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miércoles, 30 de abril de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (10)

DÍA DE NAVEGACIÓN Y…


   Repiquetea la alarma del móvil: azulea el alba por el horizonte. Espabilo los ojos y apresuro el cuerpo y los sentidos hacia el balcón del camarote, sin conciencia de pudor, desnudo. De pie, ante la inmensidad de un oleaje esmeralda y rumboso, estiro los miembros, músculos y articulaciones en escorzo sensual. Y tengo que reprimir un ululeo a lo tarzán. Distensión, me siento en la butaca, absorto en esa media naranja alimonada que allá en la lejanía imprecisa emerge mayestática del mar cual numen enigmático. El mundo es un murmullo inútil y la existencia un manjar, el deleite, una inmensa cúpula de silencios provisores, amorosos, sutiles, tornasolados, vivificantes, melancólicos, afables, mansos, fragantes, voluptuosos, gentiles, sinfónicos, cuasiselváticos, periparadisíacos, ambiladinos, esternocleidobarbitúricos… Hasta que unos nudillos discretos llaman a la puerta del camarote y de la vida. Todavía un momento, retener la sensación, pero los nudillos se vuelven insolentes. Me levanto, desperezo el cuerpo y la realidad, ¡pero, coño, si estoy desnudo! Y me pongo en lo peor, o en lo mejor, ¿Cristina ya tan temprano? ¿Y si no es ella? Por si acaso, el albornoz. Abro. Good morning, señor, su desayuno continental. Una bandeja repleta en las diestras manos atezadas del camarero de planta. No me acordaba, lo encargué anoche. Where… poner? En la terraza, por favor. Agradecimiento, “buen gusto” (que aproveche, pretende decir), good-bye y tal. Me instalo ante el desayuno intentando retomar el ejercicio espiritual que antes me embargaba, incluso me despojo del albornoz. Pero ya no es lo mismo, los ojos no consiguen levantar el vuelo por encima de los huevos revueltos y compañía. En verdad, el hambre no mata al espíritu, pero lo condiciona tanto. Así que, entre bocado y bocado, programo un día sin salir del barco. Folleto informativo de la empresa, “Today”, ocio, entretenimientos, tiendas de a bordo, instalaciones, propuestas, sugerencias y todo eso. Después al cuarto de baño, habitual escatología completa y aseo completo. Indumentaria playera, mochililla con el kit de supervivencia (gafas de sol, tabaco, papel, boli y la entrañable seapass) y urgente visita de vasallaje al rincón del fumador.
   Lógico, tan temprano (las 8,30) sólo encuentro una pareja de edad y educación tan imprecisas como la nacionalidad. Porque les he dado los buenos días, el good morning, el bonjour, el buon giorno, el guten tag, y hasta he arriesgado un kalemera, y nada, han permanecido con la misma cara de tabique al sol. Desisto, estarán en su hora de meditación (un crucero propicia estos estados de abundancia reflexiva). O acaso sostienen un cabreo afilado y mudo. O, sin más cavilaciones, son pareja de sordomudos, por qué no. Basta. Reparto la distracción entre el mar, que ya refleja perlitas de sol, la piscina, calma, solitaria y azul, y unos seres extraños, pocos, que a estas horas hacen footing por la cubierta de arriba.
   A punto de apagar el cigarrillo, aparece Cristina, como si aguardara mi presencia agazapada en donde sea. Sola, camiseta de tirantes marinada y blanca minifalda maxicorta, andares decididos, ondulosos, blandiendo un cigarrillo y una sonrisa perversa y lasciva (ya sé que la calificación es clásica, pero es que así al pronto no acerté con otra). Se detuvo a dos centímetros de mí, o a uno. Medida que llevo calculada desde hace tiempo, según la cercanía que percibo del aliento ajeno. Algún mecanismo hay en mí que cuando…, salta el limitador. Por ejemplo, hay gente que tienen un subconsciente inconsciente de aproximación, te hablen de lo que te hablen, y tú (por lo menos yo) procuras retirarte, porque oyes bien y además escuchas, y tampoco es necesario que alguna salivilla interfiera. Pero el hábito, erre que erre. Y muchas veces no son confidencias inextricables, sino simples frasecillas intrascendentes, pongamos por caso, el pantagruélico tapeo de anoche en un bar fuera de circuito.
