Pincha arriba en "Gramática de autor" para acceder a la segunda página del blog.
Mostrando entradas con la etiqueta catedral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta catedral. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de enero de 2015

BITÁCORA DE ESTÍO (14)

 …EN MITO

   Con las prisas apenas reparé en el entorno monumental, el Palacio Ducal y la Catedral. Bastante tenía con esquivar las aglomeraciones poliestructuradas que retardaban mi encuentro con Rosalía . Pero ante el Campanile, referencia de mi destino, relajé premuras. Imposible sustraerse al atractivo y peculiaridad de esta torre. Con el campanario de la catedral pero desgajado de ella, ¡como para constreñir su altura insultante! Desde su base cuadrada se eleva en ladrillo de marrón decapado hasta allá arriba, hasta una cornisa grisácea donde descansan las arquerías del campanario (las campanas apenas se vislumbran desde abajo). Todavía por encima otra estructura cuadrada, amarronada también, con esculturas grises, adosadas e irreconocibles -salvo con zoom telescópico-, y sobre ella una pirámide esmeralda en cuya cúspide se erige una figura dorada -la vista se pierde definitivamente-, es de suponer que mitológica.
   Por fin abandono la visión y giro hacia la inmensidad de la plaza. Recuerdo, Rosalía había dicho la primera terraza a la izquierda. Oriento la mirada y una mujer sentada por allí levanta la mano y la agita en señal de saludo. La plaza es una floresta, me acerco con cierta prevención. Un poco más, y la mujer se levanta con gestos de parabienes. Sí, es ella. Un abrazo sincero, cálido. Y su reproche melindroso al sentarnos:
   -El Campanile no podía esperar, pero yo sí, ¿eh? Como el café y la cerveza de tu encargo farolero. Claro que el café debe de estar ya tan frío como la cerveza. No, no te justifiques. Te llevo observándo desde que paraste a mirarlo.
   Lo soltó del tirón, con esa comisura sonrisona que tan bien recordaba de ella. Le seguí el tono de la anécdota:
   -Bueno, pedí las dos cosas porque, como comprenderás, no sabía para cuál de las dos iba a llegar.
   Emprendimos enseguida una conversación atropellada, con repaso superficial de nuestra actualidad. ¿Cómo estás?, ¿cómo te va? y esas cosas de dos amigos de antaño que tantean el presente inédito mientras se observan desde sus evocaciones íntimas. Después, con más consistencia y fluidez, repasamos en flash-back las pasadas amistades y su rumbo. Mientras la mayoría había tomado el camino de la profesión y ahí permanecía, otros porfiaban en sus barricadas de juventud y memorias históricas, y algunos hoyaban las moquetas de la política. En cuanto a amores y desamores varios, pasamos casi de puntillas. Acaso algún recelo nos reprimía traspasar la capa freática, con el riesgo de mutar de testigos a protagonistas.
   Al poco, en un momento de relax o de silencio inseguro o de respiro profundo, elevé la mirada hacia el esplendor de la plaza, la arquitectura que la circunda y fascina. Hileras de arquerías superpuestas en triple composición, en cuya última cornisa se alinean figuras semejantes a peones de ajedrez, que te imantan la mirada y la prolongan hasta el extremo opuesto del espacio. Pero al fondo el encanto de la perspectiva fracasa. El marketing no perdona –ni la Administración, con su insaciable corto vuelo de hacer caja-. Figura allí, sobre la arquería noble, un enorme y mezquino cartelón publicitario: señorita vestida de casual semiincorporada, descalza, mostrando rodilla y cuarto de muslo, una mano apoyada en el vacío y la otra reclinada y orgullosa sobre un bolso de marca, de la marca que publicita despiadadamente.
   Comento la desfachatez a Rosalía. Me sonríe con pupilas cálidas y alude de pasada al recuerdo de un acerado bisturí. Pero pregunta enseguida por mi tiempo disponible. El barco zarpa hacia las cuatro la tarde del día siguiente. Se ofrece de guía, propone dejar los grandes monumentos para la mañana y dedicar el resto de la tarde y noche a otras magias venecianas -me queda la duda de dónde pasaré la noche-. Conforme y expectante.
   Me llevó por callejas hasta detenernos ante una fachada. “Mira y disfruta”. Y obedezco en las dos cosas, mirar y disfrutar, pero vacilo al orientar mi placer, a veces mis capacidades analíticas se atoran. Suele ocurrir cuando me plantan sin más ante alguna belleza concreta, sea arquitectónica -como en este caso-, pictórica, paisajística, urbanística, psíquica, física o química. “Teatro Italia”, letras de molde grabadas a fuego en su frontal. Como mi emoción balbuceaba, mi heroína acudió al rescate -lo haría en realidad con frecuencia a lo largo de las horas compartidas-: “Arte bizantino, típico de Venecia”. Mi primer descuadre, porque mis rudimentos sobre esta ciudad sólo alcanzaban al renacentista, y resultaba que esto era bizantino, y además eso, típico veneciano. Suponía ella comprensiva que mi error radicaba en la abundancia renacentista que orillea el Gran Canal. Y sin embargo, aseguraba experta, cuánto arte bizantino me quedaba por descubrir en Venecia. Todavía me mostró dos o tres fachadas, y ya todo me sonaba a bizantino. E intentaba justificarme conmigo mismo: ¿Verdaderamente es imprescindible entender de todo esto para ser culto? En alguna falla fallo.
   Más adelante, desembocamos en una plaza con epicentro en una peana -esta no me pareció bizantina, no, seguro que no- sobre la que posaba la escultura verdinegra en bronce de un padre de la patria, creo, traje y sombrero dieciochescos. Pero mi atención se distrajo con un individuo uniformado de gondolero, camiseta a rayas azules y blancas y sombrerito plano a juego, como para llevárselo de souvenir, tan típico como el arte bizantino recién conocido. Anunciaba un embarcadero cercano para paseos en góndola, pero con convicción desganada, voz mecánicamente canturrona. O lo hacía como si la mercancía estuviera vendida de antemano o su compromiso mercantil dejaba mucho que desear. No había más que observarlo un poco: dos-tres pasos desganados adelante, atrás, diagonal o semicírculo hacia turistas de tránsito, brazo sin nervio orientado hacia por allí y espalda cansina.
