Sin remedio
La vanidad es tan inherente a la condición humana como los glóbulos rojos. Lo saben de sobra en los laboratorios de análisis clínicos, pero eluden su presencia en la fórmula leucocitaria, no se atreven. A más de uno se le dispararía el hematocrito a cotas inaceptables, perversas, mortíferas, para una sociedad que retoza en el césped artificial de la banalidad.
Palabras tan cercanas en fonética, morfología y semántica —vanidad, banalidad— no parece casual. Son como amigas, siempre afines, siempre dispuestas a compartir y completar carencias la una de la otra. Eso sí que es solidaridad. De la mano van y vienen, como los glóbulos rojos y blancos. Unidas, ensambladas, sangre que surte el corazón humano.
Pero en esta sociedad, conjunción de vanidades y banalidades, amenaza el virus de la modestia. Los virus siempre están ahí, esquinados, al acecho.
La modestia no es valor, sino defecto, propio de personas inseguras, inmaduras. El modesto no lo es por afición, sino por necesidad. No encuentra otra salida a sus traumas y deficiencias, y los solapa bajo apariencia de virtud. Virtud de mediocres perdedores, que ni siquiera arriesgan una decisión trágica. Virtud impuesta por la moral de clínex, para mantener acogotados a los desprotegidos de la fortuna.
“Desde muy pronto descubrí la trampa”, concluye ufano un Zaratustra de guardia.
Pero digo yo —es una opinión, eh—: si ufano es lo contrario de modesto, el pensamiento del regalado Zaratustra entra en flagrante contradicción: habla de un valor, la modestia, con los rasgos del otro, la vanidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario