Pincha arriba en "Gramática de autor" para acceder a la segunda página del blog.
Mostrando entradas con la etiqueta gala. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gala. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de mayo de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (11)

…Y NOCHE DE GALA

   Resolví la cuestión del almuerzo por el sistema de servirme de aquellos expositores donde la aglomeración era más soportable, y de ocupar el hueco de una mesa sin preguntas ni porfavores. Me urgía escapar de aquel pandemónium de cruceristas a mogollón.
   Al poco me relajaba en una hamaca de la zona de piscina acotada en exclusiva para adultos. No, paraíso no, pero sí ocho o diez grados menos de gentío que en la otra. Al cobijo de una enorme marquesina a modo de cúpula, el filtro del sol expande un tono azulón y sedante que amortigua el chistorreo vocinglero procedente de la piscina misma, circunstancial tertulia puesta en remojo a la sacrosanta hora de la siesta -hay adultos tanto o más bulliciosos que los críos-. En fin, recliné un vistazo a las propuestas del today para la tarde y esperé a que llegara el sopor, y llegó. Esos momentos magmáticos en el límite de dormitar y dormir, galbana y nirvana, confiarse a la fluidez plácida de la indefinición, distensión de músculos y cerebelo. Tiempo neutro que se va evaporando, hasta que una mano ajena, cálida y festiva, inicia en mis mejillas la caricia de un circuito que, cuello abajo, pecho, abdomen, culmina en la meta -polisemia de sustantivo y forma verbal de difícil precisión en tal estado de somnolencia.
   No necesité abrir los ojos. Sólo exhalar:
   - Por favor, Cristina.
   Por toda respuesta, percibí que ella, alcanzada la meta -sustantivo-, aspiraba a la recompensa -forma verbal-. Pero, como no estábamos ni en lugar ni en situación de pódium, abrí los ojos y la sonrisa, consulté el reloj y –estimulado por esta bipolaridad expresiva que me redime- arrastré un tono entre prometedor y lujurioso y confiado y cáustico y reservón y de medias palabras para que se entiendan completas:
   - De momento, la hora feliz en Passport Bar, Cubierta 3, cócteles dos por uno. ¿Tienes margen?
   Lo tenía. A estas alturas, ni ella me daba explicaciones de cómo hacia novillos a su marido -lo de novillos es poco decir, claro-, ni yo se las pedía. Dos cócteles durante una hora tan feliz que un matrimonio cándido y curiosón, de la mesa de al lado, nos preguntó si éramos recién casados. Les respondí yo, muy serio y entusiasmado:
   - Sí. Es mi cuarto matrimonio; el de ella, el segundo. Números pares. De pareja, ¿eh? -se me escapó una risita.
   Pusieron cara de asombro con tendencia a la incredulidad. Volvieron a sus cosas. Minutos después nos fuimos enlazados por la cintura, los reyes del mambo, hasta los ascensores. Cada cual subió al suyo.
   Su destino lo desconozco. El mío, merendar. Me había dado hambre de pronto, en el ascensor, indeciso aún, de pronto hambre. En el salón-buffet, qué diferencia con lo de antes, tan sólo vagaban por él composturas en chanclas de suave retorno. Mi descubrimiento, el sushí, esos bocados que unos aciertan con palillos y otros como yo con tenedor, o con índice y pulgar, como yo también. Me gustó y me sacié. Rematé de nuevo con un café solo con mucha agua. Y un cigarrillo sereno en el rincón del fumador, mientras consultaba mi inseparable today.
   “Exhibición de diamantes marrones LeVian. Boutique C, Cubierta 5”. No encontré mejor alternativa a esa hora. En el paraninfo de los diamantes una patrulla de chicos-barra-chicas uniformados-arroba-uniformadas te reciben con amabilidades de marketing y te introducen en las petulancias y perfidias de los diamantes en cuestión y te acompañan por los expositores y apabullan tu inopia y simpleza, y si compras dejarás atrás tu vulgar estatus sociológico y deslumbrarás a tus familiares y amigos. Y es tal la pequeñez que siento y me acompleja, que aprovecho para escabullirme el momento en que mi cohorte publicitaria desvía sus milhojas y ojos hacia el capitán, que llegaba en su versión jefe de relaciones públicas con un grupo de cruceristas vips.
