaba con pupilas agudas, no necesitó más, sacó del bolso la seapass con decisión impúdica. De lo que no se enteró fue del comentario que me hice a renglón seguido: si Cristina se me desnuda con eso puesto, la mando con el logotipo a otra parte, ¡qué cosa más friki!
   Después, a sugerencia del today subí a la Cubierta 5: “En la Boutique C descubra los hermosos huevos de Fabergé”. Lo reconozco, me llevó allí mi adicción al ecosistema sexual, amén de las carencias que arrastro en cultura suntuaria o suntuosa de clase. Aunque, en realidad, cada vez que patino en algo de esto siempre lo achaco a la mentalidad pequeñoburguesa de los demás, una justificación que aún desconozco de qué me salva. Es mi recurso. En resumidas cuentas, llegué a la tal Boutique C con el ánimo cartilaginoso de evaluar los huevos de un famoso de nombre Fabergé expuestos a la consideración (tamaño, dimensión, turgencia, hinchazón, carga hacia la izquierda o a la derecha) de los visitantes, como quien va al circo a verificar la autenticidad de la mujer barbuda. Bueno, también pensé que podría tratarse de una estatua, de un desnudo de algún adonis de la época clásica (como navegábamos por el Mediterráneo). Pues no. Un cartel en la entrada ya me situaba en sospecha de error: “…colección de San Petesburgo disponibles hoy a bordo de nuestro barco”. Entré. Vitrinas, adosadas o exentas, luces cálidas en su interior alumbrando huevos de oro en posición Colón con incrustaciones de brillantes. Huevos fulgentes, fúlgidos, henchidos, esotéricos, humillantes, achatados o estilizados, embarazados o aflautados, enhiestos todos, a media docena por vitrina. El crucerismo visitante, escaso, se dividía entre el de pose selecta, entendido y visa oro, y el de rostro fascinado a secas. El mío era simplemente analítico, en lo económico siempre he transitado por sueños rampantes.
   Me retiré pronto. Aquello tampoco ofrecía mucha savia para mi áspid crítico, huevos aderezados para luminaria de mueble auxiliar en saloncitos y paisanaje acariciando o acallando las vibraciones de la seapass en el bolsillo. Si acaso, la comparativa que un señor, en pulido castellano, gafas de presbicia colgando de cordoncillo, polo de marca que marca y de ahí para abajo por el estilo, la comparativa, digo, que doctoraba entre el huevo derecho de una vitrina y el izquierdo de la siguiente. Allí, situado en el centro del medio metro que mediaba entre una y otra, cuello para un lado, cuello para el otro, los ojos de avezado espeleólogo, la comparativa, digo, entre las potencias auríferas de uno y otro en función de los haces de luz y destellos según el ángulo con que lo enfoca la iluminación intravitrinal -así lo llamó, eh-, entre la carga reflectante de los brillantes de los huevos, de cada uno, proporcional al número de estas piedrecitas, comparativa, digo, entre la huella dejada por los orfebres de cada uno de sus huevos, comparativa, digo, de todos tales extremos entre los precios que un huevo y otro exhibían de forma vergonzante en sus correspondientes peanas, comparativa, digo, con que enardecía a su pareja, esposa, compañera o amante, o tres en la misma, que exasperada hasta los ovarios, con perdón, le urgía a que decidiera la compra de uno de los dos, cualquiera la haría feliz, aunque bien podría prescindir de la dichosa comparativa, si tanto lo confundía, y mejor los dos, ¿no?
   Justo ahí me retiré. Prefería dejar el final abierto, lo contrario me daba repelús.
   Me dirigí al salón-buffet para el tentempié de media mañana. Al pronto me sorprendió el gentío que trasegaba por él. Parecía el almuerzo en hora punta. Ah, no lo recordaba, día de navegación, no hay salidas de excursiones. Embarcado el pasaje al completo, comer supone un divertimento más para el crucerismo, además de una amortización del capital invertido, el servicio de comedor permanente va incluido en el contrato. Un bandejeo lentorro y curiosón, gama de edades y atuendos, pastorea o se arracima o tristrarea o piscolabea, y escoge o repone o amontona o equilibrea, a pasos cortos o detenidos o desganados o atentos o caderados, y avizora la mesa libre y se lanza a ella cual tierra prometida. Me agobia tanto hervidero para intuir o descubrir gustos y sabores. Me proveo de algo de bollería y un café solo con mucha agua -argucias de la máquina expendedora- una frugalidad con la simple pretensión de aplacar jugos gástricos. Encuentro hueco en una mesa donde dos señoras y un señor de edades provectas, mucho más provectas que la mía, atiborran los carrillos de algo con carne, creo. Engullen casi por turnos, dando la tregua mínima para comentar algo, en alemán. Por lo cual, me considero exento de departir. Termino, ensayo una sonrisa de cortesía a modo de despedida, me pertrecho de un nuevo café solo con mucha agua y salgo hacia el rincón del fumador, al fin, para respirar aire puro. Aunque allí vuelvo a notar los efectos de todos sin salir del barco. Contamos más cruceristas fumadores de lo que parece. El acceso a un cenicero me costó lo mío.
   Después nueva consulta al today y elección: “El arte del vidrio soplado”, Cubierta 15. Allá que fui. Sesiones de una media hora de duración, acceso libre e intermitente; es decir, que podías incorporarte en mitad de la sesión, por ejemplo, y continuar en la siguiente, o abandonar cuando te parezca. Como esas proyecciones que presencias en algunos museos o en centros comerciales, pues así. En este caso, esperé a una nueva sesión. Lo de in media res sólo me gusta en las novelas (y no en todas); pero, para lo demás, prefiero el comienzo natural. Y además, había reconocido a Cristina entre los asistentes de la sesión en curso. A Cristina, a su marido y al resto de sus asiduos. Prudencia, prudencia, me recomendaba algún duendecillo moralista.