   Justamente hacia allí íbamos. Un canal coqueto, entre fachadas de ladrillo visto con macetas de enredaderas o algo así. Sobre el puente, semicircunferencia de piedra gris, algunos turistas disparan sus cámaras a una góndola con padres risueños y bebé asustado. Poco más allá otro canal, o el mismo por otro ángulo, misma decoración, con varias góndolas aparcadas a la espera de clientes. La mirada friki se me va hacia una de ellas: embetunada de negro charol y asientos versallescos de terciopelo en bermejo reventón -reprimo el comentario, cualquier pareja apasionada podría sucumbir a la tentación-. Y otro canal más, puente de madera carmesí con jardineras colgantes en su baranda, ¿concesión a la cultura china?
   Un recorrido pintoresco y ameno que no tardó en cambiar de signo. A la vuelta de una calleja Rosalía me condujo por soportales oscuros de piedra vieja. Hasta la orilla misma de un canal estrecho y pardo, donde el agua onduleaba hasta los bordes y rompía en inocentes salvas de gotas a nuestros pies antes de escapar bajo el suelo que pisábamos. Callizo de fachadas empobrecidas, resignadas a la humedad, con algunas sábanas tendidas al sol por la tercera planta. Y el murmullo lejano del gondoleo turístico.
   -Vivo cerca de aquí. Algunas tardes, cuando llevo días con la conciencia alborotada, me vengo a este remanso y…
   -Y… te remansas, ¿no?
   Se quedó suspendida un momento. No tardó en reaccionar:
   -Veo que de cinismo sigues en tu línea, ¿eh?
   -Bueno, me defiendo. Pero no era mi intención…
   -Ya,... -miró en derredor y preguntó- pero te gusta, ¿verdad?
   -No me atrevo a decir que tanto como a ti. Me cogió de la mano e inició la vuelta.
   -Vamos, queda mucho por ver y… sentir.
   Dos, tres callejas en zigzag más allá, estrechas y umbrías. Nos detuvimos en un clarear melancólico, en medio de un puente de mampostería vieja, sobre otro canal angosto, solitario, resignado a los últimos rayos de sol. Allí al frente se va instalando la oscuridad, por la curva donde la vista se demora en las fachadas lamidas de moho por las orillas y palidecen en rosa paredes arriba. Aguas sosegadas, pleamar del espíritu, reposa o cavila.
   Rosalía parecía absorta en algún canal de sus pensamientos. Aquel exceso de quietud me sobrepasaba, una atmósfera demasiado propicia para la confidencia. Me urgía desactivar el sortilegio. Resolví en dos fases: posé mi brazo en su cintura como una caricia solícita, un tiempo prudencial, como compartiendo. Después alguna frase que difuminara el canal incógnito:
   -Demasiado remanso para tanto como me tienes que enseñar, querida guía, ¿no crees?
   Respondió con sonrisa turbia y comenzó a girarse para marcharnos, suave, de forma que mi brazo no abandonara su cintura. Y no la abandonó.
   Así deambulamos un tiempo por vericuetos, placitas y calles que nos reintegraban poco a poco al gentío ambiente. Acompasados en un intercambio de silencios equívocos, y curioseando al paso escaparates de máscaras venecianas para cualquier nivel de farsa. Ella marcaba el ritmo y la dirección. Hasta la terraza de un bar, que sin duda ya tenía prevista. “¿Una cervecita aquí?” -propuso sugerente-. No lo advertí hasta que no estuvimos sentados: en diagonal, una hermosa perspectiva del Puente de Rialto.
   El atardecer dócil que derrotaba por los canales anteriores parecía haberse detenido aquí reacio y jaspeado. Rosalía, satisfecha de su elección y mi sorpresa, me concedió unos minutos de deleite, pocos, no tardó en desmenuzar y ensalzar las vicisitudes arquitectónicas de tan mítico puente. Claro que yo, aun receptivo a sus comentarios, ricos y cultos sin duda, aventuré otras apreciaciones:
   -Un puente de un solo ojo… Con esa zona central elevada que desciende hacia sus lados en rampas suaves... ¿No da la impresión de un gran ojo achinado? Todo lo enorme que quieras, pero achinado.
   Me aprontó una cara de estupefacción. Pero no me arredré:
   -Es más, cabría interpretar: la cornisa que recorre el arco, párpados muy depilados; y la hilera de muchedumbre que hormiguea por sus barandas, cejas muy pobladas. Pero el ojo, achinado por supuesto. ¿No te parece hermoso?
   Percibí un gesto entre el estupor y la comprensión, aunque no exento de cierto matiz de admiración, que precisó al instante:
   -Por si antes no me hubiera dado cuenta, ya no hay duda. No has cambiado nada,… o muy poco..., pero a peor. Lo tuyo, desde luego, no es la poesía, y menos la lírica. Es la prosa, la más… acerada, diría yo.
   -No sé -respondí-. Puede que la más vulgar también. Pero es que…
   -Tampoco yo lo sé -interrumpió-. Pero ni en aquellos tiempos ni ahora he conseguido avanzar contigo más allá de la sospecha.
   Otro instante de silencio, que redimí:
   -Si te sirve de consuelo, tampoco yo.
   -¿Cómo?
   -Que esto de conocerse a sí mismo, en profundidad, con todas las contradicciones que acarrea, es bastante complicado. ¿Te vale?
   Concedió mientras conformaba la mirada hacia el puente -lo que puede dar de sí tan bella arquitectura.
   Al cabo, se desembarazó de alguna reflexión y propuso ir a cenar. Tenía elegido el sitio: terraza de restaurante en placita recoleta ma non troppo, retirada del circuito turístico pero de paso –uno de tantos-. “Alla Ferrovia. Piazzale Roma”. Pequeña, cuadrangular y adoquinada de antigua. El recinto, un resumen de trazos venecianos. En el centro, farola de hierro decadente y luz incierta. Enfrente, fachada añeja con portalón oscuro de madera cuarteada, cerrojo grueso y mohoso, como las rejas de las ventanas laterales, y por arriba un balcón escueto con puertas y baranda de la misma madera derruida. A un lado, la portada de una capilla de estilo creo que gótico, por el arco apuntado que la corona y el menudeo de esculturas por sus arquivoltas y tímpano. Al otro lado, una pared descascarillada a moratones, espalda desprotegida de una vivienda indefinida. Y el restaurante, toda la pinta de palacio pequeñoburgués reconvertido en restaurante. Tres plantas: la última, abuhardillada, salpicada con celosías; la noble, con ventanales acristalados bajo arcos bizantinos, entre columnas con capitel gótico, y balconada de piedra, corrida, sobria, renacentista, soportada por gruesas vigas de piedra incrustadas en el muro; y la baja, reproducción de la noble, salvo las anchas dimensiones de la puerta de entrada. Añádase el silencio amortiguado por el arrullo de algún canal cercano.