   Volví al centro neurálgico del barco, la piscina común, para entretener tiempos vacíos. Acalora el ambiente un dj junto con una chica que acompaña sus músicas a base de baqueta y timbal. Desde el rincón del fumador las ideas pretenden escapar hacia el lejano oleaje que imanta la puesta de sol. Allá en la línea del horizonte donde mora la melancolía, huída hacia adelante con los bagajes de antes. Al vaivén de este mar que mece el presente efímero. La tendencia al arqueo, siempre punzante, para dirimir futuros. El presente puede esperar, carece de poesía, de sentimientos sublimes; si acaso, disfruta con glorias pasadas. Pero nunca ha tenido futuro en la poesía. Cuando alcanza ese futuro se vuelve presente y entonces al hilo del instinto recurre al pasado para ennoblecerse, para reivindicarse. Freno. ¿Galimatías? Posiblemente, o sin duda. O sí. Sí. Déjate de esferas naranjas sumiéndose en la majestad tenue del océano mientras te enredas en parábolas. Vente al presente, un crucero no es un barco surcando el mar, cruzando el mar, de un sitio para otro durante varios días (trece días, doce noches en este caso), no. Es un barco, eso sí, donde, por tiempo y trayecto fijados, las vidas de muchas personas o de algunas o de dos coinciden y se cruzan (cru-ce-ro, so torpe). Conclusión: lo tuyo con Cristina es típico cruce de crucero. En el fondo eres un sentimental, te enamoras de todas porque crees que todas están enamoradas de ti. Fenomenal la confesión, ves, no era tan complicado: ¿de qué vas?, de crucero; ¿y ella?, lo mismo. Carpe diem, etc., etc. Ah, y cuando el barco atraque en Venecia llama a Rosa, aquella compañera de primeros augurios, un reencuentro de góndola, comprobarás si aquel pasado con promesas de futuro vuelve a quedarse en presente, cuestión de conjugar a tiempo los tiempos.
   Por lo pronto, se acerca el tiempo de la noche de gala. Futuro inmediato. Voy al camarote, visto el traje tan caro al tacto de Cristina y acudo a la cena.
   A la entrada del comedor me ofrecen una copa de espumoso para aliviar la espera. Hay cola, una cola de galas de boda. Primer presente que afronto, de unos veinte minutos de duración. Suficiente para despabilar mi contumaz propensión analítico-deconstructiva. Ingleses cortados por el mismo smoking; aunque alguno se desmarca con camisa negra y pajarita negra -¡glamour, cuántas horteradas se cometen en tu nombre!-. Dudo si incluir en este grupo a un escocés con smoking de cintura para arriba y falda plisada a cuadros, de gala por supuesto, para abajo, calcetines blancos y demás. Y los americanos mimetizados con los ingleses; los del norte, quiero decir. Los del sur vestían parecido, pero estos participan desde el otro lado, desde el personal de servicio. La homogeneidad no alcanza al resto: franceses de traje normal y pajarita, algún que otro italiano ataviado estilo ópera, y mayor diversidad aún entre los españoles, unos con chaqueta veraniega y corbata, otros con el traje de los domingos, otros con el del viernes santo y otros con el que estrenaron en la última boda a la fueron invitados (mi caso). En cuanto a las mujeres, pasarela diversísima, desde la minifalda tubular con lentejuelas, hasta los máximos largos y anchos o ceñidos, pasando por escotes apocados, gallardos, insolentes o coléricos.
   Cuando al fin me llegó el turno, decliné preferencias de hablantes para compartir mesa. Me alojaron en una para seis comensales; aunque, por el momento, sólo ocupada por un señor que rondaría los setenta, francés, de rasgos genuinamente argelinos. Entabló conversación enseguida -lo digo en singular porque apenas me dejó hueco-. En un español algo seseante, que si las bondades de este crucero de lujo -y recalcaba lo de lujo-, que si tenía razones bien fundadas por otros cruceros disfrutados, que si era ejecutivo de una multinacional de chapas o algo así. Por este charloteo andábamos cuando se incorporaron a la mesa, casi simultáneamente, un matrimonio inglés de en torno a los cuarenta y una pareja joven de un pueblo de La Mancha que no recuerdo -allá por principios del XVII hubo quien no quiso recordarlo; pero yo, aunque quisiera-. Momento en que el francés, que era trilingüe, o más, me dejó en la reserva y se dedicó a los ingleses. En vista de lo cual, dediqué mis cortesías a los manchegos, escasas, porque venían en arrobos y acaramelamientos. Y porque el francés se había enfrascado pronto con los ingleses en guerras napoleónicas y me traducía para reclamar mi connivencia con sus presupuestos histórico-políticos -cuestión de política y alianzas internacionales, inferí-. Y el inglés, que dudaba, con razón, de lo que me transmitía el francés, se encaraba conmigo con expresión arrebatada, que no entendía, ya que mis conocimientos de su idioma sólo alcanzaban el nivel de comprensión slowly. Así que yo, en plan diplomático, me debatía entre una sonrisa al francés y un slowly, please al inglés. Hasta que, tomado el postre -muy rico por cierto, dos bolas de helado, nata y fresa-, me liberé pretextando prisas por asistir al espectáculo del teatro.
