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viernes, 9 de enero de 2026

FRAGMENTOS DE LIBRETAS (7)

 

Sin remedio

 

La vanidad es tan inherente a la condición humana como los glóbulos ro­jos. Lo saben de sobra en los laboratorios de análisis clínicos, pero eluden su presencia en la fórmula leucocitaria, no se atreven. A más de uno se le dispararía el hematocrito a cotas inaceptables, perversas, mortíferas,  para una sociedad que retoza en el césped artificial de la banalidad.

Palabras tan cercanas en fonética, morfología y semántica —vanidad, bana­lidad— no parece casual. Son como amigas, siempre afines, siem­pre dispuestas a compartir y completar carencias la una de la otra. Eso sí que es solidaridad. De la mano van y vienen, como los glóbulos rojos y blancos. Unidas, ensambladas, sangre que surte el corazón humano.

Pero en esta sociedad, conjunción de vanidades y banalidades, amenaza el virus de la modestia. Los virus siempre están ahí, esquinados, al acecho.

La modestia no es valor, sino defecto, propio de personas inseguras, inma­duras. El modesto no lo es por afición, sino por necesidad. No encuentra otra salida a sus traumas y deficien­cias, y los solapa bajo apariencia de virtud. Virtud de mediocres perdedores, que ni siquiera arriesgan una decisión trágica. Virtud impuesta por la moral de clínex, para mantener acogotados a los desprotegidos de la fortuna.

“Desde muy pronto descubrí la trampa”, concluye ufano un Zaratustra de guardia.

Pero digo yo —es una opinión, eh—: si ufano es lo contrario de modesto, el pensamiento del regalado Zaratustra entra en flagrante contradicción: habla de un valor, la modestia, con los rasgos del otro, la vanidad.

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