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lunes, 17 de agosto de 2020

HOJAS ROTAS

 

    Surcaban su frente años de resignadas melancolías. Demasiado tiempo para que el calendario no se las fuera cuarteando. A pesar de que él había procurado mantenerlas represadas e indoloras, un mal día la fisura de la nostalgia, más indisciplinada y sediciosa, le advirtió que apenas le quedaban plaquetas de contención. Pero se encontraba avisado, sabía que ese momento oscuro podría llegar y llevaba días preparándose para cuando se agotaran las brumas de la espera. El equipaje bien a resguardo en la espesura de su decisión.

     Ocurrió aquella tarde. Tras la rutina de la soledad, tan discreta y aseada desde que la edad pespunteó hacia otros afanes más serenos y dúctiles. Había paseado, periódico bajo el brazo, hasta el último punto del pueblo en las afueras, allí donde la ermita ofrece su fachada más noble. Luego la había bordeado, para sentarse cansado en el repecho al que da sombra la espalda del aquel cilindro románico, del que se desliza suave y verde un valle, y en lontananza, la sierra por donde se oculta el sol. Cuando reposó la extensión plácida de la mirada, según acostumbraba, había abierto el periódico para escuchar su lectura.

Guardaba una especie de acuerdo tácito con el santero de la ermita. Éste lo veía llegar cada tarde, pero nunca le hablaba hasta quedar convencido de que había concluido su lectura del periódico. Entonces se acercaba e intercambiaban palabras bonachonas. Unos minutos. Hasta que él miraba al cielo, oteaba la puesta de sol, se levantaba, estiraba la cintura y se despedía con un saludo ritual: “Adiós, Manolo, toma el periódico y empápate de lo que pasa por el mundo”. Sonrisa agradecida de Manolo y pupilas de acuoso cariño de don Alfonso el maestro.

Cada puesta de sol, Manolo lo veía volver al pueblo con ojos de recuerdos, para culminar con su frase de siempre: “Tanta familia y tanta soledad”. Y siempre pensaba que no lo había visto envejecer. Era igual de viejo desde que comenzó a ir por la ermita cada tarde. 

Los días que no coincidían en la ermita, don Alfonso le dejaba el periódico en el suelo del portalón de entrada sujeto con una piedra. Cuando Manolo volvía se acercaba al sitio con la seguridad de encontrar su ración diaria de aprecio.

    Por eso quedó sorprendido aquella tarde. Iba a sus cuidados de mantenimiento de la ermita a la hora aproximada en que don Alfonso estaría de vuelta, había ocurrido alguna vez. Y le sonaba raro no cruzárselo por el camino. Pero, bueno, “quizás se haya venido antes”, supuso.

     Al llegar a la ermita, su curiosidad lo llevó enseguida al portalón de entrada. Nada había. Pero no contento, se acercó al repecho que ya había bautizado como de don Alfonso el maestro. Allí estaba el periódico de todos los días, aunque no como siempre, sino roto en dos fajos abandonados junto a una llave.

La atención se le fue a la llave, insólita novedad, mucho más que el periódico roto. No tardó en descifrar, “es de una casa”. Mientras se preguntaba porqués se le desviaron los ojos al suelo, a las hojas descompuestas del periódico.

Como si el instinto le avisara de dónde encontrar la clave, se sentó en el mismo repecho de don Alfonso, con cierto pudor, como si temiera profanarlo, pero más le acuciaba la intriga.

Poco tardaría en descubrirlo. En cuanto consiguió ensamblar las hojas rotas de las primeras páginas. En un rincón de la portada pudo leer un tímido titular: “Elevado índice de ancianos abandonados por sus familiares”.

     Quién sabe si por un sentimiento mimético tantas tardes observado, elevó la mirada hacia el cielo y después hacia el horizonte. Luego, como en un deseo estéril, hacia la carretera que venía del pueblo, vacía, y volvió a las lomas de la puesta de sol. Fue entonces cuando descubrió en la lejanía una silueta bamboleante que a duras penas arrastraba las piernas, como don Alfonso. 

    Incertidumbres y certezas de las hojas rotas de un periódico y de una llave, se dijo Manolo, consciente de que no acababa de descodificar el universo.

      De don Alfonso nunca más se supo.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

EMOCIONES MOVEDIZAS


Escribir en lejanas montañas y evocar el tintineo de los jilgueros en el parque de la infancia. Meditar entre el alado siseo de los eucaliptos. Llorar a ras de hierba, estrujar contra la tierra labios resecos. Liberar un lamento cautivo,  desgarrado. Y volver a llorar reclinado en la retama. Porque olvidé la dignidad, castrando vibraciones, fajando sentimientos, enmudeciendo discordancias y marginando la palabra. Pretendía yo, pretendía, no volver a cuestionar, huir de la pendencia. “No, nunca jamás”, me imponía el arcano retro de la resignación.
          Pero sentí el clamor del silencio que filtra el enramado del bosque. El mensaje se trasforma y todo es más diáfano y sosegado. Y la soledad, cómplice fiel, te ofrenda una inédita bandeja de ternuras. Sentí ese clamor del mensaje, lejano pero fuerte, contumaz, como un rumor que sigilea y espumea y bate grumos enquistados en la prudencia y rebullea y se infla y expande y rompe en estampida que multiplica sensaciones y acaso verdades, y revierte en aguda punzada que hiere en el corazón de los recuerdos. Sentí la tarde yerma como aguijón del mensaje. Sentí la necesidad de la palabra.
Y escribí: danza de sapos.
Pero la palabra emerge temblando, se desluce el espectáculo. La imaginación exprime proyectos que se desploman. La intuición se achica y difumina. Amenaza el vacío, nada surge entre la niebla, ruge el viento desierto, el pedregal te oprime. Es cuando pierdes el norte y los mil puntos cardinales, pesan las ideas como brazos, los brazos como piernas, las piernas como rocas, las rocas como imágenes anquilosadas. Es cuando acunas y amparas deseos entre los párpados y no te atreves a encarar el viento.
          Pronto se hará de noche. Como una bendición, como otra rendición.
Parálisis de ritmo. En la memoria de la retina, giros esquivos, pálidos rubores de envidias y vanidades, óxido de indigente argumentario, acíbar pusilánime de perjurios, promesas como trampas.
Imposible un inventario de nostalgias. ¿Para qué?
        Una sombra de recelos me deslumbra. La persigo, la acoso, la derribo sobre la vieja senda de los anhelos, la troceo en afanadas palabras de cristal. Pero negrea el crepúsculo, están huyendo los últimos tonos de sol, se ha perdido el trasluz.
        Pero rendirse es comenzar a morir. En el límite, siempre un caballo tordo repiquetea saltos de crin, sinfonía de platillos dorados, rasgueo de guitarras y un baile de alígeros brazos liberados.
      Una profunda convicción: amarguear lágrimas, agotarlas, enjugarlas en la intimidad, para devolverlas en ámbar, en rosas, en manos abiertas. Dignificar el perdón, pero dejando constancia del reproche. Así fue, así ha sido, así será siempre, siempre. Y tras cada derrota nueva ilusión.
          Por eso, por todo eso, me acerqué a la orilla del mar, me impregné de noche solitaria entre olas derramadas, me desquicié entre surcos de arena salada y aspiré el aroma infinito de la luna llena.
          Justo entonces percibí todas las dimensiones, toda la potencia de mi mensaje. Y regresé con toda la fortaleza de saberme noble.