   En realidad, lo del teatro sólo me interesaba por si alguna novedad justificaba el marchamo de noche de gala. Porque la cena en nada había variado de lo habitual. Y sí, alguna diferencia advertí. Como que a la entrada del teatro se encontraba el capitán fotografiándose con cuanto crucerista quisiera -el fotógrafo era empleado de la empresa, entiéndase la disposición crematística-. Y dentro, que el showman desplegaba adjetivos sin fin hacia las señas de este hito del crucero, la noche de gala, y aprovechaba para recordar que después habría fiesta discotequera -como casi todas las noches, por otra parte- en la piscina central, si bien, hoy con actuaciones del ballet de plantilla y concursos de baile en los que participarían miembros de la tripulación emparejados con cruceristas voluntarios (en realidad, preseleccionados por los ojeadores de la empresa, según supe después). Por lo demás, el espectáculo del teatro como tal, tipo musical con alguna variante respecto del de hace tres noches. “De modo que -deduje- lo de la gala se refería únicamente a la forma de vestir para cenar, ¿o para fotografiarse con el capitán?
   Me dirigí a la piscina-discoteca, presumía acudir al encuentro de mi particular noche de gala, de una metáfora a otra, misma expresión para contenido tan diferente. Derechito a la cubierta de arriba, al bar de fumadores. Un gintónic y un velador desde el que dominaba, cual espectador en platea central, el espectro de cruceristas en fervor, ritmos de bafles megavatios. Salsa, mucha salsa, para todas las edades. Los jóvenes en su salsa, los mayores chapoteando en la salsa de los jóvenes, quien intentando emular el onduleo de los bailarines profesionales, quien pidiéndoles compartir una foto. “Fiesta interactiva” la había calificado el showman.
   Al poco tiempo la música se interrumpió y una voz de barítono de discoteca anunciaba el primer concurso “de reggaetoooon”. Enseguida supe que Cristina no tardaría en llegar a mi lado. No hay que ser un lince. Había saltado a la pista para concursar una de las parejas con que visité Mónaco. Seguí la dirección de donde habían salido y desde allí los animaban un grupo a palma batiente, entre ellos el marido de Cristina, pero ella no estaba. Pleno, no habrían pasado dos minutos de cronómetro.
   - Hola. Sabía donde encontrarte -me dijo con el mismo convencimiento con que yo había previsto su llegada.
   Vestía una especie de túnica romana en tono beige, vaporosa, un hombro desnudo. El izquierdo. No, el derecho. Bueno, no sé, para el tiempo que la lució mientras estuvo conmigo. Sigo. Llegaba hasta los tobillos; de ahí para abajo, unas sandalias plateadas de tacón vertiginoso.
   Fue a la barra, pidió un cóctel de ron con zumo de frambuesas, piña y rodaja de naranja. Lo sé porque me lo dijo ella, tan listo no soy.
   Se sentó a mi lado, muy a mi lado. Sus ojos, mis ojos, el cruce, un diálogo de endogamia lujuriosa bilateral. Es que en estos lances la vena culta no la controlo. Claro que ella, parece que tampoco. Porque bebía tan sensual de la pajita, como quien degusta preámbulos, que, señalando a su copa, va y me dice:
   - Esto es sólo para empezar.
   - ¿Qué, el cóctel?
   - No, la pajita.
   Por poco le espurreo el trago de gintonic en su vestido de patricia romana. Pero ella:
   - Como me lo manches, antes me lo quito. No voy a ir por el barco con lamparones en el vestido.
   Respondí al reto mordiendo levemente en el hombro desnudo. Luego permanecimos en esa mística y mixtura de los anhelos previos donde se rumía el tiempo y el escenario de la pasión. Bebíamos, fumábamos, miradas recíprocas, a veces también reflexivas, y algunas como distraídas hacia el jaleo de allí abajo.
   Hasta que el arpa cedió el testigo al clarín. Me levanté, pagué, volví a ella y propuse subir hasta el extremo de proa en la cubierta más alta.
   Enlazados en caricias hasta el ángulo de la baranda central donde el beso apremia e inflama el alma de los sentidos. Un reflejo de suspiros, pausa hacia el entorno, mirada en derredor pero sin desprender el abrazo. Hamacas apiladas en montones simétricos, durmientes hasta el alba, para ocupar de nuevo la cubierta y transformarla en solárium. Tres, cuatro parejas de sombras ensimismadas y huidizas, al conjuro de la oscuridad, desperdigadas por babor y estribor. Y el instante vuelve, la noche, el arrullo de la soledad, manos lúbricas, la proa hendiendo un haz de olas plateadas, lunárium.
   En pleno delirio Cristina atempera sus besos, dulcifica sus manos en mis hombros, los suaviza hacia atrás, y me aventuro a interpretar en do sostenido:
   - Ahora sí que comienza la auténtica noche de gala.