   Perdón, me he perdido. Sí, Cristina, el centímetro. Duró un instante (el centímetro). Miró en derredor ese instante, como para asegurarse de que la pareja de esfinges sentadas que fumaban al lado no se inmutarían. Ajustó sus pupilas a las mías, el brazo derecho a mi cuello, el izquierdo a mi cintura, sus labios entreabiertos a los míos entredispuestos. Y un torbellino de lenguas. Pulsión, pasión. Mis brazos abrazaron también sin dilación, pero sin orden, con el instinto todavía un poco desprevenido, hasta que el orgullo tocó a rebato y les dio por tomar la iniciativa, y una mano fogosa (creo que la derecha) fue a su culo y presionó hacia sí, quiero decir, hacia mí, y se cebó y se cebó, mientras que la otra prodigaba caricias de fervor y hervor -lo sagrado y lo profano-, y por arriba las bocas ensalivaban al unísono la ceremonia de la confusión. Hasta que en un interludio anheloso ella preguntó anhelante si la iba a violar allí. Y saqué pecho expresivo sin relajar la presión: pordiós, soy un caballero, no sin tu consentimiento, te violaré aquí o donde prefieras. Pausa de vértigo. Miradas tormentosas hacia el entorno sin desenredar el abrazo o lo que fuera aquella filigrana de cuerpos en trance. Los inciertos de al lado, los del footing de arriba y algún que otro mañanero de tumbonas que ya tomaba posiciones junto a la piscina y distraía reojos a nuestro espectáculo. Desconcierto y ansias. En mi camarote, apremió Cristina, audaz y salaz (no sé si por este orden), mi marido seguro que está todavía atiborrándose en el buffet. La decisión, más que morbosa, como para dispersarse en análisis de pros, contras, etc. Ascensor, botón a Cubierta 9. Entre un barullo que subía o bajaba, Cristina y yo con manos entrelazadas de testosterona y premuras, pensé: espectacular que en un crucero un marido te parta la boca. Estas cosas, ya se sabe, si no las cuentas, nunca existieron, ni para ti que las viviste. Casi corríamos por el pasillo sin soltarnos de la mano. Cuando llegamos, topamos con que estaban aseando la habitación. Vamos al mío, propuse, y tiré de su mano sin esperar respuesta. Ascensor otra vez, el barullo también, parecían los mismos de antes que seguían en el ascensor. Cubierta 11. Nueva urgencia por el pasillo. A tres metros del camarote, frenazo. En la puerta hacia guardia el carrito de la limpieza. Llegamos a paso ralentizado. Efectivamente, la puerta abierta y dentro dos empleados en sus quehaceres. Frustración, desaliento y bajada de niveles erótico-pélvicos. Todavía en un postrer intento de revival, les pregunté si terminarían pronto. Acababan de empezar. Sonrisitas y todo lo que quieras, pero acaban de empezar. Y esta gente son concienzudos, eh. Desandamos el pasillo con la libido por la moqueta. Precoito interrupto. Cristina se había quedado sin margen. Tenía que volver al encuentro del marido-buffet (qué lástima, así lo calificó). Sin remedio, nos despedimos, eso sí, con un beso que juramentaba venganza. Un día de navegación da para mucho, incluso para todo.
   Volví al rincón del fumador. Un cigarrillo. ¿Y ahora qué? Momentos de indecisión hasta que recuerdo haber echado en la mochililla el “today” de hoy (valga la redundancia bilingüe). Es mi natural caótico y previsor -previsor por caótico-. Cuando dependo de mí mismo, no queda otra, me impongo una mínima programación como flagelo. Así y todo, con frecuencia abandono la disciplina a las primeras de cambio; aunque no hacia la inactividad, sino hacia el sinfín de alternativas que tientan mi voracidad poliédrica. Claro, a veces con resultado de fenómenos adversos, una parálisis insoportable.
   Así pues, leo. Primero con interés panorámico. Y una deducción inicial: este día de navegación consiste básicamente (ea, ya se me escapó el `básicamente´, ¿cómo escapar de la rabiosa moda léxico-gramatical?) en sucumbir a los reclamos ocio-comerciales del barco. En alta mar no hay escapatoria.
   Un aviso luce con letras de relumbrón (colibrí, 24) al comienzo y al final del today: noche de gala. Noche de gala, me repito, transformando la metáfora primera (la lexicalizada del folleto) en una segunda de voltaje libidinoso. Cristina y yo exudando lujuria por los poros y las sombras disolutas de la transgresión, expuestos sólo al rumor mudo de un oleaje cómplice,… noche de gala. Escanciaremos la madrugada de la piel…
   Irrumpe un grupo de fumadores y mi poema de verso libre y libertino se desvanece. Y vuelvo al folleto. Y decido consentir con la primera propuesta, visitar tiendas.
   El ineflable today reza: “Evento de venta”. ¿Aliteración de corte literario? Pero, claro, luego añaden: “10 dólares”, continuación prosaica del anuncio que lo deja a nivel de mercadillo.