   Como mi relación con la gastronomía aún está por definir (por definírmelo), creo honestamente que no debo utilizar la poética para adentrarme por la pasta italiana y el vino de La Toscana que degusté aquella noche, desprendería un tufo insoportable a falso.
   Y sin embargo fue una noche de sabores (ya digo, gastronomía aparte; aunque también). Decidido el menú, dos antiguos amigos, nuevos, vividos y cambiados, frente a frente. Ya no cabía distracción con estampas venecianas. Tejer y destejer, una conversación sutil, confiada, tornasolada, centrífuga, con guión sin perfiles, caracoleando de bucle en bucle, laberíntica, por las emociones, por la ideología y la política, por los futuros rotos del pasado y los otros, a destellos, intramuros, encriptada.
   A los postres, probé a desenredar el ánima que nos perturbaba las horas siguientes:
   -Creo que no tenemos escapatoria. El arrepentimiento está servido, tanto si caemos en la tentación como si no. En pocos días, con la distancia, no nos faltarán motivos, diferentes o iguales, para arrepentirnos.
   Allá penitencias.
   Por la mañana abandonamos temprano los duendecillos paganos entre las sábanas para evitar las colas de la Venecia monumental.
   Primero, Basílica de San Marcos. A media distancia, te subyuga un boscaje exuberante -todo en Venecia es desmesurado-, inmenso ditirambo de cúpulas, pináculos, cupulitas, chapiteles, esculturas y otros accesorios arquitectónicos que nunca un profano debe enfrascarse en catalogar (perdería en belleza sensorial). A medida que llegas a sus pies, la fachada despliega cinco portadas con una mixtura sin fin de arte bizantino y gótico -gótico florido, me precisó Rosalía- de columnas, pilastras, mármoles, esculturas, bajorrelieves y mosaicos donde fulge el oro y todo el catecismo medieval.
   Rosalía no cesaba de orientar mi retina. “Mira allí, mira aquí”. Yo avivaba un rostro encandilado en cada dirección. Y en una de estas, “mira allí, mira aquí, mírame”:
   -¿Te gusta? -inquirió, con duda halagüeña.
   Me pilló desprevenido.
   -Incomparable marco San Marcos -improvisé.
   -Tú y tus jueguecitos de palabras. ¿Es todo lo que se te ocurre decir?
   -Ayer me pareciste tierna y frágil. Hoy, una guía turística desatada. Así que,… mejor la conjunción de la madrugada.
   -Sincrético, eh.
   -Y empírico, añadiría yo.
   Punto y aparte, ya nos tocaba entrar. Puertas de bronce con incrustaciones de plata, columnas bizantinas y losas de mármol rojo. Confirman la genuina pobreza evangélica ya apuntada en la austera suntuosidad de sus fachadas.
   En la entrada un individuo, uniforme de acólito de puerta, recogía el ticket. Otro, medio metro después, afinaba su mirada clínica hacia los visitantes y sentenciaba si para acceder a tan santo recinto vestían con decoro (concepto limitado para este sagaz inquisidor a llevar desnudas ciertas partes del cuerpo) -nosotros recibimos el okey inmediato, acudíamos avisados-. En caso de veredicto negativo, la persona condenada debía volver sobre sus pasos sin posible apelación, o superar el veto cubriendo el desnudo censurado con alguna otra prenda propia o ajena, o adquirida allí mismo, en aquel momento, una especie de chal de tela áspera y amarillenta que vendía un tercer acólito al precio de un euro. Opción más frecuente esta tercera, que me resultó, ¿paradójicamente?, la más indecente. No sólo por el precio del esmirriado retal, atracador sobrecoste de la entrada, sino también por alguna que otra estampa esperpenticoerótica que observé: un tío cachas obligado al tal pañito por los hombros porque vestía camiseta de tirantes; una chica esbelta, pantaloncito corto, trasero sugestivo, tenía que tapar sus muslos en curvas al sol, y se ciñó el ínclito trapo de cintura a rodillas de tal forma que cucurveaban hasta los supuestos ojillos pacatos y asexuados del curato cancerbero.
   En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí, el interior de la catedral. Oscuridad liviana y tutelar, atmósfera esotérica. Mármoles, esculturas, bronces, dorados, mosaicos, columnas, capiteles por doquier, vidrios y oros en bóvedas mayores y menores que se reparten la Biblia desde el mismísimo Génesis para acá. Big bang del arte bizantino. Destaco el gran iconostasio -la palabreja me la sopló Rosalía-: valla de alto basamento de mármol, donde se levantan una hilera de columnas de mármol, que sostienen un friso de mármol, sobre el cual se alinean personajes del evangelio en estatuas de mármol –qué obsesión-, y solo para marcar los límites del presbiterio. Destaco también, si uno se abstrae del lugar sacro que pisa, el imponente “retablo de oro”, orfebrería bizantina y veneciana de miniaturista, paneles de oro esmaltados saturados de zafiros, rubíes y esmeraldas. Claro que la fe…, como no vaya por otros derroteros….
   Salimos. Enseguida Rosalía me cuadró ante la famosa Torre del Reloj y me soltó una explicación somera, rápida, apiadada de mí. La mirada gravita sobre el reloj, la explicación también. En varias esferas concéntricas con azules y dorados, el círculo de las horas en números romanos, los signos del zodiaco y las fases de la luna y el sol. Ah, y la manecilla que marca las horas gira con un solecito en su extremo (dorado, cómo no). Qué más se podría añadir, no sé. Sugeriría una última esfera de venturosa guirnalda con distintas máscaras representativas del carnaval veneciano, ¿no? Más arriba, el omnipresente león alado de San Marcos en fotocol marino y estrellado. Y encima de todo, dos soldaditos de bronce renegrido golpean mecánicamente cada hora un campanón, acontecimiento que, al parecer, hace las delicias de los turistas y sus cámaras de vídeo.