   - Todavía no. Espera -voz de ensalmo.
   Cedo espacio virulento. Engarza mis ojos en los suyos, encorva el cuerpo, baja las manos hasta el borde del vestido y suben por el interior hasta la cintura, sin recrearse, sin detenerse, no es gesto sensual sino apresurado, aunque inútil para velar destellos de luna en sus muslos, fugaces, porque enseguida sus manos se deslizan hacia abajo y liberan el tanga, un tanga ¿nacarado? (¿debo añadir minúsculo?, ¿aportaría más información?). Exhibe la prenda un momento, cual laurel otorgado, un momento. Y acto seguido, sus manos en mi corbata, deshace el nudo con destreza de segundos, tira suavemente de una punta y va enhebrando con ella el tanga, termina, abre los brazos y me muestra el resultado, una franja tosca de seda y algodón. Mis párpados, enardecidos, preguntan. Hay respuesta, claro que la hay, se vuelve al vértice de la baranda con su talismán y lo ata, ata, ata -nudo marinero, claro-. Inmediatamente un beso, resplandor, me toma de la mano e inicia un paso de cisne:
   - Ahí quedan. Vamos ya a tu camarote. No olvides que soy como Cenicienta versión promiscua.
   Reaccioné con trance pasión. Pero en el atropello de la premura aún me permití un reojo a la metáfora, el vínculo sexual que dejábamos allí para alguna posteridad. Flash de la memoria, el famoso puente de los candados de amor. Comparé con la iniciativa de Cristina. ¿No sería precursora de un ramal hiperrealista? Imaginé cruceros y cruceros con sus barandas de proa atestadas de ataduras semejantes, símbolos de… Me faltó concretar, habíamos llegado al camarote.
   Al final, terminé el día como lo había empezado, desnudo en la terraza del camarote. Sólo que…, pues eso.

miércoles, 30 de abril de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (10)

DÍA DE NAVEGACIÓN Y…


   Repiquetea la alarma del móvil: azulea el alba por el horizonte. Espabilo los ojos y apresuro el cuerpo y los sentidos hacia el balcón del camarote, sin conciencia de pudor, desnudo. De pie, ante la inmensidad de un oleaje esmeralda y rumboso, estiro los miembros, músculos y articulaciones en escorzo sensual. Y tengo que reprimir un ululeo a lo tarzán. Distensión, me siento en la butaca, absorto en esa media naranja alimonada que allá en la lejanía imprecisa emerge mayestática del mar cual numen enigmático. El mundo es un murmullo inútil y la existencia un manjar, el deleite, una inmensa cúpula de silencios provisores, amorosos, sutiles, tornasolados, vivificantes, melancólicos, afables, mansos, fragantes, voluptuosos, gentiles, sinfónicos, cuasiselváticos, periparadisíacos, ambiladinos, esternocleidobarbitúricos… Hasta que unos nudillos discretos llaman a la puerta del camarote y de la vida. Todavía un momento, retener la sensación, pero los nudillos se vuelven insolentes. Me levanto, desperezo el cuerpo y la realidad, ¡pero, coño, si estoy desnudo! Y me pongo en lo peor, o en lo mejor, ¿Cristina ya tan temprano? ¿Y si no es ella? Por si acaso, el albornoz. Abro. Good morning, señor, su desayuno continental. Una bandeja repleta en las diestras manos atezadas del camarero de planta. No me acordaba, lo encargué anoche. Where… poner? En la terraza, por favor. Agradecimiento, “buen gusto” (que aproveche, pretende decir), good-bye y tal. Me instalo ante el desayuno intentando retomar el ejercicio espiritual que antes me embargaba, incluso me despojo del albornoz. Pero ya no es lo mismo, los ojos no consiguen levantar el vuelo por encima de los huevos revueltos y compañía. En verdad, el hambre no mata al espíritu, pero lo condiciona tanto. Así que, entre bocado y bocado, programo un día sin salir del barco. Folleto informativo de la empresa, “Today”, ocio, entretenimientos, tiendas de a bordo, instalaciones, propuestas, sugerencias y todo eso. Después al cuarto de baño, habitual escatología completa y aseo completo. Indumentaria playera, mochililla con el kit de supervivencia (gafas de sol, tabaco, papel, boli y la entrañable seapass) y urgente visita de vasallaje al rincón del fumador.
   Lógico, tan temprano (las 8,30) sólo encuentro una pareja de edad y educación tan imprecisas como la nacionalidad. Porque les he dado los buenos días, el good morning, el bonjour, el buon giorno, el guten tag, y hasta he arriesgado un kalemera, y nada, han permanecido con la misma cara de tabique al sol. Desisto, estarán en su hora de meditación (un crucero propicia estos estados de abundancia reflexiva). O acaso sostienen un cabreo afilado y mudo. O, sin más cavilaciones, son pareja de sordomudos, por qué no. Basta. Reparto la distracción entre el mar, que ya refleja perlitas de sol, la piscina, calma, solitaria y azul, y unos seres extraños, pocos, que a estas horas hacen footing por la cubierta de arriba.