   Consiento, pero en plan observador ligeramente ecuánime. Cubierta 4. Efectivamente, una hilera de tenderetes y percheros, camisetas, sudaderas, chándales, gorras, ropa interior, cada prenda con el logotipo del crucero estratégicamente bordado o pegado o incrustado. Y cruceristas de consumo desaforado de recuerdos, mirando, sopesando, eligiendo por sí mismos o calibrando según los comentarios y las compras de otros. Un chaval se prueba una gorra y pregunta qué tal para llevarla al instituto; el padre, un chándal para el gimnasio; y ya puestos, la madre elige entre risitas un tanga donde el logotipo figura ahí. El hijo descalifica, anda, mamá, déjate de, dónde vas con eso. De pronto, sentí curiosidad malsana, quizás procaz, por conocer la decisión última. Como me encontraba al lado, fingí interés en un rebujo cercano de braguitas, mientras aventuraba una mirada furtiva inciso-erótica hacia la señora, que, a pesar de mi simulación, me la sorprendió. Y una vez descubierto, qué importaba, lo afronté. Y, vaya, ella también. Un fugaz intercambio mudo de mensajes: te quedará excitante (uno), verdad que sí (otra). Como luego advirtió que el marido bizqueaba con pupilas agudas, no necesitó más, sacó del bolso la seapass con decisión impúdica. De lo que no se enteró fue del comentario que me hice a renglón seguido: si Cristina se me desnuda con eso puesto, la mando con el logotipo a otra parte, ¡qué cosa más friki!
   Después, a sugerencia del today subí a la Cubierta 5: “En la Boutique C descubra los hermosos huevos de Fabergé”. Lo reconozco, me llevó allí mi adicción al ecosistema sexual, amén de las carencias que arrastro en cultura suntuaria o suntuosa de clase. Aunque, en realidad, cada vez que patino en algo de esto siempre lo achaco a la mentalidad pequeñoburguesa de los demás, una justificación que aún desconozco de qué me salva. Es mi recurso. En resumidas cuentas, llegué a la tal Boutique C con el ánimo cartilaginoso de evaluar los huevos de un famoso de nombre Fabergé expuestos a la consideración (tamaño, dimensión, turgencia, hinchazón, carga hacia la izquierda o a la derecha) de los visitantes, como quien va al circo a verificar la autenticidad de la mujer barbuda. Bueno, también pensé que podría tratarse de una estatua, de un desnudo de algún adonis de la época clásica (como navegábamos por el Mediterráneo). Pues no. Un cartel en la entrada ya me situaba en sospecha de error: “…colección de San Petesburgo disponibles hoy a bordo de nuestro barco”. Entré. Vitrinas, adosadas o exentas, luces cálidas en su interior alumbrando huevos de oro en posición Colón con incrustaciones de brillantes. Huevos fulgentes, fúlgidos, henchidos, esotéricos, humillantes, achatados o estilizados, embarazados o aflautados, enhiestos todos, a media docena por vitrina. El crucerismo visitante, escaso, se dividía entre el de pose selecta, entendido y visa oro, y el de rostro fascinado a secas. El mío era simplemente analítico, en lo económico siempre he transitado por sueños rampantes.
   Me retiré pronto. Aquello tampoco ofrecía mucha savia para mi áspid crítico, huevos aderezados para luminaria de mueble auxiliar en saloncitos y paisanaje acariciando o acallando las vibraciones de la seapass en el bolsillo. Si acaso, la comparativa que un señor, en pulido castellano, gafas de presbicia colgando de cordoncillo, polo de marca que marca y de ahí para abajo por el estilo, la comparativa, digo, que doctoraba entre el huevo derecho de una vitrina y el izquierdo de la siguiente. Allí, situado en el centro del medio metro que mediaba entre una y otra, cuello para un lado, cuello para el otro, los ojos de avezado espeleólogo, la comparativa, digo, entre las potencias auríferas de uno y otro en función de los haces de luz y destellos según el ángulo con que lo enfoca la iluminación intravitrinal -así lo llamó, eh-, entre la carga reflectante de los brillantes de los huevos, de cada uno, proporcional al número de estas piedrecitas, comparativa, digo, entre la huella dejada por los orfebres de cada uno de sus huevos, comparativa, digo, de todos tales extremos entre los precios que un huevo y otro exhibían de forma vergonzante en sus correspondientes peanas, comparativa, digo, con que enardecía a su pareja, esposa, compañera o amante, o tres en la misma, que exasperada hasta los ovarios, con perdón, le urgía a que decidiera la compra de uno de los dos, cualquiera la haría feliz, aunque bien podría prescindir de la dichosa comparativa, si tanto lo confundía, y mejor los dos, ¿no?