   Fin de la sesión. La mayoría se levanta, la salida es por el lado contrario. Mientras, vamos entrando los que esperábamos y ocupamos los asientos vacíos, unas banquetas corridas frente a una especie de habitación abierta con dos hornos industriales al fondo y otros tantos bancos de trabajo delante, unas cajas grandotas y soportes de los que cuelga instrumental de hierro de varios tamaños y diseños. Un chico y una chica provistos de delantal y manoplas para altas temperaturas reinician la enésima sesión: trozo de cristal macizo en punta de lanza entra en un horno, al cabo sale incandescente, otro artilugio le insufla aire, baño de agua, manipulación, recorte con tijeras especiales hasta adquirir forma extravagante, paso al otro horno, nueva rojez. Mientras, otra chica va explicando el proceso a la audiencia. Y dos manos llegan desde mis espaldas y me tapan los ojos, y una voz me musita al oído: derretirse, yo no necesito tantos grados como el vidrio. Incombustible, inconfundible. Tomo las manos sobrevenidas con las mías sin volverme, y las guío a mis labios. Doy todo el calor a los besos. Y su voz, melosa junto al lóbulo de mi oreja: al salir he mirado para atrás y te he visto, les he dicho que, como habíamos llegado tarde, quería ver el comienzo, con mi amiga y cómplice. Enfrente, el vidrio hierve. Pocos minutos después me vuelvo hacia Cristina. Me estampa un beso desatado y urgente en el límite de la audacia, e inmediatamente se levanta, coge de la mano a su amiga y se van, con las clásicas risillas y miradas traviesas. Me quedo sin iniciativa y con el vidrio soplado, como el entendimiento. Pero, así y todo, aguanto hasta el final de la sesión.
   Luego paseo sin rumbo entre cubiertas. El tránsito de cruceristas por pasarelas, pasillos y ascensores es constante, casi agotador. Si te sientas y permaneces en el mismo lugar, pongamos, media hora, pueden pasar por allí unas doscientas personas, de las cuales, veinticinco por lo menos son las mismas (ida, vuelta, reída y revuelta), en los más diversos atuendos y con distintos utensilios, aunque principalmente son vasos, copas, copones y botellas. Añádase un incesante trajín de camareros y personal auxiliar de las piscinas (toalleros, limpiadores, reponedores de algo, etc.) con una estampa representativa de todas las razas.
   Sin embargo, el casino a estas horas, soledad verde de tapetes en reposo, alterada por algún que otro entrechocar metálico que llega del pasillo de las máquinas tragaperras. Me asomo al paso, dos o tres personas de edades frustradas, rostro trabado en el titilar cantarino de la fortuna y dedos picoteando botones. Sigo hacia una exposición de cuadros en venta, que vadeo desdeñoso, indiferente, no sé. Miro la fecha de uno, 2007, y me alejo preguntándome cuántos cruceros llevarán estos cuadros a sus espaldas.
   Una cerveza en la Cubierta 14, por encima de la piscina. Barra de bar con terraza extensión del rincón del fumador. Aquí también se permite. Sentado en un taburete de la barra entretengo la distancia en las largas filas de tumbonas atestadas de cruceristas, cadencias de cuerpos en piel, gama de tonos, escala de dedicación, leen o charlan de una tumbona a otra o extasian los párpados cerrados a los rayos solares, y por pasillos, idas y venidas desparramadas. En la segunda cerveza llega Cristina. Viene sola en su biquini y con esa sonrisa confidencial que se gasta. Y se explica:
   - Lo sabía. Bueno, suponía que estabas aquí. Le he dicho que venía a tomarme una cerveza con un cigarro. Como él no fuma. Te voy a invitar.
   Se acoda en la barra, ondulación de caderas mientras sus ojos observan el culebreo de mis miradas y la caricia de mis silencios. Confirmado el efecto, pide dos cervezas al camarero y vuelve a mí, se acerca, sobrepasa el perímetro de seguridad, centímetro a centímetro, a la vez que bisbisea:
   - Vengo del aquaspá. Aromaterapia de algas. La publicidad del today tiene razón, en parte. Dice que te calienta el espíritu interior, y es verdad, pero el es-pí-ri-tu exterior, por lo menos a mí… ¿Quieres comprobarlo?
   No esperó respuesta. Me tomó una mano para dar fe y la acercó al espíritu de su epidermis. La mano, la mía, que en un principio accedía pasiva, o medio medio, al calor del calor de la aromaterapia que percibía, poco a poco fue liberándose de escrúpulos medioambientales y adoptando un rol activo, cada vez más activo y desinhibido, hasta la tijeretada del camarero con las dos cervezas.
   “Bamboleo, bambolea…”, cantaba abajo en la cubierta de la piscina un latincountry por cuenta ajena.
   Nada es comparable y quizás todo mensurable, pero aventurarse en las circunstancias de cada cual y cadas cuales, establecer parámetros, coordenadas, isobaras, cuasiconjunciones o por ahí, una quimera, otra más. Nos empeñamos en que, del sol abajo -y arriba- , la humanidad discurre por cauces de la misma partícula de dios, número limitado de arquetipos y meandros fruto del big-bang. Y sin embargo, cómo atreverse a integrar en tan fascinante dimensión el universo emocional de dos personas -un hombre y una mujer en este caso (sálvese el orden de prelación)- que comparten la bebida de una cerveza, cada uno la suya por supuesto. Habrá que releer a Epicuro.
   Después Cristina acudió a sus rutinas y yo a almorzar.