   A punto de apagar el cigarrillo, aparece Cristina, como si aguardara mi presencia agazapada en donde sea. Sola, camiseta de tirantes marinada y blanca minifalda maxicorta, andares decididos, ondulosos, blandiendo un cigarrillo y una sonrisa perversa y lasciva (ya sé que la calificación es clásica, pero es que así al pronto no acerté con otra). Se detuvo a dos centímetros de mí, o a uno. Medida que llevo calculada desde hace tiempo, según la cercanía que percibo del aliento ajeno. Algún mecanismo hay en mí que cuando…, salta el limitador. Por ejemplo, hay gente que tienen un subconsciente inconsciente de aproximación, te hablen de lo que te hablen, y tú (por lo menos yo) procuras retirarte, porque oyes bien y además escuchas, y tampoco es necesario que alguna salivilla interfiera. Pero el hábito, erre que erre. Y muchas veces no son confidencias inextricables, sino simples frasecillas intrascendentes, pongamos por caso, el pantagruélico tapeo de anoche en un bar fuera de circuito.
   Perdón, me he perdido. Sí, Cristina, el centímetro. Duró un instante (el centímetro). Miró en derredor ese instante, como para asegurarse de que la pareja de esfinges sentadas que fumaban al lado no se inmutarían. Ajustó sus pupilas a las mías, el brazo derecho a mi cuello, el izquierdo a mi cintura, sus labios entreabiertos a los míos entredispuestos. Y un torbellino de lenguas. Pulsión, pasión. Mis brazos abrazaron también sin dilación, pero sin orden, con el instinto todavía un poco desprevenido, hasta que el orgullo tocó a rebato y les dio por tomar la iniciativa, y una mano fogosa (creo que la derecha) fue a su culo y presionó hacia sí, quiero decir, hacia mí, y se cebó y se cebó, mientras que la otra prodigaba caricias de fervor y hervor -lo sagrado y lo profano-, y por arriba las bocas ensalivaban al unísono la ceremonia de la confusión. Hasta que en un interludio anheloso ella preguntó anhelante si la iba a violar allí. Y saqué pecho expresivo sin relajar la presión: pordiós, soy un caballero, no sin tu consentimiento, te violaré aquí o donde prefieras. Pausa de vértigo. Miradas tormentosas hacia el entorno sin desenredar el abrazo o lo que fuera aquella filigrana de cuerpos en trance. Los inciertos de al lado, los del footing de arriba y algún que otro mañanero de tumbonas que ya tomaba posiciones junto a la piscina y distraía reojos a nuestro espectáculo. Desconcierto y ansias. En mi camarote, apremió Cristina, audaz y salaz (no sé si por este orden), mi marido seguro que está todavía atiborrándose en el buffet. La decisión, más que morbosa, como para dispersarse en análisis de pros, contras, etc. Ascensor, botón a Cubierta 9. Entre un barullo que subía o bajaba, Cristina y yo con manos entrelazadas de testosterona y premuras, pensé: espectacular que en un crucero un marido te parta la boca. Estas cosas, ya se sabe, si no las cuentas, nunca existieron, ni para ti que las viviste. Casi corríamos por el pasillo sin soltarnos de la mano. Cuando llegamos, topamos con que estaban aseando la habitación. Vamos al mío, propuse, y tiré de su mano sin esperar respuesta. Ascensor otra vez, el barullo también, parecían los mismos de antes que seguían en el ascensor. Cubierta 11. Nueva urgencia por el pasillo. A tres metros del camarote, frenazo. En la puerta hacia guardia el carrito de la limpieza. Llegamos a paso ralentizado. Efectivamente, la puerta abierta y dentro dos empleados en sus quehaceres. Frustración, desaliento y bajada de niveles erótico-pélvicos. Todavía en un postrer intento de revival, les pregunté si terminarían pronto. Acababan de empezar. Sonrisitas y todo lo que quieras, pero acaban de empezar. Y esta gente son concienzudos, eh. Desandamos el pasillo con la libido por la moqueta. Precoito interrupto. Cristina se había quedado sin margen. Tenía que volver al encuentro del marido-buffet (qué lástima, así lo calificó). Sin remedio, nos despedimos, eso sí, con un beso que juramentaba venganza. Un día de navegación da para mucho, incluso para todo.