   Justo ahí me retiré. Prefería dejar el final abierto, lo contrario me daba repelús.
   Me dirigí al salón-buffet para el tentempié de media mañana. Al pronto me sorprendió el gentío que trasegaba por él. Parecía el almuerzo en hora punta. Ah, no lo recordaba, día de navegación, no hay salidas de excursiones. Embarcado el pasaje al completo, comer supone un divertimento más para el crucerismo, además de una amortización del capital invertido, el servicio de comedor permanente va incluido en el contrato. Un bandejeo lentorro y curiosón, gama de edades y atuendos, pastorea o se arracima o tristrarea o piscolabea, y escoge o repone o amontona o equilibrea, a pasos cortos o detenidos o desganados o atentos o caderados, y avizora la mesa libre y se lanza a ella cual tierra prometida. Me agobia tanto hervidero para intuir o descubrir gustos y sabores. Me proveo de algo de bollería y un café solo con mucha agua -argucias de la máquina expendedora- una frugalidad con la simple pretensión de aplacar jugos gástricos. Encuentro hueco en una mesa donde dos señoras y un señor de edades provectas, mucho más provectas que la mía, atiborran los carrillos de algo con carne, creo. Engullen casi por turnos, dando la tregua mínima para comentar algo, en alemán. Por lo cual, me considero exento de departir. Termino, ensayo una sonrisa de cortesía a modo de despedida, me pertrecho de un nuevo café solo con mucha agua y salgo hacia el rincón del fumador, al fin, para respirar aire puro. Aunque allí vuelvo a notar los efectos de todos sin salir del barco. Contamos más cruceristas fumadores de lo que parece. El acceso a un cenicero me costó lo mío.
   Después nueva consulta al today y elección: “El arte del vidrio soplado”, Cubierta 15. Allá que fui. Sesiones de una media hora de duración, acceso libre e intermitente; es decir, que podías incorporarte en mitad de la sesión, por ejemplo, y continuar en la siguiente, o abandonar cuando te parezca. Como esas proyecciones que presencias en algunos museos o en centros comerciales, pues así. En este caso, esperé a una nueva sesión. Lo de in media res sólo me gusta en las novelas (y no en todas); pero, para lo demás, prefiero el comienzo natural. Y además, había reconocido a Cristina entre los asistentes de la sesión en curso. A Cristina, a su marido y al resto de sus asiduos. Prudencia, prudencia, me recomendaba algún duendecillo moralista.
   Fin de la sesión. La mayoría se levanta, la salida es por el lado contrario. Mientras, vamos entrando los que esperábamos y ocupamos los asientos vacíos, unas banquetas corridas frente a una especie de habitación abierta con dos hornos industriales al fondo y otros tantos bancos de trabajo delante, unas cajas grandotas y soportes de los que cuelga instrumental de hierro de varios tamaños y diseños. Un chico y una chica provistos de delantal y manoplas para altas temperaturas reinician la enésima sesión: trozo de cristal macizo en punta de lanza entra en un horno, al cabo sale incandescente, otro artilugio le insufla aire, baño de agua, manipulación, recorte con tijeras especiales hasta adquirir forma extravagante, paso al otro horno, nueva rojez. Mientras, otra chica va explicando el proceso a la audiencia. Y dos manos llegan desde mis espaldas y me tapan los ojos, y una voz me musita al oído: derretirse, yo no necesito tantos grados como el vidrio. Incombustible, inconfundible. Tomo las manos sobrevenidas con las mías sin volverme, y las guío a mis labios. Doy todo el calor a los besos. Y su voz, melosa junto al lóbulo de mi oreja: al salir he mirado para atrás y te he visto, les he dicho que, como habíamos llegado tarde, quería ver el comienzo, con mi amiga y cómplice. Enfrente, el vidrio hierve. Pocos minutos después me vuelvo hacia Cristina. Me estampa un beso desatado y urgente en el límite de la audacia, e inmediatamente se levanta, coge de la mano a su amiga y se van, con las clásicas risillas y miradas traviesas. Me quedo sin iniciativa y con el vidrio soplado, como el entendimiento. Pero, así y todo, aguanto hasta el final de la sesión.