   Sin tregua, al Palacio Ducal, a través de la marabunta que a esa hora de media mañana nos tamizaba o agobiaba o simplemente empujaba. Rosalía se había revestido definitivamente de partenaire acuciosa y eficiente. De camino, nos alejamos, o mejor, me alejó un poco del fragor para rendir admiración a la fachada, gótico veneciano, por supuesto, y destiló información y sensibilidad artística: pórticos, galerías, columnas y capiteles, paramento con ventanas y mármol, mucho mármol, rosado o ceniciento. Y mira las columnas de allí arriba con óculos cuadrilobulados (rediós, ¿cómo había dicho?), preciosas. Yo la atendía, creo que con emoción suficiente, pero temeroso del trance siguiente, el acceso al Palacio. Los ojos se me iban a las colas. La de comprar los tiques era enorme, y la de entrar insufrible, prohibitiva. Iba a proponerle desistir, cuando, abracadabra, saca del bolso dos tiques y se explica con cara de repóker y algo de rubor: las había conseguido días antes y, lo mejor, eran de pase preferente o algo así. “Gajes del trabajo -que no precisó-. Vamos”. Llegamos a la mismísima entrada. Rosalía entrego los pases al portero a la vez que le mostraba un carnet de algo. El señor comprobó un instante, e inmediatamente teatralizó una media verónica y nos franqueó el acceso, ante la mirada estupefacta, envidiosa y avinagrada del primer tramo de la cola.
   En cuanto recalamos en el patio del Palacio, Rosalía retomó sus glosas. Aquí la fachada cambia a renacentista, pero bien provista, eh, de esculturas, arquerías, pilastras, frisos, óculos (de estos, no me concretó si también eran trilobulados), y estatuas sobre pináculos, sin apariencia de equilibrismos, cual si en ellos hubieran brotado como setas. En el centro del patio, dos pozos del siglo XVI con brocal de bronce (se les habría terminado el mármol en aquellas fechas, que si no…). Y ya dentro, un museo. Ahí Rosalía aceleró todavía más: Rizzo, Bassano, Bellini, Sansovino, Liberi, Tiepolo, Veronese, Tiziano y algunos más, pero sobre todo Tintoretto, Tintoretto en resplendorosa miscelánea de sus mitologías, de las que ella se recreó casi hasta el éxtasis en su Crucifixión (no la de Tintoretto, claro; sino en su pintura de la de Jesús). Mis sentidos, por el vértigo. Imposible digerir plato tan excesivo, por opíparo que fuera. Que seguro que lo era. Pero mis capacidades no daban para tantos Evas, Adanes, Papas, Neptunos, Martes, Mercurios, Vulcanos, Cristos, y Venecia en variadas poses, además de la archiensalzada Crucifixión. Mareo, el estómago enviando señales de chiribitas al cerebro.
   En un lapso de Rosalía para beber agua, aproveché. Pregunté, reloj en puño, si nos faltaba visitar algún fulgor veneciano más, porque me quedaban unas tres horas para volver al barco. “Síiii, claro que falta, cariño, muchísimo, pero por lo menos el Puente de los Suspiros. Vámonos ya”. Me cogió de la mano e inició una marcha de prisa radical, se me vino la imagen de la madre que tira del niño que se resiste a ir al colegio.
   Salimos a la explanada. Nunca había degustado o padecido tanta aglomeración en tránsito, a lo más en los vértices de la feria de Córdoba; pero esto, ni de lejos (mucho menos, de cerca). Apenas acerté a hinchar los pulmones, quizás diez segundos. Ahora se colocó delante de mí, me arremolinó las manos y las puso en su cintura, “sígueme”. Esquivaba como una experta en fintas y codazos suaves pero inapelables. Calculo que no tardaríamos cinco minutos en ocupar un hueco de honor en la baranda del repecho frente al renombrado Puente de los Suspiros. Según los folletos informativos y Rosalía, por él pasaban desde el Palacio Ducal a prisión los condenados por la Inquisición siglos ha (las inquisiciones de ahora, dependiendo del país, tienen otros métodos, más sofisticados o más expeditivos; pero de suspiros…, me malicio que ni entonces, ni ahora -romanticismos los justos-). Pues, al margen de la descalificación ético-política-histórica que me merece, he de reconocerlo, me conmovió, o algo parecido. No tanto por las explicaciones de Rosalía, que no cesaban, cuanto por el mestizaje estético que percibí. Un pasadizo cubierto de factura barroca exquisita sobre un estrecho canal. Por sus aguas verdinegras cernidas de sol intenso paseaban góndolas ataviadas de decor veneciano y aturistadas, con pasajeros de distinto fervor inmunes o propensos a las fotos prodigadas desde la baranda. Y el contraste de las fachadas laterales, la ostentosa del Palacio, sus columnatas, ventanales y esculturas adosadas, frente a la insípida, plana y torva de la prisión, sus bloques de piedra superpuestos y sus ventanucos enrejados. La vida misma, pensé, el arte y sus sevicias.
   Detuve la reflexión cuando advertí que Rosalía aún permanecía a mi lado con sus comentarios incombustibles. No sé qué instinto, o revoltijo de ellos, alentó la decisión: me giré, tomé su rostro entre mis manos y le solté un beso entre los labios y más allá. Y ella…, como que armonizaba. Hasta que nos despabilaron unos aplausos y olés inconfundibles, la marca España. Nos retiramos con una risita traviesa hacia el corrillo, y los premié con una posdata: 
   -She is my love. Just married.
   Los aplausos se recrudecieron y acompasaron una flamencada expandida a todo el grupo que nos despedía: “Amooor, amooor, amorooor…”
   Rosalía sonrió a la gracieta. Luego, cuando nos alejábamos, preguntó:
   -¿Por qué lo has hecho?
   -Bueno, está claro, he utilizado el inglés para despistarlos un poco.
   -No, si me refiero al beso.
   Con gesto amable le tomé las manos y respondí:
   -Dentro de pocas horas zarpa el barco. Si tanto tardé en llegar ayer, ¿cuánto crees que me costará volver? Ya no me interesa ver ni visitar nada más, sólo tomar algo contigo tranquilamente y despedirnos.
   -Sí, es lo mejor -confirmó dubitativa, mientras sus pupilas azules repasaban la estela de algún pensamiento.
   -Y si me llevas a la sombra de alguna terraza de San Marcos… Aunque te parezca un simple, quizás lo que más me ha impresionado de Venecia. Aparte de ti, por supuesto -cuestión de reflejos.
   -Gracias -se le escapó un atisbo de melancolía-. Hay que ir despidiéndose. San Marcos… puede valer.
