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viernes, 19 de octubre de 2012

MIS HORAS CANÓNICAS (VI)

NONA
(Sobre las 15 horas)

   En realidad, no presenta límites, ni espacios bien definidos, ni perfiles de la tribu homogéneos, sino un punto de intersección, el eje simbólico de un traqueteo de poleas con engranaje reversible. Durante este período la ciudad ha decolorado su uniformidad sostenible y anda como desmadejada, asimétrica.
   Semejante trastorno me disloca el ánimo y la voluntad de mis oraciones. Cual alma desnortada, pero fiel, busco abrevadero y sosiego para encrucijada espiritual tan dispar e impertinente.
   Intento sumarme a una algarabía de sirenas, timbres, silbatos, campanas, campanillas, megáfonos, alarmas mil que dan el agua. Pero ese, el sistema linfático de la ciudad, es un torrente que se desborda y expele, a través de sus motores extenuados, las toxinas acumuladas a lo largo de un mal sueño. Exceso de lastre para el espíritu.
   Doblo una esquina y me asedia y acorrala una marea de anecdotarios de aula, confidencias de amores y odios, desfile de teléfonos móviles y silencios de edad, que a intervalos se fragmentan y refluyen por arterias de asfalto y parterres. Seducido por un absceso espontáneo de ternura, me dejo llevar. Sin embargo, enseguida tanto cruce atropellado de candor y crueldad desvanece mis vagos empeños, demasiadas cenefas y embelesos.
   Pero me empecino, cual Sísifo en su afán.
  Me aventuro por tascas, bares, cafeterías y sus variables, que acogen entrenadores, alineaciones, pronósticos, saboreo de conversaciones leales, comentarios sobre filias y fobias laborales, confidencias de primerísima mano de latón, juramentos de amistad etílica, intercambios rápidos de cómo te ha ido y hasta luego, trapicheos de últimos auxilios, susurros de pasiones clandestinas, fantasmadas de salarios, bravuconadas antológicas tipo de-mañana-no-pasa-que-se-lo-diga-en-su-cara, liberación de una mañana cargada de tensiones. Imposible un punto de fervor en este batiburrillo de cuitas, satisfacciones, naufragios, perversiones y simplezas al vapor.
   Salgo, el ánimo zarrapastroso, el estómago exhausto. Y entro en meditación de nivel: foco nuclear del día con alcance impreciso donde cada pieza del tablero de ajedrez social se apresta al almuerzo: bocadillos percherones de fiambre y tarteras a pie de obra, estofados de patatas con huesos, sopas entretenidas con verduras y acompañadas de pan, frituras con aceite frito, preparados de microondas, guisos de hogar, restaurantes de menú del día, restaurantes con carta de pergamino, restaurantes de platos de diseño. Canon social alentado por arcanos demonios que alimentan las vísceras con las que perjuramos. Utopía de rezo unísono.
   Ahíto de emociones innombrables, acudo a mis cuatro paredes. Allí, mientras la comida alcanza su último hervor, me postro ante el televisor y repito con aflicción infame los versículos impíos de sus informativos de cataplasma.

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