   Luego paseo sin rumbo entre cubiertas. El tránsito de cruceristas por pasarelas, pasillos y ascensores es constante, casi agotador. Si te sientas y permaneces en el mismo lugar, pongamos, media hora, pueden pasar por allí unas doscientas personas, de las cuales, veinticinco por lo menos son las mismas (ida, vuelta, reída y revuelta), en los más diversos atuendos y con distintos utensilios, aunque principalmente son vasos, copas, copones y botellas. Añádase un incesante trajín de camareros y personal auxiliar de las piscinas (toalleros, limpiadores, reponedores de algo, etc.) con una estampa representativa de todas las razas.
   Sin embargo, el casino a estas horas, soledad verde de tapetes en reposo, alterada por algún que otro entrechocar metálico que llega del pasillo de las máquinas tragaperras. Me asomo al paso, dos o tres personas de edades frustradas, rostro trabado en el titilar cantarino de la fortuna y dedos picoteando botones. Sigo hacia una exposición de cuadros en venta, que vadeo desdeñoso, indiferente, no sé. Miro la fecha de uno, 2007, y me alejo preguntándome cuántos cruceros llevarán estos cuadros a sus espaldas.
   Una cerveza en la Cubierta 14, por encima de la piscina. Barra de bar con terraza extensión del rincón del fumador. Aquí también se permite. Sentado en un taburete de la barra entretengo la distancia en las largas filas de tumbonas atestadas de cruceristas, cadencias de cuerpos en piel, gama de tonos, escala de dedicación, leen o charlan de una tumbona a otra o extasian los párpados cerrados a los rayos solares, y por pasillos, idas y venidas desparramadas. En la segunda cerveza llega Cristina. Viene sola en su biquini y con esa sonrisa confidencial que se gasta. Y se explica:
   - Lo sabía. Bueno, suponía que estabas aquí. Le he dicho que venía a tomarme una cerveza con un cigarro. Como él no fuma. Te voy a invitar.
   Se acoda en la barra, ondulación de caderas mientras sus ojos observan el culebreo de mis miradas y la caricia de mis silencios. Confirmado el efecto, pide dos cervezas al camarero y vuelve a mí, se acerca, sobrepasa el perímetro de seguridad, centímetro a centímetro, a la vez que bisbisea:
   - Vengo del aquaspá. Aromaterapia de algas. La publicidad del today tiene razón, en parte. Dice que te calienta el espíritu interior, y es verdad, pero el es-pí-ri-tu exterior, por lo menos a mí… ¿Quieres comprobarlo?
   No esperó respuesta. Me tomó una mano para dar fe y la acercó al espíritu de su epidermis. La mano, la mía, que en un principio accedía pasiva, o medio medio, al calor del calor de la aromaterapia que percibía, poco a poco fue liberándose de escrúpulos medioambientales y adoptando un rol activo, cada vez más activo y desinhibido, hasta la tijeretada del camarero con las dos cervezas.
   “Bamboleo, bambolea…”, cantaba abajo en la cubierta de la piscina un latincountry por cuenta ajena.
   Nada es comparable y quizás todo mensurable, pero aventurarse en las circunstancias de cada cual y cadas cuales, establecer parámetros, coordenadas, isobaras, cuasiconjunciones o por ahí, una quimera, otra más. Nos empeñamos en que, del sol abajo -y arriba- , la humanidad discurre por cauces de la misma partícula de dios, número limitado de arquetipos y meandros fruto del big-bang. Y sin embargo, cómo atreverse a integrar en tan fascinante dimensión el universo emocional de dos personas -un hombre y una mujer en este caso (sálvese el orden de prelación)- que comparten la bebida de una cerveza, cada uno la suya por supuesto. Habrá que releer a Epicuro.
   Después Cristina acudió a sus rutinas y yo a almorzar.

jueves, 30 de enero de 2014

BITÁCORA DE ESTÍO (8)

LIVORNO, CIVITAVECCHIA Y UN ANILLO DE JADE

   Livorno era una ciudad de la Toscana cerrada por domingo en el corazón de agosto.
   Hacia mediodía había tomado el autobús-lanzadera desde el puerto. Con la intención de aventar el recuerdo humeante de la pasada noche, quizás, o de afrontarlo con esa analítica abisal en que acostumbro a sumergirme sin remedio.
   La otra opción, madrugar para la excursión a Florencia y Pisa. Pero creía grotesco dedicar seis o siete horas a dos ciudades tan cargadas de arte y cultura, un pack mezquino y ridículo. Y lo peor, habría vuelto a coincidir con Cristina. Ella sí que destilaba perfil de crucerista depredador de excursiones -y algún rasgo más del tópico-. Así que me levanté tarde para evitar tentaciones.