   No pareció muy conforme con la elección; pero para mí, escollo superado. El adiós me resultaba menos espinoso en un ambiente vacunado contra intimidades y compromisos. Además de mi indudable fascinación por esta Plaza. Y de paso me despedía a la vez de los dos mitos reseteados.
   Sentados en el lateral opuesto al de la tarde anterior, consumimos una cerveza y una última conversación amortiguada o entreverada con las notas de un piano de cola incrustado en aquella terraza, y cuya melodía serpenteaba por entre los pensamientos y las palabras de los clientes.
   Hasta que en la Torre del Reloj los soldaditos de bronce atezado atacaron en el campanón las dos de la tarde. La despedida. Promesas. Nos llamaremos, nos veremos en Córdoba, ingrávida la fecha. Caricia de manos para el manto de la distancia. Me levanté, último intercambio de miradas, y me fui. Ella se quedaba allí, contemplando las horas de aquel reloj de turismo perpetuo, y aguardando a quien minutos antes había llamado por el móvil.
   Nada reseñable de la vuelta al barco. Si acaso, que mi sentido de la orientación y de la pregunta pertinaz -pack indivisible en mi caso-, espoleado quizás por cierto instinto de supervivencia, me llevó al mismísimo control de acceso al barco en poco más de una hora. Y sin demora al salón-bufet. Comida y bebida, mucho de ambas, tenía hambre, sed y alto nivel de ansiedad. Saciadas ambas tres al unísono, al camarote, sin cigarrillo en rincón del fumador ni nada, suelto de reconcomios y arpegios. Siesta, dormir hasta las simas donde ni los sueños se atrevan a incordiar.
   Desperté al cabo de horas custodias y abisales. Salí al balcón del camarote, me senté plácido en la butaca. Pigmentos de sol y luna disputaban, como cada atardecer, como cualquier atardecer. La película de veinticuatro horas, Venecia, Rosalía y un sentimiento relativo. Con título: de mitos, sus devotos y sus profanadores.

domingo, 14 de septiembre de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (12)

KOTOR, ESENCIA DE ACORDES

   El barco debió de alcanzar la entrada de la bahía al amanecer. Supongo que según lo previsto. Me lo perdí, no era para menos, acaso llevaría un par de horas durmiendo tras una madrugada fragorosa de lascivias y demás concomitancias.
   Me despertó la megafonía exterior -el balcón del camarote se había quedado abierto-. Anunciaba no sé qué del sistema para el traslado de los cruceristas a puerto. Desabroché unos párpados atolondrados, bizqueé en derredor, de Cristina sólo permanecían en el camarote sus efluvios -que no era poco, desde luego-, desbrocé el amasijo de sábanas que incordiaba mi desnudez, miré el reloj, las diez de la mañana, y compartí con él una constatación: al fin solos.
   Mi nivel de consciencia mejoró con la ducha, pero no recuperó sus coordenadas habituales hasta el desayuno. Sentado en el lateral del salón-buffet, aprecié por fin la luz de la bahía, sol tímido y relieves mansos. Iba a pasear la mirada por la imagen, cuando me vino a la memoria informaciones recabadas por esos foros de internet, que insistían en semejar el paisaje con los fiordos noruegos. Gente viajada, concedí, pero no sé, desde mi desayuno contemplaba en panorámica un corro engarzado de montes pardos, lánguidos y apedregados. Con ermita encastrada en ladera de un risco de músculo descarnado y enigmático, uno más, para turistas proclives al reto exótico. No sé, que tal estampa evoque…No sé, tendré que organizar presupuesto para visitar los renombrados fiordos noruegos, aunque me fastidia hacerlo ahora por el simple placer de contrastar.
   Enseguida recordé un folletito del crucero sobre Kotor: enclave geográfico invadido y ocupado sucesivamente por turcos, venecianos, eslavos, franceses, austro-húngaros y griegos. Qué barbaridad, pensé, cómo asimilar que semejante mole montañosa, escarpada hasta la majestad, resultara de soberbia estéril, roma y deslustrada a lo largo de siglos inútiles.
   Lógico, entre lo de los fiordos y tanto invasor, miscelánea de envergadura, se me avivaron los sentidos, la crítica y la ternura, creo.
   Terminado el desayuno, me dispuse a visitar la ciudad histórica. El barco había fondeado a la entrada de la bahía. El traslado a puerto de los cruceristas se hacía en lanchas cubiertas, que llamaban tenders o algo así -cosas de la anglofilia-. Describir el trayecto como por un remanso de mar quedaría corto y gastado, añadiría la sensación de aguas tremolosas y resignadas. La perspectiva se vuelve selectiva y con el zoom se acerca a una arboleda verdosa en la ribera, que arropa restaurantes, cafeterías y casas de nuevos ricos a pie de mar, que se van creciendo, parece que con cautela, hasta el desnivel imposible de la roca. Sigues. Al paso, en un lateral, un muelle, construcción moderna, de embarcaciones de recreo –es que no vi ningún barco o barquito pesquero-. Conjunto sutil que enjuga las cuitas rendidas de un oleaje acomplejado. Belleza desmallada o impostada.
   Bajé de la lancha y, en cuanto crucé una especie de aduana sin posibles, me di de bruces con una realidad desconcertante: una tropa de taxistas, semblante enjuto, voz apocada, ofreciendo sus servicios como si pidieran limosna. No me interesé por sus ofertas, porque me daba grima aquel exceso de vasallaje y porque mi estado psicoturístico sólo aspiraba a un recorrido ocioso por el denominado casco histórico, a dos pasos.
   Antes de acceder a él, una muralla medieval, negruzca y mastodóntica, cinematográfica, inexplicable e ineficaz -a tenor de invasiones por lustros más o menos-. Lirismo de aguas de limo verdoso que lamen sus cimientos, atractivo adictivo para visores de clic impresionable. Conjunto que exorciza, no sé por qué, pero te imbuye un cierto estado de ánimo. Y cuando franqueas el arco de entrada una disposición particular te despoja sin apenas percibirlo de tus trivialidades al uso, tu pátina de turista animoso, curiosón y superficial. Y te transforma en visitante, te dignifica. Ya digo, sin apenas percibirlo.