   Volví al rincón del fumador. Un cigarrillo. ¿Y ahora qué? Momentos de indecisión hasta que recuerdo haber echado en la mochililla el “today” de hoy (valga la redundancia bilingüe). Es mi natural caótico y previsor -previsor por caótico-. Cuando dependo de mí mismo, no queda otra, me impongo una mínima programación como flagelo. Así y todo, con frecuencia abandono la disciplina a las primeras de cambio; aunque no hacia la inactividad, sino hacia el sinfín de alternativas que tientan mi voracidad poliédrica. Claro, a veces con resultado de fenómenos adversos, una parálisis insoportable.
   Así pues, leo. Primero con interés panorámico. Y una deducción inicial: este día de navegación consiste básicamente (ea, ya se me escapó el `básicamente´, ¿cómo escapar de la rabiosa moda léxico-gramatical?) en sucumbir a los reclamos ocio-comerciales del barco. En alta mar no hay escapatoria.
   Un aviso luce con letras de relumbrón (colibrí, 24) al comienzo y al final del today: noche de gala. Noche de gala, me repito, transformando la metáfora primera (la lexicalizada del folleto) en una segunda de voltaje libidinoso. Cristina y yo exudando lujuria por los poros y las sombras disolutas de la transgresión, expuestos sólo al rumor mudo de un oleaje cómplice,… noche de gala. Escanciaremos la madrugada de la piel…
   Irrumpe un grupo de fumadores y mi poema de verso libre y libertino se desvanece. Y vuelvo al folleto. Y decido consentir con la primera propuesta, visitar tiendas.
   El ineflable today reza: “Evento de venta”. ¿Aliteración de corte literario? Pero, claro, luego añaden: “10 dólares”, continuación prosaica del anuncio que lo deja a nivel de mercadillo.
   Consiento, pero en plan observador ligeramente ecuánime. Cubierta 4. Efectivamente, una hilera de tenderetes y percheros, camisetas, sudaderas, chándales, gorras, ropa interior, cada prenda con el logotipo del crucero estratégicamente bordado o pegado o incrustado. Y cruceristas de consumo desaforado de recuerdos, mirando, sopesando, eligiendo por sí mismos o calibrando según los comentarios y las compras de otros. Un chaval se prueba una gorra y pregunta qué tal para llevarla al instituto; el padre, un chándal para el gimnasio; y ya puestos, la madre elige entre risitas un tanga donde el logotipo figura ahí. El hijo descalifica, anda, mamá, déjate de, dónde vas con eso. De pronto, sentí curiosidad malsana, quizás procaz, por conocer la decisión última. Como me encontraba al lado, fingí interés en un rebujo cercano de braguitas, mientras aventuraba una mirada furtiva inciso-erótica hacia la señora, que, a pesar de mi simulación, me la sorprendió. Y una vez descubierto, qué importaba, lo afronté. Y, vaya, ella también. Un fugaz intercambio mudo de mensajes: te quedará excitante (uno), verdad que sí (otra). Como luego advirtió que el marido bizqueaba con pupilas agudas, no necesitó más, sacó del bolso la seapass con decisión impúdica. De lo que no se enteró fue del comentario que me hice a renglón seguido: si Cristina se me desnuda con eso puesto, la mando con el logotipo a otra parte, ¡qué cosa más friki!
   Después, a sugerencia del today subí a la Cubierta 5: “En la Boutique C descubra los hermosos huevos de Fabergé”. Lo reconozco, me llevó allí mi adicción al ecosistema sexual, amén de las carencias que arrastro en cultura suntuaria o suntuosa de clase. Aunque, en realidad, cada vez que patino en algo de esto siempre lo achaco a la mentalidad pequeñoburguesa de los demás, una justificación que aún desconozco de qué me salva. Es mi recurso. En resumidas cuentas, llegué a la tal Boutique C con el ánimo cartilaginoso de evaluar los huevos de un famoso de nombre Fabergé expuestos a la consideración (tamaño, dimensión, turgencia, hinchazón, carga hacia la izquierda o a la derecha) de los visitantes, como quien va al circo a verificar la autenticidad de la mujer barbuda. Bueno, también pensé que podría tratarse de una estatua, de un desnudo de algún adonis de la época clásica (como navegábamos por el Mediterráneo). Pues no. Un cartel en la entrada ya me situaba en sospecha de error: “…colección de San Petesburgo disponibles hoy a bordo de nuestro barco”. Entré. Vitrinas, adosadas o exentas, luces cálidas en su interior alumbrando huevos de oro en posición Colón con incrustaciones de brillantes. Huevos fulgentes, fúlgidos, henchidos, esotéricos, humillantes, achatados o estilizados, embarazados o aflautados, enhiestos todos, a media docena por vitrina. El crucerismo visitante, escaso, se dividía entre el de pose selecta, entendido y visa oro, y el de rostro fascinado a secas. El mío era simplemente analítico, en lo económico siempre he transitado por sueños rampantes.