   En el autobús, sin embargo, mis propósitos de retiro marraban. Una pareja en el otro extremo reclamaba mi atención con manos limpiacristales. Había compartido con ellos mesa y mantel en la pasada cena de semigala. Les correspondí con sonrisa de reconocimiento pero sin acortar la distancia. Curioso matrimonio este, llevaba ella cuatro días con retraso de regla, y ya brujuleaban por una inminente paternidad. Claro que luego puntualizaban: el desasosiego con la medición menstrual era prácticamente mensual, desde hace tres años -los hijos, siempre dando problemas, incluso antes de concebirlos-. Cóctel tipo piña colada: candor, ilusión y el calendario. Más los cerca de cuarenta tacos por donde rondarían los dos. No, no tenía ánimo para reanudar conjeturas melosas. Mi disposición sólo transigía con el inevitable intercambio de cortesías y frasecillas al bajar del autobús.
   Sin embargo, apenas cruzamos un primer comentario sobre el calor, la embarazada en ciernes va y me pregunta con parpadeo de pestañitas melindrosas:
   - ¿Y la novia dónde la has dejado?
   Me quedé… Enmudecí de asombro (no, no soy de reactivo fácil). Hasta que ya luego tartamudeé:
   - Es… que… novia… no…
   Y él interpretó enseguida, para excusar el error:
   - Ah, perdona. Claro, estaréis casados. Como os veíamos tan, no sé, juguetones, nos pareció que a lo mejor… uno se piensa… y luego resulta que en realidad… Pasa, eh,… un defecto, lo reconozco… te haces una idea y luego…
   Intentaba justificar su jardín melifluo y fraseológico ante mi rigidez facial, que él suponía de reproche. En realidad me paralizaba el vértigo de un pensamiento: si estos, tan recíprocos en sus remilgos durante la cena, han notado y anotado otros vapores ajenos, Cristina, lo nuestro es para nota.
   En principio, permanecí en la ambigüedad, más que nada por comprobar el límite de sus observaciones. Pero en aquel intervalo de silencio confuso me sobrevino un absceso de franqueza:
   - No, ella está casada con el que tenía a su derecha. Los conocí en la visita a Mónaco. Pura coincidencia. Ya sabéis, un grupo de gente, por circunstancias te unes a ellos, y lo típico, haces amistad. Muy simpáticos, los dos, eh. Sí que Cristina parece más… más comunicativa, diríamos, o más abierta quizás. Pero bueno…
   La cuestión quedó más o menos zanjada. Ellos impostaron un híbrido entre sorpresa, comprensión, indulgencia y carnaza. Y mi instinto, aunque urgía tierra de por medio, arriesgó un comodín:
   - En fin, nos vemos a la vuelta. Voy a pasear mi soledad por aquí, a ver qué descubro.
   Nos despedimos. Se alejaron con la sonrisa y el gustillo de quienes participan de una confidencia.
   Después tomé aire a pulmón relajado y posesión del entorno. No me había movido de Piazza del Municipio, una explanada cuadrangular con edificios de los años cincuenta o por ahí, fachada de Ayuntamiento incluida, nada reseñable. Algún lugareño en plan transeúnte aburrido o reposando ideas en un banco de la sombra, y un salpiqueo de turistas sueltos con pinta de desubicados.
   Por honrar los folletos turísticos, pregunté por Piazza Grande. Estaba al lado. Parsimonia de miradas y andares cavilosos. Mi ánimo, resacoso esta mañana, no terminaba de configurar todas sus aplicaciones. Y eso que poco antes el par de tortolitos me habían fogueado bien. Para cuánto cotilleo les dará su primera cena de semigala en su primer crucero de su primer enésimo embarazo.
   Había acudido al comedor a mi hora acostumbrada. Como cada noche pedí compartir mesa con cruceristas de habla española, por la simple comodidad de compartir también el idioma. Y casualidades del destino, tras varios titubeos del camarero acomodador, termino sentado al lado de Cristina, en una mesa redonda donde aún quedaban dos asientos libres, justo a continuación del mío. Minutos después, los ocupaban el matrimonio inefable, que enseguida comenzaron a acumular conjeturas. Un momento antes Cristina me había comentado:
   - Qué elegante vienes.
   - Bueno, lo propio de un traje -respondí.
   - Pero de buena tela, ¿eh? –aseguró mientras se cercioraba tocándola por el brazo, o acariciándolo, y adornándose con esa sonrisa suya tan indefiniblemente definida.
   Aquí llegaron ellos. La primera imagen que captaron fue la mano de Cristina deslizándose por mi brazo.
   La segunda prueba, al poco. Cuando pido al camarero una copa de tinto y le señalo una marca española en la carta de vinos.
   - Okey -responde profesional.