   Dentro la vida no bullanguea, sino fluye. Entre los escasos lugareños y los visitantes (turistas antes de entrar), sólo la distinción del atuendo, austero el de los primeros, variopintoflorido el de los segundos. Por mucho tráfico de personas que soporten sus callejas, el tono de voz es rumoroso. No falta algún destemple, pero dura el tiempo que la atmósfera sedosa lo amortigüe. Vaporea una suerte de comunión de actitudes suaves y conversaciones tenues, un clima domesticado y dulcífico, reposado y evocador, como flashes de la infancia ancestral.
   El primer saludo me vino de una torre achatada, de piedras perfiladas, pulidas y aseadas, aspecto medieval recién salido de la ducha, aunque degradado por el reloj de principios del XX que exhibe. No me choca el contraste, ni me defrauda expectativas, nunca viajo con valores preconcebidos.
   Después, calles, callejas y plazoletas peatonalizadas, con adoquines arteramente simulados o directamente de granito. Pero el turista, perdón, el visitante, raramente acostumbra a mirar por dónde pisa. Salvo en lugares muy específicos -como las ruinas de Pompeya-, y salvo las callejas escalonadas. Generalmente anda, camina o deambula con vista erguida, porque lo suyo no es mirar, sino admirar.
   En este casco histórico la arquitectura, no por repetida se hace monótona, y desprende un cierto sabor a cariño y sencillez, nada más lejos de su intención ser hostil o vulgar. Aunque, se aprecia como dos zonas, porciones, parcelas, memorias o matices sociales. Por aquí, esculturas en bajorrelieve o adosadas en los tímpanos y jambas de casas solariegas, con motivos esotéricos, sean religiosos o paganos, reflejo, sin duda, de las variadas culturas que colonizaron el lugar a lo largo de los tiempos. Y hasta una balconada promiscua: la primera planta de piedra recia y la segunda de hierro labrado. Por allí, el corral de una casona de aspecto ajado, conservados ambos en un deterioro perfectamente calculado, ropas tendidas de cordel y, oh, error, parabólica de instalación reciente en la pared.
   La arquitectura, ya se sabe, testimonio impertinente que ni la pátina del marketing consigue o pretende desvanecer. Al fin y al cabo, el marketing también es clasista, ensalada de contrastes para cuenta de resultados: fascinación por la riqueza, conmiseración con la pobreza.
   Se percibe, sí, lo genuinamente medieval, aunque a veces también lo impostado. Edificios cuadrangulares, de crestas romas, rara vez aventuran algún tímido motivo piramidal. Todos con fachada de piedra; pero mientras unos conservan el negror pardo, astroso y áspero de su origen, otros se debaten entre las guedejas del óxido marino y otros han sido claramente remozados y agrisados, como atildados para recibir visitas. Viviendas habitadas o deshabitadas, de trazas aristocráticas o plebeyas, sospechosa uniformidad que derrapa ligeramente en sus ventanas, con postigos de madera, en doble hoja con listones de celosía, en su mayoría verdosos o azuleados (presumo que en función del nivel burgués de sus propietarios), o de una sola hoja tosca y en marrón desvaído.
   Hablo contra la publicidad de “una ciudad sostenida en el tiempo”. Determinadas inmanencias… ya se sabe lo que el marketing es capaz de prostituir.
   Aunque aquí en Kotor parece no haber podido con el alma que aúna. Quizás buena muestra de ello sea la mismísima catedral.
   Bueno, llamémosla catedral. Aunque no sé. O se trata de un problema de denominación de origen, de calificación estético-arquitectónica, de evaluación culto-religiosa, de consideración ecléctico-cultural, de estatus litúrgico, o de dimensiones con respecto al resto de edificaciones construidas para fin similar. Pero que para mí, en el ranking, se encontraría bastante por debajo de las españolas. Y no lo justifico más. Otra cosa es el encanto de su pose milenario, su carencia de altivez, el arrullo de los dos torreones que la amparan, el fondo abrupto de roca y bosque que la cobija, la explanada amable y receptiva para fieles e infieles allende latitudes,… y la señora que accedió a inspirarme una foto ante su portada, sonrisa relajada de promesas mil, melena al viento y un lenguaje corporal… Imagen fugaz (aunque con foto -por tanto, fugacidad relativa-) que conservo y pervive y se reproduce en todas las olas y horas de mis emociones. Nunca se sabe: ¡lo que puede dar de sí una catedral, aun de perfil bajo!
   Sigo. El interior de la catedral es aun más minimalista que la portada. Tres naves de escasas dimensiones, en longitud y altitud, con sus bóvedas de nervaduras que cargan sobre manojos de columnas de ladrillo visto. ¿Qué más? Pues hay también columnas sueltas de mármol para completar el juego de arquería, de ladrillo visto también, que separa la nave central de las laterales. El resto, yeso encalado. No fascina, la verdad. Demasiada sobriedad para una catedral que se precie de tal. ¿Encanto? Pues claro, todos estos edificios religiosos tienen su encanto, por exceso, por defecto o por encefalograma plano. Se me antoja arquitectura cercana a insulsa, remisa. No me atrevo a añadir lo de austera porque no acierto a descifrar si por ahí discurría la intención dominante al construirla o si primaba y condicionaba un problema de presupuesto.
   Pero las esculturas que albergaba sí, las esculturas me atrajeron, bien que por su tosquedad, algunas en el límite de lo morboso. Como un Cristo Crucificado enanizado, embarrado y con una corona de espinas tan astrosa, burda y sañuda que… de la que se ha librado el Cachorro de Sevilla.
   No había muchas más ofertas para visitar, aparte de alguna que otra iglesia -al menos yo no encontré más-. Me llamó la atención una especialmente. No consulté su filiación, pero, desde mi culturita deduje que era de la rama ortodoxa. Pero no me atrajo su fachada de piedra remozada, blanquecina, flanqueada por dos torreones octogonales rematados con cupulilla, ni su arquitectura interior abovedada sobre columnas de serie, ni su retablo con escenas de la fe, ni la proliferación de dorados y plateados tanto en el retablo como en lámparas colgantes, hornacinas o confesionarios, atriles, púlpitos crucifijos y demás motivos para la fe, ni los soportes para velas a un euro el encendido de la fe. No. Mi interés sin cámara se centró, se cebó, en un hombre. Espigado, proporcionado, rondaría la edad atlética de los treinta años (no puedo decir si además era guapo porque sólo lo vi de espaldas). En el centro de esta iglesia, ¿o capilla?, desprovista de bancada, arrodillado, brazos semiabiertos en actitud orante, rostro enhiesto, ante una especie de túmulo de madera donde posa un cuadro a toda plata de Virgen con Niño. No contabilicé minutos, pero sí puedo asegurar que se tomó su tiempo para sus oraciones, ajeno por completo al visiteo ambiente. Terminó, se santiguó, se levantó y se fue. Estuve mirando en derredor, por si descubría a algún paparazzi de contrato, o algún familiar o amigo dispuesto a valorar el gesto. Todavía salí tras él, por si hubiera alguien esperándolo fuera. Nada. A paso ajustado se perdió por la primera esquina. Lo de este tío es auténtico, pensé, y me reconfortó ante las hipocresías, religiosas o profanas, de pasarela o hasta mediáticas al uso de alguna juventud o juventudes.