   Me retiré pronto. Aquello tampoco ofrecía mucha savia para mi áspid crítico, huevos aderezados para luminaria de mueble auxiliar en saloncitos y paisanaje acariciando o acallando las vibraciones de la seapass en el bolsillo. Si acaso, la comparativa que un señor, en pulido castellano, gafas de presbicia colgando de cordoncillo, polo de marca que marca y de ahí para abajo por el estilo, la comparativa, digo, que doctoraba entre el huevo derecho de una vitrina y el izquierdo de la siguiente. Allí, situado en el centro del medio metro que mediaba entre una y otra, cuello para un lado, cuello para el otro, los ojos de avezado espeleólogo, la comparativa, digo, entre las potencias auríferas de uno y otro en función de los haces de luz y destellos según el ángulo con que lo enfoca la iluminación intravitrinal -así lo llamó, eh-, entre la carga reflectante de los brillantes de los huevos, de cada uno, proporcional al número de estas piedrecitas, comparativa, digo, entre la huella dejada por los orfebres de cada uno de sus huevos, comparativa, digo, de todos tales extremos entre los precios que un huevo y otro exhibían de forma vergonzante en sus correspondientes peanas, comparativa, digo, con que enardecía a su pareja, esposa, compañera o amante, o tres en la misma, que exasperada hasta los ovarios, con perdón, le urgía a que decidiera la compra de uno de los dos, cualquiera la haría feliz, aunque bien podría prescindir de la dichosa comparativa, si tanto lo confundía, y mejor los dos, ¿no?
   Justo ahí me retiré. Prefería dejar el final abierto, lo contrario me daba repelús.
   Me dirigí al salón-buffet para el tentempié de media mañana. Al pronto me sorprendió el gentío que trasegaba por él. Parecía el almuerzo en hora punta. Ah, no lo recordaba, día de navegación, no hay salidas de excursiones. Embarcado el pasaje al completo, comer supone un divertimento más para el crucerismo, además de una amortización del capital invertido, el servicio de comedor permanente va incluido en el contrato. Un bandejeo lentorro y curiosón, gama de edades y atuendos, pastorea o se arracima o tristrarea o piscolabea, y escoge o repone o amontona o equilibrea, a pasos cortos o detenidos o desganados o atentos o caderados, y avizora la mesa libre y se lanza a ella cual tierra prometida. Me agobia tanto hervidero para intuir o descubrir gustos y sabores. Me proveo de algo de bollería y un café solo con mucha agua -argucias de la máquina expendedora- una frugalidad con la simple pretensión de aplacar jugos gástricos. Encuentro hueco en una mesa donde dos señoras y un señor de edades provectas, mucho más provectas que la mía, atiborran los carrillos de algo con carne, creo. Engullen casi por turnos, dando la tregua mínima para comentar algo, en alemán. Por lo cual, me considero exento de departir. Termino, ensayo una sonrisa de cortesía a modo de despedida, me pertrecho de un nuevo café solo con mucha agua y salgo hacia el rincón del fumador, al fin, para respirar aire puro. Aunque allí vuelvo a notar los efectos de todos sin salir del barco. Contamos más cruceristas fumadores de lo que parece. El acceso a un cenicero me costó lo mío.
   Después nueva consulta al today y elección: “El arte del vidrio soplado”, Cubierta 15. Allá que fui. Sesiones de una media hora de duración, acceso libre e intermitente; es decir, que podías incorporarte en mitad de la sesión, por ejemplo, y continuar en la siguiente, o abandonar cuando te parezca. Como esas proyecciones que presencias en algunos museos o en centros comerciales, pues así. En este caso, esperé a una nueva sesión. Lo de in media res sólo me gusta en las novelas (y no en todas); pero, para lo demás, prefiero el comienzo natural. Y además, había reconocido a Cristina entre los asistentes de la sesión en curso. A Cristina, a su marido y al resto de sus asiduos. Prudencia, prudencia, me recomendaba algún duendecillo moralista.