   Pero vuelve sólo con otra carta de vinos. Se excusa, la anterior no estaba actualizada, o qué sé yo. La miro por lo alto y no encuentro marcas españolas. Todo lo profesional que quieras, pero me estaba fastidiando las meninges. Así que respondo:
   - Okey, -y añado con la flema que me caracteriza- water, quiero water, ya está.
   Se retira con gesto de contrariedad, seguramente profesional también. Y ahora sí, agua, me trae agua, y tan contentos.
   Cristina, que había seguido la secuencia con expectación creciente, en cuanto el camarero se dio la vuelta, confió sobre mi hombro la cabeza y una carcajada.
   Recomposición rápida porque su marido, atraído por las risas, esbozaba un rostro de poema vulcanero, que pivotaba de la cara de Cristina a la mía, verso a verso.
   No esperé a la última rima. Giré en mirada automática hacia el matrimonio recién llegado, y a todo instinto improvisé una salvedad:
   - Este camarero, o está alelado o se lo hace.
   Pues acerté, porque aprovecharon para enlazar, no sé cómo, con su emocionada presunción de encontrarse en el cuarto día de embarazo. Espejismo o ñoñez, sirvió al menos para zafarme de Cristina unos diez minutos, el tiempo que ella empleó en convencer a su marido de su ingenua diversión conmigo.
   Recuerdos con los que llegué a Piazza Grande. Efectivamente, lo era, grande, además de convencional e insulsa, de aspecto semejante a la del Municipio, pero rectangular esta. Salvo sus soportales, sin más seña de identidad para reclamo turístico -mi apreciación, conste-. Un par de vueltas y enfilo una avenida: Via Grande, indica el rótulo -denominación original, sin duda-. Larga, ancha, de arquitectura monótona, avejentada y alma hipotensa. Pespunteada de soportales que a trechos cobijan del sol. Apenas deambulan por ella esporádicos grupos familiares de domingo, excursionistas de paso para Florencia/Pisa y algún que otro mendigo de guardia. Muchas tiendas de ropa, perfumería, zapatos, la mayoría de afamada calidad, Foot Locker, Max Mara, Benetton, Zara. Zara, me detengo un momento ante su escaparate, sólo porque inevitablemente me evoca a Cristina y su minifalda-cinturón de anoche, modulada, curvilástica, ruborosa, flamígera, epicúrea, hojaldrada, hipnótica, vertiginosa, temeraria, pansensual… -¿daré con el adjetivo certero?
   - Es de Zara -me había susurrado en los preámbulos del fragor.
   Se me solivianta alguna zona de la hipófisis o por ahí, como anoche, y renuncio. Aquí en este letargo livorniano, no, la evocación es un trauma.
   Reanudo el paso y recupero mi análisis socio-urbanístico. A lo mejor esta ciudad esconde alma de modernidad. El lujerío de esta avenida apunta a burguesía de posibles, o cuando menos, de fachada. No lo creo destinado a un turismo que es de paso.
   Entro en un bar, una cerveza para saciar la sed y apagar algún rescoldo. Pero “Wifi free”, anuncia un cartelito, y dudo, y claudico. Pido la cerveza y la clave del wifi. Contacto con ella, Intercambiamos posiciones con lenguaje inocuo. Hasta que me anuncia o propone o impone, no sé:
   - Mañana los dos solos en Civitavecchia.
   Me hago el lógico y pregunto:
   - ¿Tu marido y tú?
   - No, tú y yo, bobo.
   Se me puso cara de eso, y corté en un arrebato de pudor, pagué la cerveza y salí.
   “¿Qué estará tramando?”, me preguntaba por callejas aledañas para obstaculizar enseguida la cobertura del wifi.
   Luego desemboqué en una zona peatonal, con aspecto de nobleza añeja, Via Ricasoli. Intenté distraerme por sus escaparates de perfumerías, boutiques, joyería… Pero en uno de estos reclamó mi atención: un anillo de jade verde. Rediós, otra vez Cristina y el anoche: su más preciado blasón, o pendón, de la lujuria.
   Fue una tercera ocasión durante la cena para que el matrimonio inefable elevara un nuevo indicio a la categoría de prueba. Llevaba Cristina en su mano izquierda un anillo de jade verde, ancho y rutilante. Jugueteaba con él con los dedos de la misma mano porque le estaba holgado.
   - Es mi escudo –me lo mostraba con orgullo seductor-. Sin él me siento desnuda.
   - Pues ten cuidado, porque con esa holgura puedes quedar desnuda al menor descuido.
   - No creas, para que salga del todo tengo que ayudarle. ¿Ves? -y lo arrastró con el pulgar hasta fuera.