   Después retomé el bisbiseo de las callejas, que me llevó a una plaza amplia y cuadrangular donde burbujeaban terrazas y cafeterías integradas en el decorado medieval. Me senté, una cerveza. Wifi free. Como la observación del incomparable marco se me agotaba enseguida, pido la contraseña. Me la proporcionan con amabilidad inmediata. Pero Google anda remiso y perezoso, imbuido sin duda del medievo ambiente. Recurro al whatsapp, por entretenerme, sólo por entretenerme, conste, y redacto para Cristina un mensaje cifrado -por si su marido…-, pero nada, no lo envía. En definitiva, apenas wifi y poco free.
   Con la pausa, la cerveza y el recuerdo de las horas en vela, en vela activa, de la pasada madrugada me fue calando un sopor sanguíneo. No me quedaba más espíritu que volver al barco.
   Derecho al salón-bufet. Tras el almuerzo, un cigarrillo apresurado en el rincón del fumador. Y después una siesta profunda, abisal y con recarga masiva de nutrientes, hasta las ocho de la tarde.

martes, 29 de octubre de 2013

BITÁCORA DE ESTÍO (6)

  MÓNACO Y MIS CIRCUNSTANCIAS

    Puerto en Villefranche. Mónaco, el destino.
   En tierra firme, desplegaba el mapa de Villefranche para buscar una parada de autobús a Mónaco, cuando noto cerca un cuchicheo y alguien me pregunta cordial:
   -¿Cómo están sus cervicales esta mañana?
   No cabía duda, mi auxilio en el teatro. La acompañaban cuatro o cinco personas. Despejé enseguida la sorpresa y respondí:
   -Pues… no tan bien como las suyas.
   Sonrisa generalizada en el grupo e intercambio de comentarios amables y chispeantes sobre la nochecita toledana del barco. Luego parecía que se agotaba el encuentro, pero ofrecieron unirme a ellos en la visita a Mónaco. No accedí enseguida, eran tres parejas con pinta de cofradía; me sentiría intruso o comparsa. Pero insistieron y acepté. Por dos motivos: primero porque aquella mujer me había desnivelado, y segundo porque odio los mapas, sus cuadrículas, sus dichosos simbolitos y sus frases para ojo de aguja.
   Cuando bajamos del autobús en Mónaco, una de las parejas se había arrogado el papel de guía. Nos dirigía a golpe de parada de tres minutos para consultar el mapa, otros tres para decidir la ruta y unos diez para constatar que se habían equivocado. Subir, bajar, por aquí, no, por allí, no… bueno, ¿a ver el mapa?, parece que nos hemos equivocado, voy a preguntar, monsieur, s´il vous plaît…
   -Se orientan como el culo. Eso también lo sé hacer yo -murmulleó alguien entre impaciente y furioso.
   Así que caminábamos hacia algún sitio más por intuición que por certeza. Pero mi atención ya había decidido el foco, la panorámica. Mónaco era un enclave sitiado por bloques y bloques de pisos y viviendas de ínfulas diversas que bajaban desde las faldas de las montañas que abrigaban la bahía, y por innúmeros veleros o lanchas o yates atracados en el puerto o por los arrecifes o remolineando por las estelas del oleaje. Visión que se ensanchaba y expandía mar adentro a medida que ascendíamos en zigzag por un carrusel de rampas almendradas para turistas devotos o cruceristas de ocasión, que se detenían a trechos para renovar admiraciones con el clic-clic de las cámaras de fotos o para tomar aliento, o más por esto con el pretexto de aquello.
   Recelábamos ya de la pericia de la pareja-guía, cuando alcanzamos, no sé si por acierto o casualidad, una explanada espaciosa, vistosa en dimensiones, amplia en su normalidad. He aquí el Palacio del Príncipe, o de los Grimaldi, o el Palacio Real -la adjetivación quizás no sea aleatoria, supongo que responde particularmente a un estado emocional específico, más republicano lo de Grimaldi, más monárquico lo de Real, más correoso o aséptico lo de Príncipe.
   En cualquier caso -quiero decir, en cualquiera de los tres supuestos mencionados-, se me antojó un exceso rosa la denominación misma de Palacio. ¿Qué palacio?, me preguntaba, donde sólo adivinaba una reproducción a gran escala de esos fortines de chocolate blanco, tan vistosos y monos, que nos emboban desde los escaparates de las pastelerías, con sus almenitas, sus garitas para los soldaditos y todo eso. O, como mucho, una copia edulcorada del exin-castillos con sus cañones de juguete en plan escolta de fachada feudal.
   Mitología cuché que se reproduciría -siguiendo la ruta marcada en el mapa, a dos calles del palacio- ante el frontispicio de la catedral. Catedral cerrada, por supuesto, a turistas o cruceristas de aluvión, muy proclives a profanar con sus cámaras y chismorreos los santos lugares donde la aristocracia pequeño-burguesa, ah del castillo, blanquea su alma ante los flashes del periodismo sicario. Edificio que seguramente ha recibido la idoneidad de catedral merced a alguna bula papal neolítica o a cardenal con posibles o vaya usted a saber qué prevaricación mediante. Pero catedral catedral, lo que en España entendemos por catedral, no me lo parece; ni siquiera la portada, que es lo más cercano a nuestras referencias en arquitectura sacra. Aunque, para reportaje de boda principesca en las televisiones de la cosa, qué duda cabe, da el tono. Claro que, para eso, igual lo daría la ermita del Rocío.