   Fin de la sesión. La mayoría se levanta, la salida es por el lado contrario. Mientras, vamos entrando los que esperábamos y ocupamos los asientos vacíos, unas banquetas corridas frente a una especie de habitación abierta con dos hornos industriales al fondo y otros tantos bancos de trabajo delante, unas cajas grandotas y soportes de los que cuelga instrumental de hierro de varios tamaños y diseños. Un chico y una chica provistos de delantal y manoplas para altas temperaturas reinician la enésima sesión: trozo de cristal macizo en punta de lanza entra en un horno, al cabo sale incandescente, otro artilugio le insufla aire, baño de agua, manipulación, recorte con tijeras especiales hasta adquirir forma extravagante, paso al otro horno, nueva rojez. Mientras, otra chica va explicando el proceso a la audiencia. Y dos manos llegan desde mis espaldas y me tapan los ojos, y una voz me musita al oído: derretirse, yo no necesito tantos grados como el vidrio. Incombustible, inconfundible. Tomo las manos sobrevenidas con las mías sin volverme, y las guío a mis labios. Doy todo el calor a los besos. Y su voz, melosa junto al lóbulo de mi oreja: al salir he mirado para atrás y te he visto, les he dicho que, como habíamos llegado tarde, quería ver el comienzo, con mi amiga y cómplice. Enfrente, el vidrio hierve. Pocos minutos después me vuelvo hacia Cristina. Me estampa un beso desatado y urgente en el límite de la audacia, e inmediatamente se levanta, coge de la mano a su amiga y se van, con las clásicas risillas y miradas traviesas. Me quedo sin iniciativa y con el vidrio soplado, como el entendimiento. Pero, así y todo, aguanto hasta el final de la sesión.
   Luego paseo sin rumbo entre cubiertas. El tránsito de cruceristas por pasarelas, pasillos y ascensores es constante, casi agotador. Si te sientas y permaneces en el mismo lugar, pongamos, media hora, pueden pasar por allí unas doscientas personas, de las cuales, veinticinco por lo menos son las mismas (ida, vuelta, reída y revuelta), en los más diversos atuendos y con distintos utensilios, aunque principalmente son vasos, copas, copones y botellas. Añádase un incesante trajín de camareros y personal auxiliar de las piscinas (toalleros, limpiadores, reponedores de algo, etc.) con una estampa representativa de todas las razas.
   Sin embargo, el casino a estas horas, soledad verde de tapetes en reposo, alterada por algún que otro entrechocar metálico que llega del pasillo de las máquinas tragaperras. Me asomo al paso, dos o tres personas de edades frustradas, rostro trabado en el titilar cantarino de la fortuna y dedos picoteando botones. Sigo hacia una exposición de cuadros en venta, que vadeo desdeñoso, indiferente, no sé. Miro la fecha de uno, 2007, y me alejo preguntándome cuántos cruceros llevarán estos cuadros a sus espaldas.
   Una cerveza en la Cubierta 14, por encima de la piscina. Barra de bar con terraza extensión del rincón del fumador. Aquí también se permite. Sentado en un taburete de la barra entretengo la distancia en las largas filas de tumbonas atestadas de cruceristas, cadencias de cuerpos en piel, gama de tonos, escala de dedicación, leen o charlan de una tumbona a otra o extasian los párpados cerrados a los rayos solares, y por pasillos, idas y venidas desparramadas. En la segunda cerveza llega Cristina. Viene sola en su biquini y con esa sonrisa confidencial que se gasta. Y se explica:
   - Lo sabía. Bueno, suponía que estabas aquí. Le he dicho que venía a tomarme una cerveza con un cigarro. Como él no fuma. Te voy a invitar.
   Se acoda en la barra, ondulación de caderas mientras sus ojos observan el culebreo de mis miradas y la caricia de mis silencios. Confirmado el efecto, pide dos cervezas al camarero y vuelve a mí, se acerca, sobrepasa el perímetro de seguridad, centímetro a centímetro, a la vez que bisbisea:
   - Vengo del aquaspá. Aromaterapia de algas. La publicidad del today tiene razón, en parte. Dice que te calienta el espíritu interior, y es verdad, pero el es-pí-ri-tu exterior, por lo menos a mí… ¿Quieres comprobarlo?
   No esperó respuesta. Me tomó una mano para dar fe y la acercó al espíritu de su epidermis. La mano, la mía, que en un principio accedía pasiva, o medio medio, al calor del calor de la aromaterapia que percibía, poco a poco fue liberándose de escrúpulos medioambientales y adoptando un rol activo, cada vez más activo y desinhibido, hasta la tijeretada del camarero con las dos cervezas.
   “Bamboleo, bambolea…”, cantaba abajo en la cubierta de la piscina un latincountry por cuenta ajena.
   Nada es comparable y quizás todo mensurable, pero aventurarse en las circunstancias de cada cual y cadas cuales, establecer parámetros, coordenadas, isobaras, cuasiconjunciones o por ahí, una quimera, otra más. Nos empeñamos en que, del sol abajo -y arriba- , la humanidad discurre por cauces de la misma partícula de dios, número limitado de arquetipos y meandros fruto del big-bang. Y sin embargo, cómo atreverse a integrar en tan fascinante dimensión el universo emocional de dos personas -un hombre y una mujer en este caso (sálvese el orden de prelación)- que comparten la bebida de una cerveza, cada uno la suya por supuesto. Habrá que releer a Epicuro.
   Después Cristina acudió a sus rutinas y yo a almorzar.