   Y el anillo, tras cabriolar sobre el mantel, fue a caer en mi… regazo (pongamos un sustantivo digno).
   En mi vida me había encontrado en semejante trance. Cristina miró a su marido, que seguía enfrascado en su tertulia particular, miró al matrimonio inefable, que no perdía hilo, y me miró a mí, y de qué modo: ojos directos y labios entreabiertos recamando sonrisa tan cómplice. Y acto seguido, alargó su mano hacia abajo a la busca del anillo perdido, mientras me musitaba al oído:
   - Habrás comprobado que controlo cuándo y con quién.
   En décimas de segundos, a medida que su mano culebreaba por… ¡por ahí!, pasé del rubor al rubor, y del rubor al rubor. Hasta que su mano emergió victoriosa enarbolando el trofeo. Los tres exhalamos un soplo de alivio; quiero decir, el matrimonio inefable y yo. Aunque a mí me duró muy poco, porque Cristina aspiraba a mantener el clímax. Enseguida volvió a mi oído para asegurarme:
   - La tela de tu… tus pantalones, de tan buena calidad como la de la chaqueta, eh.
   Y ya no pude reprimir una cierta iniciativa:
   - Pues ya verás cuando compruebes la de mi… fantasía.
   Me devolvió la misma sonrisa de antes, pero con un grado más de tensión, o dos, quizás tres.
   Aún seguí un rato ante aquel escaparate, como encallado. Después la inercia me activó un paso lateral, suave, el cuerpo cedió. Y me retiré lentamente, absorto. En una esquina pregunté. “Piazza del Municipio”, por allí. Tomé el autobús de regreso.
   Almuerzo y siesta, amplia y espesa. Después acudí a algunos de los típicos entretenimientos que ofrece el crucero: Trivial Musical y Tragamonedas con los Oficiales. Pero cualquier situación es susceptible de recuerdos. De estos Oficiales de ahora al Capitán, del Capitán a su brindis de recepción anoche en el teatro -una recepción que llega cuatro días después de comenzar el crucero-, y de brindis a brindis, el de Cristina elevando hacia mí su copa de champán en la mano izquierda, con guiño subliminal incluido hacia su fulgente anillo de jade.
   La célebre recepción duró el tiempo que el Capitán empleó en desear very happy crucero a todos, y encabezar el paseíllo del grueso de la tripulación a través del patio de butacas hacia la salida. Fin de la representación, please, dejen en la salida la copa vacía que le hemos dado llena en la entrada.
   - Vente con nosotros -propuso Cristina, a la vez que pedía con la mirada el consentimiento de su marido y el resto del grupo-. Si no tienes otro plan, claro. La fiesta de la piscina promete.
   Asentí, templado por fuera, ferviente por dentro.
   Dejé la cosa esa del Tragamonedas por eludir el itinerario del anillo de jade, que había terminado desnudo y rijoso en la mesilla de noche de mi camarote. Prefería continuar en el modo reposo. Cené en el salón-buffet para evitar encuentros, y después al camarote, una buena lectura, blanca, tierna y crítica -Las dos ancianas- para ir adormeciendo hasta relajar el libro al otro de la almohada.
   Acababa de caer cuando llamaron a la puerta, unos golpes primero cautelosos, luego inquietos y persistentes. Me despabilaron, me soliviantaron, me enajenaron, pero no respondí. Al fin callaron, e inmediatamente un papelito reptaba bajo la puerta.
   Me levanté, cómo no, y leí: “Eres un… -ahí había un tachón corrector, reprimido, imposible de sobreleer-. Te espero mañana a las nueve para desayunar en el buffet. Él se va a Roma con los demás. Tenemos todo el día para nosotros. ¿Te acuerdas de mis besos de anoche? Pues un beso (cualquiera de ellos, elige), Cristi”.
   Acudí a la cita. Sin preguntas engorrosas. Dos horas después bajábamos del autobús-lanzadera en Chivitavecchia. Aun encelados como ya veníamos, pudimos presenciar la imagen misma del caos. La supuesta terminal para estos autobuses de todos los cruceros que arriban aquí (calle de ancho normal, carril de doble dirección, aparcamiento junto al acerado de escasos cien metros de largo) soportaba una aglomeración de tráfico imposible, en organización de llegadas y salidas, en información a los viajeros y en contaminación por tantos tubos de escape. Chivitavecchía, reflejo y puerta de servicio de la ciudad de Roma. Si todos los caminos conducen a Roma, los del mar pasan por Civitavecchia.
   A imagen y semejanza de esta ciudad incierta compusimos una partitura más de nuestro particular caos erótico-clandestino.