   Tras las fotos de trámite, bajamos, casi en caída libre, hacia el puerto. Previo paso por el famoso túnel de las carreras de Fórmula 1. En toda Mónaco, “famoso” es adjetivo consolidado, de uso común en cuantos la visitan. Ya nos arrulló antes cuando el palacio de figurín y la iglesia elevada a la condición de catedral. Y ahora surge de nuevo al transitar por el acerado de un túnel de complexión semejante a los miles de túneles del mundo por donde circulan coches. Lo de este es fama efímera, cuando eventualmente corren o berrean por él algunas especies exóticas de cuatro ruedas y nosecuántas cilindradas. Pero, por lo demás, epopeyas a tiempo parcial.
   Después al puerto. Había que bajar al puerto, al mismísimo muelle. En realidad, como se trataba de continuar el descenso, nada que objetar. Cuento con un nivel de curiosidad medio-alto y de catadura diversa, intelectual, artística, emocional, chismosa y hasta malsana.
   El problema, el mío por lo menos, surgió al enfilar el muelle. El calor nos había venido acosando desde el comienzo, pero mal que bien lo habíamos mitigado con ocasionales sombras del camino. Sin embargo, ahora, muelle adelante, no había edificio, árbol, parasol de cafetería o sombrilla de tenderete que ofrecieran un mísero cobijo. Bajo un sol incalificable, procuré acompasar una observación digna de aquellas embarcaciones, cual si pasara revista a una formación de centauros. Aunque presentía que ellas acostumbraban a devolver soberbias y displicentes el examen de quienes las miraban o admiraban.
   El recorrido llegó hasta la esquina misma del muelle. ¿No parecía exceso de celo turístico repaso tan exhaustivo de aquella exposición de la riqueza medida en eslora? Pues había un motivo para semejante travesía de calor y sudor al sol tórrido sol. Un motivo entrañable, perdurable, seráfico, proustiano cien por cien: un helado de fresa y turrón. Empeño personal de una compañera del grupo, la más joven, de andares fatigosos pero decididos. Se proponía rememorar con su pareja el sabor que degustaron en el mismo lugar años atrás a las dos de la madrugada. Tan arrobada expresaba el recuerdo que prescindió de la equidistancia entre aquellas dos de la madrugada y las actuales dos del mediodía. Qué dañina es a veces la evocación.
   Y ahora había que volver, volver y subir hacia las faldas monegascas.
   (Por si alguien pregunta: sí, pasamos por la famosa -famosa- curva de la Fórmula 1. La tienen puesta todo el año, y los coches pasan por ella a la misma velocidad que los ferrari..., es decir, muy despacio. Misterios de la épica.)
   Al parecer habíamos puesto rumbo al famoso -famoso- Casino de Montecarlo.
   Cuando llegamos, la puerta era un enjambre coral: curiosos con la entrada prohibida por vestimenta inapropiada o desdeñosos con someterse al examen del portero o recelosos de las ceremonias inéditas o simples ojeadores de ambiente, y en la cuerda de salida, radiantes o regalados o conmovidos o incoloros más algún que otro patético.
   Para mí era la primera vez que me encontraba a las puertas de un templo de estos. No me lo perdía, decidí entrar. Pregunté al grupo, respondieron con pañuelos enjugando el sudor, menos la interesada por mis cervicales, que enseguida secundó mi iniciativa.
   Entramos sin problemas. A ella el portero le dirigió una mirada de rayos X -más de X que de rayos- que evidenciaba..., pues eso. Y de mi aspecto, gesticuló como medianamente aceptable. Así que me permitió pasar, no sin antes advertirme algo en un francés demasiado atropellado para mis conocimientos, pero asentí como si tal.
   Apenas recuerdo algo de la sala de acceso. Sólo que era de tránsito, estaba desprovista de mobiliario y con las paredes cubiertas de grandes cuadros o mosaicos o murales con motivos ¿mitológicos?, ¿dieciochescos? No sé, me obligaron a dejar en consigna la cámara de fotos. Sí se me había quedado muy grabada, y aún la conservo, la mirada con que el portero obsequió a mi compañera de circunstancias.
   Este portero, ¡cuánto he de agradecerle! Sus pupilas activaron las mías. Y las puse a deliberar mientras apreciábamos la belleza exuberante y pastel de aquella estancia; quiero decir, ella, la de las paredes, y yo, la de ella.
   Lástima, el tiempo de un vapor, enseguida entramos al nervio central del mito.
   Una atmósfera difusa y verde, el acecho etéreo de las Furias. La condición humana girando en torno a una ruleta vitoreada o vituperada por los dioses. Miradas átonas y manos trémulas o hieráticas, titubeantes o decididas, tediosas o cínicas, exultantes, frustradas, anhelosas, cautas, todas rindiendo en el tapete sus fichas a los designios de las Parcas.
   “Rien n’a plus”, o algo así, entona el crupier. Noto que mi compañera de cervicales se agarra a mi brazo (“¡Mom Dieu!, me digo, dado el país) mientras sus ojos persiguen alertados la estela de la bolita que acaba de irrumpir en pista. Silencio tibio y expectante. La bolita rueda rauda y caprichosa, hasta que de pronto dibuja un quiebro gentil y encalla en una celdilla. Una cifra y un color, el fátum. Vaho de tragedia. El crupier estira el brazo hierático, y con mano afilada, experta y avara siega las fichas del tapete cual funesta guadaña.
   Mi compañera de cervicales relaja un suspiro y la presión en mi brazo, me mira, sonríe, encoge unos hombros traviesos y baja la mano hasta enlazarla con la mía. Le devuelvo el gesto entre sorprendido y fascinado. Compartimos el instante. Después comenzamos a retirarnos repasando el entorno, mientras poco a poco vamos volviendo cada cual a su realidad, las manos también.
   A la salida, algún reproche por la tardanza, del grupo en general y del marido en particular, que ella diluye pronto contando lo de dentro, aunque no todo -estuve pendiente.
   Aún me quedaba sufrir una última emoción, allí mismo, a la puertas de Casino, en la plaza circular, cetrina y narcisista que lo venera.
   Coches, coches, coches, perímetro engalanado de coches, desde los clásicos del cine mudo hasta los de rutilante actualidad. Sobrios, atildados, estilizados, académicos, flamígeros, apaisados, rotundos. Prosapia, charol, piel y cilindrada. Apuntes para una historia reciente de la ostentación. Y un reguero incesante de mortales destilando curiosidad o admiración o pleitesía o desdén o quimeras.
El reclamo más descarado de la fragua de ambiciones que hervía dentro del Casino y se erigía en el mayor monumento a la envidia de esta sociedad terminal.
   Tentaciones mil me asediaban por las grietas de la entereza. Huí el primero.